Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

domingo, 11 de octubre de 2015

MATERNIDAD DE MARÍA... MATERNIDAD DE TODOS LOS HOMBRES

¡Oh Señor!... concédenos ser ayudados ante Ti por la intercesión de la que creemos verdadera Madre de Dios

La fiesta de hoy reinvindica para María su título más bello, su prerrogativa más gloriosa: Madre de Dios, título y prerrogativa proclamados solemnemente por el Concilio de Éfeso contra la herejía de Nestorio. Hoy la Santa Madre Iglesia se congratula con María por esta su altísima dignidad que la eleva sobre toda mera criatura hasta el umbral de lo infinito, que la constituye, no solamente Reina de los hombres, sino también de los ángeles. Toda la Misa del día está a tono con este tema. El Introito reproduce el vaticinio de Isaías, el cual, ya desde el Antiguo Testamento, había entrevisto la grandeza de esta Mujer singular: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo y será llamado con el nombre de Emmanuel” es decir, Dios con nosotros. La Epístola (Eclo. 24, 23-31), aplicando a la Virgen un trozo del elogio a la Sabiduría, canta las alabanzas de su Maternidad Divina: María es la vid abundosa de donde brotó el más bello fruto, Jesús; María es la “Madre del Amor hermoso”, en quien está “toda gracia de camino y de verdad, toda esperanza de vida y de virtud”, ya que sólo por medio de Ella ha dado Dios su Unigénito al mundo, y sólo por medio de Ella han tenido los hombres su Salvador.

Quien desee a Jesús, ha de buscarlo entre los brazos de María; quien quiera tener propicio al Salvador, ha de recurrir a la que es su Madre. Muy dulce suena por eso a los oídos esta invitación maternal: “Venid a mí todos los que me deseáis, y saciaos de mis frutos”. Sí, vayamos a María y no quedaremos decepcionados; en Ella encontraremos con qué saciarnos, porque María nos da a Jesús Redentor, Padre, alimento de nuestras almas, y no sólo nos lo da, sino que con los ejemplos de su vida admirable, nos enseña a amarle, a imitarle, a seguirle y a aprovecharnos del modo más pleno de su obra redentora y santificadora. Precisamente así extiende también con nosotros el oficio de Madre, y nosotros podemos repetir con toda confianza la oración que la Iglesia pone hoy en nuestros labios: “¡Oh Señor!... concédenos ser ayudados ante Ti por la intercesión de la que creemos verdadera Madre de Dios” (Colecta)  



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