¡Oh Corazón Inmaculado de María, generoso y magnánimo como de Reina, amoroso y compasivo como de Madre!: oíd los suspiros del último de vuestros hijos que confiado acude a depositar en Vos los sentimientos y aspiraciones de su alma


jueves, 30 de noviembre de 2017

NUESTRA MADRE MARÍA Y EL SACERDOTE

¡Con qué cuidado preparó Jesús el alma de su Madre! ¡Con qué cuidado la colmó de bendiciones! Es una gran lección para los sacerdotes. También ellos son escogidos

Entre María y el sacerdote hay una afinidad profunda, pues ella fue elegida para ser la Madre del Sacerdote por excelencia y del Pontífice supremo. Fue escogida entre todas las mujeres.

¡Con qué cuidado preparó Jesús el alma de su Madre! ¡Con qué cuidado la colmó de bendiciones! Es una gran lección para los sacerdotes. También ellos son escogidos: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca”, dijo Jesús a sus Apóstoles (Jn 15,16). Sí, los sacerdotes son escogidos para llevar fruto, y ¿cuál es ese fruto? Nuestro Señor Jesucristo. Lo llevarán a Él, igual que la Virgen María. Por esta razón tienen que amar de modo muy particular la virtud de castidad y pureza.

La Santísima Virgen, habiendo sido escogida, cantó las grandezas de Dios: “Mi alma magnifica al Señor” (Lc 1,46). Los sacerdotes, cuando reciben la unción sacerdotal y la gracia del sacerdocio mediante la imposición de las manos del obispo, también cantan la gloria de Dios en sus corazones: “Mi alma magnifica al Señor, (…) porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso”.

Los buenos sacerdotes están profundamente desprendidos de las cosas de este mundo, para poder así llenarse de Nuestro Señor Jesucristo y recibir al Espíritu Santo. “La virtud del Altísimo vendrá sobre ti” (Lc, 1, 35), le dijo el ángel a la Virgen. Lo mismo, el obispo imploró sobre los ordenados todos los dones del Espíritu Santo.

María tiene aún otra afinidad con el sacerdote, pues ella preparó a la Víctima que debía ser clavada en la Cruz. Ella la preparó durante toda su vida. La alimentó, la educó y la siguió. Podemos casi decir que ella la condujo hasta el altar de la Cruz. El sacerdote también tiene que preparar la Víctima. Sube al altar y, por las palabras de la consagración, hace bajar ahí a la Víctima. Y la Víctima está ahí igual que estaba sobre la Cruz.

El papel del sacerdote es precisamente el de dar a Jesús al mundo, igual que la Virgen lo dio para la redención de los pecados del mundo.



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