Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 22 de abril de 2017

¡OH MADRE DE FÁTIMA!

María, alivio de las almas del purgatorio

“Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”

¡Oh Santísima Virgen María, Reina del purgatorio!, que enseñaste a los pastorcitos de Fátima a rogar a Dios por las almas del purgatorio, especialmente por las más abandonadas. Encomendamos a la inagotable ternura de vuestro Maternal Corazón todas las almas que padecen en aquel lugar de purificación, en particular las de todos nuestros allegados y familiares y las más abandonadas y necesitadas; alíviales sus penas y llévalas pronto a la región de la luz y de la paz, para cantar allí perpetuamente vuestras misericordias.

martes, 18 de abril de 2017

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

UNA SINGULAR ENFERMERA

Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que Tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro 

Terry Ross, de 23 años, sargento de alpinistas escoceses (los famosos Scaforth Highlanders). Su primera acción, muy difícil, desembarcar en Francia, a doce millas al norte de El Havre, para eliminar una estación de radios en Bruneval.

Una explosión como un relámpago al asaltar la estación. Cuando recobró el conocimiento estaba en el Hospital. Operaciones; días largos. Pide al cirujano le diga la verdad: Sí, ya no recuperará la vista. 

Por primera vez desde su niñez lloró a lágrima viva, apretándose la sábana contra la boca. Sin saber cómo, tocó algo que agarró con fuerza. Era un Escapulario de la Virgen. En voz baja murmuró:

— Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.

Y entonces, en su desesperación, sintió que una mano apretaba la suya, y una voz de mujer le preguntaba:

— Me llamas, Terry?

El pobre muchacho se aferró a la mano de la enfermera:

— No, Hermana; no estaba llamando; pero, por favor, hágame compañía un rato, que me siento horriblemente solo.
— Vamos, hombre; así no habla un soldado valiente como tú. Recuesta la cabeza un poco mientras te refresco la frente. ¿Acaso no puedes dormir? Cavilas demasiado tal vez.

Terry rompió en un torrente de confesiones y desahogos. Luego las dulces palabras de la enfermera le dejaron plenamente tranquilizado. Se durmió.

Cuando despertó, la venda de los ojos se había caído. Alzó la mano para enderezarla y se detuvo de repente.

— ¿Eres tú, Juan? — preguntó con ansiedad.
— Sí señor — respondió el enfermero. — Dispense usted si le he despertado, pero tengo mucho que hacer y necesito empezar temprano.
— Eso no importa, Juan. Acércate aquí más, más.

La voz de Terry sonaba excitada.

— Dime, Juan, ¿tú tienes una escoba en la mano izquierda? ¿Y eres alto y delgado y... llevas gafas?

El viejo dejó la escoba y echó a correr.

A los pocos minutos llegó el doctor y le hizo un examen minucioso.

— Es imposible de explicar, Ross; pero dentro de pocas horas tendrás perfecta visión.

Ross preguntó ansiosamente.

— ¿Cuál de las enfermeras estaba de servicio anoche?
— Ninguna, Ross. ¿Por qué lo preguntas?
— Es que cuando se apagaron las luces, yo no me quedé dormido hasta que ella no vino.
— Ella, ¿quién es ella? Te digo, Terry, que aquí no había enfermera alguna.

No, no había sido un sueño. Él había experimentado la angustia de un terror mortal, y había rezado: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros”... y estaba curado.

Rafael María López-Melús, Prodigios del Escapulario del Carmen, 
Editorial Apostolado Mariano, Sevilla, pgs. 151-152



martes, 11 de abril de 2017

SÚPLICA A NUESTRA MADRE DE LOS DOLORES


¡Oh Virgen Dolorosa!, concédeme que así como Tú, por tus dolores, recibes gran gloria en el cielo y triunfas allí como Reina gloriosa de los mártires, así yo también, después de una vida mortificada con Cristo, merezca vivir eternamente en la gloria, dichoso con Cristo. Concédeme, ¡oh Reina de los mártires!, vivir en la Cruz con paciencia, morir en la Cruz con esperanza y reinar por la Cruz con gloria. Así sea.


domingo, 9 de abril de 2017

PETICIÓN A NUESTRA MADRE DE LOS DOLORES

Ruega por nosotros, Virgen y Madre Dolorosísima, que estuviste constantemente junto a la Cruz de Nuestro Señor

Acuérdate, Virgen Madre de Dios, cuando estés en la presencia del Señor, de hablar en favor nuestro y que aparte su indignación de nosotros.

¡Oh Santísima Madre!, hazme esta gracia: fija en mi corazón con eficacia las Llagas de Jesús Crucificado.

Haz que de Cristo en mí lleve la muerte, que participe su Pasión y suerte y medite en sus Llagas apenado. Para que no arda en los eternos fuegos, defiéndeme Tú, ¡oh Virgen!, con tus ruegos, en el día del Juicio.

Y Tú, ¡oh Cristo!, al salir yo de esta vida, por tu Madre querida, haz que llegue a la palma de victoria. Cuando mi cuerpo muera, haz que mi alma adquiera del Paraíso la Gloria.

Rezar tres avemarías

OREMOS

Te rogamos, Señor nuestro Jesucristo, que interceda ante tu clemencia la Bienaventurada Virgen María tu Madre, cuya alma atravesó la espada de dolor en la hora de tu Pasión. Lo pedimos por Ti, ¡oh Jesucristo!, Salvador del mundo, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.


viernes, 7 de abril de 2017

VIERNES DESPUÉS DE LA DOMÍNICA DE PASIÓN – LOS SIETE DOLORES DE LA B. VIRGEN MARÍA

¡Oh Virgen!, Tú le contemplas con ojos piadosos, y consideras en Él, no tanto el dolor de las heridas como la salud del mundo

¡Oh Santa Madre!, graba profundamente las llagas de Jesús Crucificado en mi corazón.
Hazme partícipe de las penas que tu Hijo llagado por mí se dignó sufrir.
Que mientras yo viva, mis lágrimas se mezclen a las tuyas, compadeciendo al Divino Crucificado.
Que permanezca a tu lado junto a la Cruz compartiendo tu duelo.


ORACIÓN

¡Oh Dios!, en cuya Pasión fue traspasada de dolor el Alma dulcísima de la Gloriosa Virgen y Madre María, según la profecía de Simeón: concedednos propicio, que cuantos veneramos su Transfixión y Pasión, consigamos por los gloriosos méritos y preces de todos los Santos que se mantuvieron fieles al pie de la Cruz, los frutos felices de vuestra Pasión. Vos que vivís y reináis, por los siglos de los siglos. Amén


sábado, 1 de abril de 2017

viernes, 31 de marzo de 2017

MUJER, AQUÍ TIENES A TU HIJO...

Toma, pues, bajo tu guarda a la Madre de Cristo, y obtendrás con eso una gracia inmensa. Junto a Ella realizarás muchos y grandes progresos espirituales

Te bendigo y te agradezco, Señor Jesucristo, consolador de todos los afligidos, por el doloroso respeto con que miraste a tu amadísima Madre al pie de la Cruz, presa de angustia mortal. La inmensidad de su dolor la conocías bien solamente Tú, que eras profundo conocedor de su corazón y no tuviste en la tierra un ser más querido que tu Virgen Madre. Pero tampoco ella amó a nadie más que a Ti, su Divino Hijo, a quien, apenas nacido de su seno, reconoció como Señor de todas las cosas y su Creador. Por lo cual, al verte pendiente de la Cruz a Ti, a Ti quien amaba infinitamente, vivía más en Ti que en sí; y casi totalmente abstraída de sí, estaba también ella pendiente de la Cruz: "crucificada" en espíritu contigo, aunque con el cuerpo estuviese todavía al lado de la cruz, bañada en lágrimas.

