domingo, 31 de mayo de 2015

SANTA MARÍA REINA

Beáta es, Virgo María, quae sub cruce Dómini sustinuísti. Nunc cum eo regnas in aetérnum

El pueblo cristiano, con su instinto certero, ha reconocido siempre la dignidad real de la Madre del “Rey de reyes y Señor de los señores”. Padres, Doctores y Papas se han hecho a lo largo de los siglos sus intérpretes autorizados y el triunfal testimonio de esta universal creencia brilla en los esplendores del arte y en la clara catequesis de la liturgia. Por su parte, los Teólogos han demostrado con éxito cuán acreedora es la Madre de Dios al Título de Reina, por su íntima asociación a la obra redentora de su Hijo y por su misión de mediadora de todas las gracias.

Respondiendo al deseo unánime de los fieles y de los pastores, Su Santidad Pío XII, con su encíclica del 11 de octubre de 1954, instituyó la fiesta de María Reina, aprobando así el culto que en su corazón rendían ya todos a la Soberana Reina de cielos y tierra.


ORACIÓN

Concédenos, Señor, que quienes celebramos la solemnidad de la Bienaventurada Virgen María, Reina nuestra, merezcamos con su apoyo conseguir la paz en esta vida y la gloria en la otra. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén


miércoles, 20 de mayo de 2015

MARÍA Y LOS SANTOS


1) Ante Dios, los ruegos de los santos son ruegos de amigos, pero los ruegos de María son ruegos de Madre (San Alfonso).

2) Siempre tuve fe en María Auxiliadora y he visto suceder cosas admirables (San Juan Bosco).

3) Había trabajado mucho por convertir a un gran pecador y nada lograba. Entonces decidí encomendárselo totalmente a la Santísima Virgen y la gracia se obtuvo prontamente (Santa Gemma Galgani).

4) He recomendado muchas veces a la gente que repita frecuentemente esta oración: “Oh María, rogad a Jesús por mí” y los resultados obtenidos son maravillosos (San Alfonso Ligorio).

5) Si tú haces algo por la Virgen María, la Virgen María hará mucho por ti (Siervo de Dios Felipe Rinaldi).

6) Hay que predicar a todos, grandes y chicos, que son hijos de María santísima, que ella los quiere librar de los peligros del mundo y llevarlos a la gloria celestial, y que a los que la honran con sus oraciones y con el cumplimiento exacto de su deber, ella les concederá infinitas gracias y favores (San Juan Bosco).

7) Nunca he visto que un pecador haya rezado con fe y perseverancia a la Santísima Virgen y haya tenido mala muerte (San Alfonso).

8) Si yo no tuviera a la Madre de Dios, que me defiende a cada paso de los peligros del alma, ya habría caído en poder de Satanás (Santo Cura de Ars).

9) Hay una novena bienaventuranza. Dice así: Bienaventurados los devotos de la Santísima Virgen, porque tendrán sus nombres escritos en el libro de la Vida Eterna (San Buenaventura).

10) Cuando las tentaciones pongan en peligro tu salvación, y la tristeza te quite las fuerzas y los deseos de seguir trabajando por conseguir la santidad, acuérdate de María y llámala en tu ayuda; llámala insistentemente como el niño aterrorizado pide ayuda a su madre, y ella que es causa de nuestra alegría, correrá a ayudarte. Te desafío a que hagas la prueba. No te fallará ni una sola vez (San Bernardo).




domingo, 17 de mayo de 2015

HISTORIA PARA NIÑOS... ¿O ADULTOS LLENOS DE FE?

¿Debemos juzgar por las apariencias?

Una limosna, por el amor de Dios. Una limosna…

-Ya te he dicho que no tengo nada.
-¡Fuera de aquí so perezoso! ¡No molestes más!

Reprensiones y humillaciones como ésas formaban parte del día a día de Lucrecio, un pobre jorobado que  llevaba muchos años vagando por aquella pintoresca ciudad entre colinas.

Nadie sabía a ciencia cierta su origen: algunos decían que había sido abandonado por sus padres siendo aún muy pequeño, porque no tenían condiciones de mantenerlo o quizá, porque nació con esa irreversible deformación… Meras hipótesis, pues ni él mismo sabía de dónde venía.

Había salido numerosas veces en busca de empleo, para poder ganarse lo suficiente para subsistir, pero a causa de su cuerpo deformado siempre recibía la misma respuesta:

-¡¡¡No!!!...

