sábado, 25 de agosto de 2012

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

SACRÍLEGA ACCIÓN 

Vivía en los Pirineos un médico conocido con el nombre de Fabas. Un día vio llegar un hombre que tenía en la pierna una llaga causada por arma de fuego. La herida, presentaba un carácter especial y era un hervidero de gusanos. El médico se propuso cicatrizarla, o por lo menos hacer que desaparecieran los gusanos; pero ninguna medicina produjo efecto; hasta que un día el enfermo le dijo: 

-Doctor, dejémonos de remedios, no se canse más, pues yo moriré con esta terrible incomodidad.  

-Efectivamente, respondió el médico; aquí hay algo de extraordinario. Nunca he visto cosa semejante, a pesar de que soy viejo y muchísimos casos sorprendentes han pasado por mis manos. 

-¿Dónde recibió usted esta herida? 

-Ya le he dicho que en la guerra; aunque siempre he callado el por qué no sanaré, ahora quiero que lo sepa. 

Tenía yo veinte años, cuando me forzaron a incorporarme al ejército. De nuestro pueblo salimos tres jóvenes: Tomás, Francisco y yo. Los tres estábamos imbuidos en las ideas de aquella época, y así éramos incrédulos o más bien impíos como tres mozalbetes que se precian de seguir la moda. Habíamos recorrido alegremente el camino y estábamos ya para llegar al término de nuestro viaje, cuando al pasar frente a una iglesia de un pueblo de la montaña, divisamos una estatua de la Santísima Virgen, tan venerada por los fieles, que, a pesar de la revolución y de los revolucionarios, había permanecido incólume sobre su pedestal. A uno de mis camaradas, Tomás, se le ocurrió el infame pensamiento de burlarse de la superstición de los vecinos, haciendo a la imagen blanco de sus tiros, como para ejercitarse en el manejo del fusil. Francisco acogió la sacrílega propuesta entre burlas y risas impías. Yo medio vacilante y temiendo ser menos audaz que mis compañeros, procuré disuadirles de una acción que me llenaba de horror. 

Me acordaba entonces de mi madre, pero mis razones fueron inútiles; sólo conseguí que se burlaran de mí. 

Tomás cargó su fusil, apuntó, y la bala fue a clavarse en la frente de la imagen. Apuntó a su vez Francisco y el proyectil dio en el pecho de la misma. 

¡Ahora te toca a ti!, me dijeron. No me atreví a resistir. 

 Apunté temblando, cerré involuntariamente los ojos y la bala fue a estrellarse… 

¿En la pierna? Preguntó el médico. 

-Sí, en la pierna, un poco más arriba de la rodilla, precisamente donde tengo la herida. Ya ve usted que no curaré… Después de esta donosa hazaña, acordamos continuar el viaje. 

Más una anciana, testigo de nuestra infamia, como inspirada por luz profética, nos dijo: 

“Vais a la guerra, pero entended que la nefanda acción que acabáis de cometer será fatal para vosotros.” 

Tomás la amenazó. Yo estaba pesaroso de nuestra fechoría. 

Francisco, menos conmovido que yo, no estaba sin embargo para gloriarse de ella. 

Estorbamos de nuestro compañero se dejase llevar de su encono contra la anciana, y acabamos penosamente la jornada, no sin haber reñido entre nosotros muchas veces. Aquella misma tarde nos incorporamos al regimiento, y pocos días después nos hallábamos frente al enemigo. 

Confieso que yo iba a la batalla sin entusiasmo, y que pensaba en la imagen de la Virgen más de lo que hubiera deseado. Sin embargo, todo salió bien. Conseguimos notables ventajas sobre el enemigo, distinguiéndose Tomás por su denuedo. 

La batalla había concluido, cuando de lo alto de una roca salió un tiro que pareció bajado del cielo. Tomás giró sobre sí mismo y cayó rígido de bruces en tierra. 

La bala se había clavado en la frente entre los dos ojos, en el mismo lugar en que él había herido a la sagrada imagen. 

Francisco y yo, nos miramos sin decir palabra. Durante toda la noche no pudimos dormir. Yo esperaba que Francisco me hablase para aconsejarle que rezase, pero guardó silencio. 

A la mañana siguiente volvimos a la batalla. Francisco me dio la mano y me dijo: -“¡Hoy me toca a mí!” Dichoso tú que tuviste mala puntería. 

