Tú, pues, que ejerces la autoridad materna con Dios, consigues la insigne gracia de la reconciliación, aun a favor de los que cometen pecados enormes. No puedes dejar de ser oída, porque Dios te obedece como a su verdadera e Inmaculada Madre... de manera que a Ti, ¡oh Madre de Dios y Madre nuestra!, no os falta poder ni voluntad para socorrernos

sábado, 3 de diciembre de 2016

¡OH VIRGEN INMACULADA Y SANTA!

Vos estáis llena de gracia, alcánzame parte de ella

¡Oh Virgen Inmaculada y Santa! ¡Oh Criatura la más Humilde y más sublime delante de Dios! Vos fuisteis tan pequeña a vuestros ojos, pero grande a los de Nuestros Señor, que os exaltó hasta elegiros por Madre, y haceros en consecuencia Reina del cielo y de la tierra. Doy gracias pues, a aquel Dios que tanto os ha exaltado, y me regocijo con Vos de veros tan unida a Dios, que no es permitido estarlo más a una simple criatura. Me avergüenzo de presentarme a Vos que  sois tan humilde con tantas prerrogativas, siendo yo miserable y orgulloso con tantos pecados. Pero a pesar de mis miserias quiero también saludaros: “Dios te salve, María, llena eres de gracia” Vos estáis llena de gracia, alcánzame parte de ella. “El Señor es contigo” Aquel Señor que ha estado siempre con Vos desde el primer instante de vuestra creación, ahora se ha unido más con Vos haciéndose vuestro Hijo. “Bendita tú eres entre todas las mujeres” ¡Oh mujer bendita entre todas las mujeres!, alcanzad también para nosotros la divina bendición. “Y bendito es el fruto de tu vientre” ¡Oh planta bendita que habéis dado el mundo un fruto tan noble y santo! “Santa María, Madre de Dios” ¡Oh María!, yo confieso que sois la verdadera Madre de Dios, y estoy pronto amar mil veces la vida para defender esta verdad. “Ruega por nosotros pecadores” Pero si Vos sois la Madre de Dios, sois también la madre de nuestra salvación y de nosotros pobres pecadores, pues por salvar a los pecadores Dios se hizo hombre y os eligió por Madre suya, a fin de que vuestros ruegos tuviesen la virtud de salvar a cualquier pecador. Ea, pues, ¡oh María!, rogad por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte” Rogad siempre, rogad ahora que nos hallamos rodeados de tentaciones y peligros de perder a Dios; pero rogad principalmente en la hora de nuestra muerte, cuando estaremos próximos a salir de este mundo, y a ser presentados al Divido Tribunal, a fin de que salvándonos por los méritos de Jesucristo y por vuestra intercesión podamos llegar un día, sin peligro ya de perdernos, a saludaros y alabaros con vuestro Hijo en el cielo por toda la eternidad Así sea. 



HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES



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domingo, 27 de noviembre de 2016

27 DE NOVIEMBRE, NUESTRA MADRE DE LA MEDALLA MILAGROSA


PARA OBTENER LA CURACIÓN DE UN ENFERMO

¡Oh María, sin pecado concebida, cuya inmensa bondad y tierna misericordia no excluye el alivio de este amargo fruto de la culpa que se llama enfermedad de la cual es con frecuencia víctima nuestro miserable cuerpo! ¡Oh Madre Piadosa, a quien la Iglesia llama confiada ¡Salud de los enfermos! Aquí me tenéis implorando vuestro favor. Lo que tantos afligidos obtenían por la palabra de vuestro Hijo Jesús, obténgalo este querido enfermo, que os recomiendo, mediante la aplicación de vuestra Medalla. Que su eficacia, tantas veces probada y reconocida en todo el mundo, se manifieste una vez más: para que cuantos seamos testigos de este nuevo favor vuestro, podamos exclamar agradecidos: La Medalla Milagrosa le ha curado. Así sea.



sábado, 26 de noviembre de 2016

DE LA PACIENCIA DE MARÍA

Cuando nos sintamos, pues, oprimidos bajo el peso de las cruces, acudamos a María

