domingo, 25 de septiembre de 2016

LA GRACIA EN MARÍA

Tú conoces la dureza de mi corazón y la ceguera de mi inteligencia; ayúdame, ¡oh Virgen fidelísima!, a vencer la resistencia de mi orgullo, de mi egoísmo y cobardía

La docilidad plena a la moción del Espíritu Santo es precisamente la característica del estado de unión con Dios. María Santísima, como enseña San Juan de la Cruz, “desde el principio –fue- levantada a este alto estado”; cosa evidente cuando se reflexiona que María no sólo fue creada en gracia, sino que desde su nacimiento poseyó un grado de gracia superior al que los más grandes santos alcanzaron al fin de su vida. En consecuencia, el estado de unión perfecta con Dios, que es nuestro ideal y la meta de todos nuestros esfuerzos, fue propiedad de María desde el primer momento de su vida; por otra parte, la vida de María, por su correspondencia libre y por su fidelidad a la gracia, fue un continuo progresar, un progresar vertiginoso, en este altísimo estado. La Virgen es por eso, después de Jesús, el modelo y guía más segura para los que aspira a la unión con Dios; más aún, por su condición de simple criatura, la sentimos más cerca de nosotros y se nos presenta más imitable. María nos enseña que el secreto de llegar en seguida a esta unión con Dios es el desprendimiento de la criatura que más amamos y que es nuestro “yo”. María no vivió sino para Dios. Si estudiamos su vida a través del Evangelio, nunca veremos que se mueva a obrar por motivos egoístas, por intereses personales; sólo una fuerza la impulsa: la gloria de Dios, los intereses de Jesús y de las almas. En su vida humilde y desconocida, en su trabajo, en su pobreza, en las dificultades y sufrimientos que padeció, jamás María pensó en sí, jamás un lamento salió de su boca, sino siempre adelante, olvidada totalmente de sí, entregada totalmente al cumplimiento de la voluntad Divina. Es el Espíritu Santo quien la guía, quien la impulsa, quien la sostiene. Y el secreto es éste: dejarse guiar y mover por Él siempre y en todo. Así como por obra del Espíritu Santo la Virgen concibió al Hijo de Dios, así todas las acciones fueron concebidas bajo la moción del Espíritu Santo. Es precisamente aquí donde tenemos que imitar a María: desterrar de nuestra vida todo lo que es fruto de nuestro egoísmo, amor propio, orgullo, para concebir únicamente obras según la moción de la gracia, bajo el impulso del Espíritu Santo.  


¡Oh María, esposa fidelísima del Espíritu Santo!  Mira mi miseria y debilidad. Dios puso en tus manos la plenitud de todos sus dones para que yo comprendiese que toda esperanza, toda gracia y toda salvación viene de Ti. Tú conoces la dureza de mi corazón y la ceguera de mi inteligencia; ayúdame, ¡oh Virgen fidelísima!, a vencer la resistencia de mi orgullo, de mi egoísmo y cobardía, para que mi alma se abra de par en par a la invasión de la gracia, se abandone dócilmente a la acción del Espíritu Santo, siga con prontitud sus impulsos, sus inspiraciones y sus llamadas.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

ORACIÓN A MARÍA, MADRE DE LOS PECADORES

Cuanto más me espantan mis pecados y el temor a la divina justicia, más me reconforta el pensar que tú eres la madre mía

Madre mía amantísima, ¿cómo es posible que teniendo madre tan santa sea yo tan malvado? ¿Una madre ardiendo en amor a Dios y yo apegado a las criaturas? ¿Una madre tan rica en virtudes y yo tan pobre en merecimientos? 

Madre mía amabilísima, no merezco ser tu hijo, pues me hice indigno por mi mala vida. Me conformo con que me aceptes por siervo; y para lograr serlo, aun el más humilde, estoy pronto a renunciar a todas las cosas. Con esto me contento, pero no me impidas poderte llamar madre mía. Este nombre me consuela y enternece, y me recuerda mi obligación de amarte. Este nombre me obliga a confiar siempre en ti. 

Cuanto más me espantan mis pecados y el temor a la divina justicia, más me reconforta el pensar que tú eres la madre mía. Permíteme que te diga: Madre mía. Así te llamo y siempre así te llamaré. 

