O vos omnes qui transítis per víam, atténdite et vidéte: Si est dólor símilis sicut dolor meus. Atténdite, univérsi pópuli, et vidéte dolórem meum. Si est dolor símilis sicut dolor meus.

sábado, 3 de abril de 2021

SÁBADO SANTO – LA VIRGEN MARÍA ESPERA LA RESURRECIÓN DE SU HIJO

 


El día anterior la Virgen se había ido del huerto donde enterraron a su Hijo haciéndose a sí misma mucha fuerza para arrancarse de allí. Probablemente vivía durante aquellos días en casa del amigo de Jesús que le cedió el comedor para que celebraran la cena de pascua.

Volvió aquella tarde camino de la Ciudad. Pasó de nuevo por el Calvario y se le removió el corazón de dolor con el recuerdo. Juan la acompañaba. Oscurecía; por las calles donde pasaban había su Hijo arrastrado su dolor con la Cruz a cuestas; pero Juan, al darse cuenta, la llevó por otro sitio a la casa.

Mucha gente la reconocía, al pasar, como la Madre del Crucificado a quien vieron llorar al pie de la Cruz. Todos seguían comentando el suceso, y unos le defendían y otros le condenaban; por eso la llevó Juan por un camino más solitario, para que no oyera cosas que la harían sufrir.

¿Quién es ésa?, dirían. Es la madre de Jesús, y hablarían de ella. ¡Pobre madre!, dirían en voz baja. ¡Tener un hijo así...! Otros al verla se detendrían, y se sentirían obligados a decirle alguna palabra de consuelo. Ella lo agradecía emocionada, “guardando todas estas cosas en su corazón”.

Llegaron a la casa, y allí, que nadie la miraba, rompió a llorar. Vio la mesa en que había cenado Jesús con sus discípulos, y ninguno de ellos estaba allí, sólo Juan la acompañaba.

Dijo que quería retirarse a su habitación. Y se fue a rezar y a llorar a solas, puesto su corazón en Dios, en la esperanza alegre del nuevo día.

Vinieron después las otras mujeres y preguntaron por ella; Juan les dijo que estaba en su cuarto y que no la molestaran.

La Virgen, sola, esperaba. Sola en su fe, rezaba a Dios. “Dondequiera que esté el cuerpo, allí se congregarán las águilas”. La Virgen, como un águila real, que solía levantar su vuelo a lo más alto y mirar el sol de hito en hito, estaba ahora abrazada al amor de este cuerpo muerto de Jesús.

Le parecía todavía ver a su Hijo, allí mismo, donde la noche antes se despidió de ella. Pasaba por su memoria todo aquel día de dolor, yendo y viniendo con El a los tribunales, la presencia de su Hijo cuando Pilatos lo presentó al pueblo azotado, coronado de espinas, sangrando; vio la mirada de su Hijo en aquel encuentro camino del Calvario, las largas horas viéndole morir al pie de la cruz. Se repetía a sí misma la admiración por su silencio, su obediencia al Padre eterno, su amor a los hombres, y todo lo repetía admitiéndolo y grabándolo en su corazón. Recordaba todas aquellas cosas extasiada, le venía a la memoria cada detalle, y lo valoraba como se valora un tesoro, porque aquél era realmente su Tesoro.

No podía hacer otra cosa si aquel era su Amor: oía sus gemidos en la Cruz, le llegaba aún el eco de sus divinas palabras, y sus lágrimas y su sangre parecía que le quemaban el corazón. Sus manos y sus pies heridos cuando le bajaron de la Cruz, ¡cómo deseaba abrazarle de nuevo! ¡Pronto! Cuánto tardaban las horas en pasar.

Veía cómo se llevaron sus amigos aquel cuerpo muerto, y pedía con lágrimas al Eterno Padre que lo resucitara. Sabía de su Hijo la seguridad que tenía en su Padre Dios, una vez había dicho: “Padre, Yo sé que Tú siempre me escuchas”, creía sin el menor resquicio de duda que Jesús iba a resucitar, y su alma perdía el dolor y se alegraba en la esperanza de ver pronto a su Hijo vivo, y de abrazarle. Se llenaba de alegría imaginándose ya al Hijo Resucitado.

Pero luego pensaba en los discípulos de su Hijo que habían huido, y se preocupaba por ellos, deseaba tenerlos cerca, deseaba que estuvieran presentes con Ella en la Resurrección de Jesús.