Siendo este mundo un lugar de méritos, con razón se llama valle de lágrimas; pues aquí todos estamos puestos para padecer y conquistar con la paciencia la vida eterna a nuestras almas, como ya lo expresó el Señor diciendo: “Con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas” Dios nos dio a la Virgen María como modelo de todas las virtudes, pero especialmente como ejemplar de paciencia. San Francisco de Sales hace entre otras reflexión, que Jesucristo en las bodas de Caná dio para este fin a la Santísima Virgen aquella contestación con la cual parecía que no hacía caso de sus ruegos, precisamente para ofrecernos un ejemplo de la paciencia de su Santa Madre. Mas ¿qué necesidad hay de citar casos cuando toda la vida de María fue un continuo ejercicio de paciencia, cuando la Bienaventurada Virgen vivió siempre entre penas, como el Ángel lo reveló a Santa Brígida? Solamente el dolor que sintió por los tormentos del Redentor bastó para hacerla mártir de paciencia; por lo que dijo  San Buenaventura: “Crucificada concibió al Crucificado” Cuánto padeciese en el viaje y permanencia en Egipto, así como durante todo el tiempo que vivió con su Hijo en la tierra de Nazaret, ya lo hemos considerado antes al hablar de sus dolores. Solamente la presencia de María junto a su Hijo moribundo en el  Calvario es suficiente para probar cuán constante y sublime fue su paciencia. Entonces fue cuando por el mérito de su paciencia, como dice el beato Alberto Magno, se hizo  nuestra Madre y nos parió en la vida de la gracia.

Si deseamos, pues, ser hijos de María, debemos procurar imitar su paciencia. “¿Qué modo mejor  -dice San Cipriano-, para enriquecernos de méritos en esta vida y de gloria en la otra, que el sufrir con paciencia las penas? Dios dijo por boca de Oseas: “Yo cerraré tu camino con espinas”, a lo que San Gregorio añade: “Las sendas de los escogidos están circuidas de espinos. Así como se circuye la viña de espinos para conservarla, así Dios rodea de tribulaciones a sus siervos para que no tengan apego a las cosas de la tierra” Por eso concluye San Cipriano que la paciencia nos libra del pecado y del infierno, y es la que hace los Santos, llevando con paz las cruces que nos vienen directamente de Dios, esto es, las enfermedades, la pobreza, et cétera, lo mismo que las que nos vienen de los hombres, como persecuciones, injurias, et cétera. San Juan vio a todos los Santos con palmas en las manos (señal del martirio); lo que significa que todos los adultos que se salvan han de ser mártires o de sangre o de paciencia. A la vista de esto exclama lleno de gozo San Gregorio: “Si conservamos la paciencia, podemos ser también mártires sin hierro” Si sufrimos las penas de esta vida, como dice San Bernardo, con paciencia, con gusto y con alegría, ¡ah!, ¡cómo fructificará en el cielo cada pena sufrida por Dios! Por esto, el Apóstol nos anima a que suframos las breves aflicciones de esta vida; y Santa Teresa nos hace estas hermosas advertencias: “El que abraza la Cruz no la siente. Cuando alguno se decide a sufrir, la pena se acaba” Cuando nos sintamos, pues, oprimidos bajo el peso de las cruces, acudamos a María, a la cual la Iglesia llama: “Consuelo de afligidos”; y San Juan Damasceno: 

“Medicamento para todos los dolores de los corazones” ¡Ah Señora mía dulcísima, Vos inocente padecisteis con tanta paciencia, y yo reo del infierno rehusaré padecer! Madre mía, no os pido hoy la gracia de que me libréis de las cruces, sino la de llevarlas con paciencia. Por el amor de Jesús os ruego que me alcancéis esta gracia que espero de Vos. 



jueves, 24 de noviembre de 2016

ORACIONES DE LOS SANTOS A NUESTRA MADRE MARÍA

Concededme la gracia de amar a mi Señor Jesucristo Vuestro Hijo, con un amor verdadero y perfecto

¡Virgen bondadosa! ¡Madre misericordiosa! Yo os recomiendo mi cuerpo y mi alma, mis pensamientos y mis acciones, mi vida y mi muerte. Ayudadme ¡oh Reina mía! y libradme de todas las asechanzas del demonio. Concededme la gracia de amar a mi Señor Jesucristo Vuestro Hijo, con un amor verdadero y perfecto y la de amaros después de Él, ¡oh María! sobre todas las cosas. Así sea.

