Y esa lágrima parece decir; ¡oh Madre mía! Decid qué deseáis; todo lo mío es también vuestro ¿Esta concedido; Jesús ha sido ganado! ¡Ha sido tocado en su punto flaco! Ahora pide; lo obtendrás todo, absolutamente todo lo que sea conforme a la gloria de Dios y no perjudique a tu salvación. ¿No es consoladora y confortante esa certeza de ser oído y esa seguridad de poder decir; yo puedo alcanzarlo todo de mi Divino Salvador y Él no me puede negar nada? Pruébalo, y experimentarás que no es ficción piadosa sino dulce realidad. En las penas, en las tentaciones, ve a Jesús con esta simple expresión: "Jesús, aquí tenéis a vuestra Madre!

lunes, 25 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Mater amabilis, Madre amable.- ¿Por qué María es tan especialmente Amabilis? Porque no tiene pecado. El pecado, por su propia naturaleza, es una cosa odiosa; la gracia, en cambio, es una cosa bella y atractiva.

Sin embargo, podría objetarse que le ausencia del pecado no fue suficiente para hacer que María fuese amada durante su vida natural, y esto por dos razones: primeramente, porque no podemos amar a quien sea del todo diferente de nosotros; ahora bien, nosotros somos pecadores; en segundo lugar, porque la santidad no podía bastar para hacerla atractiva y agradable, pues santas personas, con quienes nos encontramos en las relaciones de la vida ordinaria, no siempre son agradables, y, con frecuencia, no podemos amarlas gustosamente, aunque sintamos por ellas admiración y respeto.

En cuanto a la primera de estas dos cuestiones, concedemos que los malos no aman, no pueden amar a los buenos; pero nuestra Bienaventurada Virgen es llamada Amabilis o Amable, por ser tal para los hijos de la Iglesia, y no para los de fuera, que no la conocen; y no hay ningún hijo de la Santa Iglesia, en cuya alma no quede algún vestigio de la gracia de Dios, la cual hace que entre Él y María subsista cierta semejanza, por remota que sea capaz de hacer posible que la ame. Podemos, pues dejar esta objeción. Mas, en cuanto a la segunda, ¿cómo podemos estar seguros de que Nuestra Señora, durante su vida en la tierra, atraía hacia sí los corazones de los que la rodeaban y de que era amada simplemente porque era Santa? Esto puede ser una dificultad, si se considera que, a veces, las personas más santas, no tienen el don de ganarse las simpatías naturales. Para explicar este punto, debemos recordar que es muy grande la diferencia entre el estado de un alma como la de la Bienaventurada Virgen María, que nunca tuvo pecado, y el de otra alma, por santa que sea, que haya estado un solo día bajo el peso del pecado de Adán; porque, aun después del bautismo y del arrepentimiento, esta alma padece necesariamente las heridas espirituales, que son la consecuencia de este pecado. Los santos nunca cometen pecado mortal; más aún, los hay que no han cometido un solo pecado mortal en todo el decurso de su vida. Pero la santidad de María fue mucho más lejos. Jamás cometió un solo pecado venial; y no sabemos que, excepto Ella, haya nadie gozado de tan especial privilegio.

Luego toda falta de amabilidad, de dulzura y de atractivo, que existe realmente en los santos, procede de los restos del pecado que subsiste en ellos, o también de la falta de una santidad suficientemente poderosa para dominar las imperfecciones de la naturaleza, ya en el alma, ya en el cuerpo. Mas, en cuanto a María, su santidad era tal, que, si se nos hubiese concedido el verla u oírla, a quienes nos hubiesen preguntado acerca del particular, no les hubiéramos podido responder otra cosa sino que era toda angélica, celestial y perfecta.

