¡Oh Corazón Inmaculado de María, generoso y magnánimo como de Reina, amoroso y compasivo como de Madre!: oíd los suspiros del último de vuestros hijos que confiado acude a depositar en Vos los sentimientos y aspiraciones de su alma


sábado, 7 de octubre de 2017

UN POCO DE HISTORIA...

Un gran prodigio apareció en el cielo; una mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies

Cuando la impía herejía de los Albigenses iba extendiéndose rápidamente por la región de Tolosa, donde arraigaba casa vez más profundamente, Santo Domingo, que acababa de fundar la Orden de Predicadores, se consagró con todas sus fuerzas a extirparla. Para conseguirlo con mayor eficacia imploró con asiduas oraciones el auxilio de la Santísima Virgen, cuyo honor atacaban impúdicamente aquellos herejes, y a quien se ha dado poder para destruir todas las herejías en el mundo entero. Y habiéndole recomendado la Virgen –según atestigua la tradición- que predicara a los pueblos el Rosario, como singular auxilio contra las herejías y los vicios, hízolo con admirable fervor y con gran éxito. Así, pues, a Santo Domingo fue debida en aquellos días la divulgación de aquella fórmula piadosa de plegaria. Y que él hubiese sido quien la instituyó, lo han afirmado con frecuencia los Sumos Pontífices en sus letras apostólicas.

Atan saludable institución hay que atribuir muchísimos favores obtenidos por el pueblo cristiano, entre los cuales es justo mencionar la victoria que el santísimo Pontífice Pío V y los Príncipes Cristianos, enardecidos por sus exhortaciones, obtuvieron en el golfo de Lepanto sobre el poderosísimo tirano Turco. Y en efecto; siendo el día en que se alcanzó esta victoria el mismo en que las cofradías del Santísimo Rosario del mundo entero dirigen a María sus oraciones reglamentarias, a estas plegarias se atribuyó, no sin motivo, aquel triunfo. Así lo reconoció el Papa Gregorio XIII, el cual, para que en memoria de tan señalado beneficio se tributarán perennes acciones de gracias a la Santísima Virgen invocada por los fieles bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, concedió que en todas las iglesias en donde hubiese un altar del Rosario se celebrara perpetuamente un Oficio con rito doble mayor; y otros Pontífices enriquecieron con casi innumerables indulgencias la recitación del Rosario y las Cofradías de este mismo nombre.

Clemente XI estaba íntimamente persuadido de que también debía atribuirse a la eficacia de esta oración la insigne victoria alcanzada en el año mil setecientos dieciséis, en el reino de Hungría, sobre el ejército innumerable de los Turcos, por Carlos VI, Emperador de los Romanos, ya que esta victoria tuvo lugar en el día en que se celebraba la Dedicación de la Virgen de las Nieves, y aproximadamente en la hora en que, habiendo organizado los cofrades del Santísimo Rosario unas solemnes rogativas públicas, con numerosísima concurrencia y grandes muestras de devoción, pedían fervorosamente a los pies del Señor la derrota de los Turcos, e imploraban humildemente el poderoso auxilio de la Virgen Madre de Dios a favor de los cristianos. Atendidas estas circunstancias, Clemente XI creyó que debía piadosamente atribuir a la protección de la Virgen Inmaculada esta victoria, lo propio que el levantamiento del sitio de la isla de Corfú por los Turcos, que ocurrió poco después. Para dejar de este nuevo e importante beneficio perpetua memoria y gratitud, extendió a la Iglesia Universal, con el mismo rito, la Fiesta del Santísimo Rosario. Benedicto XIII mandó consignar todas estas gracias en el Breviario Romano. Y por último, León XIII, en nuestros tiempos tan turbulentos para la Iglesia, y ante el desencadenamiento espantoso de males que desde tanto tiempo nos abruman, no se cansó de excitar vivamente en numerosas Cartas Apostólicas, a todos los fieles del mundo, a la devoción al Rosario de María, recomendándoles en especial que lo rezaran durante el mes de octubre. Elevó, además, esta Fiesta a un grado superior; añadió a las Letanías Lauretanas la invocación: “Reina del Sacratísimo Rosario”, y concedió por último a la Iglesia Universal un Oficio propio para la misma Solemnidad.

Honremos, pues, sin cesar a la Santísima Madre de Dios con esta devoción que tanto le place; y ella que tantas veces, al ser invocada con confianza por los fieles de Cristo mediante el Rosario, nos ha conseguido ver humillados y anonadados a nuestros enemigos de la tierra, nos obtendrá asimismo el triunfo sobre los del infierno.

Del Oficio de Maitines,
del “Breviario Romano”
(Gubianas-1940)


1 comentario:

  1. Amigo, difunda la devoción al Castísimo Corazón de San José, para que los devotos marianos lo conozcan y lo amem.

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