Pasó la noche, y al día siguiente, sábado, decidió resolver su preocupación de la noche anterior y, con maternal solicitud, habló a sus amigas, seguidoras de Jesús. Algunas, como sabemos, eran madres de los apóstoles de Jesús: Salomé, madre de Santiago; María, madre de Santiago el menor y de José, que era discípulo, y estaba también allí la madre de Simón y de Judas Tadeo, que quizá fuera la misma María. Habló con ellas, que como madres, también sentían con la Virgen la cobardía de sus hijos. Decidieron buscarles y encontrarles. ¿Dónde estarían? Quizá Juan lo supiera, quizá la Virgen supiera dónde estaba Pedro, pues había ido a Ella para pedirle perdón.

Todos volvieron a su Madre. Podían estar contentos y agradecidos de que fuera su Madre quien intercedía por ellos, y se había preocupado de buscarles. Se sentían avergonzados y le rogaron que perdonara su cobardía, que hablara bien de ellos a Jesús, para que también les perdonara. Su Madre empezó a hablar de otra cosa y les abrazó como a su Hijo.

Ni los apóstoles ni los discípulos terminaban de creer en la Resurrección de Jesús. Pero la Virgen, que les vio tan débiles y asustados, intentó animarles y hacerles creer. No podía ver que los hombres que su Hijo había elegido para la conquista del mundo estuvieran tan acobardados y sin fe. Sabía la Virgen María que su Hijo los amaba, le habían contado que la noche del jueves mandó a los que venían a prenderle que les dejaran ir sin molestarles, y, además, había sido nombrada Madre de ellos. Ya les quería hacía tiempo, algunos incluso eran parientes suyos, ¡cómo no les iba a querer y tanto!

Mientras el Señor no resucitara, ella era la encargada de esta familia. Ella tenía que proteger con su fe y su esperanza, con el amor de su Hijo, esta naciente Iglesia, débil, asustada. Nació así la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre.

Pasaron todos el sábado junto a la Virgen María, “descansaron según la Ley”. Todos querrían saber cómo habían ocurrido las cosas desde que ellos le abandonaron huyendo. Y ella se lo contaría, les diría cómo su Hijo había sido afrentado y azotado por ellos, cómo había muerto por su amor, y, para animarles a creer, les diría que toda la gente se marchó del Calvario arrepentida, golpeándose el pecho, cómo el centurión romano le llamó Hijo de Dios en voz alta, les recordó que, mañana, iba a resucitar. Pero ellos no acababan de creer, aunque no dijeran nada para no herirla. La Virgen María se había como olvidado de su pena para acudir a la necesidad de los apóstoles, quería que no fueran débiles, que no tuvieran ya miedo, y les insistía: ¡Mi hijo lo ha dicho, “al tercer día resucitaré”!

Aun con todo, ellos no acababan de creer. Ella era la única luz encendida sobre la tierra, nuestra esperanza, en quien había nacido la Sabiduría. Madre sin temor, amable, del buen consejo, prudente. Ella era la Virgen fuerte y fiel. Nuestra alegría. El refugio de los pecadores que no acababan de creer.




La Estrella de la mañana, radiante de alegría, vio cómo aquellas mujeres iban camino del sepulcro, aún muy “de madrugada, cuando todavía estaba oscuro” (Jn. 20,1)




Del libro “La Pasión del Señor”,
de Luis de la Palma




sábado, 27 de marzo de 2021

CONSUMMATUM EST

 

La Virgen María levantó sus ojos de prisa al oír que su Hijo decía: “Todo está terminado”, porque pensó que se le acababa la vida. ¿Qué sentiría al advertir en la cara, ya amarillenta de Jesús, los rasgos de la muerte? ¿Qué sentiría? Le vio con sus labios secos, la nariz afilada, oscurecida aquella hermosa mirada de Jesús. Cayó su cabeza sobre el pecho que respiraba fatigosamente. De golpe, a su Madre se le fueron los brazos para sostenerle su cabeza; pero sólo pudo ser un gesto, sus brazos no llegaban. Cayeron sus brazos, solos, sin poder abrazar a su Jesús que moría, y no podía morir con Él. Así estaba el Corazón de esta Madre, su propio cuerpo desfallecía al ver agonizar el de su Hijo. Su alma, como perdida a sí misma, estaba tan unida a la de su Hijo que moría de dolor con Él.