Su rostro era naturalmente el más hermoso que verse pudiera; pero, aunque lo hubiéremos visto, no podríamos recordar si lo era o no, y, tampoco, ninguno de sus rasgos, porque era su hermosa alma sin mácula la que miraba por sus ojos, hablaba por su boca, era oída en su voz y la penetraba toda entera; ya caminase, ya estuviese inmóvil, ya estuviese triste, ya sonriese, era su alma sin mácula la que atraía hacia Ella a todos aquellos que poseían algún grado de gracia y algún amor a las cosas santas. Había en todo lo que hacía y decía, en su fisonomía, en su aire, en su continente, una divina harmonía, que encantaba a cuantos podían acercársele. Su inocencia, su modestia, su humildad, su simplicidad, su sinceridad, su rectitud, su olvido de sí misma, su interés natural por todos aquellos a quienes encontraba durante su vida, su pureza, he aquí las virtudes que la hacían tan amable; y si se nos permitiese verla ahora, ni nuestro primero, ni nuestro segundo pensamiento se referirían a su intercesión por nosotros ante su Hijo (aunque esta intercesión nos sea tan útil), sino que nuestra primera impresión sería ésta: “¡Oh! ¡qué hermosa es!”, y la siguiente: “¡Qué odiosas y feas criaturas somos nosotros!”  

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 16 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Domus aurea, Casa de oro.- ¿Por qué es comparada a una casa? ¿Por qué es llamada de oro? El oro es el más hermoso de todos los metales, el que tiene más valor. La plata, el cobre y el acero pueden ser bellos y brillantes a los ojos, pero el oro les aventaja en riqueza y esplendor. Tenemos pocas ocasiones de ver el oro en cantidad considerable; pero quien haya visto reunido un gran número de piezas de orfebrería, conoce el aspecto magnífico del oro. Por esta causa, en la Escritura, la Cuidad Santa es llamada de oro, en lenguaje figurado. “La Ciudad Santa, dice San Juan, era de oro puro, como cristal transparente” Quiere, sin duda, darnos una idea de la admirable hermosura del cielo, comparándola con la más bella de todas las substancias que vemos en la tierra.

Por eso, también María se llama de oro, porque sus gracias, sus virtudes, su inocencia, su pureza, tienen un brillo tan transcendental y una perfección tan deslumbradora, y son, por otra parte, tan exquisitas y tan raras, que los Ángeles no pueden, por decirlo así, apartar de Ella sus miradas, como nosotros no podríamos tampoco dejar de contemplarla indefinidamente una admirable obra hecha de oro purísimo.

Pero observad, además, que es una casa de oro, o mejor dicho, un palacio de oro. Imaginemos que contemplamos una gran iglesia o un palacio entero, hechos únicamente de oro, desde los cimientos hasta el techo; tal es María, en cuanto al número, a la variedad y a la extensión de sus excelencias espirituales.

Mas, ¿por qué es llamada casa o palacio? ¿De quién es palacio? Es del Gran Rey, del mismo Dios, igual al Padre, habita en Ella. Fue su huésped, y más que su huésped, porque un huésped va a una casa y después se marcha de ella. Mas Nuestro Señor nació realmente en esta Santa Casa. Tomo en ella su carne y su sangre de la carne y de las venas de María. Era, pues, justo que esta casa fuese hecha de oro, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios. Fue de oro en su Concepción y de oro en su nacimiento. Pasó por el fuego del sufrimiento como el oro por el crisol, y, cuando subió a los cielos, fue, como lo dice nuestro himno, “elevada sobre todos los Ángeles en una gloria infinita, y colocada junto al Rey, ataviada con vestiduras de oro”

John Henry, Cardenal, Newman



miércoles, 13 de mayo de 2020

13 DE MAYO / MES DE MAYO, MES DE MARÍA



María, Mater admirabilis, Madre admirable.- Cuando María, Virgo praedicanda, la Virgen que ha de ser predicada, es invocada bajo el título de Admirabilis, el efecto de la predicación de su Concepción Inmaculada nos es sugerido al punto. La Santa Iglesia la proclama, la predica como concebida sin pecado original, y los que oyen esta predicación, los hijos de la Santa Iglesia, se admiran, se maravillan, quedan sobrecogidos ante la idea de semejante prerrogativa.

