Quae est ista, quae progréditur quasi auróra consurgens, pulchra ut luna, elécta ut sol, terríbilis ut castrórum ácies ordináta? - ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora naciente, hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible como un ejército formado en orden de batalla? (Cant. 6)

jueves, 6 de octubre de 2016

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

ALEJANDRA SE SALVA POR EL ROSARIO

¡Oh Sacratísima Reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, la más excelente y amable de todas las criaturas! 

Cuenta el P. Eusebio Nieremberg que en una ciudad del reino de Aragón vivía una doncella, por nombre Alejandra, a la cual, por su hermosura y nobleza, pretendían dos jóvenes principales. 

Vinieron a las manos un día, y ambos quedaron muertos en la calle; y por haber ella sido la ocasión, fueron a su casa los parientes, la degollaron y arrojaron su cabeza a un pozo. 

Pocos días después, pasando por aquel sitio el patriarca Santo Domingo, inspirado de Dios, se arrimó al pozo, y dijo:


«Alejandra, sal fuera»; y he aquí que aparece viva en el brocal la cabeza de Alejandra, pidiendo confesión. El Santo la confiesa y le da también la sagrada Comunión, todo a vista del gran concurso de gentes que habían acudido a ver tan gran maravilla. 

Después le mandó que publicase por qué había Dios usado con ella misericordia tan señalada. Respondió la joven que cuando le cortaron la cabeza estaba en pecado mortal; pero por la devoción que había tenido de rezar el Rosario, la Virgen le había conservado la vida. 

Dos días permaneció la cabeza hablando a la orilla del pozo, al cabo de los cuales fue destinada el alma al fuego del purgatorio; mas pasados otros quince, se apareció al mismo Santo más hermosa y resplandeciente que el sol, y le declaró que uno de los sufragios más eficaces que tienen las benditas ánimas es el santo Rosario ofrecido por ellas, por lo cual, agradecidas, luego que llegan a verse en la presencia de Dios, piden por las personas que les aplicaron esta oración poderosa.

Dicho esto, vio el glorioso Santo Domingo entrar aquella alma llena de regocijo en la mansión de la eterna bienaventuranza.


Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


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