Santo Tomás de Aquino



lunes, 21 de noviembre de 2016

21 DE NOVIEMBRE, PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

“Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Vos por sierva perpetua, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza”

A la separación total corresponde el ofrecimiento y la consagración total. María se entrega toda a su Dios, se entrega sin reserva, se entrega a Él para siempre. “Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Vos por sierva perpetua, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza” (Imit. IV, 9, 1). Tales debieron de ser las disposiciones con que la Santa Niña se ofreció al Altísimo, disposiciones que fueron vividas con plenitud y una coherencia que desconcierta nuestra miseria. Ni siquiera por un instante desmintió María su consagración total; Dios pudo hacer de Ella todo lo que quiso sin encontrar nunca la menor resistencia. Circunstancias penosas y difíciles sobremanera llenaron la vida de la Virgen: la duda de San José sobre el origen de su maternidad, el viaje a Belén en circunstancias tan delicadas e incómodas, la mísera pobreza en que vio nacer a su Hijo, la huida a Egipto, la vida de estrecheces en Nazaret, la hostilidad y la malignidad de los fariseos contra Jesús, la traición de Judas, la ingratitud de un pueblo tan favorecido y amado, la condena a muerte del Hijo, el camino del Calvario, la Crucifixión en medio de los insultos del populacho. En vano escrutaremos el Corazón de María para descubrir en él un solo movimiento de resentimiento o de protesta, en vano estaremos al acecho de una sola palabra de querella en sus labios; María se ha entregado totalmente a Dios y deja que Dios ejerza sobre Ella todos sus derechos de Soberano, de Señor, de Dueño; nada tiene que objetar, ni se asombra de que si inmolación deba llegar a tanto. ¿No se ha ofrecido por ventura sin reserva? Ahora, pues, que su ofrenda es consumada no hace más que repetir: “Fiat! Ecce ancilla Dómini!”

¡Qué distinta es nuestra vida de almas consagradas! ¡Con qué facilidad volvemos a apoderarnos del don hecho a Dios! Tomamos de nuevo el corazón, cuando dejamos que le vuelvan a ocupar los afectos humanos; tomamos la voluntad, cuando no sabemos someternos a ciertas obediencias que nos mortifican o contrarían, cuando no sabemos aceptar cosas que nos cuestan, cuando nos lamentamos, protestamos o defendemos nuestros derechos. Y sin embrago, el único derecho real del alma consagrada a Dios es el de dejarse por entero emplear y consumir por su vida.

Pidamos a María, presentada en el Templo, que tome en sus manos maternales nuestra pobre ofrenda, que la remoce y complete con la suya, tan pura y perfecta, que la incluya y esconda en la suya, tan grande y generosa, a fin de que así purificada y renovada pueda ser agradable a Dios.


domingo, 20 de noviembre de 2016

MADRE DE DIOS

¡Madre Santa de mi Dios, que sienta yo los latidos de tu Corazón que latió siempre al unísono con el Corazón Divino!

La Maternidad Divina es la fuente de todos los privilegios de María; si María es la Hija amada del Padre, que la preservó del pecado original, si es la Esposa del Espíritu Santo, que la cubrió con su virtud, es precisamente porque ha sido predestinada a ser Madre del Verbo Encarnado. Todas las grandezas, todas las glorias de María se comprenden a la vista de su Maternidad Divina; más aún, su misma existencia se explica en virtud de su predestinación a tan alta misión. Si Dios no hubiese decretado que su Hijo se Encarnase en el seno de una virgen, no hubiéramos poseído ese prodigio de gracia y amabilidad que es María Santísima, no habríamos contemplado su sonrisa maternal, no habríamos sentido sus ternuras de Madre de Dios, porque es Madre de Jesús; y al amarla con esta referencia a Dios, necesariamente nuestra devoción a la Virgen hace más profundo, más delicado nuestro amor a Dios, nuestro amor a Jesús: Mater Dei, Mater Creatoris: Madre de Dios, Madre del Creador, decimos en las letanías: dos títulos que parecen contradecirse en sus propios términos, y que, sin embargo,  sintetizan una realidad inmensa, porque María, no obstante ser una Pura criatura, es verdadera Madre de su Creador, Madre del Hijo de Dios, a quien ha dado un cuerpo humano, fruto de sus entrañas y de su sangre. A la vista de este misterio enorme se ve cómo la dignidad de María toca los umbrales del infinito. “Dios puede hacer un mundo más grande, un cielo más inmenso, pero no puede hacer una criatura más sublime que María, porque ser Madre de Dios es la dignidad más excelsa que se puede conceder a una simple criatura” (San Buenaventura).

A los que se extrañan cómo es posible que el Evangelio nos haya dicho tan pocas cosas de María, les pregunta Santo Tomás de Villanueva: “¿Qué más quieres? Te basta saber que es Madre de Dios. Fue suficiente decir de Ella estas palabras: “de qua natus est Jesus: de la cual nació Jesús” 

Sí, ¡oh María!, para enamorarme de Ti sólo necesito saber que eres Madre de Dios



martes, 15 de noviembre de 2016

MADRE E INTERCESORA NUESTRA...


A Vos, Madre nuestra amantísima, invocamos por intercesora, esperando obtener por vuestros méritos lo que por nuestras solas oraciones no nos atreveríamos a esperar.