Una excelencia tan encumbrada como la de María, aunque sea una excelencia creada, causa estupor en el alma. El Creador Omnipotente, dijo de sí mismo a Moisés, al desear éste contemplar su gloria: “Tú no puedes ver mi faz, porque el hombre no podrá verme y subsistir” Y dice también San Pablo: “Nuestro Dios es un fuego que consume” Cuando San Juan, todo él penetrado de la divinidad, vio tan sólo la naturaleza humana de Nuestro Señor, tal como está glorificada en el cielo, “calló a sus pies como muerto” Lo mismo se diga de la aparición de los Ángeles. El santo profeta Daniel, cuando se le apareció el Arcángel Gabriel, “cayó desmayado, y, lleno de consternación, dio con el rostro en tierra” Cuando este gran Arcángel se presentó a Zacarías, padre de San Juan Bautista, también éste “se turbó y el temor se apoderó de él” Otra cosa le ocurrió a María, cuando el mismo San Gabriel fue enviado a Ella. Quedó, en verdad, sobrecogida, y se turbó, al oír sus palabras, porque en su humildad, oía que la saludaba llamándola “llena de gracia” y “bendita entre todas las mujeres”; pero Ella pudo soportar sin desmayo alguno la presencia y el aspecto del enviado del cielo.

Aquí podemos aprender dos cosas: en primer lugar, cuán grande era la santidad de María, pues podía soportar la presencia de un Ángel, cuyo resplandor hizo caer al profeta Daniel en pasmo parecido a la muerte; y, en segundo lugar, puesto que es mucho más santa que el mismo Ángel, y nosotros somos mucho menos santos que Daniel, con cuanta razón, al pensar en su inefable pureza, la llamamos Virgo admirabilis, Virgen admirable, Virgen terrible.

Hay espíritus tan rastreros, tan ciegos y tan irreflexivos, que son capaces de imaginar que María no sintió tanto horror como su Hijo al pecado voluntario, y que podemos lograr que sea nuestra amiga y nuestra abogada acudiendo a Ella sin contrición de corazón y aún sin el deseo de arrepentirnos de verdad, y sin la resolución de enmendarnos. Como si María pudiese detestar menos el pecado y amar más a los pecadores que Nuestro Señor. No: María sólo siente simpatía por los que quieren renunciar al mal; de lo contrario ¿cómo podría Ella misma estar sin pecado? Ella es, según las palabras de la Escritura; “hermosa como la luna, resplandeciente como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla” ¿Qué debe ser, pues, para el pecador impenitente?

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 9 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Virgo praedicanda, Virgen digna de alabanza.- María es llamada Virgo praedicanda, es decir, Virgen digna de alabanza, anunciada, y, más literalmente predicada.

Estamos acostumbrados a que se proclame universalmente todo lo que es maravilloso, extraño, raro, nuevo e importante. Así, San Juan Bautista predicó a Nuestro Señor cuando iba a aparecer; después de la Ascensión, los Apóstoles se esparcieron por el mundo y predicaron a Cristo. ¿Cuál es la más alta, la más rara y la más excelente prerrogativa de María? Es el haber estado libre de pecado. Cuando una mujer de la multitud, dirigiéndose a Nuestro Señor, exclamó: “Bienaventurado el seno que te ha llevado”, le respondió: “Bienaventurados más bien aquellos que oyen la palabras de Dios y la guardan” Estas palabras se realizaron en María, Ella fue colmada de gracia, para ser Madre de Dios. Pero el ser tan Pura y tan Santa fue un don todavía más grande que el de su maternidad. A la verdad, Nuestro Señor no hubiera sido su Hijo, si antes no la hubiese santificado, y su mayor prerrogativa fue esta perfecta santificación.

He aquí por qué es llamada Virgo praedicanda. Merece ser universalmente predicada, porque jamás cometió pecado alguno, ni aún el más pequeño, porque el pecado no tuvo parte alguna en Ella; porque, por la plenitud de la gracia de Dios, jamás tuvo un pensamiento, ni pronunció palabra, ni hizo acción alguna que fuese desagradable, mejor dicho, que no fuese la más agradable a Dios Todopoderoso; porque en Ella apareció de una manera brillante el mayor triunfo reportado sobre el enemigo de las almas. Por eso, cuando todo parecía perdido, Nuestro Señor, a fin de manifestar lo que podía hacer por todos nosotros muriendo por nosotros; a fin de mostrar a qué grado de excelencia podía llegar su obra, la naturaleza humana; a fin de hacer brillar su Omnipotencia, reduciendo a la nada los supremos esfuerzos y la malicia más concentrada del enemigo y revocando todas las consecuencias de la caída, Nuestro Señor, aun antes de su venida a este mundo, comenzó a realizar su obra más admirable de redención en la persona de Aquella, que había de ser su Madre. Por los Méritos de su Sangre, que había de ser derramada, aun antes de hacer la reparación por el pecado de Adán sobre la Cruz, se interpuso para impedir que María fuese alcanzada por la mancha de este pecado. He aquí por qué predicamos a la que fue objeto de esta gracia maravillosa.