Te alabo y te glorifico por tu infinita compasión, por la que eras filialmente "con-sufriente" con tu dolorosísima Madre, que en verdad sufría tus pesares como suyos en tus heridas como propias, toda vez que se repetían tus espasmos de atroz dolor, y con maternales ojos veía escurrirse la sangre de tu cuerpo, y oía tu voz que le hablaba a ella.

Te alabo y glorifico por las bellísimas palabras con que te dirigiste brevemente a tu Madre desolada, al encomendarla a tu predilecto discípulo Juan, como a un fidelísimo sustituto. Y uniste a la Virgen con el virgen Juan mediante el vínculo de la indisoluble caridad, diciendo: "¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!" (Jn 19, 26); y al discípulo: "¡Aquí tienes a tu Madre!" (Jn 19, 27).

Feliz comunión y grato encargo, que unió y te consagró una integridad virginal. Con esta expresión, efectivamente, te mostraste inclinado a una cariñosa preocupación por la honorabilidad de tu Madre, a la que confiaste la misión de alentar a un casto discípulo, y le ofreciste, de algún modo, otro hijo en armonía con la pureza de sus costumbres y capaz de proveer a las necesidades de su vida. Era justo que tu filial providencia obrase de esta manera, para que una Madre Santa y Virgen sin mancilla no careciese de un fidelísimo servidor; y porque ella, que estaba a punto de quedar privada de tu dulcísima presencia, no podía aparecer como abandonada y extranjera entre los judíos.

Acepta, pues, ¡Oh María, dulcísima Madre de Dios!, esta disposición de tu Hijo y esta decisión tan dulce. Acepta afectuosamente a este discípulo, que te ha dado tu Hijo Jesús. Es el apóstol Juan, virgen descollante; el más amado de Jesús, de modales delicados. Él es de semblante verecundo, modesto en el trato, sobrio en la comida, humilde en el vestir, obsecuente, dispuesto a obedecer. Es el discípulo más amado, muy unido a Ti, estimado, puro en la mente y virgen de cuerpo, grato a Dios y querido por todos. Por lo tanto, totalmente digno de vivir contigo, Madre de Dios. Bien sé, además, que a Ti siempre agradó y siempre agrada lo que place a tu Hijo y que deseas la realización de cuanto Él dispone, ya que en todos sus actos no ha llevado a cabo jamás la propia voluntad, sino que siempre ha buscado la gloria del Padre. Por eso no dudo que fue de tu agrado cuando, a punto de morir, te dejó a Juan como sustituto suyo.

Y tú, San Juan, acepta el deseable tesoro que te ha sido confiado, acepta a la Venerable Madre de Jesús, la Reina del cielo, la Señora del universo, tu amada pariente, hermana de tu madre: la Virgen Santa. Hasta este momento, ella era sólo tu pariente, por derecho de sangre. Ahora, en cambio, será tu Madre con un vínculo más sagrado y por derecho divino, confiada a ti por una gracia especial. También tú, que antes eras hijo de Zebedeo según la carne, hermano de Santiago el Mayor y pariente del Salvador, y que en lo sucesivo pasaste a ser discípulo de Jesús, serás designado con un nombre nuevo: "hijo adoptivo de María", a la que obedecerás con amor filial durante todo el resto de tu vida. Ejecuta, entonces, cuanto Jesús te manda, pon en práctica la orden del sagrado compromiso y obtendrás el honor y el reconocimiento de todo el mundo.

Juan puso en obra con suma alegría lo que Jesús le dijo desde lo alto de la Cruz. Efectivamente "desde aquel momento la recibió en su casa" (Jn 19, 27), cuidó de ella, la sirvió con solicitud, la obedeció de modo incondicional y la amó de todo corazón. Goza, pues, y alégrate, dichosísimo Juan, por el don que te ha sido confiado: ya que Jesús, lo que poseía de más caro en el mundo, lo depositó confiadamente en tus manos. Te enriqueció sin medida, al legarte como en testamento a María, a quien los santos ángeles no están en condiciones de alabar dignamente.

