Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 11 de febrero de 2017

11 DE FEBRERO, APARICIÓN DE LA INMACULADA VIRGEN MARÍA EN LOURDES

“Virgen Madre de Lourdes, que siempre fuiste fiel, danos tu confianza, danos tu fe”
Debemos comprender bien el significado de la fiesta de hoy. La liturgia se sirve con frecuencia de cualquier suceso histórico para representarnos y declararnos un misterio. En la fiesta de hoy vemos un desdoblamiento de la fiesta de la Inmaculada Concepción; viene a ser, además, el sello Divino de la definición de este Dogma que proclamó Pío IX.

Aparición de la Santísima Virgen. Los incontables prodigios que se han verificado por intercesión de María en la tierra bendita de Lourdes, Francia, han sido la causa de que haya instituido la Iglesia una fiesta especial de “la Aparición de la Bienaventurada Virgen María, Inmaculada”. En el Breviario se narran los hechos históricos en que se basa esta festividad.

Transcurridos cuatro años desde la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción (1854), se apareció la Virgen diferentes veces en las orillas del río Gave, cerca de Lourdes, a cierta niña pobre y piadosa, llamada Bernardeta.

Misa. (Vidi civitatem). Los textos de la Misa, propios en su mayoría, aluden a la aparición milagrosa de María Santísima en Lourdes. La Inmaculada es la Ciudad Santa, que desciende como una prometida engalanada (Introito). La primera parte de la Oración es la misma que la del día de la fiesta (8 de diciembre). Dice así: “Guardemos Dios de todo mal en el cuerpo y en el alma, para que seamos una morada digna del Espíritu Santo”. En la Lección se compara a María con el Templo y con el Arca de la Alianza. El pasaje principal es el siguiente: “Y apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida de sol y en su cabeza, una corona de doce estrellas” (Epístola). “Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven, paloma mía en los huecos de la peña, en las cavidades del muro” (Gradual). Este verso se aplica, en este lugar, a la gruta de la aparición. El Ave que sin cesar resuena en Lourdes oímosle nosotros en el Evangelio y en la antífona del Ofertorio. La fuente milagrosa de la cueva que da la salud del cuerpo y del alma, también aparece en algunos textos que hablan de estos favores. Tanto en la Colecta como en la Secreta pedimos la gracia de que obre en nosotros el Santo Sacrificio la salud espiritual y corporal. La Comunión nos recuerda de nuevo la fuente prodigiosa, símbolo de la fuente de las gracias, la Sagrada Eucaristía. En la Poscomunión la peregrinación a Lourdes prefigura nuestra peregrinación a la Patria Celestial. Por eso, pedimos ayuda para llegar a ella.

Sancta Missa AQUÍ



ORACIÓN

Purísima Reina de los ángeles; Águila real que llegaste a contemplar tan inmediatamente al Sol de increada Justicia, Jesucristo Nuestro Señor; Aurora de la Eterna Luz, vestida siempre de los fulgores de la gracia; Centro del amor divino, donde halló su complacencia la Trinidad Beatísima; Ciudad Santa, donde no entró cosa manchada, y fundada sobre los más altos montes de la Santidad; Jerusalén Celestial, ideada en la misma gloria e iluminada con la claridad de Dios. Por estos títulos de tu Concepción Purísima, te suplico, ¡Reina mía!, que cómo Águila real me ampares bajo las alas de tu protección piadosa; como Aurora de la gracia esclarezcas e ilumines con tus fulgores mi alma; como Centro del amor enciendas mi voluntad para que arda en el divino; y que me admitas benigna como a tu fiel morador en la Jerusalén triunfante, de la que eres Reina excelsa. ¡Oye Señora mis ruegos!, y por el gran privilegio de tu Concepción en gracia, concédeme fortaleza para vencer mis pasiones, y con especialidad la que más me combate; pues con tu intercesión y con el auxilio de la gracia, propongo emprender la lucha hasta alcanzar la victoria. Por mi Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

¡Virgen Santísima que de la dura peña hiciste brotar agua milagrosa, que sana las enfermedades del cuerpo y del alma! Arranca, poderosísima Señora, de nuestro endurecido corazón, lágrimas de verdadera penitencia, para que laven la lepra del alma, a fin de que el Señor nos perdone y levante de nosotros el azote de su indignación.


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