Flos Carmeli, vitis florigera, splendor caeli, virgo puerpera singularis. Mater mitis sed viri nescia Carmelitis esto propitia stella maris


sábado, 25 de noviembre de 2017

VERDADERA MADRE MÍA

¡Oh María! Ya que eres verdaderamente Madre mía, haz que yo sea verdadero hijo tuyo, digno de Ti
Al dar su consentimiento para ser Madre del Hijo de Dios, María se unió en un consorcio estrechísimo no sólo a la persona, sino también a la obra de Jesús. Sabía que el Salvador venía a este mundo para redimir al género humano; aceptando, pues, ser madre, aceptaba ser la más íntima colaboradora de su misión. De hecho María, dándonos a Jesús, que es la fuente de la gracia, colaboró directísimamente a la difusión de la gracia en nuestras almas. “Si Jesús fue el Padre de nuestras almas –dice San Alfonso-, María fue la Madre, porque dándonos a Jesús nos dio la verdadera vida, y ofreciendo después sobre el Calvario por nuestra salvación la vida del Hijo, nos alumbró a la vida de la gracia divina”


Porque una mujer –Eva- había cooperado a la pérdida de la gracia, por eso, según una disposición armoniosa de la Providencia Divina, otra mujer –María- había de cooperar a la restitución de esa misma gracia. Ciertamente la vida de la gracia nos viene de Jesús, que es su única fuente y el único Salvador; pero en cuanto María fue quien lo dio al mundo, en cuanto María está íntimamente asociada a toda la vida y obra de Jesús, se puede decir muy bien que la gracia nos viene también de María. Si Jesús es la fuente y el manantial de la gracia, María –como dice San Bernardo- es el canal, el acueducto que nos la trae hasta nosotros. Así como Jesús quiso venir a nosotros a través de María, del mismo modo toda la gracia, toda la vida sobrenatural nos llega a través de María. “Esta es la voluntad de quien determinó que todo lo recibamos por medio de María” (San Bernardo). Todo lo que Jesús nos mereció en sentido propio, de derecho, María nos lo ha merecido secundariamente por mérito de conveniencia. La Virgen es, pues, verdaderamente nuestra Madre; con Jesús nos ha engendrado a la vida de la gracia. Podemos por eso saludarla con toda verdad: “Dios te salve, Reina, Madre de misericordia; vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve”



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