Regína Caeli, laetáre, Allelúia! Quia quem meruisti portáre, Allelúia! Resurréxit sicut dixit, Allelúia! Ora pro nobis Deum, Allelúia!

domingo, 31 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA / SANTA MARÍA REINA


María, Sancta María, Santa María.- Sólo Dios puede reivindicar el atributo de la santidad, por lo cual cantamos: Tu solus sanctus, “Sólo tú eres santo”. Entendemos por santidad la ausencia de todo lo que mancha, empaña y degrada a una naturaleza racional, todo lo que es más contrario y más opuesto al pecado y a la falta.

Decimos que sólo Dios es santo, pues en verdad todos sus atributos infinitamente elevados son poseídos por Él con aquella plenitud, que hace que podamos decir con verdad que sólo Él los posee. Así, en cuanto a la bondad, el mismo Señor dijo a un joven: “Nadie es bueno sino Dios”. De la misma manera, sólo Dios es Poder, sólo Él es Sabiduría, sólo Él es Providencia, Amor, Misericordia, Justicia, Verdad. Pero la santidad queda aparte, como su prerrogativa especial, porque, no sólo señala más que los otros atributos su superioridad sobre todas las criaturas, sino también afirma su distinción con respecto a ellas. Por eso esto leemos en el libro de Job: “¿Puede el hombre ser justificado, si se compara con Dios, y puede parecer puro el nacido de mujer? He aquí que la misma luna no brilla, ni las estrellas son ya puras ante sus ojos” “He aquí que entre sus santos ninguno es inmutable y los cielos no son puros en su presencia”

Esto es lo que debemos aceptar y entender en primer lugar. Mas en seguida sabemos también que Dios, en su misericordia, ha comunicado sus grandes atributos, en diferentes medidas, a sus criaturas racionales; y, ante todo, por ser el más necesario, el de la santidad. Así Adán, desde el momento de su creación, estuvo dotado, aparte de otras cosas y por encima de su naturaleza humana de la gracia de Dios, habiéndole sido dada esta gracia para unirlo con su Creador y hacerlo santo. Por esta razón la gracia se llama la santa gracia; por ser santa, forma el lazo que une al hombre con Dios. Adán, en el paraíso terrenal, podía poseer la inteligencia, otros talentos y muchas virtudes, pero estos dones no lo unían con su Creador. Era la santidad lo que lo unía con Él, porque, como dice San Pablo: “Sin la santidad ningún hombre verá a Dios” Después que el hombre perdió esta santa gracia, todavía continuó poseyendo muchos dones de Dios; pudo aún ser veraz, misericordioso, amante y justo; pero estas virtudes no lo unían con Dios: le faltaba la santidad; por lo cual el primer acto de la bondad de Dios para con nosotros es, según el Evangelio, librarnos, por el sacramento del Bautismo de esta condición de extraños a la santidad, y, por la gracia que entonces se nos da, abrir de nuevo las comunicaciones, durante tanto tiempo cerradas, entre el alma y el cielo.

Por aquí vemos el alcance del título que damos a nuestra Señora, cuando la llamamos Santa María. Cuando Dios quiso preparar una madre humana para su Hijo, la hizo Inmaculada en su Concepción. No comenzó, pues, concediéndole el don del amor, de la verdad, de la dulzura o de la devoción; poseía ya estos dones como consecuencia de su privilegio. Inauguró su grandiosa obra, aun antes de que Ella hubiera nacido, antes de que pudiera pensar, hablar, obrar, haciéndola santa, y, por lo mismo, aunque hija de la tierra, dándole derecho de ciudadanía en el cielo. Tota pulchra es María! Nada de la deformidad del pecado tuvo jamás parte en Ella. Difiere, por esto, de todos los santos. Ha habido grandes misioneros, confesores, obispos, doctores y pastores en la Iglesia. Han realizado grandes obras y han llevado en pos de sí al cielo innumerables penitentes y una inmensa cosecha de almas; han sufrido mucho y han ganado sobreabundantes méritos. Pero María se parece de tal suerte a Jesús, que poniendo la santidad de su divino Hijo aparte de todas las criaturas, también la plenitud de la gracia que hay en Ella, la pone aparte de todos los ángeles y santos.

