Regína Caeli, laetáre, Allelúia! Quia quem meruisti portáre, Allelúia! Resurréxit sicut dixit, Allelúia! Ora pro nobis Deum, Allelúia!

sábado, 23 de octubre de 2021

NUESTRA SANTÍSIMA MADRE Y EL SACERDOTE

 

El amor del sacerdote por Jesús debe ser diferente y muchísimo más ardiente que el amor de los otros hombres; puesto que “quien ha recibo más, ama más”. Ahora bien, las gracias y los dones particulares que enriquecen el alma y el corazón del sacerdote son tales, que ni siquiera quien los ha recibido y los posee, lo sospecha, y aunque crea que ha recibido mucho, no puede conocer toda la profusión de gracias que el Amor Infinito ha derramado en él. Una de las bienaventuranzas del sacerdote en el cielo será ver y conocer todo lo que el Amor ha hecho por él y cuán privilegiado ha sido con relación a los otros hombres.

El sacerdote pasa, en cierto modo, al estado de ser divinizado por la unión que tiene con Cristo y por el poder que, a través de Cristo, tiene sobre las almas para su bien y salvación. Por eso el sacerdote está obligado a tener para con Dios, Nuestro Señor, un amor muy especialmente fuerte, tierno y ardiente.

Solo hay una criatura que ha amado y ama a Jesús como debe amarlo el sacerdote. No hay más que un corazón capaz de servirle de modelo para este amor: el Corazón de la Santísima Virgen. Sí el amor del sacerdote a Jesús debe ser en todo semejante al amor de María a su Divino Hijo.

Como María, el sacerdote, elevado a gran altura por una gracia de elección, sin embargo, sigue siendo una criatura inferior y sometida al Divino Maestro. Como Ella, el sacerdote toca la nada por su naturaleza y lo íntimo de la Divinidad por un privilegio de amor. Como Ella, debe ver mejor que los demás, la verdad de su propia miseria y pequeñez, y ser más consciente de las divinas irradiaciones del Amor Infinito. Como Ella, recibe por virtud del Espíritu Santo el poder de dar al mundo al Verbo Encarnado; la Madre lo da en la realidad de su carne; el sacerdote, en la realidad de su Carne Eucarística.

El amor de María por Jesús es un amor de criatura privilegiada, es un amor de ardiente agradecimiento y de profunda humildad, un amor que se abaja y se sacrifica, que se da enteramente por la necesidad que experimenta de devolver todo lo que puede a Aquel de quien todo lo ha recibido. El amor de María es también un amor de Madre, tierno, delicado, diligente, un amor que defiende y protege, que se sacrifica también, pero de otro modo, que se da, no para devolver, sino para dar más aún a quien ya se ha dado.

El amor del sacerdote para con Jesús, su adorable Maestro, debe ser enteramente semejante. Debe ser un amor de criatura amada que adora, que agradece, que se da sin calcular; un amor lleno de exquisitas delicadezas, un amor celoso que custodia con vigilancia, que protege, que rodea de cuidados, que se sacrifica hasta el olvido de sí mismo.

María tuvo por Jesús no solo un amor de criatura privilegiada y de madre cariñosa, sino que también tuvo, tiene siempre, por su adorable Hijo, un amor de virgen. Es un amor humilde – el amor siempre debe ser humilde -, pero es un amor confiado, fiel único, lleno de castas familiaridades, de exquisitas atenciones y de respetuosos ardores.

Así debe ser también el amor del sacerdote a Jesús: un amor puro, dilatado, fiel y confiado. Es verdad que el sacerdote no posee el candor ideal de la Inmaculada; su corazón no tiene la sublime pureza del Corazón de la Virgen Madre; pero le basta recurrir a las gracias de su sacerdocio; allí encontrará las fuentes de virginales ternuras y heroicos sacrificios.

Jesús quiere ser amado por su sacerdote como por la Virgen María, y por eso ha incluido en el privilegio del Sacerdocio gracias semejantes a las que contiene el privilegio de la Maternidad Divina. Gracias de íntima y particularísima unión con su adorable Persona, divina y humana; gracias de inefable pureza; gracias de entrega sin reservas.



sábado, 16 de octubre de 2021

FAVORES DE NUESTRA MADRE POR MEDIO DEL SANTO ROSARIO

 

Alfonso VIII, rey de Aragón de Castilla, fue castigado por Dios de diferentes maneras a causa de sus pecados, viéndose obligado a retirarse a una ciudad de uno de sus aliados. El día de Navidad, predicó allí Santo Domingo según su costumbre sobre el Santo Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta devoción. Dijo entre otras cosas que cuantos lo rezan alcanzan de Dios el triunfo sobre sus enemigos y recobran todo lo perdido. Impactado por estas palabras, hizo el rey llamar a Santo Domingo y le preguntó si era verdad cuanto había dicho acerca del Santo Rosario. El Santo le respondió que no debía abrigar duda alguna y le prometió que si quería practicar esta devoción e inscribirse en la cofradía, experimentaría sus saludables efectos.

