Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 1 de febrero de 2014

PRIMER SABADO DE MES (Consagración de las familias)

Os saludo, purísimo Corazón de María, con los Querubines y os ruego me alcancéis una caridad llena de amabilidad
¡Oh María, Virgen poderosa y Madre de misericordia, Reina del cielo y refugio de los pecadores!, esta familia se arrodilla hoy ante vos para consagrarse a vuestro Inmaculado Corazón. Os consagramos nuestro ser y toda nuestra vida, todo lo que tenemos, lo que amamos, lo que somos. Vuestros sean nuestros cuerpos, nuestros corazones, nuestras almas; vuestro sea nuestro hogar, nuestra familia, nuestra patria...; os escogemos hoy por nuestra Soberana y Reina de nuestros corazones, nuestra queridísima Madre, guía de nuestra vida, nuestra Protectora y Abogada y el refugio en todas nuestras necesidades, tanto espirituales como corporales. Depositamos en vuestras manos todos nuestros designios, proyectos e intereses, y no queremos tener otros que no sean los de Vuestro Hijo y los Vuestros. Queremos poner a vuestro Inmaculado Corazón en el centro de este hogar, de manera que todo lo que hay en nosotros y en derredor nuestro os pertenezca y participe de vuestras maternales bendiciones. Y para que esta Consagración sea verdaderamente eficaz y duradera, renovamos hoy a vuestros pies, ¡oh María!, las promesas del bautismo. Y en medio de esta aflicción que padece nuestra Madre la Iglesia y la agita como a nave en la peor de las tempestades, nos obligamos a profesar siempre con valor las verdades de la fe y a vivir como verdaderos católicos, defendiendo la Tradición en su secular Magisterio y trabajando en particular por la restauración del Santo Sacrificio de la Misa. Os prometemos, finalmente, ¡oh gloriosa Madre de Dios y tierna Madre de los hombres!, consagrar todo nuestro corazón al servicio de vuestro culto bendito, para pedir y asegurar, mediante el reinado de vuestro Inmaculado Corazón, el reinado del Corazón adorable de vuestro Hijo en nuestras almas y en la de todos los hombres, en nuestra querida patria y en todo el mundo, así en la tierra como en el cielo. Amén.


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