John Henry, Cardenal, Newman




LA REALEZA DE MARÍA


Esta fiesta de la Santísima Virgen, establecida por el Papa Pío XII el primero de noviembre de 1954, aniversario de la proclamación del Dogma de la Asunción, pone de manifiesto uno de los títulos más gloriosos de la Madre de Dios. Todos los siglos de la era cristiana han desfilado ante el Trono de la Reina del Universo, y en un “crescendo” continuo, cada vez más entusiasta, la han reconocido y saludado como a su Soberana, María es Reina de los Ángeles y de los hombres, porque aventaja en perfección y en dignidad a todos los seres criados. Y, como Reina, ejerce sus funciones desde el Cielo. Aun cuando nosotros no nos acordemos de Ella ni le rindamos pleitesía y vasallaje, no por eso deja de prodigarnos sus favores, de interceder por nosotros y de alcanzarnos las gracias que necesitamos para servir a su Hijo con lealtad y honrarle a Él en Ella. 



sábado, 30 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Virgo Veneranda, Virgen digna de veneración.- Nos servimos generalmente de la palabra venerable, para calificar lo que es viejo. Por esta causa, sólo la vejez posee comúnmente aquellas cualidades que mueven a reverencia y veneración.

Un gran rasgo histórico, un carácter noble, la madurez en la virtud, la bondad, la experiencia, mueven a respeto, y estas cualidades no pertenecen ordinariamente a la juventud.

Mas esto deja de ser verdad cuando consideramos a los santos. Para ellos una vida breve es una larga vida. He aquí lo que dice la Sagrada Escritura: “La vejez venerable no es la del tiempo, y no se cuenta por el número de años, sino que la prudencia del hombre suple por las canas, y es edad anciana la vida inmaculada. Si el justo es arrebatado por una muerte prematura, vivirá en el reposo. Con lo poco que vivió, llenó la carrera de una larga vida”  (Del Libro de la Sabiduría)

Un escritor pagano, que nada sabía de los santos, dice que se debe un gran respeto a los niños, porque todavía son inocentes. Este sentimiento aparece difundido y expresado en todos los países, de tal manera que ha ocurrido, a veces, que la vista de los que no han pecado (es decir de los que por falta de edad suficiente todavía no han podido caer en el pecado mortal) y aun el solo encanto del sonreír de su inocencia, han sido bastantes para turbar a hombres miserables, que se disponían a cometer algún crimen, y para detenerles, por un temor saludable, que les ha conducido, sino al arrepentimiento, a lo menos a la renuncia de sus culpables designios.

Y, pasando de nuestra bajeza al Altísimo, ¿qué diremos del Eterno Padre, sino que precisamente porque es eterno, es siempre joven, sin comienzos, y, por esta causa, sin mudanza, y que, en la perfección y en la plenitud de sus atributos incomprensibles, es ahora exactamente el que era hace un millón de años? Con verdad se llama en la Escritura “Anciano de días”, y por esto mismo es infinitamente venerable. Luego para ser venerable no tiene necesidad alguna de la edad, ni nada posee de aquellos atributos humanos y de aquellos títulos materiales que los escritores sagrados le prestan de una manera figurada, para hacernos sentir en su presencia aquel profundo abatimiento y aquel respetuoso temor, que su sola idea debería siempre inspirarnos.

 Lo mismo se diga de la Madre de Dios, en la medida que una criatura puede ser semejante al Creador. Su inefable pureza y su entera inmunidad de la sombra del más leve pecado, su Inmaculada Concepción, su Virginidad Perpetua, todas sus prerrogativas, (a pesar de su extremada juventud en el momento en que Gabriel le fue enviado), son de tal naturaleza, que han de hacernos exclamar, con una mezcla de alegría y de temor, empleando las palabras proféticas de la Escritura: “¡Tú eres la gloria de Jerusalén y el gozo de Israel! ¡Tú eres el honor de nuestro pueblo! Por esto, la mano del Señor te ha robustecido, y eres bendita para siempre” (Del Libro de Judith)

