Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

viernes, 31 de marzo de 2017

MUJER, AQUÍ TIENES A TU HIJO...

Toma, pues, bajo tu guarda a la Madre de Cristo, y obtendrás con eso una gracia inmensa. Junto a Ella realizarás muchos y grandes progresos espirituales

Te bendigo y te agradezco, Señor Jesucristo, consolador de todos los afligidos, por el doloroso respeto con que miraste a tu amadísima Madre al pie de la Cruz, presa de angustia mortal. La inmensidad de su dolor la conocías bien solamente Tú, que eras profundo conocedor de su corazón y no tuviste en la tierra un ser más querido que tu Virgen Madre. Pero tampoco ella amó a nadie más que a Ti, su Divino Hijo, a quien, apenas nacido de su seno, reconoció como Señor de todas las cosas y su Creador. Por lo cual, al verte pendiente de la Cruz a Ti, a Ti quien amaba infinitamente, vivía más en Ti que en sí; y casi totalmente abstraída de sí, estaba también ella pendiente de la Cruz: "crucificada" en espíritu contigo, aunque con el cuerpo estuviese todavía al lado de la cruz, bañada en lágrimas.

Te alabo y te glorifico por tu infinita compasión, por la que eras filialmente "con-sufriente" con tu dolorosísima Madre, que en verdad sufría tus pesares como suyos en tus heridas como propias, toda vez que se repetían tus espasmos de atroz dolor, y con maternales ojos veía escurrirse la sangre de tu cuerpo, y oía tu voz que le hablaba a ella.

Te alabo y glorifico por las bellísimas palabras con que te dirigiste brevemente a tu Madre desolada, al encomendarla a tu predilecto discípulo Juan, como a un fidelísimo sustituto. Y uniste a la Virgen con el virgen Juan mediante el vínculo de la indisoluble caridad, diciendo: "¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!" (Jn 19, 26); y al discípulo: "¡Aquí tienes a tu Madre!" (Jn 19, 27).

Feliz comunión y grato encargo, que unió y te consagró una integridad virginal. Con esta expresión, efectivamente, te mostraste inclinado a una cariñosa preocupación por la honorabilidad de tu Madre, a la que confiaste la misión de alentar a un casto discípulo, y le ofreciste, de algún modo, otro hijo en armonía con la pureza de sus costumbres y capaz de proveer a las necesidades de su vida. Era justo que tu filial providencia obrase de esta manera, para que una Madre Santa y Virgen sin mancilla no careciese de un fidelísimo servidor; y porque ella, que estaba a punto de quedar privada de tu dulcísima presencia, no podía aparecer como abandonada y extranjera entre los judíos.

Acepta, pues, ¡Oh María, dulcísima Madre de Dios!, esta disposición de tu Hijo y esta decisión tan dulce. Acepta afectuosamente a este discípulo, que te ha dado tu Hijo Jesús. Es el apóstol Juan, virgen descollante; el más amado de Jesús, de modales delicados. Él es de semblante verecundo, modesto en el trato, sobrio en la comida, humilde en el vestir, obsecuente, dispuesto a obedecer. Es el discípulo más amado, muy unido a Ti, estimado, puro en la mente y virgen de cuerpo, grato a Dios y querido por todos. Por lo tanto, totalmente digno de vivir contigo, Madre de Dios. Bien sé, además, que a Ti siempre agradó y siempre agrada lo que place a tu Hijo y que deseas la realización de cuanto Él dispone, ya que en todos sus actos no ha llevado a cabo jamás la propia voluntad, sino que siempre ha buscado la gloria del Padre. Por eso no dudo que fue de tu agrado cuando, a punto de morir, te dejó a Juan como sustituto suyo.

Y tú, San Juan, acepta el deseable tesoro que te ha sido confiado, acepta a la Venerable Madre de Jesús, la Reina del cielo, la Señora del universo, tu amada pariente, hermana de tu madre: la Virgen Santa. Hasta este momento, ella era sólo tu pariente, por derecho de sangre. Ahora, en cambio, será tu Madre con un vínculo más sagrado y por derecho divino, confiada a ti por una gracia especial. También tú, que antes eras hijo de Zebedeo según la carne, hermano de Santiago el Mayor y pariente del Salvador, y que en lo sucesivo pasaste a ser discípulo de Jesús, serás designado con un nombre nuevo: "hijo adoptivo de María", a la que obedecerás con amor filial durante todo el resto de tu vida. Ejecuta, entonces, cuanto Jesús te manda, pon en práctica la orden del sagrado compromiso y obtendrás el honor y el reconocimiento de todo el mundo.