De pronto, le vio tomar aliento, hinchó su fuerte pecho, y “dio un fuerte grito” (Lc. 23, 46) Aquel grito la hirió en lo hondo del alma, y quedó estremecida. Escuchó atenta, y oyó las últimas palabras de su Hijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”

 


Del libro “La Pasión del Señor”,
de Luis de la Palma




sábado, 20 de marzo de 2021

MADRE

 




Madre, refugio de los pecadores, durante la vida y en la hora de la muerte. Cuando Jesús dijo a Juan “Ésta es tu Madre”, debemos oírlo como si lo dijera a cada uno en particular, que a cada uno en particular lo dice: Ésta es tu Madre. Adviértelo bien y abre los ojos y mírala, porque ésta es tu Madre.

Madre, porque Tú lo fuiste de ese Hijo, nuestro Redentor. Mereció y consiguió con su Sangre que fueras nuestra Madre. Eva ya no se puede llamar madre, sino madrastra, porque mató a sus hijos antes de que los pariese; al desear el fruto de muerte que colgaba del árbol se hizo madre del pecado. Pero Tú, Virgen María, miraste con dolor el Fruto colgado del árbol de la Cruz, miraste con amor el Fruto de la Vida, y por eso fuiste Madre de todos los hombres redimidos. Al parirnos, Madre, nos pariste con tanto dolor, que Aquel que pariste con tanta alegría te enseñó desde la Cruz quienes eran los hijos que a Ti y a Él os costaban tanto. Por eso te dijo: “Mujer, éste es tu hijo”. Estos son los hijos de tu dolor. Y a nosotros nos mandó mirarte en tu dolor: “Ésta es tu Madre”, para obligarnos a serte agradecidos, para que sepamos que siempre encontraremos en Ti una Madre los pecadores. Serás siempre nuestra Madre, no puedes olvidar a los hijos que tanto dolor te han costado.

 


Del libro “La Pasión del Señor”,
de Luis de la Palma




viernes, 19 de marzo de 2021

SAN JOSÉ ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN Y PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

Ite ad Ioseph

 

San José, hombre extraordinario, hombre a quien Dios había enriquecido con dones sobrenaturales y que sin embargo ha vivido en completa oscuridad. Permanece en el taller de Nazaret como un pobre y humilde artesano. No aparece como otros santos. José pasa escondido, no interviene en grandes sucesos, no lucha; no atraviesa como los  Apóstoles la tierra; no derrama la sangre gloriosamente como los Mártires; no crea legiones valerosas como los Fundadores; y sin embargo es más que todos. José es Esposo de María, Padre legal de Cristo y Patrono de la Iglesia Universal.

 

Beato Marcelo Spínola





San José cumplió fielmente el oficio sublime de custodiar a los dos más ricos Tesoros de Dios en la tierra, Jesús y María. Falleciendo antes de comenzar la vida pública de Nuestro Señor. Tuvo la muerte más envidiable que pueden desear los hombres, pues expiró entre los brazos de Jesús y de María. 




sábado, 6 de marzo de 2021

HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES

 


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EL CORAZÓN DE MARÍA Y LOS PRIMEROS SÁBADOS

La gran promesa del Corazón de María en Pontevedra. La primera promesa la cumplió la Virgen el 10 de diciembre de 1925. Sor Lucía, como postulante Dorotea, estaba en su celda cuando se le apareció Nuestra Señora poniéndole una mano sobre el hombro mientras le mostraba en la otra un corazón rodeado de espinas. Al lado de la Virgen estaba el Niño Jesús subido en una nube de luz, que le dijo: 

«Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas»

En seguida dijo la Santísima Virgen: 

«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas»

LA INTENCIÓN REPARADORA

Sin esta intención general, sin esta voluntad de amor que desea reparar y consolar a la Virgen, sin esta “compasión”, todas estas prácticas serían incompletas. Se trata de consolar al Corazón Doloroso e Inmaculado de Nuestra Madre. Aunque aquí no se trata en primer lugar de consolar a la Virgen María compadeciéndose de su Corazón traspasado por causa de los sufrimientos de su Hijo, sino que el sentido preciso de esta devoción reparadora considera las ofensas que actualmente recibe el Corazón Inmaculado de María por parte de los que rechazan su mediación materna y menosprecian sus prerrogativas. Son éstas otras tantas espinas que hay que arrancar de su Corazón por estas prácticas de reparación, para consolarla y obtener así el perdón para las almas que le ofenden tan gravemente.