   Vos, que sois Madre de todos, a todos protegednos, y librad con vuestros ruegos, las Santas Almas del Purgatorio, por las cuales ofrecemos esta ORACIÓN



sábado, 5 de noviembre de 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN

EL VENERABLE FR. DOMINGO DE JESÚS RUZOLA Y LA INDULGENCIA SABATINA

"Sábete, hijo mío, que, aunque son muchos los que visten mi Escapulario, pero pocos cumplen en rigor lo que él les demanda y exige para poder lucrar esta santa indulgencia sabatina"

Entre los muchos prodigios del venerable siervo de Dios, Fray Domingo de Jesús, varón santísimo, de cuyo proceso de beatificación se ocupara la majestad cesárea de Fernando II y la Orden del Carmen Descalzo, por su eximia virtud y portentosos milagros, se narra el siguiente hecho, acaecido en el año 1594.

Hallándose el siervo de Dios, Fr. Domingo, en Barcelona, murió una señora principal llamada doña Ana Cañete, gran bienhechora de la Descalcez Carmelitana. Era la tal señora devotísima del Santo Escapulario, siendo escrupulosísima en guardar inviolada la pureza de su alma, en rezar diariamente el Oficio Parvo de Nuestra Señora y en guardar la abstinencia los miércoles y sábados en honor de la Virgen Santísima. Aconteció que murió el martes a primera hora de la noche, y hallándose en oración el siervo de Dios, Fr. Domingo, fue arrebatado en éxtasis y mostrole el Señor el Purgatorio y las almas que se encontraban allí expiando sus culpas. Estando admirado y consternado de lo que allí veía, y de los horrorosos suplicios que padecían las almas, vio la de esta piadosa mujer a la que Fr. Domingo bien conocía por sus caridades para con los carmelitas, la cual, como si viese al siervo de Dios, cuya santidad le era notoria, puesta de rodillas en medio de aquel lago candente, rogole con gemidos intercediese por ella, suplicando a la Santísima Virgen la librase de aquel horrendo suplicio.

Apareciósele, instantes después, a Fr. Domingo, la Madre de Dios, y volviéndose a Ella le pidió con fervorosa súplica tuviera piedad de aquella alma, y librándola de las espantosas llamas la llevase cuanto antes al Cielo. La Santísima Virgen respondió a Fr. Domingo que el sábado sería libertada, para lo cual sería necesario acrecentarle durante aquel espacio sus penas. Mas deseando el santo varón la liberase antes, volviéndose a la Madre de la Misericordia dijo: "Creemos firmemente, oh, Madre dulcísima, que por el privilegio de tu Escapulario, que ella vestía con tanto fervor, y por los méritos de tu intercesión valiosísima será liberada el día del sábado del Purgatorio." A lo cual le respondió la Santísima Virgen: "Sábete, hijo mío, que, aunque son muchos los que visten mi Escapulario, pero pocos cumplen en rigor lo que él les demanda y exige para poder lucrar esta santa indulgencia sabatina. Después de esto, habiendo padecido esta santa alma en el purgatorio durante tres días y cuatro noches, al alborear el día de sábado salió gloriosa y acompañada de gran multitud de ángeles y se le apareció a Fr. Domingo Ruzola para agradecerle la intercesión que por ella hiciera a la Reina del Cielo. Se le dio a entender al varón de Dios, Fray Domingo, que el acompañarla tantos ángeles era debido a las muchas obras de caridad que hiciera con los menesterosos durante su vida, pues a las demás ánimas sólo su Ángel de Guarda las suele acompañar a la gloria.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.




martes, 1 de noviembre de 2016

MARÍA ALIVIA A LOS SUYOS DE LAS PENAS DEL PURGATURIO Y LES SACAS DE ELLAS

Bien sabido es lo que prometió la misma Virgen al Papa Juan XXII  apareciéndosele, mandó decir a todos los que llevasen su escapulario del Carmen que el sábado inmediato al de la muerte de cada uno saldrían libres de las penas del purgatorio

Muy felices son los devotos de esta Madre Clementísima, porque, además de socorrerlos en  esta vida, los asiste y consuela en el purgatorio, y aun allí con más amor y misericordia, por la mayor necesidad en que ve aquellas almas, sin poderse aliviar a si mismas ninguna parte del rigor de sus penas.

