Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 21 de noviembre de 2015

LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

“Oye, Hija, mira y tiende tu oído y olvida tu pueblo y tu casa paterna” (Sal. 44, 11)
Aunque la Sagrada Escritura no dice nada acerca de la Presentación de María Santísima en el  Templo, este hecho está autorizadamente fundado en la Tradición Cristiana más antigua y la Iglesia lo ha reconocido de modo oficial  haciéndole objeto de una particular fiesta mariana. La Virgen Niña, que, en tiernísima edad, deja casa y padres para ir a servir a la sombra del Templo, nos habla de desasimiento, de separación del mundo, de entrega completa al Señor; nos habla de consagración virginal al Altísimo. Después de Ella, innumerables almas vírgenes se presentarán al Templo para ofrecerse a Dios, pero ninguna ofrenda será tan pura, tan total y tan acepta como la de María.

La Virgen es verdaderamente la Hija privilegiada entre todas las criaturas, que desde los primeros instantes de su existencia ha escuchado la gran llamada: “Oye, Hija, mira y tiende tu oído y olvida tu pueblo y tu casa paterna” (Sal. 44, 11) El Altísimo se ha enamorado de su Belleza y la quiere toda para sí; María responde, y su respuesta es pronta y plena en extremo.

Semejante a la de la Virgen debe ser la respuesta de las almas que Dios llama al altar, a la vida religiosa o a la consagración virginal en el mundo. También estas almas deben separarse del mundo, deben dejar parientes y amigos, deben apartarse de su pueblo y de su casa; no siempre podrá ser una separación material, pero siempre debe ser una separación espiritual, esto es, de afecto. Es el corazón el que debe desasirse y aislarse, porque los escogidos del Señor no pueden ya en modo alguno pertenecer al mundo; “no son ya del mundo” (Jn. 17, 14), decía Jesús. Vivir en el mundo sin ser del mundo no es cosa fácil, pero es absolutamente necesario para responder a la llamada Divina. Hay almas vírgenes que fracasan en su vocación de “consagradas” o no corresponden plenamente, porque están aún asidas al mundo, a sus máximas, a sus vanidades, a sus caprichos y comodidades, y porque no han tenido valor para realizar una separación verdadera o, al menos, después de haberla iniciado, no han seguido fieles. Y esto puede suceder, no sólo a las almas que viven en el claustro, porque el mundo penetra doquiera; y doquiera logra entrar, si los corazones no están totalmente desasidos. 



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