El infeliz sacrílego no se engañó. Salió un tiro de un hoyo, y Francisco cae con el pecho atravesado. ¡Oh doctor que muerte aquélla! Revolviéndose en un charco de sangre, pedía a grandes voces un sacerdote, pero los que estaban junto a él se encogieron de hombros y lo dejaron expirar. 

Yo quedé aterrado; y en la persuasión de que no tardaría en tener la triste suerte que mis compañeros y así resolví confesar mi sacrilegio. Pero pasaron los días y se disiparon mis temores y mis buenos propósitos. 

Dieron la orden de vuelta a casa, y cuando estábamos cerca del pueblo de la imagen, he aquí que por un accidente inexplicable se le dispara el fusil a uno de los soldados y la bala fue a clavarse aquí donde usted ve. 

Así se cumplió la profecía de la anciana. Mis dos compañeros habían muerto, y yo regresaba herido. 

La herida no pareció ser grave, pero cuál no sería mi espanto cuando vi que en la llaga se engendraban estos gusanos inagotables que han desconcertado su ciencia. Hace ya veinte años que vengo padeciendo esta herida, ensayando mil remedios, todos ineficaces. 

Si logro llegar al fin de la vida como es debido, es decir cristiano y penitente, lo debo a esta horrible llaga. No desconfío de la misericordia de Dios, y espero morir en su amistad por intercesión de Aquella a quien tan vilmente ultrajé.”

miércoles, 22 de agosto de 2012

DIE 22 AUGUSTI, IMMACULATI CORDIS B. MARIAE VIRG.

Dignáre me laudáre te, Virgo Sacráta. Da mihi virtútem contra hostes tuos.

ORATIO

Omnípotens Sempitérne Deus, qui in Corde Beátae Maríae Vírginis dignum Spíritu Sancti habitáculum praeparásti: concede propítius; ut, eiúsdem Immaculáti Cordis festivitátem devóta mente recoléntes, secúndum Cor tuum vívere valeámus. Per Dóminum nostrum. AMEN

 
Después de consagrar, en plena guerra mundial, todo el género humano al Inmaculado Corazón de María, para ponerlo bajo la protección de la Madre del Salvador, decretó el Papa Pío XII, en 1944, que toda la Iglesia celebrase anualmente una fiesta en honor del Inmaculado Corazón de María, el 22 de agosto, día de la octava, hasta hace poco, de la fiesta de la Asunción.

La devoción al Corazón Inmaculado de María es ya antigua, San Juan Eudes la propagó en el siglo XVII, uniéndola a la del Sagrado Corazón de Jesús. En el siglo XIX Pío VII, primero, y después Pío IX, concedieron a muchas iglesias particulares una fiesta del Purísimo Corazón de María, señalada primeramente para el domingo después de la Asunción, y luego para el sábado que sigue a la fiesta del Sagrado Corazón. Al fijar el 22 de agosto la fiesta del Inmaculado Corazón de María y extenderla a toda la Iglesia, la asignó Pío XII como fin de obtener, por intercesión de la Santísima Virgen, “la paz entre las naciones, la libertad de la Iglesia, la conversión de los pecadores, el amor a la pureza y la práctica de las virtudes”.

miércoles, 15 de agosto de 2012

DIE 15 DE AUGUSTI, IN ASSUMPTIONE BEATAE MARIAE VIRG.

María Virgo assúmpta est ad aethéreum thálamum. In quo Rex regum stelláto sedet sólio

ORATIO

Omnípotens Sempitérne Deus, qui Immaculátam Vírginem Maríam, Fílii tui Genetrícem, córpore et ánima ad caeléstem glóriam assumpsísti: concéde quaésumus; ut, ad supérna semper inténti, ipsíus glóriae mereámur esse consórtes. Per eúndem Dóminum.


El 1 de noviembre de 1950 definía Pío XII el dogma de la Asunción. Proclamaba así solemnemente que la creencia según la cual la Santísima Virgen María, al final de su vida terrestre, fue elevada, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo, forma parte realmente del depósito de la fe recibido de los apóstoles. La Virgen Inmaculada, “bendita entre todas las mujeres”, por razón de su divina maternidad, y que había recibido desde su concepción el privilegio de ser inmune del pecado original, tampoco debía conocer la corrupción del sepulcro. Para evitar todo dato incierto, el Papa se ha abstenido de precisar la manera y las circunstancias de tiempo y lugar en que debió de realizarse de Asunción. Únicamente el hecho de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria del cielo es el objeto de la definición.

