Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

domingo, 20 de noviembre de 2016

MADRE DE DIOS

¡Madre Santa de mi Dios, que sienta yo los latidos de tu Corazón que latió siempre al unísono con el Corazón Divino!

La Maternidad Divina es la fuente de todos los privilegios de María; si María es la Hija amada del Padre, que la preservó del pecado original, si es la Esposa del Espíritu Santo, que la cubrió con su virtud, es precisamente porque ha sido predestinada a ser Madre del Verbo Encarnado. Todas las grandezas, todas las glorias de María se comprenden a la vista de su Maternidad Divina; más aún, su misma existencia se explica en virtud de su predestinación a tan alta misión. Si Dios no hubiese decretado que su Hijo se Encarnase en el seno de una virgen, no hubiéramos poseído ese prodigio de gracia y amabilidad que es María Santísima, no habríamos contemplado su sonrisa maternal, no habríamos sentido sus ternuras de Madre de Dios, porque es Madre de Jesús; y al amarla con esta referencia a Dios, necesariamente nuestra devoción a la Virgen hace más profundo, más delicado nuestro amor a Dios, nuestro amor a Jesús: Mater Dei, Mater Creatoris: Madre de Dios, Madre del Creador, decimos en las letanías: dos títulos que parecen contradecirse en sus propios términos, y que, sin embargo,  sintetizan una realidad inmensa, porque María, no obstante ser una Pura criatura, es verdadera Madre de su Creador, Madre del Hijo de Dios, a quien ha dado un cuerpo humano, fruto de sus entrañas y de su sangre. A la vista de este misterio enorme se ve cómo la dignidad de María toca los umbrales del infinito. “Dios puede hacer un mundo más grande, un cielo más inmenso, pero no puede hacer una criatura más sublime que María, porque ser Madre de Dios es la dignidad más excelsa que se puede conceder a una simple criatura” (San Buenaventura).

A los que se extrañan cómo es posible que el Evangelio nos haya dicho tan pocas cosas de María, les pregunta Santo Tomás de Villanueva: “¿Qué más quieres? Te basta saber que es Madre de Dios. Fue suficiente decir de Ella estas palabras: “de qua natus est Jesus: de la cual nació Jesús” 

Sí, ¡oh María!, para enamorarme de Ti sólo necesito saber que eres Madre de Dios



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