Dice San Bernardino de Sena que en aquella cárcel donde penan las esposas de Jesucristo tiene María dominio y jurisdicción especial para darles alivio y también para sacarlas. Sobre aquellas palabras del Eclesiástico (24, 8): 

Me paseé sobre las olas del mar, dice el mismo Santo: Olas se llaman las penas del purgatorio, porque pasan, a diferencia de las del infierno, que nunca pasarán; y se llaman olas del mar, o de amargura, porque realmente son muy amargas. Pero en medio de ellas son muchas veces confortados y recreados por la Virgen Santísima sus devotos afligidos. Por donde se podrá conocer cuánto nos importa tenerle devoción durante la vida, pues, aunque socorre a todos los que allí sufren, siempre los más allegados participan más del sufragio y alivio.

Dijo una vez a Santa Brígida la misma Señora:

«Yo, como Madre, cuidado he de los que padecen  en el purgatorio, aliviándoles de hora en hora sus penas.» Ni aun tiene a menos visitar algunas veces personalmente aquella prisión de justos, llevándoles siempre algún alivio y consuelo, según aquello del Eclesiástico: Yo penetré en lo profundo del abismo.


¿Qué otro mejor consuelo podrán allí tener sino  esta Madre de misericordia? Al modo que un enfermo postrado en la cama y abandonado de todo el mundo, si oye una palabra de esperanza y mejora, se alienta y recrea, así sólo con oír ellas vuestro dulcísimo nombre, se confortan y regocijan, y por eso no cesan de llamaros, y Vos, como Madre amorosa, cada vez que los escucháis unís a sus clamores vuestros ruegos eficacísimos, los cuales les sirven como de rocío refrigerante con que se mitigan sus vivísimos ardores.
Pero, además de aliviarlas y consolarlas, Ella,  por su mano, les suelta las prisiones y las saca libres de aquel lugar de tormentos. 

Desde el día de su triunfante Asunción a los Cielos, en que dejó aquella cárcel vacía, como escriben respetables autores, quedó en posesión de libertar a todos sus siervos, rogando por todos y aplicándoles sus altísimos merecimientos, con que se les aligera la pena y se les abrevia el tiempo de padecer.


Refiere San Pedro Damián que una mujer difunta, llamada Marozia, se apareció a una amiga suya, y le dijo que el día de la Asunción de la Virgen la sacó esta Señora del purgatorio con las demás almas detenidas en él, cuyo número sobrepujaba al de todos los habitantes del pueblo romano; y San Dionisio Cartujano dice que en las fiestas de su Natividad y de la Resurrección baja la divina Señora, acompañada de la celestial milicia, y saca muchísimas de aquellas almas; y se puede  creer que ésta es gracia que hace en todas sus festividades.

Bien sabido es lo que prometió la misma Virgen al Papa Juan XXII  apareciéndosele, mandó decir a todos los que llevasen su escapulario del Carmen que el sábado inmediato al de la muerte de cada uno saldrían libres de las penas del purgatorio. 

Y así lo declaró el mismo Sumo Pontífice en la bula que a este fin expidió, confirmada por sus sucesores Alejandro V, Clemente VIl, Pio V, Gregorio XIII y Paulo V, el cual, en una suya, dada el año 1612, dice; «Que el pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen, con su continua intercesión, méritos y protección especial, ayudará después de la muerte, y principalmente el día de sábado (que la Iglesia le consagra), las almas de los hermanos de las Cofradías del Carmen que hayan salido de este mundo en gracia de Dios, habiendo vestido su escapulario, guardado castidad, conforme al estado de cada uno y rezado el Oficio Parvo de la misma Virgen, o que, de no haber podido, hayan observado, a lo menos los ayunos de la Iglesia, y abstenidos los miércoles de comer carne, menos el día de Navidad.»

Y en el Oficio de la misma fiesta del Carmen decimos que según la piadosa creencia de los fieles, la Virgen, con afecto de Madre, consuela y saca muy pronto de aquella penosa cárcel a los que estuvieron agregados a su Cofradía.

¿Por qué también nosotros no hemos de esperar este mismo favor, si le somos devotos? 

¿Por qué?, si la servimos con amor filial, no creeremos que, acabando de morir, lleve nuestras almas al Cielo, sin pasar por el purgatorio, como lo prometió al Beato Godofredo, mandándole decir, por un religioso, llamado Fray Abundio: «Di a Godofredo que se adelante en la virtud y sea muy siervo mío y de mi querido Hijo, y cuando su alma salga del cuerpo, no la dejaré que pase por las penas del purgatorio.» 

Finalmente, por lo que hace a los sufragios, si deseamos aliviarla, pidamos a nuestra Señora por ellas en todas nuestras oraciones, ofreciendo siempre por su alivio y descanso el santo Rosario, que les sirve grandemente, como veremos en el ejemplo que vamos a referir.