Pero también es llamada Virgo praedicanda por otra razón. ¿Cuándo predicamos? ¿por qué predicamos? ¿qué predicamos? Predicamos lo que no es conocido, para que sea conocido. Por esta causa, se dice en la Escritura que los Apóstoles predicaron a Cristo. ¿A quiénes? A los que no le conocían, al mundo pagano. No a los que le conocían, sino a los que no tenían noticia de Él. Predicar es un trabajo gradual: se predica una cosa, una lección, después otra. Así, los paganos fueron conducidos gradualmente a la Iglesia. De la misma manera, la predicación de María a los cristianos y la devoción que éstos le profesan han ido creciendo gradualmente con el transcurso de los siglos. María no fue predicada en las primeras edades como en las edades más cercanas a nosotros. Primero fue predicada como Virgen de las vírgenes; después, como Madre de Dios; después, como Gloriosa en su Asunción y como Abogada de los pecadores; finalmente, como Inmaculada en su Concepción. Y esta última predicación ha sido la peculiar de nuestro siglo, de suerte que lo que fue lo primero en su propia historia, ha sido lo último en la confesión de sus grandezas hecha por la Iglesia.

John Henry, Cardenal, Newman



miércoles, 6 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


María, Virgo Purísima, Virgen Purísima.- Por Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, hemos de entender esta verdad revelada, a saber, que María fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin mancha de pecado original.

Después de la caída de Adán, toda la humanidad, su descendencia, ha sido concebida y ha nacido en pecado. “He aquí, dice el inspirado autor del salmo Miserere, que he sido concebido en la iniquidad y que mi madre me ha engendrado en el pecado” Este pecado, que alcanza a cada uno de nosotros y que es nuestro desde el primer momento de nuestra existencia, es el pecado de infidelidad y de desobediencia, por el cual Adán perdió el paraíso. Como hijos de Adán, somos herederos de las consecuencias de su pecado, y hemos perdido, en él, aquella vestidura espiritual de gracia y de santidad, que había recibido de su Creador al recibir la vida. Todos hemos sido concebidos y nacemos en este estado de caídos y desheredados, y el sacramento del Bautismo es, ordinariamente, el medio por el cual somos sacados de él.

María nunca vivió en este estado; fue exceptuada de él por un decreto eterno de Dios. Desde toda la eternidad, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, había resuelto crear la raza humana, y, previendo la caída de Adán, había decretado, al mismo tiempo, rescatar toda su posteridad, la humanidad entera, por la encarnación del Hijo y sus sufrimientos en la Cruz. En este mismo instante eterno, incomprensible, en que el Hijo de Dios nacía del Padre, el decreto de la Redención del hombre por Él, también estaba dado. Según este eterno decreto, el que había nacido desde toda la eternidad nació en el tiempo para salvarnos, y la redención de María fue entonces resuelta de esta manera especial, que llamamos Inmaculada Concepción. Se decretó, no que fuese purificada, sino preservada del pecado, desde el primer instante de su existencia, de tal suerte que el maligno no tuviese en Ella cosa alguna que le perteneciese. Fue, pues, hija de Adán y de Eva de la manera que lo hubiera sido si éstos no hubiesen pecado. No tuvo parte en su falta y heredó, pero en una medida muy superior, todos los dones y todas las gracias, que Adán y Eva inocentes poseían en el paraíso. Tal es su prerrogativa, y tal es el fundamento de todas estas saludables verdades, que, a este propósito nos han sido reveladas. Digamos, pues, con todas las almas santas: Virgen Purísima, Concebida sin pecado original, ¡oh María!, rogad por nosotros.