Cristo entregó a San Pedro las llaves del Reino celestial; pero te estableció a ti como sustituto suyo para la Madre. Un día María se comprometió con José, pero fue confiada a ti. A él le dijo un ángel: "No temas recibir a María, tu esposa" (Mt I, 20). Ahora el Señor de los ángeles te dice a ti: "Aquí tienes a tu Madre" (Jn 19,27); y así como José estuvo cerca de la Virgen en el nacimiento del Hijo, también tú debes estar a su lado en la Pasión de Cristo, y durante largo tiempo después de su Ascensión al cielo".

Si San Juan Bautista hubiera estado todavía vivo, habría sido muy idóneo, por derecho de parentesco y en virtud de su castidad, para ponerse a su servicio y ser su insigne custodio. En cuanto a José, no está, o por lo menos no se sabe si está todavía vivo o bien está muerto. Juan, preso durante largo tiempo, ha sido asesinado. Jesús ahora se encuentra próximo a morir y a desaparecer de la vista de su Madre. Y entonces tú tienes que hacer las veces de todas estas personas queridas por ella; y debes hacer las veces de Cristo, a modo de prenda del Hijo que le es arrebatado. Confío en Cristo nuestro Señor, que esto le sea muy grato a tu hermano Santiago y a todos los otros apóstoles; que ninguno de tus amigos te tenga envidia y que todo el que te estima se alegre sinceramente de ello. La riqueza de tus virtudes ha merecido este gran premio ellas son un perfecto "desprecio del mundo", el amor a Jesús, la dulzura de los modales, la integridad virginal, la serenidad de la mente, la libertad del alma, la pureza del corazón y la honradez de la vida.

Toma, pues, bajo tu guarda a la Madre de Cristo, y obtendrás con eso una gracia inmensa. Junto a Ella realizarás muchos y grandes progresos espirituales, serás instruido por sus palabras, edificado por sus ejemplos, ayudado por sus plegarias, estimulado por sus exhortaciones, enardecido por su amor, atraído por su devoción, elevado por su contemplación, colmado de alegría, henchido de celestiales deleites. Escucharás de su boca los misterios de Dios, conocerás temas secretos, aprenderás cosas admirables y comprenderás realidades indecibles.

Por su presencia te harás más casto, te harás más puro, te harás más santo y progresarás aún más en tu devoción. La mirada de ella es pudor, prudencia su hablar, justicia sus acciones. Jesús es su lectura, Cristo su meditación, Dios su contemplación. La dignidad de su rostro brilla como la luz, su figura respetable a nadie ofende, su comportamiento vuelve casto a quien la mira. Su palabra ahuyenta todo mal.

Es tan grande la dignidad de María, que supera a todos los santos en pureza y gracia. Tú tendrás su cuidado, que te ha sido encomendado por el Sumo Rey del cielo. Por lo tanto, ofrécele con diligencia tus servicios, ríndele homenaje, préstale inmediata atención. Permanece junto a la Cruz, vela por la Virgen, sostenla, abrázala, reanímala si desfallece, consuélala si rompe en llanto. Llora con Ella que llora, gime con Ella que gime, síguela si camina, detente si se detiene y siéntate con Ella, si decide sentarse.

Si llora, no te alejes; si sufre, haz una obra de misericordia. Finalmente prepárate para las exequias de Jesús que se está muriendo; acompaña a la Madre al lugar de la sepultura, llévala de vuelta a la ciudad, a casa, y consuela a la consoladora de todos los afligidos. Sé tú su angelical servidor, e incluso en esta función podrás ofrecer alivio a quien ostenta mayor dignidad que la tuya. De hecho, Cristo fue confortado por un Ángel en su agonía. Aunque no tuviese necesidad, quiso ser visitado por un subalterno y no rehusó ser consolado por él.

