Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 2 de julio de 2016

LA VISITACIÓN DE VIRGEN MARÍA A SANTA ISABEL

¡Oh Madre mía, María Santísima!, sé siempre mi modelo, mi sostén y mi guía

“En aquellos días se puso María en camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de Judá”, así leemos en el Evangelio de hoy (Lc. 1, 39-47). Con la fina delicadeza de su caridad, María siente profundamente las necesidades ajenas, de modo que, apenas las advierte, acude con presteza, espontánea y decidida a prestar su ayuda. Ha sabido por el Ángel Gabriel que su prima Isabel está próxima a ser madre, y sin demora se pone en camino para ir a ofrecerle sus humildes servicios. Si consideramos las dificultades de los viajes en aquellos tiempos, cuando los pobres –como lo era María- o habían de caminar a pie por veredas penosas o, a lo más, podían valerse de alguna mísera cabalgadura que por acaso encontraban de camino, y que, además, la Virgen permaneció con Isabel tres meses, comprenderemos que, para practicar este acto de caridad, Nuestra Señora hubo de afrontar no pocas molestias. Pero no se preocupa en absoluto de ellas; muévele la caridad, olvidada totalmente de sí, porque, como dice San Pablo, “la caridad no es egoísta” (I Cor. 13, 5). Piensa cuántas veces, no para ahorrarte en viaje incómodo, sino únicamente para evitar una pequeña molestia, has omitido algún acto de caridad; piensa cuán tardo y perezoso eres en prestar ayuda a tus hermanos. ¡Contempla a María y mira cuánto tienes que aprender de ella!  

La caridad hace a María olvidar no sólo sus propias molestias, sino hasta su dignidad, la más alta dignidad que jamás una pura criatura haya tenido. Isabel es anciana, pero María es Madre de Dios; Isabel está para dar a luz a un hombre, mientras María dará a luz al Hijo de Dios. Y, no obstante, María delante de su prima, como delante del Ángel, continúa considerándose la humilde esclava del Señor y nada más. Y precisamente porque se considera esclava, se porta como tal en la práctica, aun con relación al prójimo. ¿No es verdad que, si bien sabes humillarte en la presencia de Dios, si bien sabes reconocerte imperfecto en lo secreto de tu corazón, te desagrada luego aparecer tal delante del prójimo y eres fácil en resentirte si alguno te trata en consecuencia? ¿No es verdad que te las arreglas para hacer valer tu dignidad, tu cultura, tus habilidades, los oficios y cargos más o menos honrosos que te han sido confiados? Tu dignidad es nada, y con todo eres tan celoso de ella; la dignidad de María se roza con el infinito, y Ella se considera y conduce como si fuese la última de todas las criaturas.



¡Oh María, qué eminente es tu humildad apresurándote al servicio ajeno! Si es cierto que quien se humilla será ensalzado, ¿quién lo será más que Tú que te has humillado tanto?


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