Juan puso en obra con suma alegría lo que Jesús le dijo desde lo alto de la Cruz. Efectivamente "desde aquel momento la recibió en su casa" (Jn 19, 27), cuidó de ella, la sirvió con solicitud, la obedeció de modo incondicional y la amó de todo corazón. Goza, pues, y alégrate, dichosísimo Juan, por el don que te ha sido confiado: ya que Jesús, lo que poseía de más caro en el mundo, lo depositó confiadamente en tus manos. Te enriqueció sin medida, al legarte como en testamento a María, a quien los santos ángeles no están en condiciones de alabar dignamente.

Cristo entregó a San Pedro las llaves del Reino celestial; pero te estableció a ti como sustituto suyo para la Madre. Un día María se comprometió con José, pero fue confiada a ti. A él le dijo un ángel: "No temas recibir a María, tu esposa" (Mt I, 20). Ahora el Señor de los ángeles te dice a ti: "Aquí tienes a tu Madre" (Jn 19,27); y así como José estuvo cerca de la Virgen en el nacimiento del Hijo, también tú debes estar a su lado en la Pasión de Cristo, y durante largo tiempo después de su Ascensión al cielo".

Si San Juan Bautista hubiera estado todavía vivo, habría sido muy idóneo, por derecho de parentesco y en virtud de su castidad, para ponerse a su servicio y ser su insigne custodio. En cuanto a José, no está, o por lo menos no se sabe si está todavía vivo o bien está muerto. Juan, preso durante largo tiempo, ha sido asesinado. Jesús ahora se encuentra próximo a morir y a desaparecer de la vista de su Madre. Y entonces tú tienes que hacer las veces de todas estas personas queridas por ella; y debes hacer las veces de Cristo, a modo de prenda del Hijo que le es arrebatado. Confío en Cristo nuestro Señor, que esto le sea muy grato a tu hermano Santiago y a todos los otros apóstoles; que ninguno de tus amigos te tenga envidia y que todo el que te estima se alegre sinceramente de ello. La riqueza de tus virtudes ha merecido este gran premio ellas son un perfecto "desprecio del mundo", el amor a Jesús, la dulzura de los modales, la integridad virginal, la serenidad de la mente, la libertad del alma, la pureza del corazón y la honradez de la vida.

Toma, pues, bajo tu guarda a la Madre de Cristo, y obtendrás con eso una gracia inmensa. Junto a Ella realizarás muchos y grandes progresos espirituales, serás instruido por sus palabras, edificado por sus ejemplos, ayudado por sus plegarias, estimulado por sus exhortaciones, enardecido por su amor, atraído por su devoción, elevado por su contemplación, colmado de alegría, henchido de celestiales deleites. Escucharás de su boca los misterios de Dios, conocerás temas secretos, aprenderás cosas admirables y comprenderás realidades indecibles.

Por su presencia te harás más casto, te harás más puro, te harás más santo y progresarás aún más en tu devoción. La mirada de ella es pudor, prudencia su hablar, justicia sus acciones. Jesús es su lectura, Cristo su meditación, Dios su contemplación. La dignidad de su rostro brilla como la luz, su figura respetable a nadie ofende, su comportamiento vuelve casto a quien la mira. Su palabra ahuyenta todo mal.

Es tan grande la dignidad de María, que supera a todos los santos en pureza y gracia. Tú tendrás su cuidado, que te ha sido encomendado por el Sumo Rey del cielo. Por lo tanto, ofrécele con diligencia tus servicios, ríndele homenaje, préstale inmediata atención. Permanece junto a la Cruz, vela por la Virgen, sostenla, abrázala, reanímala si desfallece, consuélala si rompe en llanto. Llora con Ella que llora, gime con Ella que gime, síguela si camina, detente si se detiene y siéntate con Ella, si decide sentarse.

Si llora, no te alejes; si sufre, haz una obra de misericordia. Finalmente prepárate para las exequias de Jesús que se está muriendo; acompaña a la Madre al lugar de la sepultura, llévala de vuelta a la ciudad, a casa, y consuela a la consoladora de todos los afligidos. Sé tú su angelical servidor, e incluso en esta función podrás ofrecer alivio a quien ostenta mayor dignidad que la tuya. De hecho, Cristo fue confortado por un Ángel en su agonía. Aunque no tuviese necesidad, quiso ser visitado por un subalterno y no rehusó ser consolado por él.