Tú eres siempre, después de Dios, mi esperanza, mi refugio y mi amor en este valle de lágrimas. Así espero morir, confiando mi alma en tus santas manos y diciéndote: Madre mía, madre mía María; ayúdame y ten piedad de mí. Amén.


sábado, 17 de septiembre de 2016

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Muere santamente un escocés convertido al catolicismo 


Se narra en la historia de las fundaciones de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles de un noble joven escocés llamado Guillermo Elphinstone. Era pariente del rey Jacobo, y habiendo nacido en la herejía, seguí en ella; pero iluminado por la gracia divina, que le iba haciendo ver sus errores, se trasladó a Francia, donde con la ayuda de un buen padre, también escocés, y, sobre todo, por la intercesión de la Virgen María, descubrió al fin la verdad, abjuró la herejía y se hizo católico. Fue después a Roma. Un día lo vio un amigo muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa le respondió que aquella noche se le había aparecido su madre, condenada, y le había dicho: “Hijo, feliz de ti que has entrado en la verdadera Iglesia; yo, por haber muerto en la herejía, me he perdido”. Desde entonces se enfervorizó más y más en la devoción a María, eligiéndola por su única madre, y ella le inspiró hacerse religioso, a lo que se obligó con voto. Pero como estaba enfermo, se dirigió a Nápoles para curarse con el cambio de aires. Y en Nápoles quiso Dios que muriese siendo religioso. En efecto, poco después de llegar, cayó gravemente enfermo, y con plegarias y lágrimas impetró de los superiores que lo aceptasen. Y en presencia del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Viático, hizo sus votos y fue declarado miembro de la Compañía de Jesús.

Después de esto, era de ver cómo enternecía a todos con las expresiones con que agradecía a su madre María el haberlo llevado a morir en la verdadera Iglesia y en la casa de Dios, en medio de los religiosos sus hermanos. “¡Qué dicha –exclamaba- morir en medio de estos ángeles!” Cuando le exhortaban para que tratara de descansar, respondía: “¡No, ya no es tiempo de descansar cuando se acerca el fin de mi vida!” Poco antes de morir dijo a los que le rodeaban: “Hermanos, ¿no veis los ángeles que me acompañan?” Habiéndole oído pronunciar algunas palabras entre dientes, un religioso le preguntó qué decía. Y le respondió que el ángel le había revelado que estaría muy poco tiempo en el purgatorio y que muy pronto iría al paraíso. Después volvió a los coloquios con su dulce madre María. Y diciendo: “¡Madre, madre!”, como niño que se reclina en los brazos de su madre para descansar, plácidamente expiró. Poco después supo un religioso, por revelación, que ya estaba en el paraíso.

Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


jueves, 15 de septiembre de 2016

15 DE SEPTIEMBRE, LOS DOLORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Ama a María, entonces, y recibirás una gracia especial; invoca a María, y obtendrás victoria; honra a María, y conseguirás la eterna recompensa

La Virgen Bienaventurada sufrió muchísimo por los errores del mundo y por la perversidad de tanta gente; se compadeció de los que estaban verdaderamente arrepentidos o duramente tentados. Se afligió por la enorme ingratitud de los hombres, para quienes Dios Padre, había mandado a su Hijo unigénito, encarnado por amor, a fin de que reconquistaran el paraíso, que un día habían perdido por el pecado de Adán. Se apesadumbró por la condenación de los malos, que, despreciando la palabra de Dios preferían el mundo antes que el cielo, y perseguían las falaces riquezas en vez de las auténticas virtudes. Sufrió por la persecución de los inocentes y la violencia de los malvados, por el desprecio de los pobres y la altanería de los soberbios, por el descuido del culto divino y la trasgresión de los mandamientos de Dios y constituía para ella motivo de profundo padecimiento el hecho de que el mundo entero estuviese sumergido en el mal y fuesen pocos los dispuestos a recibir la luz eterna, encendida en el mundo por medio de ella, Madre de inmensa piedad. Tuvo para con todos grandísima paciencia y llevó una vida repleta de sufrimientos, al mismo tiempo que rogaba con lágrimas y sollozos por la salvación de las almas.