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 2 de mayo de 2020

PRIMER SÁBADO DE MES Y MES DE MAYO, MES DE MARÍA


Para más información, pinchar AQUÍ



MES DE MAYO, MES DE MARÍA



Mayo, el mes de la alegría.- ¿Por qué el mes de mayo se llama mes de María y le está especialmente dedicado? Entre otras razones, por ésta, a saber, porque dentro de todo el año eclesiástico, es el tiempo más sagrado, el más gozoso y el más enriquecido de fiestas solemnes, ¿quién escogería, por mes de María, el mes de febrero, el de marzo o el de abril, tiempo de Cuaresma y de penitencia? ¿Quién preferiría el de diciembre, tiempo de Adviento y tiempo de esperanza, a la verdad, porque la Navidad se acerca, pero también tiempo de ayuno? Las mismas Navidades no duran un mes, y aunque enero nos da la gozosa Epifanía, con su sucesión de dominicas, este tiempo, la mayor parte de los años, es rápidamente cortado por la precipitada llegada de Septuagésima.

En cambio, mayo pertenece a la época de la Pascua, que dura cincuenta días, y abarca, con frecuencia, este mes entero, o, a lo menos, toda su primera quincena. La gran solemnidad de la Ascensión siempre tiene lugar en mayo, salvo una o dos veces en el espacio de cuarenta años. Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, cae comúnmente en mayo, y, varias veces, las fiestas de la Santísima Trinidad y del Santísimo Sacramento. Mayo es, por lo tanto, el tiempo en que resuenan frecuentes aleluyas, porque Cristo ha salido del sepulcro, porque Cristo ha subido a los cielos, y porque Dios Espíritu Santo ha descendido, para ocupar su lugar en la Iglesia.

He aquí, pues, una de las razones por las cuales el mes de mayo está dedicado a la Bienaventurada Virgen María. Ella es la primera de las criaturas, y, de todos los hijos de Dios, la más agradable, la más amada y la más cercana a Él. Es conveniente que este mes sea el suyo y que, durante el mismo, glorifiquemos a la providencia de Dios para con nosotros, por nuestra redención y por nuestra santificación en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo.

Pero María no es solamente la Sierva grata al Señor. Es también la Madre de su hijo y la Reina de todos los Santos, por lo cual la Iglesia, como para formarle un cortejo de honor, celebra en este mes las fiestas de algunos de los más grandes. En primer lugar, la fiesta de la Santa Cruz, (día 3), en la cual veneramos la Preciosa Sangre, en que quedó empapada la Cruz durante la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Tienen su fiesta, en este mes de mayo, el Arcángel San Miguel, (día 8, fiesta de la aparición en el Monte Gárgano) y tres Apóstoles: San Juan, el discípulo amado, San Felipe y Santiago; siete Papas, de los cuales dos, San Gregorio VII y San Pío V son particularmente ilustres; dos de los más grandes doctores: San Atanasio y San Gregorio de Nazianzo; dos  vírgenes especialmente favorecidas de Dios: Santa Catalina de Sena, (tal como se celebra su fiesta en Inglaterra) y Santa María Magdalena de Pazzi, y también una mujer celebérrima en los anales de la Iglesia, Santa Mónica, madre de San Agustín. Y sobre todo, y de un modo particular para nosotros, en este Oratorio, San Felipe Neri, que ocupa, con su novena y su octava, quince días enteros de los treinta y uno que tiene este mes. Son todos ellos frutos de selección de la gracia multiforme de Dios, que forman la corte de su gloriosa Reina.

John Henry, Cardenal, Newman 



viernes, 1 de mayo de 2020

MES DE MAYO, MES DE MARÍA


Mayo, el mes de las promesas.- ¿Por qué el mes de mayo ha sido escogido como el mes, durante el cual practicamos de una manera especial la devoción a la Santísima Virgen?

Ello es debido a que el mes de mayo es el tiempo en que la tierra se adorna con hierba nueva y follaje lleno de frescura, después de las duras heladas y de las nieves del invierno, y de la atmósfera desabrida, el fuerte viento y las lluvias de los comienzos de la primavera. Las flores se muestran por todas partes, sobre los árboles y en los jardines; los días son largos, y el sol sale pronto y se pone tarde. Esta alegría y este gozo de la naturaleza exterior son las naturales de nuestra devoción a Aquella, que es llamada Rosa mística y Casa de oro.

Se puede objetar que, en nuestros climas, el mes de mayo es, con frecuencia, sombrío e inclemente. No lo podemos negar; pero a pesar de ello, este mes es siempre el de las promesas y el de la esperanza. Aun cuando ocurra que en él el tiempo, a veces sea malo, es con todo el mes de mayo el que nos anuncia y da comienzo al verano. Sabemos que nada puede traernos desagradable, y que pronto llegará el buen tiempo. “La explosión de la hermosura”, dice el Profeta, “aparecerá al fin y no mentirá: si tarda, aguardadla, porque vendrá seguramente, y no faltará”.