He aquí, carísimo Juan, a qué excelsa misión estás llamado, qué Virgen te es encomendada, de quién es Madre aquella a la que debes proporcionar tus cuidados. En fin, te conjuro humildemente a que ruegues mucho por mí, que soy pecador, para que también sea fervoroso en el amor de Cristo y sea hallado digno de alabar a la Santa Virgen y de participar en sus dolores. Así sea

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis



martes, 28 de marzo de 2017

ORACIÓN A LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA PARA OBTENER EL CONSUELO

No pido cosas difíciles o imposibles, sino sólo esta: dime una palabra de íntimo aliento, que me dé gozo y alegría

Misericordiosísima María, Madre de Dios, recibe a tu siervo que se dirige a Ti en cada tribulación. Purísima Virgen, recíbeme como al único que no tiene quien lo consuele. ¡Oh Señora mía!, fíjate en mi aflicción y ábreme el seno de tu Misericordia. Heme aquí: yo llamo, grito, pido y adoro.

No me aparto, ni te dejo. Permaneceré siempre a tu lado, hasta que te compadezcas de mí. Conozco tu incomparable dulzura y el maternal afecto de tu Corazón, tan ardoroso por la abundancia del divino amor, que resulta inconcebible el temor de que llegue a faltar tu consuelo.

Yo acudo a Ti con mucha frecuencia y con gran esperanza, para merecer siempre ser favorecido por tu auxilio y reanimado por el aliento de tus palabras, tanto si los asuntos me marchan bien como si me marchan mal. Si Tú nos ofreces tus consuelos, ¿qué tristeza puede tener lugar en el corazón?, ¿cómo el enemigo podría dañar al que siempre puede recurrir a ti?

¡Oh Madre tan benigna!, presta oídos a mis plegarias; ofréceme, ¡oh Virgen!, tu jarro y dame un poco a beber. De la sobreabundancia de gracia que hay en Ti hasta rebasar, derrama sobre mí un pequeño consuelo. Me es muy necesario en este momento y siempre viene bien, ni me desagradaría aunque fuese pequeño, puesto que una sola gota, escurrida de tu rostro a mis labios, es tan eficaz e importante que, en comparación, es vil e inútil cualquier elemento agradable de esta vida.

Por eso, ¡muy amada María!, rica y generosa en dones, admirablemente suave en tus expresiones de gracia, confórtame con tus amonestaciones, Tú, en cuyo seno virginal habitó la Suma Sabiduría, el Espíritu Santo desde el principio te consagró, el ángel te custodió, el arcángel te instruyó y el poder del Altísimo te cubrió con su sombra. Di solamente una palabra y mi alma será consolada.

No pido cosas difíciles o imposibles, sino sólo esta: dime una palabra de íntimo aliento, que me dé gozo y alegría. Acudo a Ti en la necesidad; recíbeme, pues, con rostro benigno. Tu servidor sabrá que ha hallado gracia ante Ti, si le concedes algo amorosamente; Esto es, si no te demoras mucho en otorgarle el consuelo que implora de Ti.

Carísima María, ven con tu dulce presencia a visitar mi corazón en sus tribulaciones, ya que sabes tan bien mitigar sus dolores y reconducirlos a una atmósfera de paz. Ven, piadosísima Señora, con una nueva gracia de Cristo, y con tu santa diestra levanta a tu servidor. Ven, elegida Madre de Dios, y muéstrame la bien conocida amplitud de tu misericordia, ya que, como lo ves, me encuentro mal parado; pero no me he olvidado ni me olvidaré jamás de ti. Ven, pues; ven, mi esperanza y mi dicha, ¡Virgen María!, porque si Tú vienes y me hablas, vendrán a mí todos los bienes; y, en cambio, todos los males se mantendrán alejados.

Qué deseable, qué importante y qué gozoso será para mí escuchar las palabras de la Madre de mi Señor Jesucristo. ¿Cuáles palabras? Palabras benignas, muy dulces y amistosas, como las que oyó el apóstol Juan de boca de su amado Maestro, tu Hijo, al decir: "Aquí tienes a tu Madre". Él lo oyó de labios de su Señor, pero yo deseo escucharlo de los tuyos, ¡Señora mía!, en mi espíritu y en mi mente devota. Dime, entonces: "Aquí tienes a tu Madre; heme aquí, soy yo".

