Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 19 de marzo de 2016

MARÍA Y LA AGONÍA DEL HUERTO

¡Cuánto nos amó! Al verle así atado la Santísima Virgen, aumentaría la zozobra y la ansiedad de su Corazón. ¿Qué iba a ser de Él? ¿Qué iban a hacer con Jesús?

Prendimiento. –Terminó ya la oración y Jesús, decidido, valiente y generoso llama a los apóstoles y delante de ellos, sale en busca de sus enemigos, no para hacerles frente y defenderse, sino para entregarse en sus manos. Mira a Jesús atado violentamente, fuertemente por sus verdugo, penetra en su interior y mira a otro verdugo, que es el amor, atarle aún con mayor violencia; ¡esas sí que eran ataduras!, como que era víctima y esclavo de este amor.

¡Cuánto nos amó! Al verle así atado la Santísima Virgen, aumentaría la zozobra y la ansiedad de su Corazón. ¿Qué iba a ser de Él? ¿Qué iban a hacer con Jesús? Contémplale tú así atado también por ti, fíjate bien lo que esto significa, ¡por ti!; no solo que se deja maniatar para sufrir por ti, en lugar de ti, por tu causa, sino que ese por ti quiere decir que eres tú también quién le atas las manos. ¿No caes en la cuenta de esta verdad?

No hay nada que tanto ate las manos a Jesús como la ingratitud, la frialdad, la tibieza, la falta de correspondencia a sus gracias, en fin, ¡el pecado! Calcula si puedes, las muchas veces que Jesús habrá querido darte grandes gracias, nuevos favores y beneficios y tú, con tu conducta le atabas las manos. Él quería santificarte y tú no le dejabas, le ponías dificultades. Átate, pues, a Él de pies y manos por el amor; átate con esas ataduras amorosas para nunca perderle y repite lo del Cantar de los Cantares: “Ya encontré al que ama mi alma, le ataré bien y no le soltaré”. Suplica a la Santísima Virgen que así te lo conceda.




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