Luego mayo es el tiempo, sino de la realización, a lo menos de las promesas, ¿y no es éste el aspecto bajo el cual podemos, con razón considerar a la bienaventurada Virgen, Santa María, a quien está dedicado?

Dijo el Profeta: “Saldrá un tallo de la raíz de Jesé, y una flor surgirá de la raíz” ¿Quién es la flor, sino Nuestro Señor? ¿Cuál es el tallo o la hermosa planta, donde se abre la flor, sino María, Madre de Nuestro Señor, María, Madre de Dios?

Estaba predicho que Dios vendría a la tierra. Cuando llegó la plenitud del tiempo ¿de qué manera se anunció su venida? Por medio del Ángel, que fue a saludar a María. “Salve, llena de gracia”, dijo Gabriel, “el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres”. Era, pues, Ella misma, la Promesa segura del Salvador que venía. Por esto el mes de mayo ha de ser, por un título especial, el mes de María.

John Henry, Cardenal, Newman



sábado, 25 de abril de 2020

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA


EL DEMONIO NO PUEDE ROMPER EL SELLO DE LA CONSAGRACIÓN DE UN ALMA AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Una joven que pertenecía a un Movimiento Mariano se consagró a la Virgen María, pero años después por dificultades en su vida se alejó de la Iglesia, y por varios tropiezos cayó en manos de una secta satánica, ella iba realizar su consagración al demonio, cuando ya estaba lista para consagrarse, el sacerdote satánico iba a comenzar el rito, le impuso las manos pero no podía, quería empezar a decir las palabras pero no podía, intentó una, dos, tres veces, pero no pudo, desesperado dijo: "No te puedo consagrar porque esa Mujer no me deja, dice: que ya eres de Ella y no puedo quitarte de sus manos."

La joven recordó que se había consagrado a la Virgen María hacía muchos años, salió corriendo de ahí llorando, se confesó y regreso a la Iglesia.

Cuando nosotros nos consagramos a la Virgen María Ella nunca nos dejará solos, Ella se entrega totalmente a nosotros.

MARÍA NO ES SUFICIENTEMENTE CONOCIDA

Es, por tanto, justo y necesario repetir con los santos: DE MARIA NUNQUAM SATIS. María no ha sido aún alabada, ensalzada, honrada y servida como se debe. Merece aún mejores alabanzas, respeto, amor y servicio.

Debemos decir también con el Espíritu Santo: "Toda la gloria de la Hija del rey está en su interior". Como si toda la gloria exterior que el cielo y la tierra le rinden a porfía, fuera nada en comparación con la que recibe interiormente de su Creador y que es desconocida a creaturas insignificantes, incapaces de penetrar el secreto de los secretos del Rey.

Debemos también exclamar con el Apóstol: "El ojo no ha visto, el oído no ha oído, a nadie se le ocurrió pensar..." las bellezas, grandezas y excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. "Si quieres comprender a la Madre dice un santo trata de comprender al Hijo. Pues Ella es digna Madre de Dios"

¡Enmudezca aquí toda lengua!

HAY QUE CONOCER MEJOR A MARÍA

El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría particular para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De suerte que si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo como ciertamente sucederá esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima. Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer, la segunda.

San Luis María Grignion de Montfort



sábado, 18 de abril de 2020

REFUGIO SEGURO

"Pon fin a tu voluntad de pecar y encontrarás a María más dispuesta a ayudarte que tu madre carnal"

Si todos los pecadores acudieran a María con voluntad de enmendarse, ¿quién podrá perderse? Porque sólo se pierde el que no recurre a María.

Santa Brígida oyó un día que Jesucristo decía a su Madre: “Al mismo demonio le conseguirías el perdón, si lo pidiera con humildad”. No se humillará Lucifer a María; pero si ese caso llegara, si se humillara hasta pedir socorro a esta Madre Divina, no lo rechazaría la Virgen, sino que con su intercesión lo sacaría del infierno.

