Regína Caeli, laetáre, Allelúia! Quia quem meruisti portáre, Allelúia! Resurréxit sicut dixit, Allelúia! Ora pro nobis Deum, Allelúia!

lunes, 28 de septiembre de 2020

NOVENA A NUESTRA MADRE DEL ROSARIO (del 28/9 al 6/10)

 


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La Iglesia celebra a la Virgen bajo esta advocación el 7 de octubre. Su fiesta fue instituida por San Pío V en agradecimiento a la Virgen por su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto. En 1716 Clemente XI extendió esta fiesta a toda la Iglesia. León XIII acrecentó su importancia litúrgica con la publicación de nueve encíclicas dedicadas al Rosario.



sábado, 26 de septiembre de 2020

PARA LA VISITA A NUESTRA MADRE MARÍA

 

“Sus lazos, cordón de púrpura violeta” (Eccli., 6, 31) Dice el devoto Perbarto que la devoción a María es cadena de predestinación. Pidamos a Nuestra Señora que nos ate siempre con las cadenas del amor a la confianza de su amparo.


¡Oh, mi poderosa protectora y mi verdadero consuelo, después de Dios, en este mundo! Vos, que sois el celeste rocío que endulza mis penas, Vos que sois la luz de mi alma cuando está rodeada de tinieblas, Vos que sois mi guía en mis flaquezas, mi tesoro en mi pobreza, mi remedio en mis heridas, mi alegría en todos mis pesares, mi refugio en todos mis peligros, la esperanza de mi vida y de mi salvación, dignaos escuchar mis súplicas, interesaros por mis males y tened compasión de mí como conviene a la Madre de un Dios que tiene tanta bondad y amor para con los hombres; que es su Padre y os ha designado para ser Madre suya. Ponedme en el número de vuestros queridos hijos y obtenedme de Dios todas las gracias que veis ser necesarias para la salvación de mi alma.

 

San Germán 



sábado, 19 de septiembre de 2020

EL PODER DE NUESTRA MADRE NUESTRA ARMA EL SANTO ROSARIO


Mientras Santo Domingo predicaba cerca de Carcasona, le presentaron un albigense poseído del demonio. El Santo lo exorcizó en presencia de una gran muchedumbre. Se cree que estaban presentes más de doce mil personas. Los demonios que poseían a este infeliz fueron obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del Santo y confesaron:

1. que eran quince mil los que poseían el cuerpo de aquel miserable, porque había atacado los quince misterios del Rosario;

2. que con el Rosario que Santo Domingo predicaba causaba terror y espanto a todo el infierno, y que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas que les arrebataba con la devoción del Rosario;

3. Revelaron, además, muchos otros particulares.

Santo Domingo arrojó su Rosario al cuello del poseso y les preguntó que de todos los santos del cielo a quien temían más y a quién debían amar y honrar más los mortales… Los espíritus malignos, para no responder comenzaron a llorar y lamentarse…

El Santo, sin inmutarse ante las dolientes palabras de los espíritus, les respondió que no dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus preguntas. Dijéronle los demonios, que responderían pero en secreto y al oído, no ante todo el mundo. Insistió el Santo y les ordenó que hablaran en voz alta. Pero su insistencia fue inútil: los diablos no quisieron decir palabra.

Entonces, el Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: “¡Oh Poderosísima Virgen María! ¡Por virtud de tu salterio y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!”… Los diablos gritaron entonces: “Domingo, te rogamos por la pasión de Jesucristo y los méritos de su Santísima Madre y de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir palabra. Los ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán ¿Por qué darnos crédito? No nos atormentes más: ¡ten piedad de nosotros!”

“¡Infelices, son indignos de ser oídos!” –respondió Santo Domingo–. Y arrodillándose elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: “Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente. ¡Obliga a estos enemigos tuyos a confesar la plena y auténtica verdad al respecto!”

Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen, rodeada de multitud de ángeles, que con una varilla de oro en la mano golpeaba al poseso y le decía: “¡Responde a Domingo, mi servidor!” Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima Virgen, fuera de Santo Domingo.

Entonces los demonios comenzaron a gritar: “¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por Ti, ¡oh abogada de los pecadores a quienes sacas del infierno!, ¡oh camino seguro del cielo!, seamos obligados –a pesar nuestro– a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!”