Que, al sonido de esta tu dulcísima voz, mi alma se conforte y se regocije en tu presencia, como suele regocijarse un hijo que ha encontrado a su madre.

Que penetre, que penetre esta voz amiga en los oídos de mi corazón; y que a través de las suaves palabras de tu boca se me transmita al mismo tiempo algún consuelo sobrenatural del Espíritu Santo. Asuma mi corazón nueva confianza; aléjese el temor; no me turbe después la ambigüedad; no me atormente la desesperación con sus diversas tentaciones, pero fortalézcanme las palabras que he rogado escuchar de Ti y confiarlas con más atención a mi corazón.

"He aquí a tu Madre". Abraza, pues, alma mía, esta recomendación. Abraza a la dulcísima María, abraza a la Madre de Dios con su Niño Jesús, el más hermoso entre los hombres; agradécele siempre, porque es ella quien escucha las oraciones de los pobres y no permite que se marche sin consuelo ninguno de los que delante de ella vio rezar con perseverancia. Esta es la Virgen María, Madre de Dios, la mística vara que, brotada de estirpe real, alumbró al almendro de la flor divina, Jesucristo, Rey y Salvador de todos, al que debemos tributar honor y gloria por los siglos.

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis




sábado, 25 de marzo de 2017

DE LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA

María en la Encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló. Dios, al contrario, no pudo exaltarla más de lo que la exaltó

“El que se exalta será humillado, y el que se humilla será exaltado” Esta palabra del Señor no puede faltar. Por lo cual, habiendo resuelto Dios hacerse hombre para redimir al hombre perdido, manifestando así al mundo su infinita bondad, y debiendo en la tierra escogerse Madre, iba buscando entre las mujeres a la que fuese más santa y más humilde. Pero entre todas sólo vio a una, que fue la Virgen María, la cual, cuanto más perfecta era en las virtudes, tanto más sencilla y humilde era cual paloma a sus ojos. “Es infinito el número de las doncellas – decía el Señor- pero sólo una es mi paloma, mi perfecta” “Esta será –dijo el Señor- la que he escogido para Madre” ¡Cuán Humilde fue María!, y cuánto la exaltó Dios por su Humildad. María en la Encarnación del Verbo no pudo humillarse más de lo que se humilló; Dios no pudo exaltar a María más de lo que la exaltó.



Contestad presto, Señora, no retardéis más la salvación del mundo, que depende ahora de vuestro consentimiento

“He aquí la Esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”

¡Oh respuesta más hermosa, más humilde y más prudente de cuantas hubiera podido inventar toda la sabiduría de los hombres y de los Ángeles juntos, aun cuando la hubieran pensado un millón de años! 

¡Oh poderosa respuesta que alegraste al cielo, e hiciste descender sobre la tierra un mar inmenso de gracias y de bienes!


lunes, 20 de marzo de 2017

ORACIÓN PARA EL AMOR Y LA ALABANZA DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

¡Estrella luminosísima!, que brillas en el cielo; ¡Reina de la gloria, Señora del mundo!, ninguna virgen llena de celestial virtud puede parangonarse con tu Virginal Belleza

Te ruego, ¡Benignísima Madre de Dios!, Virgen María, que te dignes manifestarme ahora y por siempre a mí, tu pobre y débil servidor, tu misericordia y tu suavísima caridad, de las que estuviste siempre colmada, y Tú me inocules en lo más profundo del corazón la dulzura que atesoras en el pecho y guardas escondida en tu Sagrado Seno, para que yo pueda amar con pureza e integridad de sentimiento, y alabarte con gran devoción y por encima de todas las cosas a ti, Bendita Madre, y a tu Hijo unigénito y Señor nuestro Jesucristo. Con lo cual yo recibiría un gran beneficio, porque durante todos los días de mi vida en la tierra serviría con amor y fervor de espíritu a ti y a tu único Hijo.