John Henry, Cardenal, Newman



miércoles, 27 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Rosa mystica, Rosa Mística.- ¿Cómo llegó a ser María Rosa mystica, la flor escogida, la flor delicada y perfecta de la creación? Fue al nacer, al ser alimentada y protegida en el jardín místico o paraíso de Dios. La Escritura emplea la figura de un jardín, siempre que quiere hablar del cielo y de sus bienaventurados habitantes. Un jardín es un terreno cultivado, reservado para las plantas y los árboles bienhechores y variados, para los frutos agradables al gusto y para las flores perfumadas, cosas todas éstas o hermosas a la vista o útiles como alimento. Por consiguiente, en sentido espiritual, hay que entender por jardín la morada de los espíritus bienaventurados y de aquellas almas santas, que viven en comunidad, almas que llevan a la vez las flores y los frutos, que han producido por la providencia de Dios, flores y frutos de gracias, flores más bellas y más perfumadas que las de jardín alguno, frutos más exquisitos y más deliciosos de cuantos pueden madurar por el cultivo de la tierra.

Todo lo que Dios ha hecho habla de su Creador; las montañas hablan de su eternidad, el sol y los vientos de su omnipotencia y de su inmensidad. Asimismo, las flores y los frutos hablan de su santidad, de su amor y de su providencia; y si tales son las flores y los frutos, tal debe ser el lugar donde se encuentran. Un jardín también ha de tener sus propias excelencias que nos hablen de Dios. No sería natural encontrar hermosas flores en las desnudas rocas y frutos sabrosos en los desiertos. Puesto que, en sentido místico, los frutos y las flores significan las gracias y los dones del Espíritu Santo, hay que entender místicamente por jardín un lugar de reposo espiritual, de tranquilidad, de paz, de refrigerio y de deliciosos encantos.

Así, nuestros primeros padres fueron colocados en un “jardín de delicias”, a la sombra de árboles “agradables a la vista, que producían frutos sabrosos al paladar”; el Árbol de la Vida estaba en medio de este jardín, y un río lo regaba. Nuestro Señor, hablando de lo alto de la Cruz al ladrón arrepentido, llama “paraíso” al lugar bendito, al cielo, adonde le conducirá. Por esta causa, también San Juan, en el Apocalipsis, habla del cielo, del palacio de Dios, como de un jardín o paraíso, en el cual el Árbol de la Vida da sus frutos todos los meses.

Tal fue el jardín en el cual la Rosa Mística, la Inmaculada María, habitó y fue criada para llegar a ser Madre del Dios de toda santidad, desde su nacimiento hasta sus desposorios con San José, es decir, hasta los trece años. Pasó tres de estos años en brazos de su madre, Santa Ana, y después pasó los otros diez en el Templo de Dios. En estos benditos jardines, si así puede decirse, vivió sola, visitada continuamente por la gracia de Dios, y creciendo de día en día como una flor celestial, hasta que quedó convertida en morada perfecta, digna de recibir al Santo de los Santos. Fue éste el resultado de la Inmaculada Concepción. A excepción de Ella, las más hermosas rosas del Paraíso han sido marchitas y han estado expuestas a los asaltos de los insectos; todas menos María. Ella fue, desde el principio, perfecta en su suave hermosura, y cuando el ángel Gabriel la visitó, la encontró “llena de gracia”, de aquella gracia, que por el santo uso que hizo, se acumuló y creció en Ella desde el primer momento de su existencia.

John Henry, Cardenal, Newman



lunes, 25 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Mater amabilis, Madre amable.- ¿Por qué María es tan especialmente Amabilis? Porque no tiene pecado. El pecado, por su propia naturaleza, es una cosa odiosa; la gracia, en cambio, es una cosa bella y atractiva.

Sin embargo, podría objetarse que le ausencia del pecado no fue suficiente para hacer que María fuese amada durante su vida natural, y esto por dos razones: primeramente, porque no podemos amar a quien sea del todo diferente de nosotros; ahora bien, nosotros somos pecadores; en segundo lugar, porque la santidad no podía bastar para hacerla atractiva y agradable, pues santas personas, con quienes nos encontramos en las relaciones de la vida ordinaria, no siempre son agradables, y, con frecuencia, no podemos amarlas gustosamente, aunque sintamos por ellas admiración y respeto.