Ni siquiera tenía un sitio donde cobijarse. Vivía al aire libre, refugiándose ora en alguna cueva, ora en casa de alguna alma caritativa, lo cual era extremadamente raro. Se podía decir que Lucrecio era un monumento de desdichas. Todos lo rechazaban, no conseguía nada de lo que deseaba y con muchísima dificultad obtenía el pan de cada día.

Sin embargo ese pobre hombre era portador de un alma de oro, resignada con la voluntad de Dios y muy devota de su Santísima Madre. Mientras iba andando por las calles, con saco bastante gastado donde ponía lo que le daban, solía rezarle a María pidiéndole que bendijera su jornada. Tenía tanto entusiasmo por la Virgen de las vírgenes que era frecuente verlo improvisando canciones en su honor.

Un día decidió marcharse a una zona de la ciudad que no acostumbraba frecuentar, pues en el sitio donde hasta entonces mendigaba diariamente se le habían cerrado todas las puertas. ¿Sería esto una actitud prudente? Si donde ya lo conocían le negaban ayuda, ¡imaginemos cómo sería tratado en un lugar donde nunca lo habían visto! Pero no tenía otra salida: o se exponía a correr ese riesgo, o moriría de hambre… Se echó su vacío saco al hombro y empezó su lento caminar.

Subiendo por aquí, bajando por allá, Lucrecio iba recorriendo senderos desconocidos. Poco a poco se fue dando cuenta de que el panorama que se desvelaba ante sus ojos era bien diferente: las casas eran más grandes y más bonitas, las ventanas adornadas con flores, las calles empadradas. Entonces dijo para sí:

-En casas tan grandes como esas debe de haber mucho espacio… Ya se está haciendo de noche y no he conseguido ni un pedazo de pan. ¡Virgen Santísima, váleme! ¿No será que alguien de aquí me hospedaría?

Resolvió probar suerte llamando a la puerta de la casa más cercana. Tras unos instantes  de silencio, se oyó la suave voz de una mujer. Se trataba de una rica viuda, Margarita, que vivía allí con su único hijo, Leopoldo, que se encontraba de viaje.

-¿Quién es? –preguntó.
-Una limosna, por caridad, o al menos algo para comer…
-Espera un momento.

La puerta se abrió y Margarita le entregó unos panes. Pero al ver su cansada y sufrida fisonomía, y además su enorme joroba, tuvo compasión.

-Entra. Creo que es conveniente que pases la noche aquí. A estas horas las calles son muy peligrosas.

Lleno de alegría, aunque estupefacto por tan generosa recepción, Lucrecio le contó un poco de su historia y entró en la casa, donde la fue servida una deliciosa cena y preparada una habitación para dormir.

A la mañana siguiente, agradeció efusivamente la acogida y, despidiéndose, ya se marchaba para continuar con su vida de mendigo.

-¿A dónde vas ahora? –le preguntó Margarita.

Y no obtuvo respuesta…

-¿Qué opinas de trabajar aquí? Me parece que en el jardín habría mucho que hacer.

Lucrecio no se podía creer lo que estaba escuchando y aceptó la propuesta. ¡Era una respuesta a sus oraciones! Sin embargo, ¿qué diría Leopoldo cuando volviese y encontrase en su casa a un pobre jorobado? Faltaban dos semanas para  que regresara de viaje…

Infelizmente Leopoldo no tenía el corazón generoso y cristiano de su madre. Era muy apegado al dinero y al ver al nuevo jardinero se llenó de cólera y le insistió a su madre para que lo despidiera.

Al percibir lo que estaba sucediendo, Lucrecio decidió abandonar la casa en secreto para no ser motivo de peleas o tristeza para la buena mujer. En mitad de la noche, mientras todos dormían, cogió su viejo saco, relleno con los obsequios que había recibido de Margarita, y silenciosamente escaló el muro.

En ese momento pasaba por la calle un guardia. Cuando vio aquella extraña figura sobre el muro empezó a gritar:

-¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

El vecindario entero acudió para ver qué estaba pasando. Cogieron al pobre infeliz, que hizo de todo para alegar su inocencia, pero no sirvió de nada. A pesar de la defensa de Margarita, su hijo testificó en su contra, inventándose acusaciones absurdas que, no obstante, fueron dadas por verdaderas. El tribunal de la ciudad lo condenó a la horca, como un vil malhechor. Lucrecio no tenía nada que hacer. Sólo se encomendó a la Virgen, confiando en que Ella resolvería su caso…

Finalmente, llegó el día señalado para la ejecución. Mientras iba andando hacia el patíbulo, Lucrecio rezaba:

-¡Virgen Santísima, ven en mi auxilio! ¡María Santísima, socórreme!

