Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

miércoles, 14 de mayo de 2014

HISTORIA PARA NIÑOS... ¿O ADULTOS LLENOS DE FE?

PARA ELEGRAR AL NIÑO JESÚS… 

La condesa Adelaida era cocida en sus dominios por su extrema bondad y virtud que emanaban de su generoso corazón. Le gustaba pasear todas las tardes por el condado, a fin de visitar a los más desfavorecidos y ayudarle en lo que necesitaban. Antes de regresar a su palacio, paraba en la iglesia dedicada a Nuestra Señora Reina, para rezar largo tiempo ante la bellísima imagen de la Patrona.

En una fría tarde de diciembre, la condesa entró en la iglesia, después de su habitual paseo. El sol se había puesto, afuera nevaba y el templo vacío se encontraba en total penumbra, marcando el ambiente con un cierto aire de misterio. Únicamente la lámpara del Santísimo Sacramento y algunas velas alumbraban el recinto sagrado. La joven dama se puso delante de la acogedora imagen de María que siempre la había atraído tanto, se arrodilló y empezó a rezar.

Se acercaban las fiestas navideñas. Sus oraciones iban al encuentro del pesebre de la gruta de Belén. Hacía dos mil años atrás – pensaba- las puertas de las posadas se habían cerrado a la Sagrada Familia y nadie adoraba al Niño Jesús recién nacido, a no ser un buey, una mula y algunos humildes pastores. Rezándole a la Madre de Dios y meditando en aquel momento en que pocos se acordaban de Ella, estaba segura que consolaría a la Virgen y alegraría al Corazón de Jesús.

Inesperadamente un ruido interrumpió sus pensamientos: en el pasillo central de la iglesia vio a un niño encantador, de cinco años, jugando con una pelota dorada. La tiraba al aire y la cogía de nuevo numerosas veces mientras hacía elegantes movimientos. La condesa Adelaida se levantó y poniendo su brazo sobre los hombros del chiquillo le dijo con afecto:

-Hijo mío, aquí no se puede jugar con la pelota. Este lugar es sagrado.

El niño la miró con fisonomía entristecida y le respondió:

-Pero, señora, con esto no hago daño a nadie y distraigo a la Virgen, que está solita. Son tan pocas las personas que vienen a visitarla…

-Para distraer a la Santísima Virgen –le dice la condesa- debemos ofrecerle nuestras oraciones. ¿Quieres rezar conmigo?


El muchacho asistió con la cabeza y los dos se arrodillaron. La noble señora empezó a rezar y le pidió al pequeño que repitiese con ella:

-Dios te salve María, llena eres de gracia…

-Dios te salve María, llena eres de gracia –repetía el niño con voz llena de candidez y fervor.

Hasta que el decir: “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”, la dama levantó los ojos hacia la imagen y se dio cuenta de que María Santísima los miraba y sonreía amablemente.

Al volverse hacia el niño, se quedó absorta al contemplar una luz celestial que salía de su rostro, mientras Él le decía con dulzura:

-Yo soy ese Jesús al que llamas. La condesa Adelaida se inclinó en señal de adoración e intentó basar los sacrosantos pies del Niño Jesús, pero éste desapareció.

Impresionada con lo ocurrido, le agradeció a María Santísima  la inconmensurable gracia que había recibido y salió a la iglesia con el alma repleta de una alegría como nunca en su vida había sentido. La Virgen recompensó las fervorosas oraciones que esa hija querida rezaba a diario con tan inefable convivencia.

Algo, no obstante, parecía afligir a la condesa: se acordaba de las palabras del Divino Infante, que se había mostrado disgustado con el reducido número de los que frecuentaban la iglesia: “Son tan pocas la personas que vienen a visitarla…”

Veía cómo realmente, al comienzo del periodo navideño, el pueblo se encontraba más que nunca alejado de los sacramentos y de las prácticas de piedad. Se preocupaban más con las fiestas mundanas y los regalos que con el verdadero significado de tan solemne conmemoración. Por eso, Adelaida no se molestó al saber que la noticia de su  encuentro con Jesús se había difundido por toda la región.

De hecho, atraídas por una luz inusual, algunas personas presenciaron esa escena a través de una ventana y enseguida salieron corriendo para contar a los cuatro vientos lo sucedido. Y aunque la bondadosa condesa se sentía intimidada con la notoriedad que eso le acarreaba, se resignaba al ver cómo la narración del prodigioso hecho encendía el fervor en el alma de los que tomaban conocimiento de aquel suceso.

En poco tiempo, una gracia de gozo y arrepentimiento se apoderó de la población. A partir de entonces volvió a crecer en todos la devoción de la Virgen María y la iglesia se llenó nuevamente de vida en esas Navidades.

Hna. Patricia Victoria Jorge Villegas, EP

Fuente revista "Heraldos del Evangelio", número 125, diciembre 2013


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