¡Virgen María, rosa de oro, toda suave y bella!, ruego que lleguen a Ti mis oraciones, que elevo con insistencia. Por medio de ellas yo golpeo a la puerta de tu morada en la casa del Señor, confiado en tu generosa misericordia ahora y en cualquier momento de tribulación, porque eres Madre de la misericordia y a través de Ti el pecador alcanza la más grande esperanza de perdón. Pero tu bondad y tu piedad son mayores de la que nosotros podemos pensar en la tierra, puesto que estás más allá de toda alabanza y de la gloria de los santos, e incluso superas a los ángeles en dulzura y mansedumbre, ¡Virgen Bienaventurada y Venerable Señora! Si así no fuera, ¿cómo podría infundirse en los miserables y en los pecadores una dulzura tan intensa en el consuelo, y cómo podría comunicarse tanta esperanza de perdón? Por otra parte, Tú no podrías ser menos, ya que llevaste en tu seno durante nueve meses a Jesucristo, fuente de infinita bondad.

Tú eres la honra del cielo, el gozo y la dicha de todos los santos, la almohada revestida de oro del Santo de los santos, el alborozo y la expectación de los Padres antiguos. Por tu intermedio, ¡Madre bendita y Virgen elegida de singular manera!, a los que piden la misericordia divina se les promete y concede el perdón de los pecados, la gloria de los hijos de Dios y la bienaventuranza en el Reino de los cielos.

¡Estrella luminosísima!, que brillas en el cielo; ¡Reina de la gloria, Señora del mundo!, ninguna virgen llena de celestial virtud puede parangonarse con tu Virginal Belleza dado que, después de tu único Hijo Jesús, eres la primera entre todos los santos y santas, como asimismo la más noble criatura que Dios Padre previó antes de todos los siglos y creó en la plenitud de los tiempos, para que fueses la Madre Virgen de tu unigénito Hijo, dado a luz con estupendo gozo, inefable y eterno milagro, para la salvación de todos los creyentes.

Que todo el género humano te alabe, glorifique, venere en sumo grado y te ame íntimamente con máximo júbilo del corazón y con purísimo afecto, a Ti, la más bella Reina de todas las vírgenes, ¡oh siempre Virgen María!, constituida como medianera de todo el mundo y que toda criatura del cielo y de la tierra, que Dios creó para alabanza y gloria de su altísimo nombre, eleve hasta Ti, en acción de gracias, las más dulces melodías.

Del libro "Imitación de María"
del Beato Tomás de Kempis



sábado, 18 de marzo de 2017

¡OH MADRE DE FÁTIMA!

María, refugio de los pecadores

"Que no ofendan más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido"

¡Oh Santísima Virgen María, refugio de los pecadores!, que enseñaste a los pastorcitos de Fátima a rogar incesantemente al Señor para que esos desgraciados no caigan en las penas eternas del infierno, y que manifestaste a uno de los tres que los pecados de la carne son los que más almas arrastran a aquellas terribles llamas. Infundid en nuestras almas un gran horror al pecado y el temor santo de la justicia divina, y al mismo tiempo despertad en ellas la compasión por la suerte de los pobres pecadores y un santo celo para trabajar con nuestras oraciones, ejemplos y palabras por su conversión.


miércoles, 15 de marzo de 2017

ORACIONES DE LOS SANTOS A NUESTRA MADRE MARÍA

Yo os escojo por Madre de mi alma

¡Madre de Gracia y de Misericordia! Yo os escojo por Madre de mi alma en honor y memoria del placer que el mismo Dios tuvo al elegiros por Madre suya. ¡Reina de los ángeles y de los hombres!, yo os reconozco por mi Soberana en consideración de la dependencia en que Jesús, mi Salvador y mi Dios, quiso vivir respecto de Vos, como su Madre, y en calidad de tal Soberana os doy sobre mi alma todo el poder que está en mi mano daros. ¡Oh Virgen Santísima, dignaos mirarme como cosa vuestra y tratadme por vuestra bondad como al objeto de vuestras misericordias! Amén.

ANÓNIMO


martes, 14 de marzo de 2017

DICHOS DE LOS SANTOS EN ALABANZA DE LA VIRGEN

Yo lo sé, Vos tenéis, en vuestra calidad de Madre del Altísimo, un poder igual a vuestro querer. Por eso mi confianza en Vos no tiene límites

Así como la respiración aporta la prueba de que nuestro cuerpo posee todavía su energía viviente, así vuestro Santísimo Nombre incansablemente pronunciado por la boca de vuestros servidores, en todo tiempo y lugar y de todas maneras, es la gran prueba, y más aún que la prueba, es la causa o motivo de la vida, de la alegría y del socorro de nuestras almas…

Yo lo sé, Vos tenéis, en vuestra calidad de Madre del Altísimo, un poder igual a vuestro querer. Por eso mi confianza en Vos no tiene límites.