Decidió el rey recitar todos los días el Rosario. Práctica en la que perseveró durante un año, terminado el cual, el mismo día de Navidad, después de recitar él su Rosario, se le apareció la Virgen Santísima y le dijo: «Alfonso, hace un año que me honras recitando devotamente mi Rosario. ¡Quiero recompensarte! He alcanzado de mi Hijo el perdón de tus pecados. Aquí tienes esta camándula. ¡Te la regalo! ¡Llévala siempre contigo y ninguno de tus enemigos podrá hacerte daño!» Y desapareció. El rey quedó muy consolado. Regresó a su casa, llevando en sus manos la camándula. Encontró a la reina y le contó, lleno de gozo, el favor que acababa de recibir de la Santísima Virgen. Le tocó los ojos con la camándula y la reina recobró la vista, que había perdido.

Algún tiempo después, reunió el rey algunas tropas y con la ayuda de sus aliados atacó resueltamente a sus enemigos. Los obligó a devolverle sus tierras y reparar los daños inferidos. Los arrojó totalmente de sus dominios y fue tan afortunado en la guerra, que de todas partes venían soldados a combatir bajo sus banderas, porque las victorias parecían acompañar por todas partes sus batallas. No hay por qué maravillarse de ello, pues no entraba nunca en batalla sin haber rezado antes su Rosario de rodillas. Había hecho inscribir en la cofradía del Santo Rosario a toda su corte y exhortaba a sus oficiales y familiares a ser devotos del mismo. La reina se comprometió también a ello. Y los dos perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen, viviendo piadosamente.



lunes, 11 de octubre de 2021

11 DE OCTUBRE, MATERNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

 

Dichosa Tú, ¡oh María!, en quien no sufrieron mengua la humildad ni la virginidad: virginidad, por cierto, singular, que lejos de empañarse con la fecundidad, recibió de ella mayor lustre; humildad verdaderamente privilegiada, no menguada, sino realzada por la virginidad fecunda; fecundidad incomparable, acompañada a la vez de la virginidad y de la humildad. ¿Hay aquí que no sea admirable, extraordinario y único? 


Admírate por ambas cosas, y considera que sea más admirable, si la benignísima dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de la Madre. Ambas causan estupor, ambas constituyen un milagro. Que Dios se someta a una mujer, constituye un acto de humildad sin igual y que una mujer mande a un Dios, puedes ver en ello una sublimidad sin par. En alabanza de las Vírgenes se canta que siguen al Cordero dondequiera que vaya. Ahora bien: ¿de qué alabanzas juzgas digna a la que le precede? Aprende, ¡oh hombre!, a obedecer; aprende, tú, que eres tierra, a estar sumiso; aprende, ¡oh polvo!, a sujetarte. Hablando de tu Hacedor, dice el Evangelista: “Y les estaba sometido”. ¡Avergüénzate, polvo soberbio! Dios se sujeta a los hombres, ¿y tú, deseando dominar a los hombres, pretendes, ser más que tu Hacedor?


Del Oficio de Maitines,
del “Breviario Romano”
(Gubianas-1940)






sábado, 2 de octubre de 2021

PRIMER SÁBADO DEL MES DE OCTUBRE, MES DEL SANTO ROSARIO

 


La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después del Santo Sacrificio de la Misa –primera y más viva memoria de la Pasión de Jesucristo– no hay oración más excelente ni meritoria que el Rosario -segunda memoria y representación de la vida y pasión del Señor.


El R.P. Dorland refiere que la misma Santísima Virgen dijo cierto día al Venerable Domingo, -cartujo, devoto del Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año de 1481: «cuantas veces rezan los fieles el Rosario, en estado de gracia, meditando los misterios de la vida y pasión de Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus pecados». La Santísima Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que, aunque ya son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario, yo añadiré muchas más por cada tercera parte de él a quienes lo recen en estado de gracia, de rodillas y devotamente. Y a quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y meditaciones, les obtendré al final de su vida -como recompensa por este servicio- la remisión total de la pena y de la culpa por todos sus pecados. Y que esto no parezca imposible: es fácil para mí pues soy la Madre del Rey del cielo, que me llama llena de gracia. Y como tal haré también amplia efusión de ella a mis queridos hijos».

“El Secreto Admirable del Santísimo Rosario”