He aquí, carísimo Juan, a qué excelsa misión estás llamado, qué Virgen te es encomendada, de quién es Madre aquella a la que debes proporcionar tus cuidados. En fin, te conjuro humildemente a que ruegues mucho por mí, que soy pecador, para que también sea fervoroso en el amor de Cristo y sea hallado digno de alabar a la Santa Virgen y de participar en sus dolores. Así sea

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis



martes, 28 de marzo de 2017

ORACIÓN A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA PARA OBTENER EL CONSUELO

No pido cosas difíciles o imposibles, sino sólo esta: dime una palabra de íntimo aliento, que me dé gozo y alegría

Misericordiosísima María, Madre de Dios, recibe a tu siervo que se dirige a Ti en cada tribulación. Purísima Virgen, recíbeme como al único que no tiene quien lo consuele. ¡Oh Señora mía!, fíjate en mi aflicción y ábreme el seno de tu Misericordia. Heme aquí: yo llamo, grito, pido y adoro.

No me aparto, ni te dejo. Permaneceré siempre a tu lado, hasta que te compadezcas de mí. Conozco tu incomparable dulzura y el maternal afecto de tu Corazón, tan ardoroso por la abundancia del divino amor, que resulta inconcebible el temor de que llegue a faltar tu consuelo.

Yo acudo a Ti con mucha frecuencia y con gran esperanza, para merecer siempre ser favorecido por tu auxilio y reanimado por el aliento de tus palabras, tanto si los asuntos me marchan bien como si me marchan mal. Si Tú nos ofreces tus consuelos, ¿qué tristeza puede tener lugar en el corazón?, ¿cómo el enemigo podría dañar al que siempre puede recurrir a ti?

¡Oh Madre tan benigna!, presta oídos a mis plegarias; ofréceme, ¡oh Virgen!, tu jarro y dame un poco a beber. De la sobreabundancia de gracia que hay en Ti hasta rebasar, derrama sobre mí un pequeño consuelo. Me es muy necesario en este momento y siempre viene bien, ni me desagradaría aunque fuese pequeño, puesto que una sola gota, escurrida de tu rostro a mis labios, es tan eficaz e importante que, en comparación, es vil e inútil cualquier elemento agradable de esta vida.

Por eso, ¡muy amada María!, rica y generosa en dones, admirablemente suave en tus expresiones de gracia, confórtame con tus amonestaciones, Tú, en cuyo seno virginal habitó la Suma Sabiduría, el Espíritu Santo desde el principio te consagró, el ángel te custodió, el arcángel te instruyó y el poder del Altísimo te cubrió con su sombra. Di solamente una palabra y mi alma será consolada.

No pido cosas difíciles o imposibles, sino sólo esta: dime una palabra de íntimo aliento, que me dé gozo y alegría. Acudo a Ti en la necesidad; recíbeme, pues, con rostro benigno. Tu servidor sabrá que ha hallado gracia ante Ti, si le concedes algo amorosamente; Esto es, si no te demoras mucho en otorgarle el consuelo que implora de Ti.

Carísima María, ven con tu dulce presencia a visitar mi corazón en sus tribulaciones, ya que sabes tan bien mitigar sus dolores y reconducirlos a una atmósfera de paz. Ven, piadosísima Señora, con una nueva gracia de Cristo, y con tu santa diestra levanta a tu servidor. Ven, elegida Madre de Dios, y muéstrame la bien conocida amplitud de tu misericordia, ya que, como lo ves, me encuentro mal parado; pero no me he olvidado ni me olvidaré jamás de ti. Ven, pues; ven, mi esperanza y mi dicha, ¡Virgen María!, porque si Tú vienes y me hablas, vendrán a mí todos los bienes; y, en cambio, todos los males se mantendrán alejados.

Qué deseable, qué importante y qué gozoso será para mí escuchar las palabras de la Madre de mi Señor Jesucristo. ¿Cuáles palabras? Palabras benignas, muy dulces y amistosas, como las que oyó el apóstol Juan de boca de su amado Maestro, tu Hijo, al decir: "Aquí tienes a tu Madre". Él lo oyó de labios de su Señor, pero yo deseo escucharlo de los tuyos, ¡Señora mía!, en mi espíritu y en mi mente devota. Dime, entonces: "Aquí tienes a tu Madre; heme aquí, soy yo".