jueves, 11 de febrero de 2021

NOVENA A LOS SANTOS FRANCISCO Y JACINTA DE FÁTIMA - 2021




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A NUESTRA MADRE DE LOURDES

“Haz que nosotros tus hijos, confortados por Ti en las penas, protegidos en los peligros, apoyados en las luchas, amemos y sirvamos a tu dulce Jesús, y merezcamos los goces eternos junto a Ti”

 

¡Oh Virgen de Lourdes, Reina de los mártires y Consuelo de los afligidos! Por la heroica paciencia que resplandeció en todos los actos de vuestra vida mortal, desde Belén al Calvario, desde la Profecía de Simeón hasta que os arrancaron de los brazos el Cuerpo ensangrentado de vuestro divino Hijo, tened misericordia de mí y ayudadme a sobrellevar con cristiana resignación el peso de las cruces que el Señor tenga a bien enviarme, para labrar mi eterna felicidad en la gloria y vivir en vuestra dulce compañía por todos los siglos. Amén.

 

Tres Avemarías un Gloria



martes, 2 de febrero de 2021

2 DE FEBRERO, PRESENTACIÓN DEL NIÑO DIOS EN EL TEMPLO Y PURIFICACIÓN DE NUESTRA MADRE


Es este paso de la vida de la Santísima Virgen, uno de los más hermosos, donde resplandece, de modo admirabilísimo, la heroicidad de sus virtudes.

 

El recogimiento.- Así mandaba la ley que las madres estuvieran recogidas cuarentas días en sus casas antes de su purificación legal. ¡Con qué gusto cumpliría la Santísima Virgen esta parte de la ley! ¡Qué amor el suyo! Al recogimiento y a la oración, pero, sobre todo, ahora que tenía consigo a su Hijo! ¿Qué podía buscar y apetecer fuera de su casa, si en ella lo tenía todo?, piensa que algo semejante debe ocurrir contigo; trabaja por tener a Jesús en tu corazón y después que lo tengas, ¿qué más quieres, qué más deseas? Luego si algo apeteces, es señal de que no tienes a Jesús, no sabes gozar de su presencia.

La pureza.- Recuerda que María fue concebida sin mancha, que siempre fue pura y limpia más que el sol, que nunca pudo manchar ni con la más pequeña imperfección su belleza y hermosura inmaculada y, sin embargo, aquí aparece ¡purificándose! ¡Qué ejemplo para ti! Ella, la que no tiene mancha, la que no tiene nada que purificar, quiere purificarse. Esto es, que ama tanto esta limpieza de corazón, que parece que aún no está contenta y desea, si pudiera ser, purificarse más y más. ¡Ah! ¿Amas así tú la pureza santa? ¿Con ese espíritu procuras frecuentar la santa confesión y los demás medios que la Iglesia te pone para santificarte y limpiarte? Y si pudiera ser más, ¿lo estás tú de la tuya? ¿Lo estará María al verte a ti y mirar tu alma? Medita mucho en esto, avergüénzate y pide a María este amor a tan delicada y preciosa virtud como es la pureza, hasta llegar a apasionarte por su hermosura, como Ella lo estaba.

La obediencia.- No estaba obligada a esta ley. Ella bien lo sabía. Toda su concepción y parto milagroso, había sido obra del Espíritu Santo. Ella había sido saludada como la “Bendita entre todas las mujeres” y de sí misma había dicho “que la llamarían bienaventurada todas las generaciones” por las maravillas que en Ella obrará el Todopoderoso, y a pesar de toda esta grandeza no se considera exceptuada de la Ley. No quiere privilegios cuando se trata de obedecer y obediente como una mujer cualquiera, como si en Ella no hubiera nada de extraordinario, se somete gustosa a la Ley común, y así pasados los cuarenta días, con toda presteza se pone en camino hacia Jerusalén, para ser, con su Hijo, modelo de obediencia.

Mira como este ejemplo nos confunde, qué diferencia de este modo de obedecer de la Virgen al nuestro, cuántas veces sin razón, nos creemos dispensados de obedecer y eso que la obediencia no nos exige ni humillaciones ni sacrificios, como los que a María exigió en esta ocasión.

Medita profundamente, compárate con Ella, pon a sus plantas tu soberbia, tu orgullo, tu amor propio, trabaja por imitarla.   


 


NOVENA A NUESTRA MADRE DE LOURDES - 2021

 

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