Los verdugos lo colgaron de la cuerda y se quedaron a la espera de su muerte. Muchos de los asistentes se alegraban, pues por fin ese jorobado tan desagradable no volvería a molestarles. Pero el tiempo pasaba y el reo no moría… Al contrario, se volvía cada vez más sonriente y con mejor aspecto.

-¡Se está haciendo el vivo! –exclamó el alcalde de la ciudad.

Y ordenó que lo dejaran suspendido allí dos días más. Al expirar el plazo y comprobar que Lucrecio estaba realmente vivo, el alcalde mandó que lo soltaran, porque aquello era un milagro que probaba su inocencia. Asombrado, le preguntó al jorobado a respecto de lo que había pasado:

-Pues, como siempre he tenido mucha devoción a la Virgen, me encomendé a Ella para que me ayudase en mi última hora. En el instante de la ejecución vino una hermosísima señora a sostenerme en el  aire, impidiendo que la cuerda me ahorcase, y ahí permanecí hasta hace poco… Sentía tanta alegría que habría sido mejor que no me hubieran sacado de la horca.

Es evidente que, ante tamaño milagro, Lucrecio fue absuelto. Y los habitantes del lugar aprendieron que no se debe juzgar por las apariencias… Poco después, ingresó en un monasterio, en el que, años más tarde, moriría en olor de santidad.

Hna. Ariane Heringer Tavares, EP

Fuente revista "Heraldos del Evangelio", número 138, enero 215



martes, 5 de mayo de 2015

ORACIONES DE LOS SANTOS A NUESTRA MADRE MARÍA

 Los Ángeles y los Arcángeles sirven con temor a Aquel que habita en tu seno, y no se atreven a hablarle; Tú, sin embargo, hablas con él libremente

¡Oh Virgen!, tu gloria supera todas las cosas creadas. ¿Qué hay que se pueda semejar a tu nobleza, Madre del Verbo Dios? ¿A quién te compararé, ¡oh Virgen!, de entre toda la creación? Excelsos son los ángeles de Dios y los arcángeles, pero ¡cuánto los superas Tú, María! Los ángeles y los arcángeles sirven con temor a aquel que habita en tu seno, y no se atreven a hablarle; Tú, sin embargo, hablas con él libremente. Decimos que los querubines son excelsos, pero Tú eres mucho más Excelsa que ellos: los querubines sostienen el trono de Dios; Tú, sin embargo, sostienes a Dios mismo entre tus brazos. Los serafines están delante de Dios, pero Tú estás más presente que ellos; los serafines cubren su cara con las alas no pudiendo contemplar la gloria perfecta; Tú, en cambio, no sólo contemplas su cara, sino que la acaricias y llenas de leche su boca santa.

Acoged, ¡oh Virgen Santísima!, nuestras súplicas, y acordaos de nosotros.
Dispensadnos los dones de vuestras riquezas y de la abundancia de las gracias de que estáis llena.
El Arcángel os saluda y os llama llena de gracia.

Todas las naciones os llaman bienaventurada, todas las jerarquías del Cielo os bendicen, y nosotros, que pertenecemos a la jerarquía terrestre, os decimos también Dios te salve, ¡oh llena de gracia!, el Señor es contigo; ruega por nosotros, ¡oh Madre de Dios!, Nuestra Señora y nuestra Reina.

San Atanasio de Alejandría





sábado, 2 de mayo de 2015

DULCE ENCUENTRO CON MARÍA (Audios)

Nuestra Señora de la Merced, Patrona de Perú. Nuestra Señora de La Alta Gracia, Patrona de República Dominicana. Nuestra Señora Chiquinquira, Patrona de Colombia.

Nuestra Señora de la Merced, Patrona de Perú

Nuestra Señora de La Alta Gracia, Patrona de República Dominicana

Nuestra Señora Chiquinquira, Patrona de Colombia

Para escuchar el audio, pinchar AQUÍ y AQUÍ

viernes, 1 de mayo de 2015

¡¡¡AVE MARÍA!!!

"De Maria nunquam satis"
(Santa María del Alcor, Patrona de El Viso del Alcor - Sevilla)

Es tan grande la dulzura de este bendito saludo, que no admite explicación con palabras humanas. Resulta en efecto siempre más elevado y profundo de lo que pueda comprender toda criatura. Por eso doblo una vez más las rodillas delante de Ti, Santísima Virgen María, y digo: "Ave María llena de gracia". Clementísima Señora mía, Santa María, acepta este tan devoto saludo y, con él, acéptame también a mí, para que pueda yo tener algo que sea de tu agrado, que fortalezca mi confianza en ti, que encienda en mí un amor cada vez más grande y me conserve por siempre devoto a tu Santo Nombre.