Con aquellas palabras lo que Jesús quería darnos a entender es que María salva a todos los que recurren a Ella. Por eso la llamó Basilio de Seleucia: “Hospital público”. Los hospitales públicos son para los enfermos pobres; cuanto más pobres sean, más razón tienen de ser admitidos; así María, según esa expresión, debe acoger, ante todo, a los pecadores más perdidos que recurren a Ella.

“No rechazarás, no, ¡oh María!, exclama el monje Ecberto, al pecador, por repugnante que sea; si le tiendes la mano con piedad y lo arrancas del abismo de perdición”.

Reveló el Señor a Santa Catalina de Sena que había hecho de María un cebo sabroso para atraer a los hombres, y sobre todo a los pecadores. Y la misma Virgen reveló a Santa Brígida “que no hay pecador tan abandonado de Dios, que, si la invoca, no vuelva de nuevo a Dios y no alcance misericordia”. “Así como el imán, le reveló también, atrae el hierro, así atraigo Yo a los corazones de hierro”.

Del libro “La devoción a María Santísima”
de San Alfonso María de Ligorio 



sábado, 4 de abril de 2020

HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES


Para más información, pinchar AQUÍ




EL CORAZÓN DE MARÍA Y LOS PRIMEROS SÁBADOS

La gran promesa del Corazón de María en Pontevedra. La primera promesa la cumplió la Virgen el 10 de diciembre de 1925. Sor Lucía, como postulante Dorotea, estaba en su celda cuando se le apareció Nuestra Señora poniéndole una mano sobre el hombro mientras le mostraba en la otra un corazón rodeado de espinas. Al lado de la Virgen estaba el Niño Jesús subido en una nube de luz, que le dijo: 

«Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas»

En seguida dijo la Santísima Virgen: 

«Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando en los quince misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas»

LA INTENCIÓN REPARADORA

Sin esta intención general, sin esta voluntad de amor que desea reparar y consolar a la Virgen, sin esta “compasión”, todas estas prácticas serían incompletas. Se trata de consolar al Corazón Doloroso e Inmaculado de Nuestra Madre. Aunque aquí no se trata en primer lugar de consolar a la Virgen María compadeciéndose de su Corazón traspasado por causa de los sufrimientos de su Hijo, sino que el sentido preciso de esta devoción reparadora considera las ofensas que actualmente recibe el Corazón Inmaculado de María por parte de los que rechazan su mediación materna y menosprecian sus prerrogativas. Son éstas otras tantas espinas que hay que arrancar de su Corazón por estas prácticas de reparación, para consolarla y obtener así el perdón para las almas que le ofenden tan gravemente.







viernes, 3 de abril de 2020

VIERNES DE LA 1ª SEMANA DE PASIÓN, LOS SIETE DOLORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

¡Oh Santa Madre!, que mientras yo viva, mis lágrimas se mezclen a las tuyas, compadeciendo al Divino Crucificado. Que permanezca a tu lado junto a la Cruz compartiendo tu duelo. Amén

SERMÓN DE SAN BERNARDO, ABAD

El martirio de la Virgen nos fue revelado tanto por la profecía de Simeón, como por la historia misma de la Pasión del Señor. “Este Niño, dijo el Santo anciano, hablando del Niño Jesús, está destinado para ser el blanco de contradicción; y una espada, añadió dirigiéndose a María, traspasará tu alma” Sí, ¡oh bienaventurada Madre! Una espada traspasó verdaderamente vuestra alma, porque sólo pasando por vuestro Corazón, pudo atravesar la carne de vuestro Hijo. Y aun cuando después de entregar su Espíritu ese Jesús, que es vuestro, la lanza cruel no hirió su alma, atravesó ciertamente la vuestra; no estaba ya allí el Alma de Jesús, pero la vuestra no podía apartarse de aquel lugar.

La violencia del dolor traspasó, pues, vuestra alma, por lo que con razón os proclamamos más que mártir, ya que el sentimiento de compasión superó en Vos todos los padecimientos que puede soportar el cuerpo. ¿No fueron para Vos más que una espada, estas palabras que atravesaron realmente vuestra alma y alcanzaron hasta la división del alma y del espíritu: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”? ¡Qué cambio! Juan os fue dado en cambio de Jesús, el servidor en lugar del Señor, el discípulo en vez del Maestro, el hijo de Zebedeo por el Hijo de Dios, un hombre por el Dios verdadero. Ante semejantes palabras, ¿era posible que vuestra alma, tan amante, no fuera traspasada, cuando solamente su recuerdo desgarra nuestros corazones, aunque sean de piedra y bronce?

