Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

miércoles, 16 de julio de 2014

16 DE JULIO, NUESTRA MADRE DEL CARMEN

Oh Virgen Santísima, amparad y asistid a los que os veneramos bajo el dulce título del Carmen y hacednos dignos de vuestras promesas. Salvadnos y abridnos las puertas del cielo. Amén

La Virgen es la Madre que nos viste de la gracia, que toma bajo su protección nuestra  vida sobrenatural hasta asegurar su florecimiento en la vida eterna. Ella, la toda limpia, llena de gracia desde el primer instante de su Concepción, toma nuestras almas manchadas por el pecado, y con gesto maternal las lava en la Sangre de Cristo, las reviste de la gracia que, juntamente con Él, nos ha merecido. Podemos muy bien decir que el vestido de la gracia ha sido tejido por las manos benditas de María, la cual, día tras día, momento tras momento, se ha dado a sí misma entera, en unión con su Hijo, por nuestra redención. La leyenda habla de la túnica inconsútil que la Virgen tejió para Jesús; mas para nosotros –y es una realidad- ha hecho mucho más: ha cooperado a procurarnos el vestido de nuestra salvación eterna, vestido de bodas por el cual seremos introducidos en la sala del banquete celestial. ¡Cómo quisiera Ella que este vestido fuese imperecedero! Desde el momento en que lo hemos recibido, María no ha cesado jamás de seguirnos con su mirada maternal para tutelar en nosotros la vida de la gracia. Cada una de nuestras conversiones a Dios, cada levantarnos de la culpa –grande o pequeña-, cada progreso en la gracia se efectúa siempre por la mediación de María. El escapulario que la Virgen del Carmen nos ofrece no es más que el símbolo externo de esta su asidua tarea maternal; símbolo, pero también prenda de salvación eterna. 





“Recibe, hijo amadísimo –dijo la Virgen a San 

Simón Stock-, este escapulario; quien muera 

con él no parecerá el fuego eterno”





La Virgen asegura la gracia suprema de la perseverancia final a todos los que llevan dignamente su Santo Escapulario

“Quien lleve el escapulario –ha dicho el Venerable Pío XII-, hace profesión de pertenecer a Nuestra Señora”; precisamente en fuerza de nuestra pertenencia a Ella, la Virgen se toma un cuidado especialísimo por nuestras almas: lo que es suyo no puede perderse, no puede ser tocado por el fuego eterno. Su poderosa intercesión maternal le da derecho a repetir a favor de sus hijos las palabras de Jesús: “Padre Santo…, he guardado a aquellos que Tú me diste, y ninguno de ellos ha perecido” (Jn. 17, 12).


Flor del Carmelo, Viña florecida, Esplendor del cielo, Virgen singular; Madre bondadosa e intacta, otorga a tus Hijos tus privilegios, ¡oh Estrella del mar!

San Simón Stock



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