Nadie hi sido colmado del conocimiento de Dios más que por Vos, ¡oh Santísima!, nadie ha sido salvado más que por Vos, ¡oh Madre de Dios!, nadie escapa a la servidumbre más que por Vos, que habéis merecido llevar a Dios en vuestras Entrañas Virginales…, gracias a vuestra autoridad maternal sobre Dios mismo, Vos obtenéis misericordia para los criminales más desesperados. Vos no podéis ser desatendida, pues Dios condescendiente en todo y por todo a la voluntad de su verdadera Madre.

No hay nadie, ¡oh Santísima!, que se haya salvado si no es por Vos. Nadie, ¡oh Inmaculada!, se ha librado del mal si no es por Vos. Nadie, ¡oh Purísima!, recibe los dones Divinos si no es por Vos. A nadie, ¡oh Soberana!, la Bondad Divina concede sus gracias si no es por Vos.

San Germán de Constantinopla



sábado, 4 de marzo de 2017

LA MADRE DE DIOS ES MI MADRE, CONFIANZA EN MARÍA

La Madre de Dios es mi Madre... ¡Qué motivos de confianza!!!

Composición de lugar. Mira a Jesús que te dice: Hija mía, quiero que mi Madre sea tu Madre,

Petición. Mostrad, oh María, que sois mi Madre.

Punto primero. La madre de Dios es mi Madre, Madre de mía de mi alma, Madre mía de mi corazón... Jesús al morir me ha dado a María por madre, y su última voluntad otorgada en testamento tan solemne es irrevocable. Él me dijo: “He ahí a tu Madre” y desde aquella hora la acepté por mía. ¡Bendito Jesús, Bendita Madre, feliz hija!!! ¡La Madre de Dios es mi Madre, Madre mía de mi alma, Madre mía de mi corazón!!! ¿Qué entendimiento humano ni angélico podrá comprender tanta dicha?... ¿Qué corazón podrá saborear la dulzura que encierran estas palabras misteriosas, palabras del alma, palabras del corazón?... ¡La Madre de Dios es mi Madre! Luego soy hija de María, hermana de Jesucristo, hija de Dios... ¿Puedo apetecer mayor dicha, mayor honra, más encumbrada dignidad?... Feliz mil veces si sé aprovecharme de ella, y llevar con honra, por mi conducta cristiana, títulos tan divinos... ¡Oh María! Mostrad que sois mi Madre en mis tentaciones y peligros, que yo quiero mostrarme hija vuestra por mi modestia, pureza, caridad y humildad.

San Enrique de Ossó
Punto segundo. La Madre de Dios es mi Madre... ¡Qué motivos de confianza!!! Como niña tierna, cuando algo me falte para mi felicidad temporal o eterna, iré a mi Madre, la Virgen María, y le diré: Mostrad que sois mi Madre; me falta pan, trabajo, virtudes... dádmelo... No tengo vino de caridad, y Vos, como en las bodas de Cana, me habéis de socorrer; que ya estáis acostumbrada a socorrer necesidades, porque también fuisteis pobre y necesitada como yo... ¡Qué gozo y fortaleza dará a mi lama en la tentación al recordar que la Madre de Jesús es mi Madre!... ¡Qué consuelo y dulcedumbre derramará en mi corazón al verme afligida el exclamar: La Madre de Dios es mi Madre!... ¡Qué confianza renacerá en mi pecho en las dudas al invocar a la Madre de Dios por mi Madre!!! 157

Punto tercero. Verdaderamente soy feliz, porque tengo una Madre la más buena, la más santa, la más amante y amada de Dios... que puede socorrerme en todas mis necesidades, porque es todopoderosa; que sabe y quiere socorrerme, porque es buena, porque es madre de Dios y es mi Madre... ¡Feliz de mí! En mis alegrías y pesares, en mis dudas y resoluciones, en la abundancia y en la necesidad, en las caídas y en las tentaciones, en la vida y en la muerte podré siempre exclamar con la confianza de ser oída: Madre, Madre, Madre mía de mi alma, Madre mía de mi corazón, soy vuestra hija, socorredme... ¡Oh María, Madre de Dios y Madre mía!!! Vos sois la vida y la esperanza mía... Con esta confianza, ¡oh María, Madre de Dios y Madre mía! viviré en paz y moriré gozosa, hasta daros un eterno y cariñoso abrazo en el cielo, al ver que por vuestra intercesión soy salvada, repitiendo con todos los Bienaventurados: Verdaderamente la Madre de Dios ha sido, es y será siempre mi Madre, Madre mía de mi alma, Madre mía de mi corazón... Fiat, fiat, fiat.