Quiera el cielo que, para satisfacer mi deseo de honrarte y de saludarte eternamente desde lo profundo del corazón, todos mis miembros se transformen en lenguas y las lenguas en voces de fuego. Madre de Dios, quisiera poder dirigirte este saludo como pura y santa ofrenda de oración, en expiación de todas mis culpas, por las cuales he merecido la ira divina, he entristecido gravemente a tu Hijo, he deshonrado y ofendido muy a menudo a Ti y a toda la corte celestial.

Dado que mi vida es frágil y caduca a causa de todos mis excesos, de todas mis negligencias, de todos los pensamientos vanos, inmundos y perversos, quiera el cielo que todos los espíritus bienaventurados y las almas de los justos, con purísima devoción y muy ardiente plegaria, te dirijan, ¡Oh Beatísima Virgen María!, y repitan cien veces en tu honor el altísimo saludo con que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo fueron los primeros en querer saludarte por medio del ángel. De alguna manera, hallaría así un digno incienso de suave fragancia, ya que en mí nada hay de bueno ni nada que merezca recompensa.

Pero ahora me postro ante Ti, impulsado por sincera devoción; y totalmente encendido en veneración hacia tu suave nombre, te repito el gozo de aquel saludo nuevo, jamás oído hasta entonces, cuando el Arcángel Gabriel, enviado por Dios, entró en la intimidad de tu morada y, doblando reverente las rodillas, te rindió honor al decirte: "Ave, llena de gracia, el Señor es contigo". Yo deseo, en consonancia con la preciosa costumbre de los fieles y, en todo lo posible, con labios puros, dirigirte este saludo, como también deseo, desde lo profundo del corazón, que te lo dirijan del mismo modo todas las criaturas: "Ave, María, llena de gracia.
El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es, el fruto de tu vientre, Jesucristo. Amén".

Este es el saludo angélico, compuesto por inspiración del Espíritu Santo, del todo adecuado a tu Dignidad y a tu Santidad. Es una oración pobre en palabras, pero rica en misterios. Breve como discurso, pero profunda como contenido; más dulce que la miel y más preciosa que el oro, digna de repetirse con mucha frecuencia de todo corazón, devotamente y con labios puros, porque, aunque sea el resultado de muy pocas palabras, se esparce en un vastísimo torrente de celestial suavidad.

Pero ¡ay! de aquellos que se aburren, que la rezan sin devoción, que no reflexionan sobre sus palabras más valiosas que el oro, que no saborean sus copas de miel, que tantas veces recitan el Avemaría sin atención ni respeto. ¡Oh dulcísima Virgen María!, presérvame de una tan grave negligencia y falta de atención, perdona mi pasado desempeño. Seré más devoto, más fervoroso y más atento al recitar el Avemaría, cualquiera sea el lugar en que pudiera hallarme.

Ahora, después de estas consideraciones, ¿qué te pediré, mi muy querida Señora? Para mí, indigno pecador, ¿hay algo mejor, más útil, más necesario que hallar gracia delante de ti y de tu amadísimo Hijo? Por lo tanto, pido la gracia de Dios por tu intercesión, ya que, como afirma el ángel, tú has encontrado la plenitud de la gracia ante Dios.

Nada de lo que pida es más precioso que la gracia, ni tengo necesidad de ninguna otra cosa fuera de ella y de la misericordia de Dios. Me basta su gracia y no necesito nada más: sin la gracia, en efecto, ¿qué resultado tendría cualquier esfuerzo mío? En cambio, ¿qué puede ser para mí imposible, si me asiste y me ayuda la gracia? Tengo muchos y diversos defectos espirituales, pero la gracia de Dios es una medicina eficaz contra todas las pasiones y si Él se dignara socorrerme, las atenuará a todas.

Adolezco asimismo de pobreza en sabiduría y en ciencia espiritual, pero la gracia de Dios es suprema maestra y dispensadora de la disciplina celestial. Por consiguiente, ella me basta para instruirme en todos los asuntos necesarios, y me disuade de buscar cualquier cosa fuera de lo imprescindible, y de querer conocer temas más allá de lo lícito. Pero amonesta y enseña a humillarse ya contentarse solamente con ella.

Por lo mismo, ¡Oh clemente Virgen María!, consígueme con tus ruegos está gracia, que es tan noble y preciosa: que yo no desee ni pida nada más que la gracia por la gracia.

"Imitación de María", del Beato Tomás de Kempis