Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 13 de mayo de 2017

MES DE MAYO, MES DE MARÍA (con el Santo Padre Benedicto XVI)

María, lugar de encuentro con Dios

“Aconteció, que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: Bendita Tú entre las mujeres y Bendito el fruto de tu vientre” (S. Lc. 1, 41-42)

El episodio de la Visitación no representa un simple gesto de cortesía, sino que reconoce con gran sencillez el encuentro del Antiguo con el Nuevo Testamento. Las dos mujeres, ambas embarazadas, encarnan, en efecto, la espera y el Esperado. La anciana Isabel simboliza a Isabel que espera el Mesías, mientras que la joven María lleva en sí la realización de tal espera, para beneficio de toda la humanidad. En las dos mujeres se encuentran y se reconocen, ante todo, los frutos de su seno, Juan y Cristo. Comenta el poeta cristiano Prudencio: “El niño contenido en el vientre anciano saluda, por boca de su madre, al Señor Hijo de la Virgen”. El júbilo de Juan en el seno de Isabel es el signo del cumplimiento de la esperanza: Dios está a punto de visitar a su pueblo. En la Anunciación el Arcángel Gabriel había hablado a María del embarazo de Isabel como prueba del poder de Dios: la esterilidad, a pesar de la edad avanzad, se había transformado en fertilidad.

Isabel, acogiendo a María, reconoce que se está realizando la promesa de Dios a la humanidad y exclama “¡Bendita Tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (S. Lc. 1, 42-43). La expresión “bendita Tú entre las mujeres” en el Antiguo Testamento se refiere a Yael (Jue 5, 24) y a Judit (Jdt. 13, 18), dos mujeres guerreras que se ocupaban de salvar a Israel. Ahora, en cambio, se dirige a María, joven pacífica que va a engendrar al Salvador del mundo. Así también el estremecimiento de alegría de Juan remite a la danza que el rey David hizo cuando acompañó el ingreso del Arca de la Alianza en Jerusalén. El Arca, que contenía las tablas de la Ley, el maná y el cetro de Aarón, era el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. El que está por nacer, Juan, exulta de alegría ante María, Arca de la Nueva Alianza, que lleva en su seno a Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

La escena de la Visitación expresa también la belleza de la acogida: donde hay acogida recíproca, escucha, espacio para el otro, allí está Dios y la alegría que viene de Él. Imitemos a María, visitando a cuantos viven en dificultad, en especial a los enfermos, los presos, los ancianos y los niños. E imitemos también a Isabel que acoge al huésped como a Dios mismo: sin desearlo, no conoceremos  nunca al Señor; sin esperarlo, no lo encontraremos; sin buscarlo, no lo encontraremos. Con la misma alegría de María que va deprisa donde Isabel, también nosotros vayamos al encuentro del Señor que viene. Oremos para que todos los hombres busquen a Dios, descubriendo que es Dios mismo quien viene antes a visitarnos.  

De las palabras de SS Benedicto XVI en el rezo del Ángelus,
del día 16 de diciembre de 2012

Propuesta de una flor a la Virgen: Visita a un anciano y llévale una estampa de la Virgen




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