Y esa lágrima parece decir; ¡oh Madre mía! Decid qué deseáis; todo lo mío es también vuestro ¿Esta concedido; Jesús ha sido ganado! ¡Ha sido tocado en su punto flaco! Ahora pide; lo obtendrás todo, absolutamente todo lo que sea conforme a la gloria de Dios y no perjudique a tu salvación. ¿No es consoladora y confortante esa certeza de ser oído y esa seguridad de poder decir; yo puedo alcanzarlo todo de mi Divino Salvador y Él no me puede negar nada? Pruébalo, y experimentarás que no es ficción piadosa sino dulce realidad. En las penas, en las tentaciones, ve a Jesús con esta simple expresión: "Jesús, aquí tenéis a vuestra Madre!

viernes, 24 de enero de 2014

NUESTRA SEÑORA Y MADRE DE LA PAZ

Nuestra Señora de la Paz, Daimiel (Ciudad Real)
Virgen y Reina de la Paz,
Madre de los pobres y sencillos,
Esperanza de los que sufren en soledad,
Señora del Amor y de la Alianza.

Tú nos diste a Jesús, Príncipe de la Paz.
Él nos regaló su Eucaristía
y nos consagró a su Amor redentor.

Enséñanos a vivir con sencillez
las exigencias del Evangelio,
a servir con alegría
a todos los hombres nuestros hermanos,
a mostrarnos serenos en la Cruz,
y fieles a nuestro espíritu de adoradores.

Danos tu generosidad,
tu pobreza y tu humildad.
Danos tu amor al trabajo,
a la justicia y a la verdad.

Concédenos ser mensajeros de Paz,
en nuestra Comunidad, en nuestra familia
y en nuestra Patria,
para poder mostrar al mundo nuestra misión
de ser corredentores del Amor,
Hijos del Corazón de tu Hijo
y de tu Inmaculado Corazón.

Guarda hoy en tu Corazón pobre,
silencioso y disponible,
a esta familia tuya que quiere ser
constructora de paz, de alegría
y de amor en tu Iglesia.
Amén.

sábado, 18 de enero de 2014

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Los asombrosos frutos de una sencilla devoción
ESPERABA UN SACERDOTE... 

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse. 

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega. 

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla. 

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba... 

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto. 

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron. 

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré». 

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero». 

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio». 

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia... 

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo... 

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

miércoles, 15 de enero de 2014

PLEGARIA A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN


Acuérdate, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de las maravillas que el Señor hizo en Ti. Te eligió por Madre y te quiso junto a la Cruz. Hoy te hace compartir su gloria y escucha tu súplica. Ofrécele nuestras alabanzas y nuestra acción de gracias. Preséntale nuestras peticiones (…) Haznos vivir como Tú, en el amor de tu Hijo, para que venga a nosotros su Reino. Conduce a todos los hombres a la fuente de agua viva que brota de su Corazón, derramando sobre el mundo la esperanza y la salvación, la justicia y la paz. Mira nuestra confianza, atiende nuestra súplica y muéstrate siempre Madre nuestra. Amén

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, ruega por nosotros!

domingo, 12 de enero de 2014

ORACIÓN A MARÍA POR LA FAMILIA


Madre de la Esperanza, que en Belén diste a luz a Nuestro Señor Jesucristo, el cual en la Cruz, supremo signo del Amor, ha mostrado la gran esperanza a los hombres.

Intercede por nosotros, para que en cada familia cristiana se viva el amor fiel a imagen de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y los jóvenes descubran la lógica del servicio, la vida humana sea acogida como sagrada e inviolable y la Santa Madre Iglesia sea el hogar donde cada persona experimente la Caridad y el Perdón de Dios.

Madre nuestra, enséñanos a creer, adorar, esperar y amar contigo a Dios.

Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino para que la Santa Iglesia Católica y la familia cristiana sean esperanza para la humanidad.

Por Nuestro Señor Jesucristo. Así sea

sábado, 4 de enero de 2014

PRIMER SÁBADO DE MES DEL AÑO (Consagración)

Os saludo, ¡Corazón Santísimo de María!, con el coro de los Serafines, y os suplico que me alcancéis un corazón vedaderamente grande para amar y servir a Dios y para hacer bien a todos los hombres
Amabilísima y Admirabilísima Virgen María, Madre de mi Salvador Jesucristo y madre mía. Postrado a vuestros pies, uniéndome humildemente a todos los actos de devoción y amor de todos los corazones que os aman en el Cielo y en la Tierra, os saludo Madre queridísima, os venero y os elijo hoy Soberana mía y Reina de mi corazón; la guía de mi vida, la protectora, mi abogada y refugio mío en todas mis necesidades espirituales y corporales.

