Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

lunes, 4 de abril de 2016

LA ANUNCIACIÓN (Trasladada)

¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, vaso de humildad! Tú agradaste tanto al Eterno Padre, que Él te arrebató y te atrajo hacia sí amándote con un amor singular. Con la luz y el fuego de tu caridad y con el aceite de tu humildad hiciste que la Divinidad viniese a Ti 

(Santa Catalina de Sena)
A través de la sugestiva narración de San Lucas (1, 26-38), procuremos intuir las disposiciones espirituales de María en el momento de la Anunciación.

El Ángel, enviado por Dios, encuentra a la Virgen retirada en soledad y, entrando a Ella, le dice: “Dios te salve, llena de gracia, al Señor es contigo. Bendita eres entre las mujeres” Al oír tales palabras, María –dice el sagrado texto- “se turbó”; no hay que interpretar esta expresión en el sentido de esa turbación propia y verdadera, por la causa de la cual se llega a perder la serenidad de la mente, sino en el significado de una profunda admiración por el inesperado saludo, una admiración tan grande que se traduce en una cierta especie de temor. Esa fue la primera reacción de María ante el mensaje del Ángel, reacción provocada por su humildad profundísima, para la cual aquella alabanza extraordinaria tenía mucho de extraño. Mientras tanto el Ángel le comunicaba el gran mensaje: Dios quiere que Ella sea Madre del Redentor. María, movida en todo por la acción continua del Espíritu Santo, por inspiración precisamente del mismo Espíritu, había hecho voto de virginidad, y por eso estaba convencida de que la voluntad de Dios era que permaneciese siempre virgen. Ahora es Dios quien la comunica que es la elegida para ser Madre de su Hijo, y Ella, Humilde esclava, está dispuesta a aceptar los designios de Dios; sin embargo, no comprende cómo podrá ser al mismo tiempo madre y virgen; por eso pregunta al Ángel: “¿Cómo podrá ser esto?” El Ángel le contestó y le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” Su maternidad será obra directa del Espíritu Santo y se respetará su virginidad.

La voluntad de Dios se le ha manifestado claramente, y María, que en todo momento de su vida ha sido siempre y solamente movida por la voluntad divina, la abraza inmediatamente con la más sincera decisión y el más intenso y puro amor: “He aquí a la Sierva del Señor; hágase en mí según tu Palabra” La aceptación completa está acompañada de una entrega absoluta: María acepta ofreciéndose y se ofrece entregándose. Se ofrece como Sierva; más, como Esclava, si traducimos la palabra en toda la fuerza del texto griego; se da abandonándose, como cautiva, a la voluntad divina, aceptando desde ahora todo lo que quiere de Ella. Aceptación pasiva y activa al mismo tiempo, por la que María quiere todo lo que quiere Dios, queriendo todo lo que Él hace y haciendo todo lo que Él quiere. María se presenta así a nuestros ojos como modelo del alma totalmente unida, plenamente entregada a la voluntad de Dios.



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