Si quieres conocer más a fondo cuáles y cuántos sufrimientos aguantó María en la persecución y en la pasión de su amado Hijo, sabrás que bebió hasta la última gota el cáliz de tantos amargos pesares como los que bebió Jesús en cada instante de su vida y a causa de todas las heridas infligidas a su cuerpo. Efectivamente, ¿cuándo Jesús tuvo que sufrir de parte de los hombres contrariedad y desprecio, sin que también ella los sufriese por compasión? Si ella sufrió, cuando perdió a Jesús sólo por algún día, ¿cuánto no habrá llorado al verlo crucificado y luego muerto? Los que aman a Jesús saben bien que el afecto maternal de María superó en el sufrimiento al de todas las almas piadosas. Por lo cual, si quieres conocer la violencia del dolor en la Madre, piensa en la vehemencia del amor en la Virgen.

Del libro "Imitación de María",
del Beato Tomás de Kempis


sábado, 10 de septiembre de 2016

LETANÍA REPARADORA AL DOLORIDO E INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

De los insultos que los protestantes y otros herejes lanzan contra tu culto dulcísimo, te consolaremos ¡oh María!

¡Oh Madre nuestra dulcísima! Permite por piedad, que nosotros tus devotos hijos, unidos en un solo pensamiento de veneración y amor, vengamos a reparar las horrendas ofensas que cometen contra Ti tantos desventurados que no conocen el paraíso de bondad y de misericordia de tu corazón maternal.

De las horribles ofensas que se cometen contra tu dulcísimo Jesús, te consolaremos ¡oh María!


De la espada de dolor que hijos degenerados quieren nuevamente clavar en tu Corazón maternal, te consolaremos ¡oh María! 


De las blasfemias nefandas que se vomitan contra tu Purísimo y Santísimo Nombre, te consolaremos ¡oh María!


De las infames negaciones que se hacen de tus privilegios y de tus glorias más excelsas, te consolaremos ¡oh María!


De los insultos que los protestantes y otros herejes lanzan contra tu culto dulcísimo, te consolaremos ¡oh María!


De las sacrílegas afrentas que los impíos cometen contra tus carísimas imágenes, te consolaremos ¡oh María!


De las profanaciones que se cometen en tus santuarios, te consolaremos ¡oh María!


De las ofensas contra la virtud angelical que en Ti se personifica, te consolaremos ¡oh María!


De los ultrajes que se cometen con las modas perversas, contra la dignidad de la mujer, por Ti reivindicada y santificada, te consolaremos ¡oh María!


De los horrendos delitos con que se aparta a los inocentes de tu seno maternal, te consolaremos ¡oh María!


De las incomprensiones de tus derechos divinamente maternales, por parte de tantas madres, te consolaremos ¡oh María!


De las ingratitudes de tantos hijos a tus gracias bellas, te consolaremos ¡oh María!


De la frialdad de tantos corazones frente a tus ternuras maternales, te consolaremos ¡oh María!


Del desprecio de tus invitaciones de amor, te consolaremos ¡oh María!


De la cruel indiferencia de tantos corazones, te consolaremos ¡oh María!


De tus lágrimas maternales, te consolaremos ¡oh María!


De las angustias de tu Dulcísimo Corazón, te consolaremos ¡oh María!


De las agonías de tu Alma Santísima en tantos Calvarios, te consolaremos ¡oh María!


De tus suspiros de amor, te consolaremos ¡oh María!


Del martirio que te ocasiona la pérdida de tantas almas redimidas por la sangre de tu Jesús y por tus lágrimas, te consolaremos ¡oh María!


De los horrendos atentados que se cometen contra tu Jesús, que vive en su Vicario y en sus sacerdotes, te consolaremos ¡oh  María!


De la conjuración infernal contra la vida de tu Jesús en su Iglesia, te consolaremos ¡oh María!

ORACIÓN

¡Oh Madre Santa Dulcísima, que en el heroísmo de tu Amor Maternal, al pie de la cruz, rogaste por aquellos crueles que martirizaban tan atrozmente a tu amado Hijo Jesús y desgarraban tu Corazón ternísimo! Ten piedad de todos los desventurados e indignos que te ofenden; haz que ellos también puedan ser acogidos en tu seno maternal, purificados por tus lágrimas benditas, y admitidos a gozar los frutos admirables de tu maternal misericordia. Amén.



Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, líbranos de las penas del infierno


jueves, 8 de septiembre de 2016

DE LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Imagen de "María Bambina" (Virgen Niña) del siglo XVII y hecho en el sur de Italia

130. ¿Cuándo celebra la Iglesia la fiesta de la NATIVIDAD de la Santísima Virgen María? - La Iglesia celebra la, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María el día 8 de septiembre.