Yo os ofrezco y consagro mi alma, mi corazón, mi cuerpo y todo lo que me pertenece. Deseo también que todos mis pensamientos, palabras, acciones, todos los alientos de mi respiración y latidos de mi corazón, sean en el presente y en el futuro, otros tantos actos de alabanza a la Santísima Trinidad por todos los privilegios y Gracias incomparables que os ha concedido.

¡Oh Virgen amabilísima!, entrego confiadamente a vuestras manos maternales todos mis deseos, propósitos y anhelos, y no quiero jamás aspirar a algo más allá, de lo que sea conforme a la Voluntad de vuestro Divino Hijo y la vuestra.

Aceptadme, os lo ruego Divinísima Madre, entre vuestros hijos predilectos, y en el número de los servidores escogidos, privilegiados, de poder colaborar con la preparación del Triunfo de vuestro Corazón Inmaculado. Consideradme y tratadme enteramente como posesión vuestra.

Disponed de mí y conducidme siempre y en todo lugar –no según mis propias inclinaciones y deseos- sino según vuestro propio beneplácito.

Yo por mi parte, tomo hoy la firme resolución de observar fielmente los mandamientos de vuestro Divino Hijo Jesús; de seguir vuestras maternales exhortaciones ¡Oh Reina del Santo Rosario!, de amaros tiernamente y de consolaros. Quiero también –en cuanto me sea posible- con mis Oraciones y Sacrificios llevar a muchas otras almas a hacer lo mismo.

Sobre todo, quiero venerar con especial devoción vuestro Purísimo Corazón ardiente de Caridad, y con vuestra poderosa asistencia ¡Oh mediadora de todas las Gracias!, tratar de imitar tanto como pueda, las sublimes virtudes que os adornaban aquí en la Tierra.

¡Oh Reina de mi corazón!, que por el misterioso obrar del Espíritu Santo en vuestra alma Santísima habéis sido transformada en un verdadero espejo de la Justicia de Jesús vuestro Divino Hijo, imprimid en mi corazón, os lo ruego, una imagen perfecta de las virtudes del vuestro, a fin de que el mío sea un retrato vivo del vuestro Inmaculado.

¡Oh Virgen Gloriosa!, vuestro Purísimo Corazón ha estado durante su existencia terrenal, entrañablemente unido al Divino Corazón de vuestro Hijo, compartiendo plenamente sus nobilísimos sentimientos y espíritu de Sacrificio. Y ahora, elevada a la bienaventuranza del Cielo está perennemente unido a El de modo inigualable en la más sublime felicidad. Por ello os ruego ¡Oh Madre de Dios!, unid mi pobre corazón de tal manera al de mi Jesús, que no abrigue otros sentimientos y deseos que los vuestros, y que no obre nunca, sino lo que sea más agradable a Su Sacratísimo Corazón y a vuestro dulcísimo Corazón Inmaculado, oh Madre benignísima. Amen. 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡¡¡ALLELÚIA!!!


Era ya tarde cuando José y María llegaron a la puerta de la gruta. Ella le dijo a José: “Seguramente que  la voluntad  de Dios es que  entremos  aquí”. José puso el asno bajo la especie de techo que había delante de la entrada del subterráneo; preparó un asiento para la Santa Virgen y ella se sentó, mientras José se proporcionaba luz y entraba en la gruta. La entrada estaba obstruida por manojos de paja y por esteras puestas junto a las paredes. Fijó en la pared una lámpara encendida e hizo entrar a María quien se colocó en el lecho que él había dispuesto con frazadas y algunos paquetes. Se excusó humildemente de no haber podido proporcionarle un mejor albergue; pero María se hallaba interiormente contenta y gozosa.

Cuando la Virgen estuvo acomodada, salió José con su odre que llevaba consigo y se fue a la pradera donde corría un pequeño arroyo, lo llenó de agua y lo llevó a la gruta. Enseguida fue a la ciudad donde consiguió platos y carbón. La Santa Virgen pasó el día siguiente en la gruta del pesebre orando y meditando con gran fervor. Yo los vi comer alimentos preparados en los días precedentes y orar juntos.