Que, al sonido de esta tu dulcísima voz, mi alma se conforte y se regocije en tu presencia, como suele regocijarse un hijo que ha encontrado a su madre.

Que penetre, que penetre esta voz amiga en los oídos de mi corazón; y que a través de las suaves palabras de tu boca se me transmita al mismo tiempo algún consuelo sobrenatural del Espíritu Santo. Asuma mi corazón nueva confianza; aléjese el temor; no me turbe después la ambigüedad; no me atormente la desesperación con sus diversas tentaciones, pero fortalézcanme las palabras que he rogado escuchar de Ti y confiarlas con más atención a mi corazón.

"He aquí a tu Madre". Abraza, pues, alma mía, esta recomendación. Abraza a la dulcísima María, abraza a la Madre de Dios con su Niño Jesús, el más hermoso entre los hombres; agradécele siempre, porque es ella quien escucha las oraciones de los pobres y no permite que se marche sin consuelo ninguno de los que delante de ella vio rezar con perseverancia. Esta es la Virgen María, Madre de Dios, la mística vara que, brotada de estirpe real, alumbró al almendro de la flor divina, Jesucristo, Rey y Salvador de todos, al que debemos tributar honor y gloria por los siglos.

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis




sábado, 25 de marzo de 2017

DE LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA

María en la Encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló. Dios, al contrario, no pudo exaltarla más de lo que la exaltó

“El que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado” Esta palabra del Señor no puede faltar. Por lo cual, habiendo resuelto Dios hacerse hombre para redimir al hombre perdido, manifestando así al mundo su infinita bondad, y debiendo en la tierra escogerse Madre, iba buscando entre las mujeres a la que fuese más santa y más humilde. Pero entre todas sólo vio a una, que fue la Virgen María, la cual, cuanto más perfecta era en las virtudes, tanto más sencilla y humilde era cual paloma a sus ojos. “Es infinito el número de las doncellas – decía el Señor- pero sólo una es mi paloma, mi perfecta” “Esta será –dijo el Señor- la que he escogido para Madre” ¡Cuán Humilde fue María!, y cuánto la exaltó Dios por su Humildad. María en la Encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló; Dios no pudo exaltar a María más de lo que la exaltó.



Contestad presto, Señora, no retardéis más la salvación del mundo, que depende ahora de vuestro consentimiento

“He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

¡Oh respuesta más hermosa, más humilde y más prudente de cuantas hubiera podido inventar toda la sabiduría de los hombres y de los Ángeles juntos, aun cuando la hubieran pensado un millón de años! 

¡Oh poderosa respuesta que alegraste al cielo, e hiciste descender sobre la tierra un mar inmenso de gracias y de bienes!


lunes, 20 de marzo de 2017

ORACIÓN PARA EL AMOR Y LA ALABANZA DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

¡Estrella luminosísima!, que brillas en el cielo; ¡Reina de la gloria, Señora del mundo!, ninguna virgen llena de celestial virtud puede parangonarse con tu Virginal Belleza

Te ruego, ¡Benignísima Madre de Dios!, Virgen María, que te dignes manifestarme ahora y por siempre a mí, tu pobre y débil servidor, tu misericordia y tu suavísima caridad, de las que estuviste siempre colmada, y Tú me inocules en lo más profundo del corazón la dulzura que atesoras en el pecho y guardas escondida en tu Sagrado Seno, para que yo pueda amar con pureza e integridad de sentimiento, y alabarte con gran devoción y por encima de todas las cosas a ti, Bendita Madre, y a tu Hijo unigénito y Señor nuestro Jesucristo. Con lo cual yo recibiría un gran beneficio, porque durante todos los días de mi vida en la tierra serviría con amor y fervor de espíritu a ti y a tu único Hijo.

