Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

miércoles, 4 de enero de 2017

SÚPLICA A JESÚS

Mi mayor deseo es el de ser el servidor de su Hijo, y tener a la Madre por Soberana

¡El más bello honor a mi libertad! ¡El más magnífico título de nobleza! ¡La gloriosa y segura garantía de mi grandeza, que acabará en la gloria eterna! ¡En mi pobre tristeza, yo desearía llegar a ser, para mi reparación, el servidor de la Madre de mi Señor! ¡Separado en otro tiempo, cuando nuestro primer padre, de la comunión de los ángeles, desearía ser el servidor de la sierva y de la Madre de mi Creador! Como un instrumento dócil entre las manos del Dios Soberano, yo desearía estar ligado al servicio de la Virgen Madre, y consagrarme a su servicio. Concédemelo, Jesús, Dios Hijo del hombre; dámelo, Señor de todas las cosas e Hijo de tu sierva; hazme esta gracia, Dios abajado en el hombre; permíteme, a mí, hombre elevado hasta Dios, el creer en el alumbramiento de la Virgen, y estar lleno de fe en tu encarnación, y al hablar de la maternidad virginal tener la palabra embebida de tu alabanza, y al amar a tu Madre estar lleno de tu amor. Haz que yo sirva a tu Madre de modo que me reconozcas Tú mismo por tu servidor; y que Ella sea mi soberana en la tierra de manera que Tú seas mi Señor por la eternidad. Ved con qué impaciencia deseo ser el servidor de esta Soberana, con qué fidelidad me entrego al gozo de su servidumbre; cómo deseo hacerme plenamente el servidor de su voluntad, con qué ardor quiero no sustraerme jamás a su imperio, cuánto quiero no ser nunca arrancado de su servicio: que pueda yo ser admitido a su servicio, y, sirviéndola, merecer sus favores, vivir para siempre bajo su mandato y amarle en la eternidad.

Los que aman a Dios saben mi deseo; los que le son fieles, lo ven; los que se unen a Dios, lo comprenden, y lo conocen aquellos a los que Dios conoce. Escuchad, vosotros sus discípulos; prestad atención, infieles; sabedlo, vosotros que no pensáis más que en la desunión; comprended, sabios de este mundo, que hace insensatos a los ojos de la sabiduría divina lo que os hace sabios a los ojos de vuestra necedad..., vosotros que no aceptáis que María sea siempre virgen; que no queréis reconocer a mi Creador por su Hijo, y a Ella por la madre de mi Creador; que rehusáis creer que Ella sólo tenga por hijo al Señor de sus criaturas; que no glorificáis a este Dios como su Hijo, que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado a todas las naciones llamar bienaventurada; que oscurecéis su gloria al rehusarle la incorruptibilidad de la carne, que no rendís honor a la Madre del Señor, a fin de rendir honor a Dios su Hijo; que no glorificáis como Dios al que habéis visto hacerse hombre y nacer de Ella; que confundís las dos naturalezas de su Hijo; que rompéis la unidad de la Persona de su Hijo; que negáis la divinidad de su Hijo; que rehusáis creer en la verdadera carne y en la Pasión verdadera de su Hijo; que no creéis que ha sufrido la muerte como Dios, y que ha resucitado de los muertos como Dios. Pues si El ha muerto, es en cuanto hombre; y si ha resucitado, es en cuanto Dios. Mi mayor deseo es el de ser el servidor de su Hijo, y tener a la Madre por soberana. Para estar bajo el imperio de su Hijo, yo quiero servirla; para ser admitido al servicio de Dios, quiero que la Madre reine sobre mí como testimonio. Para ser el servidor devoto de su propio Hijo, aspiro a llegar a ser el servidor de la Madre. Pues servir a la sierva, es también servir al Señor; lo que se le da a la Madre se refleja sobre el Hijo, yendo desde la Madre a Aquel que Ella ha alimentado, y el Rey ve recaer sobre sí mismo el honor que hace el servidor a la Reina.

Bendiciendo con los ángeles, cantando mi alegría junto con las voces de los ángeles, exultando de gozo con los himnos angélicos, regocijándome con las aclamaciones de los ángeles, yo bendigo a mí Soberana, canto mi alegría a la que es la Madre de mi Señor, canto mi gozo con la que es la sierva de su Hijo. Yo me alegro con la que ha llegado a ser la Madre de mi Creador; con aquella en la que el Verbo se ha hecho carne. Porque con Ella yo he creído lo que sabe Ella misma conmigo, porque he conocido que Ella es la Virgen Madre, la Virgen que dio a luz, porque yo sé que la concepción no le ha hecho perder nada de su virginidad, porque yo he aprendido que una inmutable virginidad precedió a su alumbramiento, porque tengo la certeza de que su Hijo le ha conservado la gloria de la virginidad, y todo ello me llena de amor, pues sé que todo esto ha sido hecho por mí. Yo no olvido que es gracias a la Virgen el que la naturaleza de mi Dios se ha unido a mi naturaleza humana, para que la naturaleza humana sea asumida por mi Dios; que no hay más que un solo Cristo, Verbo y carne, Dios y hombre, Creador y criatura, el autor de la obra al mismo tiempo que era su forma, a la vez el que ha hecho y el que ha sido hecho.

San Ildefonso de Toledo




No hay comentarios:

Publicar un comentario