“¡Oigan, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. Le tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores”.

“Tengan también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan, gracias a su intercesión. ¡Ah! si esta Marieta –así la llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión –obligados por la violencia que nos hacen– que nadie que persevere en el rezo del Rosario, se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos”.

Entonces, santo Domingo hizo rezar el Rosario a todos los asistentes, muy lenta y devotamente. Y, a cada Avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!– salían del cuerpo del poseso gran multitud de demonios, en forma de carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios y el hereje quedó completamente liberado, la Santísima Virgen dio su bendición –aunque invisiblemente– a todo el pueblo, que con ello experimentó sensiblemente gran alegría. Este milagro fue causa de la conversión de muchos herejes que llegaron a ingresar en la cofradía del Santo Rosario.


San Luis María Grignon de Montfort, 
"El secreto admirable del Santísimo Rosario"


 


martes, 15 de septiembre de 2020

15 DE SEPTIEMBRE, LOS DOLORES DE NUESTRA MADRE MARÍA


Retírense del cielo astros
de la noche, y aterrizado
el sol precipite su carrera, mientras
yo recuerdo el oprobio de
una muerte inhumana, la muerte
de un Dios.

Allí estabais Vos, ¡oh Madre!,
presenciando el suplicio, agobiada
de males; y los soportabais
con inalterable firmeza de corazón,
mientras vuestro Hijo suspendido
en la Cruz exhalaba
grandes gemidos.

¡Con qué dardos tan penetrantes
os atraviesa el alma la
contemplación de vuestro Hijo
pendiente ante vuestra mirada,
con el cuerpo magullado por los
azotes, surcado todo de heridas!

¡Ah! ¡De cuántas maneras y
cuán cruelmente oprimían vuestro
amoroso Corazón los salivazos,
las bofetadas, los golpes, las heridas,
la hiel, el ajenjo, la esponja,
la lanza, la sed, las espinas
y la sangre!

Sin embargo, más intrépida
que los mismo mártires, la Virgen
se mantiene en pie: por un
prodigio inaudito, ¡oh Madre!, en
medio de tantos dolores mortales,
continuáis viviendo.

Gloria, alabanza y honor a la
Trinidad Todopoderosa; a ella
pido humildemente y con vivas
instancias, la gracia de imitar la
fortaleza de ánimo de la Virgen
con mi valor en la adversidad. Amén

Del Oficio de Maitines,
del “Breviario Romano”
(Gubianas-1940)



sábado, 12 de septiembre de 2020

12 DE SEPTIEMBRE, SANTO Y DULCE NOMBRE DE NUESTRA MADRE MARÍA


¡Madre de Dios y Madre mía María!
Yo no soy digno de pronunciar Tu Nombre;
pero Tú que deseas y quieres mi salvación,
me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura,
que pueda llamar en mi socorro
Tu Santo y Poderoso Nombre,
que es ayuda en la vida y salvación al morir.

¡Dulce Madre, María!
haz que Tu nombre, de hoy en adelante,
sea la respiración de mi vida.
No tardes, Señora, en auxiliarme
cada vez que te llame.

Pues en cada tentación que me combata,
y en cualquier necesidad que experimente,
quiero llamarte sin cesar; ¡María!
Así espero hacerlo en la vida,
y así, sobre todo, en la última hora,
para alabar, siempre en el Cielo Tu Nombre amado:

“¡Oh Clementísima, oh Piadosa,
oh Dulce Virgen María!”
¡Qué aliento, dulzura y confianza,
qué ternura siento
con sólo nombrarte y pensar en Ti!

Doy gracias a Nuestro Señor y Dios,
que nos ha dado para nuestro bien,
este Nombre tan Dulce, tan Amable y Poderoso.

Señora, no me contento
con sólo pronunciar Tu Nombre;
quiero que Tu Amor me recuerde
que debo llamarte a cada instante;
y que pueda exclamar con San Anselmo:
“¡Oh Nombre de la Madre de Dios,
Tú eres el amor mío!”

Amada María y amado Jesús mío,
que vivan siempre en mi corazón y en el de todos,
Vuestros Nombres salvadores.

Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre,
para acordarme sólo y siempre,
de invocar Vuestros Nombres adorados.