Él fue nuevamente a Belén antes de concluir el sábado para comprar otros objetos necesarios y frutas que llevó a la gruta del pesebre. Cuando José volvió, dirigió una mirada a la Santa Virgen sin entrar en su cuarto y la vio orando de rodillas sobre su cama; ella miraba al oriente y tenía vueltas sus espaldas a la entrada. Le pareció que la veía envuelta en llamas y que toda la gruta se hallaba esclarecida por la luz sobrenatural. Del modo que Moisés cuando vio que ardía la zarza. José se sobrecogió de terror, entró en su pieza y se prosternó con el rostro en tierra. Vi que la luz que rodeaba a la Santa Virgen, se hacía cada vez más viva y refulgente; no se notaba la de la lámpara que José había encendido. María con su ancho vestido sin ceñidor, estaba de rodillas sobre la cama y con la cara vuelta al oriente. A la medianoche ella fue arrebatada en éxtasis y la vi elevarse de la tierra a cierta altura con las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor aumentaba en torno de ella y parecía que todas las cosas, aún los seres inanimados, se sentían movidos de singular alborozo. La roca que formaba el suelo y atrio de la gruta, como que se movía por el reflejo de la luz. Pero bien pronto no vi más que la bóveda. Una vía luminosa cuyo brillo aumentaba sin cesar, se elevaba de María hasta lo más alto del cielo. Había en eso un maravilloso movimiento de celestiales resplandores que, acercándose más y más, se manifestaron distintamente bajo la forma de coros angélicos. La Santa Virgen oraba y bajaba los ojos sobre su Dios, de quien había venido a ser Madre, y qué débil niño recién nacido estaba recostado ante ella. Vi a Nuestro Señor como un párvulo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el esplendor de todo el contorno, acostado sobre el cobertor entre las rodillas de la Santa Virgen. La Santa Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis y después la vi poner un lienzo sobre el niño, pero no lo tomó en sus brazos ni le tocó. Después de cierto intervalo, vi moverse al Niño Jesús y oí que lloraba y parece que María recobró el uso de sus sentidos. Cogió al Niño, lo envolvió en el lienzo que le había puesto encima, lo tomó entre sus brazos y lo estrechó contra su pecho. Enseguida se sentó, se cubrió así misma y al niño con el velo, creo que lo amamantó.  Entonces vi alrededor de ella, ángeles en forma humana que se prosternaban con respeto ante el recién nacido y lo adoraban. Había transcurrido una hora desde el nacimiento del niño cuando María  llamó a San José que oraba todavía con el rostro en tierra; habiéndose acercado, se prosternó lleno de júbilo, de humildad y de  fervor.  Solo cuando María lo indujo a estrechar contra su corazón al Don Sagrado del Altísimo, se levantó, recibió al Niño Jesús en sus brazos y dio gracias a Dios con lágrimas de alegría. Entonces la Santa Virgen envolvió en pañales al Niño Jesús; no tenía más que cuatro pañales. Enseguida vi que María y José se sentaron en tierra cerca uno del otro, nada decían y parecía que ambos estaban absortos en contemplación. Delante de María, envuelto como un niño ordinario estaba acostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un rayo. ¡Ah! Me decía yo, éste lugar contiene la salud del mundo entero y nadie se preocupa de ello. Colocaron después al Niño en el pesebre; entonces ambos se pusieron a su lado derramando lágrimas de gozo y entonando cánticos de alabanza y José arregló el lecho y asiento de la Santa Virgen al lado del pesebre. La vi antes y después del nacimiento de Jesús, vestida con un traje blanco que la envolvía completamente.  La vi allí en los primeros días sentada, arrodillada, de pie y aún recostada y dormida, pero jamás enferma ni fatigada. Cuando nació Jesús, vi que los pastores asustados por el aspecto insólito de esa noche maravillosa, estaban de pie delante de sus cabañas, miraban en derredor suyo y consideraban con asombro una luz  extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Al principio los pastores estaban atemorizados, pero un ángel apareció delante de ellos y les dijo: “No temáis, porque  vengo a anunciaros una gran nueva que causará  gozo a todo el pueblo de Israel. Hoy en la ciudad  de David os ha nacido  un Salvador, que es el Cristo, el Señor. Lo conocerán por éste signo: Hallaréis  al Niño envuelto  en pañales  y acostado  en un  pesebre”. Mientras el ángel anunciaba esto, el esplendor crecía más y más en torno suyo y yo vi cinco o siete figuras de ángeles muy bellas y luminosas. Tenían en sus manos como una larga banderita en la cual había algo escrito con letras grandes como la mano y los oí alabar a Dios y cantar: “Gloria  a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la Tierra a los hombres  de buena voluntad”. No vi que los pastores fuesen inmediatamente a la gruta del Pesebre, de la cual distaba más de una legua; sino que los vi deliberar sobre lo que le llevarían al recién nacido y preparar sus presentes con la posible presteza. Ya en la aurora, se dirigieron al pesebre.  A los primeros albores del día, llegaron los pastores a la gruta con algunos presentes que habían preparado: eran animalitos parecidos a los cabritos; también llevaban sobre sus espaldas algunos pajaritos muertos y en los brazos algunas aves vivas de talla más elevada. Llamaron con timidez a la puerta de la gruta y José salió a recibirlos, entonces  ellos le refirieron  lo que los ángeles les habían anunciado y le dijeron que venían a rendir sus homenajes al Niño de la Promesa y a presentarle sus pobres ofrendas. José las aceptó con humilde gratitud y condujo a los pastores a la Santa Virgen  que se hallaba sentada junto al pesebre y tenía al Niño Jesús en su regazo. Los pastores se arrodillaron humildemente y permanecieron largo rato en silencio absortos en un sentimiento de indecible alegría; después entonaron el himno que habían oído cantar a los ángeles y un salmo del cual no me acuerdo. Cuando trataron de retirarse, la Santa Virgen les presentó al Niño Jesús, a quien ellos tuvieron por turno en sus brazos; lo devolvieron con lágrimas a la Madre y se alejaron de la gruta. Por la noche vinieron   a la gruta otros pastores con sus hijos y mujeres. Traían aves, huevos, miel, madejas de hilo de diferentes colores, paquetitos que se asemejaban a la seda en bruto y otras cosas. Luego que hubieron dado sus obsequios a José, se acercaron humildemente al pesebre, cerca del cual se hallaba sentada la Santa madre. La saludaron y al Niño también y arrodillándose cantaron  muy  bellos  salmos, el “Gloria  in  Excelsis”  y  algunos  cánticos  muy  cortos.  Al despedirse, se inclinaron sobre el pesebre en ademán de abrazar al Niño Jesús.  Durante toda la semana muchos pastores y otras buenas personas vinieron a la gruta y honraron al Niño Jesús con mucha devoción. La aparición de los ángeles a los pastores fue la causa de que todos estos buenos habitantes de los valles oyeran hablar del maravilloso Niño de la Promesa y vinieron a adorarle.

Beata Ana Catalina Emmerich

viernes, 20 de diciembre de 2013

EL SUEÑO DE MARÍA (relato)

Qué tristeza para Jesús, no ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños
Tuve un sueño, José, y realmente no lo puedo comprender, pero creo que se trataba del nacimiento de nuestro Hijo.

La gente hacía los preparativos con seis semanas de anticipación, decoraba las casas, compraba ropa nueva, salía de compras muchas veces y adquiría elaborados regalos.

Era un tanto extraño, ya que los regalos no eran para nuestro Hijo; los envolvían en vistosos papeles, los ataban con preciosos moños y todo lo colocaban debajo de un árbol.

Sí, un árbol, José, adentro de sus casas; esta gente había decorado el árbol, las ramas estaban llenas de adornos brillantes y había una figura en lo alto del árbol, me pareció que era un ángel, era realmente hermoso.

Luego vi una mesa espléndidamente servida, con platillos deliciosos y muchos vinos, todo se veía exquisito y todos estaban contentos, pero no estábamos invitados.

Toda la gente se veía feliz, sonriente y emocionada por los regalos que intercambiaban unos con otros, ¿pero sabes, José?, no quedaba ningún regalo para nuestro Hijo; me daba la impresión de que nadie lo conocía, porque nunca mencionaron su nombre.

¿No te parece extraño que la gente trabaje y gaste tanto en los preparativos, para celebrar el cumpleaños de alguien a quien ni siquiera mencionan y que da la impresión de que no conocen?

Tuve la extraña sensación de que si nuestro Hijo hubiera entrado a esos hogares, para la celebración, hubiera sido solamente un intruso.

Todo se veía tan hermoso y la gente se veía feliz, pero yo sentía enormes deseos de llorar, porque nuestro Hijo era ignorado por casi toda esa gente que lo celebraba.

Qué tristeza para Jesús, no ser deseado en su propia fiesta de cumpleaños.

Estoy contenta porque sólo fue un sueño, pero ¡qué terrible sería si esto se convierte en realidad!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

EXPECTACIÓN DEL PARTO DE LA BEATA VIRGEN MARÍA


Ecce Virgo Concípiet, et páriet fílium: et vocábitur nomen ejus Emmánuel

Una Virgen Concebirá y dará a luz un Hijo, a quién llamará Emmanuel

jueves, 12 de diciembre de 2013

REINA DE MÉJICO Y EMPERATRIZ DE LAS AMÉRICAS

Sí, eres nuestra Madre; la Madre de Dios es nuestra Madre, la más tierna, la más compasiva. Y para ser nuestra Madre y cobijarnos bajo el manto de tu protección te quedaste en tu imagen de Guadalupe
Préstame Madre tus ojos, para con ellos poder mirar,
porque si con ellos miro, nunca volveré a pecar.

Préstame Madre tus labios, para con ellos rezar,
porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.

Préstame Madre tu lengua, para poder comulgar,
pues es tu lengua patena de amor y santidad.

Préstame Madre tus brazos, para poder trabajar,
que así rendirá el trabajo una y mil veces más.

Préstame Madre tu manto, para cubrir mi maldad,
pues cubierta con tu manto al Cielo he de llegar.

Préstame Madre a tu Hijo, para poder yo amar.

Si Tú me das a Jesús, qué más puedo yo desear
y ésta será mi dicha por toda la eternidad.

Amén.

domingo, 8 de diciembre de 2013

PREDESTINACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Turris Davídica, ora pro nobis!

Vi un cuadro maravilloso: Era Dios, que después de la caída del hombre, mostraba a los ángeles cómo quería regenerar al linaje humano.  A primera vista no comprendí ese cuadro, pero pronto se me esclareció.

Vi  el trono de Dios, la Santísima Trinidad y como un movimiento en Ella.  Vi los nueve coros de ángeles a quienes Dios anunciaba de qué manera iba a reparar a la humanidad ya caída.  A este anuncio, vi un gozo indecible entre los ángeles.

El desarrollo de los designios de la Misericordia de Dios sobre el hombre   fue mostrado en diversos cuadros simbólicos.  Vi aparecer esos cuadros en medio de los nueve coros angélicos y enlazarse  unos  con  otros  como  una  historia.    Vi  a  los  ángeles  cooperar  en  esos  cuadros, protegerlos y defenderlos.  No puedo referir con exactitud la serie y encadenamiento  de esos cuadros; pero con el auxilio de Dios diré aquello de que me acuerdo:

Vi ante el trono de Dios una montaña de piedras preciosas; crecía y se desarrollaba sin cesar y tenía gradas y se asemejaba a un trono y luego tomaba figura de una torre.  En esta forma, encerraba   todos los tesoros espirituales, todos los dones de la Gracia.   Los nueve coros de ángeles la rodeaban. A uno de los costados de la torre vi, como sobre un pequeño ribete formado por una nube dorada, aparecer cepas de vid y espigas de trigo que se entrelazaban como entre los dedos de ambas manos juntas. 

Vi presentarse en el cielo una figura semejante a una Virgen que entró en la torre y se hizo una misma cosa con ella.  La torre era muy alta y plana en la cumbre; me pareció que por el envés tenía una abertura por la cual entró la Virgen.  No era ésta la Virgen María en el tiempo, sino la Virgen María en la eternidad, en Dios. Vi producirse su aparición ante La Santísima Trinidad del mismo modo que el aliento de la boca se condensa en sutil vapor.  Vi también salir de La Santísima Trinidad una figura hacia la torre.  En ese momento, apareció en medio de los coros como un tabernáculo del Santo Sacramento.  Parecía que todos los ángeles trabajaban en él y  tenía la forma de una torre rodeada de imágenes simbólicas de toda clase.  A sus lados había dos figuras que extendían las manos detrás de él. Este vaso espiritual parecía crecer continuamente y cada vez se hacía más rico y más magnífico. Entonces vi salir de Dios cierta cosa y pasar por entre los nueve coros de ángeles, esto se pareció semejante a una nube luminosa que se distinguía más y más a medida que se acercaba a ese tabernáculo de santidad al cual entró finalmente.

En cuanto puedo comprenderlo, era esto una bendición substancial de Dios relativa a la continuidad de una línea pura y sin pecado,  o por decirlo así, a la producción de puros renuevos. Vi en fin esta bendición en forma de haba brillante entrar en el tabernáculo, después de lo cual, éste se perdió en la torre.

Beata Ana Catalina Emmerich