Ab initio, et ante saecula creata sum, et usque ad futurum saeculum non desinam, et in habitatione sancta coram ipso ministravi – Desde el principio fui creada, antes de los siglos y por los siglos duraré. En la santa morada, en su presencia, ofrecí el culto (Oficio de Santa María “In Sabbato”)

sábado, 9 de febrero de 2019

RECUERDO Y DEVOCIÓN DE MARÍA

Que el servicio a María nunca te parezca largo ni pesado, porque servir con el corazón y la palabra a semejante Reina proporciona deleite y alegría


María es amiga de la pobreza, el camino de la humildad, el modelo de la paciencia y de la perfección en todo. Desde el nacimiento de Jesús llevó una vida muy pobre, y hasta la muerte de Él en cruz fue siempre paciente. Es dulce seguirla, es justo honrarla con humilde y devoto homenaje; se debe pensar cada día en lo que se le puede ofrecer dignamente en señal de gratitud y de amor.

Seguramente querrás gozar en el cielo con María, pero tienes que soportar de buena gana con María también la pobreza y el desprecio en la tierra. Reflexiona acerca de sus humildes costumbres y su virginal reserva con las amigas; refrena tus ligerezas y huye del bullicio. No ofendas a Jesús y a María con discursos frívolos y con acciones indignas, porque no es asunto de poca monta ofender a amigos tan queridos. Ellos están a tu lado, en todo lo que hicieres; y, en la medida del empeño con que te esfuerzas en enmendarte, acudirán a tu encuentro con su auxilio. Su prudencia es superior a tu malicia y su benignidad te conducirá a la penitencia.

Si reconoces tus errores, cambia tu vida para mejorarla; persevera en el bien y dale devotamente gracias a Dios por sus dones. Hizo otro tanto la Bienaventurada Virgen María, colmada del Espíritu Santo, cuando gestaba a Jesús en su seno. A ejemplo de su mansedumbre, aprende a soportar con paciencia las cruces que encuentres, sometiéndote a la voluntad de Dios, tal como Él lo ha establecido desde toda la eternidad. Jesús será tu fuerza y María tu fidelísima Madre, si te comportas como hijo dócil y como servidor devoto, siempre dispuesto a hacer el bien. ¿Quieres practicar lo que agrada a la Virgen Bienaventurada? "Se humilde, paciente, sobrio, casto y púdico; fervoroso, manso, profundamente devoto, sean raras tus salidas, lee y escribe, pero más a menudo ruega".

Que el servicio a María nunca te parezca largo ni pesado, porque servir con el corazón y la palabra a semejante Reina proporciona deleite y alegría. Te procurará, además, una notable recompensa por cualquier acto, aunque mínimo, que hicieras en su honor. La humilde Madre no menosprecia las humildes atenciones; la piadosa Virgen acepta de buena gana aun los modestos obsequios, cuando se ofrecen con espontaneidad y devoción. La dulce Reina y Señora misericordiosa sabe bien que no somos aptos para ofrecerle grandes cosas, ni exige de sus pobres servidores actitudes imposibles. No busca ni necesita nuestros bienes María, a cuya indicación obedece el paraíso. Ella quiere nuestro bien, cuando busca nuestro servicio; desea nuestra salvación, cuando nos pide que la alabemos; persigue la ocasión de ayudarnos, cuando nos incita a honrar su nombre, puesto que se complace en renovar a sus servidores. En suma, es fidelísima en las promesas y muy generosa en los dones.

María está colmada de delicias y siempre es alegrada por los cantos de los ángeles; sin embargo, disfruta cuando los creyentes se ponen a su servicio, porque así se difunden en mayor escala la gloria de Dios y la salvación para muchos. Se conmueve hasta las lágrimas de los indigentes; compadece los sufrimientos de los atribulados; socorre en los peligros a los que son tentados, y escucha las oraciones de los devotos. Si alguien se dirige a ella sin vacilaciones y con humildad, invocando su dulce y glorioso nombre, no se alejará con las manos vacías.

Cuenta con numerosos aliados y la obedecen los coros de los ángeles, a los que puede mandar en ayuda de los abandonados. Ordena a los demonios, para que no se atrevan a tentar a ninguno de los que le han pedido auxilio y se han puesto bajo su protección. Los espíritus malignos tienen terror a la Reina del cielo y emprenden la fuga apenas oyen su santo nombre, como si huyeran del fuego. Sienten espanto del sagrado y temible nombre de María, mientras que él resulta sumamente amable e invocado en todas partes por los cristianos; no osan hacerse visibles ni ejercer su nefasto poder allí donde saben que brilla el nombre de María Santísima porque, al sólo oír este nombre, se desploman violentamente al piso, como si cayera un rayo del cielo y cuanto más frecuentemente se invoca este nombre con amor y fervor, tanto más velozmente y más lejos huyen ellos.

Por consiguiente, el nombre de María debe ser venerado y amado por todos los fieles, preferido por los religiosos, recomendado por los laicos, inculcado a los pecadores, sugerido a los enfermos e invocado por todos en los peligros, puesto que María es la más cercana a Dios y la más querida de su bendito Hijo Jesús. Es, por lo tanto, omnipotente por gracia para interceder a favor de los desgraciados hijos de Adán, a fin de que el Señor pueda perdonarles las culpas y socorrerlos en las ocasiones de riesgo. Si la ocasión se presenta, María no dejará por cierto de pronunciar una buena palabra al oído de su Hijo y de implorar misericordia por los necesitados. Y, en toda causa confiada a ella, es inmediatamente escuchada por su singular dignidad, dado que su amoroso Hijo Jesús, autor de la salvación del género humano, la honra no negándole nada.

Por eso, cualquier fiel y devoto, que desea evitar los naufragios del mundo y alcanzar el puerto de la salvación eterna, tiene que refugiarse en María, nuestra Señora, cuya inconmensurable bondad es experimentada de modo particular y con mayor fuerza por los desgraciados. Por lo mismo, es justo esperar de ella incluso los más grandes dones. En realidad, la misericordia creció en ella desde la infancia. Y, por cierto, no la abandonó cuando subió al cielo, antes bien, la colmó de sí con mayor abundancia y suavidad. Por la cual no podrá jamás olvidar a sus pobrecitos. Aunque sea la más grande de todos y se encuentre inmersa en gozos que la hacen tan feliz, no se olvida jamás de su humildad, por la que mereció ser enaltecida por encima de los demás. Ella sabe inclinarse aún hacia los más pequeños entre sus servidores y es feliz de que se la considere abogada de los desgraciados y se la invoque como Madre de los huérfanos. Amén.

"Imitación de María",
Beato Tomás de Kempis




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