Jesús, Redentor mío, y Madre mía María,
cuando llegue la hora de dejar esta vida,
concédedme entonces la gracia de deciros:

“Os amo, Jesús y María;
Jesús y María,
os doy el corazón y el alma mía”

San Alfonso María de Ligorio



martes, 8 de septiembre de 2020

8 DE SEPTIEMBRE, NATIVIDAD DE NUESTRA MADRE MARÍA

Vuestro nacimiento, Santa Madre de Dios, anunció la alegría a todo el mundo

Dice San Alfonso María de Ligorio que, así como después de las tinieblas y de la tristeza de la noche, el alba nos trae la alegría, de la misma manera después del pecado, que, por espacio de tantos siglos tenía dominado al mundo, antes de la venida de Cristo, el despuntar de nuestra aurora, es decir la natividad de María, devolvió la alegría al mundo. Al nacer María, comenzó el alba, dice un Santo Padre. La aurora es el heraldo del sol, y María, fue el heraldo del Verbo Encarnado, Sol de justicia y Redentor nuestro, que con su muerte nos libró de la muerte eterna. Y, así como María fue el principio de nuestro gozo, así es también su cumplimiento, pues dice San Bernardo, que Jesucristo ha puesto en las manos de María todo el precio de sus méritos, para que todo el bien que recibimos, lo recibamos de María.

No nos hemos de desalentar a la vista de nuestros pecados y miserias, antes al contrario, cuanto más miserables nos sintamos, tanto más nos hemos de alegrar por la natividad de la Virgen, pues por Ella nos vendrá la liberación del mal.

Ábrase, pues, nuestro corazón a la alegría y a la confianza, que con estos afectos honramos, en gran manera, a la Virgen, y celebramos, su entrada en este mundo. Si los Ángeles del cielo se alegraron de la entrada de María en la Gloria, como canta la Iglesia: Assumpta est María in coelum, gaudent angeli, ¿cómo será posible que no nos alegremos por su entrada en este, nuestro mundo?




La Natividad de la Virgen María es el acontecimiento más glorioso para el linaje humano. El honor mayor para éste es el haber querido encarnarse en él el Verbo Divino. Pero, tratándose de personas puramente humanas, la Virgen Santísima es nuestro mayor timbre de gloria. Esta gloria de nuestra raza la corrobora el evangelio de hoy, al consignar aquellas largas generaciones, por las cuales podemos descender desde Adán hasta nuestro Salvador. Pero después de Jesús, a los cristianos incorporados al Cuerpo Místico de Jesucristo y, por lo tanto hijos de María, ya no nos interesan estas genealogías: todos, por la gracia de Dios, hemos entrado a formar parte de la estirpe divina. En esta gloriosa genealogía del pueblo de Israel, aparecen consignados los antepasados por sus propios nombres, hasta cerrarlas con la dulce gracia de aquellos tres nombres suavísimos: José, esposo de María, de la cual nació Jesús.




sábado, 5 de septiembre de 2020

HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES




































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EL CORAZÓN DE MARÍA Y LOS PRIMEROS SÁBADOS

La gran promesa del Corazón de María en Pontevedra. La primera promesa la cumplió la Virgen el 10 de diciembre de 1925. Sor Lucía, como postulante Dorotea, estaba en su celda cuando se le apareció Nuestra Señora poniéndole una mano sobre el hombro mientras le mostraba en la otra un corazón rodeado de espinas. Al lado de la Virgen estaba el Niño Jesús subido en una nube de luz, que le dijo: 

«Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas»

En seguida dijo la Santísima Virgen: 

«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas»

LA INTENCIÓN REPARADORA

Sin esta intención general, sin esta voluntad de amor que desea reparar y consolar a la Virgen, sin esta “compasión”, todas estas prácticas serían incompletas. Se trata de consolar al Corazón Doloroso e Inmaculado de Nuestra Madre. Aunque aquí no se trata en primer lugar de consolar a la Virgen María compadeciéndose de su Corazón traspasado por causa de los sufrimientos de su Hijo, sino que el sentido preciso de esta devoción reparadora considera las ofensas que actualmente recibe el Corazón Inmaculado de María por parte de los que rechazan su mediación materna y menosprecian sus prerrogativas. Son éstas otras tantas espinas que hay que arrancar de su Corazón por estas prácticas de reparación, para consolarla y obtener así el perdón para las almas que le ofenden tan gravemente.