No os asombréis, hermanos míos, si oís decir que María fue mártir en el alma. Sólo puede asombrarse de ello quien no recuerde haber oído a San Pablo contar entre los grandes crímenes de los gentiles el estar “faltos de afecto”. Nada más lejos del Corazón de María que este defecto; ninguno debe estar más lejos, por lo tanto, del de sus servidores. Pero quizás diga alguno: ¿No sabía María de antemano que había de morir su Hijo? Lo sabía, sin la menor duda. ¿No esperaba su próxima resurrección? La esperaba confiadamente. Y a pesar de ello, ¿se afligió al ver que lo crucificaban? Sí, se afligió profundamente. Pero ¿quién eres tú, hermano mío, y de qué fuentes sacas tu ciencia, para que te asombres más de ver a María participando de los sufrimientos de su Hijo, que de ver sufrir al Hijo de María? ¿Pudo morir Él de la muerte del cuerpo, y no podía experimentar Ella la del corazón? Jesús murió por una caridad insuperable, y el martirio de María tuvo origen en esta caridad que, después de la de Jesús, no ha conocido igual.

Del Oficio de Maitines,
del “Breviario Romano”
(Gubianas-1940)



martes, 31 de marzo de 2020

AHORA Y SIEMPRE RECURRIMOS A NUESTRA MADRE (en tiempos de epidemia)


Stella Caeli exstirpavit
quae lactavit Dominum,
mortis pestem quam plantavit
primus parens hominum.

Ipsa Stella nunc dignetur
sidera compescere,
quorum bella plebem caedunt
dirae mortis ulcere.

O gloriosa Stella Maris
a peste succurre nobis. 

Audi nos, nam te
Filius Nihil negans honorat.

Salva nos Jesu pro quibus
Virgo mater te orat!

Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

OREMUS

Deus misericordiae, Deus pietatis, Deus indulgentiae, qui misertus es super afflictione Populi tui, et dixisti Angelo percutienti Populum tuum: contine manum tuam ob amorem illius Stellae gloriosae, cujus ubera pretiosa contra venenum nostrorum delictorum quam dulciter suxisti: praesta auxilium gratiae tuae, ab omni peste, et improvisa morte secure liberemur, et a totius perditionis incursu misericorditer liberemur.

Per te Jesu Christi Rex Gloria, Salvator Mundi: Qui vivis, et regnas in secula seculorum. Amen.

En Español

Estrella del Cielo,
Tu que amamantaste al Señor,
y extirpaste la peste de la muerte,
que fue plantada
por el primer padre de los hombres.

Estrella dígnate ahora
apaciguar el cielo,
que enojado contra la tierra,
destruye pueblos con la cruel peste de la muerte.

Oh Piadosísima Estrella del mar,
libéranos de la peste.

Escucha nuestras oraciones, oh Señora,
ya que tu Hijo, que no te niega nada, te honra.

Sálvanos Jesús,
por quienes ora tu Virgen Madre.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

OREMOS

Dios de misericordia, Dios de piedad, Dios del perdón, que te movió con compasión por la aflicción de tu pueblo, y le dijiste al Ángel que golpeó a tu pueblo: detén tu brazo por el amor de esa gloriosa Estrella, de cuyo precioso cofre bebiste suavemente la leche contra el veneno de nuestros pecados; ven en nuestra ayuda con su gracia divina para que, a través de la intercesión de la Santísima Virgen María, Tu Madre, nos liberemos de cualquier contagio pestífero y muerte súbita, y nos salvemos de cualquier peligro de perdernos.

A Ti, Jesucristo, Rey de gloria, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.


Los versos de esta oración durante una epidemia son de una homilía sobre la Natividad de san Pedro Damasceno, Obispo de Damasco VIII º siglo. Este texto fue ofrecido en una tarjeta por san Bartolomé que apareció en las Clarisas de Coimbra en Portugal, mientras que la ciudad fue devastada por la peste en 1317, para que lo recitaran: el convento se salvó.

Este monasterio fue re-fundado en 1314 por la reina Isabel de Aragón (1271 † 1336), esposa de Denis I rey de Portugal, ella tomó el velo y murió allí: es más conocida como Santa Isabel de Portugal.