131. ¿Por qué se celebra la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María? - Celébrase la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María porque desde su nacimiento fue la más santa de todas las criaturas y porque estaba destinada a ser la madre del Salvador.

132. ¿Se celebra sólo la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen? - Celébrase la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen y la de San Juan Bautista. Pero hay que observar que la Santísima Virgen no sólo nació en gracia, sino que también fue en gracia concebida, mientras que de San Juan Bautista solamente puede decirse que fue santificado antes de nacer.

133. ¿Qué vida llevó la Santísima Virgen? - La Santísima Virgen, aunque descendía de la regia estirpe de David, llevó una vida pobre, humilde y escondida, pero preciosa delante de Dios, no pecando jamás ni aun venialmente y creciendo continuamente en gracia.

134. ¿Qué hay que admirar de un modo especial en las virtudes de la Santísima Virgen? - En las virtudes de la Santísima Virgen hay que admirar de un modo especial el voto de virginidad que hizo desde sus más tiernos años, cosa de que no había ejemplo hasta entonces.

135. ¿Qué hemos de hacer en la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María? - En la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María hemos de hacer cuatro cosas: 1ª, dar gracias a Dios por los dones y prerrogativas singulares con que la enriqueció sobre todas las criaturas; 2ª, pedirle que por su intercesión destruya en nosotros el reino del pecado y nos dé constancia y fidelidad en su santo servicio; 3ª, venerar la santidad de María y congratularnos con ella de sus grandezas; 4ª, procurar imitarla, guardando cuidadosamente la gracia y ejercitando las virtudes, principalmente la humildad y pureza, por las cuales mereció concebir a Jesucristo en sus purísimas entraña.

Tomado del Catecismo Mayor de San Pío X




Las plegarias y las lágrimas de Santa Ana le merecieron, después de veinte años de esterilidad, la gloria de dar al mundo a la Bienaventurada Virgen María. He aquí la aurora mensajera del Sol de justicia: demonios, retiraos al infierno; ángeles, regocijaos: pronto los justos ocuparán los lugares abandonados por los ángeles rebeldes. Hombres, triunfad: María ha nacido para ser la Madre de Dios que será vuestro Hermano y vuestro Redentor. Almas santas que gemís en el limbo, consolaos: la puerta de vuestra prisión muy pronto será abierta por el Hijo de la que acaba de nacer



martes, 6 de septiembre de 2016

ORACIÓN A MARÍA, REINA DE MISERICORDIA

No quiero que nadie me aventaje en honrarte y amarte, mi amable Reina

¡Madre de Dios y Señora mía, María! Como se presenta a una gran reina un pobre andrajoso y llagado, así me presento a Ti, ¡Reina de cielo y tierra! Desde tu trono elevado dígnate volver los ojos a mí, pobre pecador. Dios te ha hecho tan rica para que puedas socorrer a los pobres, y te ha constituido Reina de Misericordia para que puedas aliviar a los miserables. Mírame y ten compasión de mí. Mírame y no me dejes; cámbiame de pecador en santo. Veo que nada merezco y por mi ingratitud debiera verme privado de todas las gracias que por tu medio he recibido del Señor. Pero Tú, que eres Reina de Misericordia, no andas buscando méritos, sino miserias y necesidades que socorrer. ¿Y quién más pobre y necesitado que yo?

¡Virgen excelsa!, ya sé que Tú, siendo la reina del universo, eres también la Reina mía. Por eso, de manera muy especial, me quiero dedicar a tu servicio, para que dispongas de mí como te agrade. Te diré con san Buenaventura: Señora, me pongo bajo tu servicio para que del todo me moldees y dirijas. No me abandones a mí mismo; gobiérname Tú, ¡reina mía! Mándame a tu arbitrio y corrígeme si no te obedeciera, porque serán para mí muy saludables los avisos que vengan de tu mano. Estimo en más ser tu siervo que ser el dueño de toda la tierra. ”Tuus sum ego, salvum me fac” (Sal 118, 94). Acéptame por tuyo y líbrame. No quiero ser mío; a Ti me entrego. Y si en lo pasado te serví mal, perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte, en adelante quiero unirme a tus siervos los más amantes y más fieles. No quiero que nadie me aventaje en honrarte y amarte, mi amable Reina. Así lo prometo y, con tu ayuda, así espero cumplirlo. Amén. Así sea.

Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


sábado, 3 de septiembre de 2016

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Conversión de María, la pecadora, en la hora de la muerte 

Cuando me vi a las puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: Señora, tú eres el refugio de los abandonados

Se cuenta en la vida de sor Catalina de San Agustín que en el mismo lugar donde vivía esta sierva de Dios habitaba una mujer llamada María que en su juventud había sido una pecadora y aún de anciana continuaba obstinada en sus perversidades, de modo que, arrojada del pueblo, se vio obligada a vivir confinada en una cueva, donde murió abandonada de todos y sin los últimos sacramentos, por lo que la sepultaron en descampado.

Sor Catalina, que solía encomendar a Dios con gran devoción las almas de los que sabía que habían muerto, después de conocer la desdichada muerte de aquella pobre anciana, ni pensó en rezar por ella, teniéndola por condenada como la tenían todos.
Pasaron cuatro años, y un día se le apareció un alma en pena que le dijo:

– Sor Catalina, ¡qué desdicha la mía! Tú encomiendas a Dios las almas de los que mueren y sólo de mi alma no te has compadecido.
– ¿Quién eres tú? –le dijo la sierva de Dios.
– Yo soy –le respondió –la pobre María que murió en la cueva.
– Pero ¿te has salvado? –replicó sor Catalina.
– Sí, me he salvado por la misericordia de la Virgen María.
– Pero ¿cómo?
– Cuando me vi a las puertas de la muerte, viéndome tan llena de pecados y abandonada de todos, me volví hacia la Madre de Dios y le dije: Señora, tú eres el refugio de los abandonados; ahora yo me encuentro desamparada de todos; tú eres mi única esperanza, sólo tú me puedes ayudar, ten piedad de mí. La santa Virgen me obtuvo un acto de contrición, morí y me salvé; y ahora mi reina me ha otorgado que mis penas se abreviaran haciéndome sufrir en intensidad lo que hubiera debido purgar por muchos años; sólo necesito algunas misas para librarme del purgatorio. Te ruego las mandes celebrar que yo te prometo rezar siempre, especialmente a Dios y a María, por ti.

Cuidó Sor Catalina que al instante se aplicasen las misas, y a los pocos días se le volvió a aparecerer el alma más resplandeciente que el sol, dándole gracias por el beneficio, y diciendo que iba a la gloria a cantar para siempre las misericordias del Señor y a rogar por ella.


Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES



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jueves, 1 de septiembre de 2016

TE BENDIGO Y TE ALABO, MADRE MÍA DOLOROSA

Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos

Te bendigo, te alabo y con todas mis fuerzas me encomiendo a Ti, Santa e Inmaculada Virgen, por tu dolorosa presencia junto a la Cruz de Jesús, donde abrumada y afligida te detuviste por largo tiempo, atravesada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón (Lc 2, 35); por las abundantes lágrimas derramadas; por la gran fidelidad e inefable coherencia que demostraste a tu Hijo en su extrema necesidad, cuando estaba por morir; por el inmenso dolor de tu Corazón; por el sufrimiento más lacerante en el momento de su muerte; por la palidez de su aspecto, cuando lo viste pender muerto delante de Ti.

Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos; por el triste trayecto hacia el lugar de su sepultura, cuando bañada en lágrimas seguías a los que llevaban el Santo Cadáver, y llorando fijaste la mirada en tu Hijo depositado en el sepulcro y encerrado bajo una gran lápida; por el doloroso regreso desde el sepulcro a la casa en que te hospedabas, donde acompañada de muchos fieles allí reunidos te deshiciste en lágrimas por la muerte del amado Hijo, con repetidos lamentos, y fue tan copioso tu llanto que hiciste también llorar a los que estaban a tu lado.

Compadece ahora, alma mía, a la Virgen Dolorosa, a la Madre lacrimosa, a María amorosa. Si amas a María, debes compadecerla por sus dolores numerosos, para que te socorra en tus penas. ¡Qué cuadro!: la Santa Madre llora a su único Hijo; llora María de Cleofás a su querido pariente; llora María Magdalena al médico de su salud; llora Juan a su dulcísimo Maestro; lloran todos los apóstoles a su Señor que han perdido. ¿Y quién no lloraría entre tantos amigos que lloran juntos?

Del libro "Imitación de María",
del Beato Tomás de Kempis