En cuanto a la primera de estas dos cuestiones, concedemos que los malos no aman, no pueden amar a los buenos; pero nuestra Bienaventurada Virgen es llamada Amabilis o Amable, por ser tal para los hijos de la Iglesia, y no para los de fuera, que no la conocen; y no hay ningún hijo de la Santa Iglesia, en cuya alma no quede algún vestigio de la gracia de Dios, la cual hace que entre Él y María subsista cierta semejanza, por remota que sea capaz de hacer posible que la ame. Podemos, pues dejar esta objeción. Mas, en cuanto a la segunda, ¿cómo podemos estar seguros de que Nuestra Señora, durante su vida en la tierra, atraía hacia sí los corazones de los que la rodeaban y de que era amada simplemente porque era Santa? Esto puede ser una dificultad, si se considera que, a veces, las personas más santas, no tienen el don de ganarse las simpatías naturales. Para explicar este punto, debemos recordar que es muy grande la diferencia entre el estado de un alma como la de la Bienaventurada Virgen María, que nunca tuvo pecado, y el de otra alma, por santa que sea, que haya estado un solo día bajo el peso del pecado de Adán; porque, aun después del bautismo y del arrepentimiento, esta alma padece necesariamente las heridas espirituales, que son la consecuencia de este pecado. Los santos nunca cometen pecado mortal; más aún, los hay que no han cometido un solo pecado mortal en todo el decurso de su vida. Pero la santidad de María fue mucho más lejos. Jamás cometió un solo pecado venial; y no sabemos que, excepto Ella, haya nadie gozado de tan especial privilegio.

Luego toda falta de amabilidad, de dulzura y de atractivo, que existe realmente en los santos, procede de los restos del pecado que subsiste en ellos, o también de la falta de una santidad suficientemente poderosa para dominar las imperfecciones de la naturaleza, ya en el alma, ya en el cuerpo. Mas, en cuanto a María, su santidad era tal, que, si se nos hubiese concedido el verla u oírla, a quienes nos hubiesen preguntado acerca del particular, no les hubiéramos podido responder otra cosa sino que era toda angélica, celestial y perfecta.

Su rostro era naturalmente el más hermoso que verse pudiera; pero, aunque lo hubiéremos visto, no podríamos recordar si lo era o no, y, tampoco, ninguno de sus rasgos, porque era su hermosa alma sin mácula la que miraba por sus ojos, hablaba por su boca, era oída en su voz y la penetraba toda entera; ya caminase, ya estuviese inmóvil, ya estuviese triste, ya sonriese, era su alma sin mácula la que atraía hacia Ella a todos aquellos que poseían algún grado de gracia y algún amor a las cosas santas. Había en todo lo que hacía y decía, en su fisonomía, en su aire, en su continente, una divina harmonía, que encantaba a cuantos podían acercársele. Su inocencia, su modestia, su humildad, su simplicidad, su sinceridad, su rectitud, su olvido de sí misma, su interés natural por todos aquellos a quienes encontraba durante su vida, su pureza, he aquí las virtudes que la hacían tan amable; y si se nos permitiese verla ahora, ni nuestro primero, ni nuestro segundo pensamiento se referirían a su intercesión por nosotros ante su Hijo (aunque esta intercesión nos sea tan útil), sino que nuestra primera impresión sería ésta: “¡Oh! ¡qué hermosa es!”, y la siguiente: “¡Qué odiosas y feas criaturas somos nosotros!”  

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 16 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Domus aurea, Casa de oro.- ¿Por qué es comparada a una casa? ¿Por qué es llamada de oro? El oro es el más hermoso de todos los metales, el que tiene más valor. La plata, el cobre y el acero pueden ser bellos y brillantes a los ojos, pero el oro les aventaja en riqueza y esplendor. Tenemos pocas ocasiones de ver el oro en cantidad considerable; pero quien haya visto reunido un gran número de piezas de orfebrería, conoce el aspecto magnífico del oro. Por esta causa, en la Escritura, la Cuidad Santa es llamada de oro, en lenguaje figurado. “La Ciudad Santa, dice San Juan, era de oro puro, como cristal transparente” Quiere, sin duda, darnos una idea de la admirable hermosura del cielo, comparándola con la más bella de todas las substancias que vemos en la tierra.

Por eso, también María se llama de oro, porque sus gracias, sus virtudes, su inocencia, su pureza, tienen un brillo tan transcendental y una perfección tan deslumbradora, y son, por otra parte, tan exquisitas y tan raras, que los Ángeles no pueden, por decirlo así, apartar de Ella sus miradas, como nosotros no podríamos tampoco dejar de contemplarla indefinidamente una admirable obra hecha de oro purísimo.

Pero observad, además, que es una casa de oro, o mejor dicho, un palacio de oro. Imaginemos que contemplamos una gran iglesia o un palacio entero, hechos únicamente de oro, desde los cimientos hasta el techo; tal es María, en cuanto al número, a la variedad y a la extensión de sus excelencias espirituales.

Mas, ¿por qué es llamada casa o palacio? ¿De quién es palacio? Es del Gran Rey, del mismo Dios, igual al Padre, habita en Ella. Fue su huésped, y más que su huésped, porque un huésped va a una casa y después se marcha de ella. Mas Nuestro Señor nació realmente en esta Santa Casa. Tomo en ella su carne y su sangre de la carne y de las venas de María. Era, pues, justo que esta casa fuese hecha de oro, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios. Fue de oro en su Concepción y de oro en su nacimiento. Pasó por el fuego del sufrimiento como el oro por el crisol, y, cuando subió a los cielos, fue, como lo dice nuestro himno, “elevada sobre todos los Ángeles en una gloria infinita, y colocada junto al Rey, ataviada con vestiduras de oro”

John Henry, Cardenal, Newman



miércoles, 13 de mayo de 2020

13 DE MAYO / MES DE MAYO, MES DE MARÍA



María, Mater admirabilis, Madre admirable.- Cuando María, Virgo praedicanda, la Virgen que ha de ser predicada, es invocada bajo el título de Admirabilis, el efecto de la predicación de su Concepción Inmaculada nos es sugerido al punto. La Santa Iglesia la proclama, la predica como concebida sin pecado original, y los que oyen esta predicación, los hijos de la Santa Iglesia, se admiran, se maravillan, quedan sobrecogidos ante la idea de semejante prerrogativa.

Una excelencia tan encumbrada como la de María, aunque sea una excelencia creada, causa estupor en el alma. El Creador Omnipotente, dijo de sí mismo a Moisés, al desear éste contemplar su gloria: “Tú no puedes ver mi faz, porque el hombre no podrá verme y subsistir” Y dice también San Pablo: “Nuestro Dios es un fuego que consume” Cuando San Juan, todo él penetrado de la divinidad, vio tan sólo la naturaleza humana de Nuestro Señor, tal como está glorificada en el cielo, “calló a sus pies como muerto” Lo mismo se diga de la aparición de los Ángeles. El santo profeta Daniel, cuando se le apareció el Arcángel Gabriel, “cayó desmayado, y, lleno de consternación, dio con el rostro en tierra” Cuando este gran Arcángel se presentó a Zacarías, padre de San Juan Bautista, también éste “se turbó y el temor se apoderó de él” Otra cosa le ocurrió a María, cuando el mismo San Gabriel fue enviado a Ella. Quedó, en verdad, sobrecogida, y se turbó, al oír sus palabras, porque en su humildad, oía que la saludaba llamándola “llena de gracia” y “bendita entre todas las mujeres”; pero Ella pudo soportar sin desmayo alguno la presencia y el aspecto del enviado del cielo.

Aquí podemos aprender dos cosas: en primer lugar, cuán grande era la santidad de María, pues podía soportar la presencia de un Ángel, cuyo resplandor hizo caer al profeta Daniel en pasmo parecido a la muerte; y, en segundo lugar, puesto que es mucho más santa que el mismo Ángel, y nosotros somos mucho menos santos que Daniel, con cuanta razón, al pensar en su inefable pureza, la llamamos Virgo admirabilis, Virgen admirable, Virgen terrible.

Hay espíritus tan rastreros, tan ciegos y tan irreflexivos, que son capaces de imaginar que María no sintió tanto horror como su Hijo al pecado voluntario, y que podemos lograr que sea nuestra amiga y nuestra abogada acudiendo a Ella sin contrición de corazón y aún sin el deseo de arrepentirnos de verdad, y sin la resolución de enmendarnos. Como si María pudiese detestar menos el pecado y amar más a los pecadores que Nuestro Señor. No: María sólo siente simpatía por los que quieren renunciar al mal; de lo contrario ¿cómo podría Ella misma estar sin pecado? Ella es, según las palabras de la Escritura; “hermosa como la luna, resplandeciente como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla” ¿Qué debe ser, pues, para el pecador impenitente?

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 9 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Virgo praedicanda, Virgen digna de alabanza.- María es llamada Virgo praedicanda, es decir, Virgen digna de alabanza, anunciada, y, más literalmente predicada.

Estamos acostumbrados a que se proclame universalmente todo lo que es maravilloso, extraño, raro, nuevo e importante. Así, San Juan Bautista predicó a Nuestro Señor cuando iba a aparecer; después de la Ascensión, los Apóstoles se esparcieron por el mundo y predicaron a Cristo. ¿Cuál es la más alta, la más rara y la más excelente prerrogativa de María? Es el haber estado libre de pecado. Cuando una mujer de la multitud, dirigiéndose a Nuestro Señor, exclamó: “Bienaventurado el seno que te ha llevado”, le respondió: “Bienaventurados más bien aquellos que oyen la palabras de Dios y la guardan” Estas palabras se realizaron en María, Ella fue colmada de gracia, para ser Madre de Dios. Pero el ser tan Pura y tan Santa fue un don todavía más grande que el de su maternidad. A la verdad, Nuestro Señor no hubiera sido su Hijo, si antes no la hubiese santificado, y su mayor prerrogativa fue esta perfecta santificación.

He aquí por qué es llamada Virgo praedicanda. Merece ser universalmente predicada, porque jamás cometió pecado alguno, ni aún el más pequeño, porque el pecado no tuvo parte alguna en Ella; porque, por la plenitud de la gracia de Dios, jamás tuvo un pensamiento, ni pronunció palabra, ni hizo acción alguna que fuese desagradable, mejor dicho, que no fuese la más agradable a Dios Todopoderoso; porque en Ella apareció de una manera brillante el mayor triunfo reportado sobre el enemigo de las almas. Por eso, cuando todo parecía perdido, Nuestro Señor, a fin de manifestar lo que podía hacer por todos nosotros muriendo por nosotros; a fin de mostrar a qué grado de excelencia podía llegar su obra, la naturaleza humana; a fin de hacer brillar su Omnipotencia, reduciendo a la nada los supremos esfuerzos y la malicia más concentrada del enemigo y revocando todas las consecuencias de la caída, Nuestro Señor, aun antes de su venida a este mundo, comenzó a realizar su obra más admirable de redención en la persona de Aquella, que había de ser su Madre. Por los Méritos de su Sangre, que había de ser derramada, aun antes de hacer la reparación por el pecado de Adán sobre la Cruz, se interpuso para impedir que María fuese alcanzada por la mancha de este pecado. He aquí por qué predicamos a la que fue objeto de esta gracia maravillosa.

Pero también es llamada Virgo praedicanda por otra razón. ¿Cuándo predicamos? ¿por qué predicamos? ¿qué predicamos? Predicamos lo que no es conocido, para que sea conocido. Por esta causa, se dice en la Escritura que los Apóstoles predicaron a Cristo. ¿A quiénes? A los que no le conocían, al mundo pagano. No a los que le conocían, sino a los que no tenían noticia de Él. Predicar es un trabajo gradual: se predica una cosa, una lección, después otra. Así, los paganos fueron conducidos gradualmente a la Iglesia. De la misma manera, la predicación de María a los cristianos y la devoción que éstos le profesan han ido creciendo gradualmente con el transcurso de los siglos. María no fue predicada en las primeras edades como en las edades más cercanas a nosotros. Primero fue predicada como Virgen de las vírgenes; después, como Madre de Dios; después, como Gloriosa en su Asunción y como Abogada de los pecadores; finalmente, como Inmaculada en su Concepción. Y esta última predicación ha sido la peculiar de nuestro siglo, de suerte que lo que fue lo primero en su propia historia, ha sido lo último en la confesión de sus grandezas hecha por la Iglesia.

John Henry, Cardenal, Newman



miércoles, 6 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Virgo Purísima, Virgen Purísima.- Por Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, hemos de entender esta verdad revelada, a saber, que María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin mancha de pecado original.

Después de la caída de Adán, toda la humanidad, su descendencia, ha sido concebida y ha nacido en pecado. “He aquí, dice el inspirado autor del salmo Miserere, que he sido concebido en la iniquidad y que mi madre me ha engendrado en el pecado” Este pecado, que alcanza a cada uno de nosotros y que es nuestro desde el primer momento de nuestra existencia, es el pecado de infidelidad y de desobediencia, por el cual Adán perdió el paraíso. Como hijos de Adán, somos herederos de las consecuencias de su pecado, y hemos perdido, en él, aquella vestidura espiritual de gracia y de santidad, que había recibido de su Creador al recibir la vida. Todos hemos sido concebidos y nacemos en este estado de caídos y desheredados, y el sacramento del Bautismo es, ordinariamente, el medio por el cual somos sacados de él.

María nunca vivió en este estado; fue exceptuada de él por un decreto eterno de Dios. Desde toda la eternidad, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, había resuelto crear la raza humana, y, previendo la caída de Adán, había decretado, al mismo tiempo, rescatar toda su posteridad, la humanidad entera, por la encarnación del Hijo y sus sufrimientos en la Cruz. En este mismo instante eterno, incomprensible, en que el Hijo de Dios nacía del Padre, el decreto de la Redención del hombre por Él, también estaba dado. Según este eterno decreto, el que había nacido desde toda la eternidad nació en el tiempo para salvarnos, y la redención de María fue entonces resuelta de esta manera especial, que llamamos Inmaculada Concepción. Se decretó, no que fuese purificada, sino preservada del pecado, desde el primer instante de su existencia, de tal suerte que el maligno no tuviese en Ella cosa alguna que le perteneciese. Fue, pues, hija de Adán y de Eva de la manera que lo hubiera sido si éstos no hubiesen pecado. No tuvo parte en su falta y heredó, pero en una medida muy superior, todos los dones y todas las gracias, que Adán y Eva inocentes poseían en el paraíso. Tal es su prerrogativa, y tal es el fundamento de todas estas saludables verdades, que, a este propósito nos han sido reveladas. Digamos, pues, con todas las almas santas: Virgen Purísima, Concebida sin pecado original, ¡oh María!, rogad por nosotros.

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 2 de mayo de 2020

PRIMER SÁBADO DE MES Y MES DE MAYO, MES DE MARÍA


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MES DE MAYO, MES DE MARÍA



Mayo, el mes de la alegría.- ¿Por qué el mes de mayo se llama mes de María y le está especialmente dedicado? Entre otras razones, por ésta, a saber, porque dentro de todo el año eclesiástico, es el tiempo más sagrado, el más gozoso y el más enriquecido de fiestas solemnes, ¿quién escogería, por mes de María, el mes de febrero, el de marzo o el de abril, tiempo de Cuaresma y de penitencia? ¿Quién preferiría el de diciembre, tiempo de Adviento y tiempo de esperanza, a la verdad, porque la Navidad se acerca, pero también tiempo de ayuno? Las mismas Navidades no duran un mes, y aunque enero nos da la gozosa Epifanía, con su sucesión de dominicas, este tiempo, la mayor parte de los años, es rápidamente cortado por la precipitada llegada de Septuagésima.

En cambio, mayo pertenece a la época de la Pascua, que dura cincuenta días, y abarca, con frecuencia, este mes entero, o, a lo menos, toda su primera quincena. La gran solemnidad de la Ascensión siempre tiene lugar en mayo, salvo una o dos veces en el espacio de cuarenta años. Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, cae comúnmente en mayo, y, varias veces, las fiestas de la Santísima Trinidad y del Santísimo Sacramento. Mayo es, por lo tanto, el tiempo en que resuenan frecuentes aleluyas, porque Cristo ha salido del sepulcro, porque Cristo ha subido a los cielos, y porque Dios Espíritu Santo ha descendido, para ocupar su lugar en la Iglesia.