¡Virgen María, rosa de oro, toda suave y bella!, ruego que lleguen a Ti mis oraciones, que elevo con insistencia. Por medio de ellas yo golpeo a la puerta de tu morada en la casa del Señor, confiado en tu generosa misericordia ahora y en cualquier momento de tribulación, porque eres Madre de la misericordia y a través de Ti el pecador alcanza la más grande esperanza de perdón. Pero tu bondad y tu piedad son mayores de la que nosotros podemos pensar en la tierra, puesto que estás más allá de toda alabanza y de la gloria de los santos, e incluso superas a los ángeles en dulzura y mansedumbre, ¡Virgen Bienaventurada y Venerable Señora! Si así no fuera, ¿cómo podría infundirse en los miserables y en los pecadores una dulzura tan intensa en el consuelo, y cómo podría comunicarse tanta esperanza de perdón? Por otra parte, Tú no podrías ser menos, ya que llevaste en tu seno durante nueve meses a Jesucristo, fuente de infinita bondad.

Tú eres la honra del cielo, el gozo y la dicha de todos los santos, la almohada revestida de oro del Santo de los santos, el alborozo y la expectación de los Padres antiguos. Por tu intermedio, ¡Madre bendita y Virgen elegida de singular manera!, a los que piden la misericordia divina se les promete y concede el perdón de los pecados, la gloria de los hijos de Dios y la bienaventuranza en el Reino de los cielos.

¡Estrella luminosísima!, que brillas en el cielo; ¡Reina de la gloria, Señora del mundo!, ninguna virgen llena de celestial virtud puede parangonarse con tu Virginal Belleza dado que, después de tu único Hijo Jesús, eres la primera entre todos los santos y santas, como asimismo la más noble criatura que Dios Padre previó antes de todos los siglos y creó en la plenitud de los tiempos, para que fueses la Madre Virgen de tu unigénito Hijo, dado a luz con estupendo gozo, inefable y eterno milagro, para la salvación de todos los creyentes.

Que todo el género humano te alabe, glorifique, venere en sumo grado y te ame íntimamente con máximo júbilo del corazón y con purísimo afecto, a Ti, la más bella Reina de todas las vírgenes, ¡oh siempre Virgen María!, constituida como medianera de todo el mundo y que toda criatura del cielo y de la tierra, que Dios creó para alabanza y gloria de su altísimo nombre, eleve hasta Ti, en acción de gracias, las más dulces melodías.

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis



sábado, 18 de marzo de 2017

¡OH MADRE DE FÁTIMA!

María, refugio de los pecadores

"Que no ofendan más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido"

¡Oh Santísima Virgen María, refugio de los pecadores!, que enseñaste a los pastorcitos de Fátima a rogar incesantemente al Señor para que esos desgraciados no caigan en las penas eternas del infierno, y que manifestaste a uno de los tres que los pecados de la carne son los que más almas arrastran a aquellas terribles llamas. Infundid en nuestras almas un gran horror al pecado y el temor santo de la justicia divina, y al mismo tiempo despertad en ellas la compasión por la suerte de los pobres pecadores y un santo celo para trabajar con nuestras oraciones, ejemplos y palabras por su conversión.


miércoles, 15 de marzo de 2017

ORACIONES DE LOS SANTOS A NUESTRA MADRE MARÍA

Yo os escojo por Madre de mi alma

¡Madre de Gracia y de Misericordia! Yo os escojo por Madre de mi alma en honor y memoria del placer que el mismo Dios tuvo al elegiros por Madre suya. ¡Reina de los ángeles y de los hombres!, yo os reconozco por mi Soberana en consideración de la dependencia en que Jesús, mi Salvador y mi Dios, quiso vivir respecto de Vos, como su Madre, y en calidad de tal Soberana os doy sobre mi alma todo el poder que está en mi mano daros. ¡Oh Virgen Santísima, dignaos mirarme como cosa vuestra y tratadme por vuestra bondad como al objeto de vuestras misericordias! Amén.

ANÓNIMO