Padre nuestro, Ave María y Gloria

Fruto. En las tentaciones y al dar la hora rezaré una Ave María y la jaculatoria Bendita sea tu pureza, diciendo: 
"Oh María, Madre mía, guardadme como a la niña de vuestros ojos, y bajo la sombra de vuestras alas protegedme"

San Enrique de Ossó


HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES



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miércoles, 1 de marzo de 2017

VIRTUDES DE NUESTRA MADRE, LA DULZURA DE LA VIRGEN MARÍA

Pensemos cada vez que contemplamos una de sus imágenes, pensemos cada vez que invocamos su Santo Nombre, pensemos cada vez que acudimos a Ella… que sosiego y paz nos transmiten; y todo ello es por su Dulzura

La dulzura tiene su origen en la bondad del corazón que derrama sobre nosotros y nuestras acciones un encanto inefable, al paso que la brutalidad y aspereza nos alejan de nuestros semejantes. La virtud de la dulzura nos ayuda a que nuestros actos, gestos, palabras, formas sean suaves y amables.

Hay dulzuras falsas: la hipócrita y mundana que finge, la interesada que busca ser correspondida, la afectada e indiscreta, la blanda y débil, la ocasional o particular que solo vivimos por momentos o con ciertas personas...

La Virgen María es la Virgen siempre dulce. Imaginemos su rostro, sus miradas, sus gestos y su porte… Vayamos repasando las escenas de su vida: la anunciación, la visitación a su prima, el viaje a Belén y el nacimiento del niño Jesús… todo, su vida diaria, hasta el mismo momento del Calvario y la sepultura de su Hijo….  Dulce en su porte, dulce en su mirada, dulce en su rostro, dulce en su sonrisa, dulce en sus miradas, dulce toda ella… y, sin ficción, sin hipocresía, sin interés, sin pusilanimidad ni blandura…

Pensemos cada vez que contemplamos una de sus imágenes, pensemos cada vez que invocamos su nombre, pensemos cada vez que acudimos a ella… que sosiego y paz nos transmiten; y todo ello es por su dulzura.

La dulzura de la Virgen está unida a su Maternidad: quizás considerando la dulzura nuestra propia madre podremos atisbar un poco la Dulzura de nuestra Señora.

Hemos de esforzarnos por vivir la virtud de la dulzura en nuestras formas, en nuestros gestos, en nuestro porte, en nuestras palabras. Hemos de esforzarnos por vivir esta virtud unida al amor al prójimo por amor de Dios. Hemos de vivir la virtud de la dulzura con todos y siempre. Hemos de vivir la virtud de la dulzura juntamente con la firmeza, sin ceder por comodidad o cobardía.

Si nuestro carácter es agrio e iracundo, brusco y desagradable, hemos de trabajar para conseguir esta virtud: pues si en ella no avanzaremos en la santidad. Si las malas experiencias de la vida han podido también agriarnos o han levantado una muralla de dureza e insensibilidad para “proteger-aislar” nuestro corazón por medio a sufrir, hemos de volver a abrirnos a esta virtud sin la cual no hay verdadera caridad. 

Utilicemos también esta virtud para ganar almas para Cristo: “Se cogen más moscas con una cucharada de miel que con un tonel de vinagre”.

ORACION PARA PEDIR LA DULZURA


¡Oh Clementísima Reina y Auxiliadora de los cristianos! Con las más ardientes súplicas vengo a pedirte la gracia que necesito… y me concedas además la santa dulzura, que es el ropaje de la humildad y la virtud predilecta del Sacratísimo Corazón de Jesús. Débil y orgulloso como soy, jamás llegaría a revestir mi alma de este encantador ropaje sin tu misericordia. Ayúdame a ser cortés en el trato, dulce en el sentir y en el hablar, bueno con todos y especialmente con quien se me manifieste frío y maligno, a fin de procurarte una complacencia a Ti y a tu dulcísimo Jesús. Amén.