He aquí, pues, una de las razones por las cuales el mes de mayo está dedicado a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la primera de las criaturas, y, de todos los hijos de Dios, la más agradable, la más amada y la más cercana a Él. Es conveniente que este mes sea el suyo y que, durante el mismo, glorifiquemos a la providencia de Dios para con nosotros, por nuestra redención y por nuestra santificación en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo.

Pero María no es solamente la Sierva grata al Señor. Es también la Madre de su hijo y la Reina de todos los Santos, por lo cual la Iglesia, como para formarle un cortejo de honor, celebra en este mes las fiestas de algunos de los más grandes. En primer lugar, la fiesta de la Santa Cruz, (día 3), en la cual veneramos la Preciosa Sangre, en que quedó empapada la Cruz durante la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Tienen su fiesta, en este mes de mayo, el Arcángel San Miguel, (día 8, fiesta de la aparición en el Monte Gárgano) y tres Apóstoles: San Juan, el discípulo amado, San Felipe y Santiago; siete Papas, de los cuales dos, San Gregorio VII y San Pío V son particularmente ilustres; dos de los más grandes doctores: San Atanasio y San Gregorio de Nazianzo; dos  vírgenes especialmente favorecidas de Dios: Santa Catalina de Sena, (tal como se celebra su fiesta en Inglaterra) y Santa María Magdalena de Pazzi, y también una mujer celebérrima en los anales de la Iglesia, Santa Mónica, madre de San Agustín. Y sobre todo, y de un modo particular para nosotros, en este Oratorio, San Felipe Neri, que ocupa, con su novena y su octava, quince días enteros de los treinta y uno que tiene este mes. Son todos ellos frutos de selección de la gracia multiforme de Dios, que forman la corte de su gloriosa Reina.

John Henry, Cardenal, Newman 



viernes, 1 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


Mayo, el mes de las promesas.- ¿Por qué el mes de mayo ha sido escogido como el mes, durante el cual practicamos de una manera especial la devoción a la Santísima Virgen?

Ello es debido a que el mes de mayo es el tiempo en que la tierra se adorna con hierba nueva y follaje lleno de frescura, después de las duras heladas y de las nieves del invierno, y de la atmósfera desabrida, el fuerte viento y las lluvias de los comienzos de la primavera. Las flores se muestran por todas partes, sobre los árboles y en los jardines; los días son largos, y el sol sale pronto y se pone tarde. Esta alegría y este gozo de la naturaleza exterior son las naturales de nuestra devoción a Aquella, que es llamada Rosa mística y Casa de oro.

Se puede objetar que, en nuestros climas, el mes de mayo es, con frecuencia, sombrío e inclemente. No lo podemos negar; pero a pesar de ello, este mes es siempre el de las promesas y el de la esperanza. Aun cuando ocurra que en él el tiempo, a veces sea malo, es con todo el mes de mayo el que nos anuncia y da comienzo al verano. Sabemos que nada puede traernos desagradable, y que pronto llegará el buen tiempo. “La explosión de la hermosura”, dice el Profeta, “aparecerá al fin y no mentirá: si tarda, aguardadla, porque vendrá seguramente, y no faltará”.

Luego mayo es el tiempo, sino de la realización, a lo menos de las promesas, ¿y no es éste el aspecto bajo el cual podemos, con razón considerar a la bienaventurada Virgen, Santa María, a quien está dedicado?

Dijo el Profeta: “Saldrá un tallo de la raíz de Jesé, y una flor surgirá de la raíz” ¿Quién es la flor, sino Nuestro Señor? ¿Cuál es el tallo o la hermosa planta, donde se abre la flor, sino María, Madre de Nuestro Señor, María, Madre de Dios?

Estaba predicho que Dios vendría a la tierra. Cuando llegó la plenitud del tiempo ¿de qué manera se anunció su venida? Por medio del Ángel, que fue a saludar a María. “Salve, llena de gracia”, dijo Gabriel, “el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres”. Era, pues, Ella misma, la Promesa segura del Salvador que venía. Por esto el mes de mayo ha de ser, por un título especial, el mes de María.

John Henry, Cardenal, Newman