En la liturgia se encuentra el culto de la Asunción desde el siglo VI, en Oriente, y desde el VII, en Roma. En Jerusalén, en Constantinopla y en Roma se organizaba también una procesión en honor de la Santísima Virgen.

jueves, 2 de agosto de 2012

SANTO ROSARIO MEDITADO (TERCERA PARTE, MISTERIOS GLORIOSOS)


PRIMER MISTERIO, DE LA RESURRECCIÓN


¡Oh Virgen Santísima y Bienaventurada, Templo del Espíritu Santo! Yo te ofrezco humildemente este misterio, al inefable gozo que tuviste en la gloriosa Resurrección de tu Hijo muy amado, cuando a Ti primero que a nadie apareció glorioso resucitado, y volvió todo tu dolor en un gozo extremado; y después en señal de su grande amor, apareció y fue visto muchas veces de sus Apóstoles y Discípulos.

Petición.- Suplícote me alcances el verdadero gozo de la buena conciencia, y que mi alma resucite en nueva vida y costumbre, y menospreciando al mundo, muera a él y a sus vanidades.

 
SEGUNDO MISTERIO, DE LA ASCENSIÓN


¡Oh Virgen Santísima y Bienaventurada, Esperanza nuestra! Yo te ofrezco humildemente este misterio, al gozo que tuviste en la gloriosa Ascensión de tu Hijo Nuestro Señor, cuando le viste ir acompañado de aquellos Santos Padres, que había sacado del Limbo, reverenciado y adorado de los Ángeles que le rodeaban; y subió a los cielos, donde fue recibido con alegría de los coros angelicales, y se sentó a la diestra de Dios Padre, y a Ti, Señora, dejó por amparadora de su pobre escuela.

Petición.- Suplícote me alcances que mi corazón sea arrebatado a amar las cosas celestiales, y me seas dulce consoladora en la jornada de esta presente vida, para que merezca alcanzar la vida perdurable.


TERCER MISTERIO, DE LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO


 ¡Oh Virgen Santísima y Bienaventurada, Defensa de los pecadores! Yo te ofrezco humildemente este misterio, al gozo que tuviste en el sagrada venida del Espíritu Santo, cuando en figuras de lenguas de fuego fue enviado sobre el colegio Apostólico, según tu Hijo lo había prometido, el cual así abrasó los corazones de los Apóstoles, que comenzaron luego a hablar en varias lenguas las grandezas de Dios.
  
Petición.- Por este misterio glorioso te suplico me alcances que yo merezca recibir el Espíritu Santo en mi alma, y que sea confirmado con su gracia, y que no le pueda ofender más, y le merezca servir.


CUARTO MISTERIO, DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA


¡Oh Virgen Santísima y Bienaventurada, Jacinto celestial! Yo te ofrezco humildemente este misterio, al glorioso transito de tu Asunción, cuando de tu Hijo Bendito fuiste llamada para gloria perdurable. Y te fue concedido, que en tu santísimo transito se hallasen presentes los Santos Apóstoles siervos tuyos. Y que fueses recibida en cuerpo y alma en las moradas celestiales de los coros angélicos, como Reina de los Ángeles y Madre del Señor y de todos.

Petición.- Suplícote me seas abogada en todo lugar y tiempo, y en la hora de mi muerte me defiendas de las asechanzas del demonio, para que mi alma pueda ir a gozar libremente de mi Dios y Señor.

 
QUINTO MISTERIO, DE LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA

 
¡Oh Virgen Santísima y Buenaventura, Oliva fructuosa! Yo que ofrezco humildemente este misterio, al glorioso de tu Coronación, que fue el cumplimiento de todos tus gozos, y galardón de tus grandes merecimientos, cuando fuiste ensalzada sobre los espíritus angelicales, y de la Santísima Trinidad, coronada y constituida por Reina y Señora de todos, y por Patrona y Abogada de aquellos que a Ti se encomiendan.

Petición.- Suplícote, Señora y Madre mía, tengas por bien de alcanzar copiosos dones y gracias a estos tus siervos que estamos en este valle de lágrimas, y que merezcamos ir a gozar de tu presencia santísima con el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo.