Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

martes, 25 de octubre de 2016

¡OH INMACULADA Y PURÍSIMA VIRGEN MARÍA!

Vos nos habéis reconciliado con nuestro Dios

¡Oh Inmaculada y Purísima Virgen María, Madre de Dios, Reina del universo, Bondadísima Señora nuestra! Vos sois superior a todos los Santos, la esperanza de los escogidos y la alegría del Paraíso. 

Vos nos habéis reconciliado con nuestro Dios; Vos sois la única Abogada de los pecadores, el Puerto seguro de los que naufragan, el Consuelo del mundo, la Redentora de los cautivos, el Regocijo de los enfermos, el Recreo de los afligidos, el Refugio y la Salvación del universo.

¡Oh Excelsa Princesa, Madre de Dios, cubridnos con las alas de vuestra misericordia, tened piedad de nosotros!

No tenemos más esperanza que en Vos, ¡oh Virgen Purísima!; nos hemos entregado a Vos, y consagrados a vuestro obsequio, llevamos el nombre de vuestros siervos; no permitáis, pues, que el demonio nos lleve consigo al infierno. 

¡Oh Virgen Inmaculada!, ponednos bajo vuestra protección: por esto acudimos sólo a Vos, y os suplicamos que impidáis que vuestro Hijo, irritado por nuestros pecados, nos abandone al poder del demonio.


¡Oh María, llena de gracia!, alumbrad mi entendimiento, moved mi lengua para cantar vuestras alabanzas y principalmente la Salutación angélica tan digna de Vos. 

Yo os saludo, ¡oh Paz!, ¡oh  Alegría!, ¡oh Salud y consolación de todo el mundo! Yo os saludo, ¡oh el mayor de los milagros que jamás se haya obrado en el mundo!; paraíso de delicias, puerto seguro del que se encuentra en peligro, fuente de la gracia, medianera entre Dios y los hombres.


¡Oh Madre de Jesús, amor de Dios y de todos los hombres!, a Vos sea dado honor y bendición, con el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.

San Efrén


miércoles, 19 de octubre de 2016

HISTORIAS PARA NIÑOS… ¿O ADULTOS LLENOS DE FE?

Fray Ave María

Los rayos del sol se posaban con prodigalidad sobre el poblado, haciendo que sus rústicas casitas parecieran hechas de oro. Las aguas del rio corrían ligeras. Al balanceo del cántico de los pajaritos. Los árboles y jardines repletos de las más variadas flores dibujaban y perfumaban la belleza del panorama.


De repente, esa sinfonía de la naturaleza fue entrecortada por el vagido de un niño: nacía un nuevo miembro en la piadosa y muy querida familia de agricultores que vivía en un extremo de aquella aldea.

Había ocurrido un verdadero milagro: en veinticinco años de matrimonio, ése era el primer hijo que la Providencia concedía a la pareja. Los vecinos más cercanos se reunieron en la minúscula casita, felices por el acontecimiento. No pasó mucho tiempo para que empezaran las opiniones sobre el futuro del niño…

-Creo que va a ser un gran hombre, tal vez el mejor agricultor de la región –dijo la dueña del taller de costura, que vivía al lado.

-Realmente, algo en este pequeñito me dice que realizará cosas importantes… -sentenció el panadero, cuya tienda estaba enfrente.

El padre, interrumpió el murmullo, dijo de un modo solemne:
-No sé cuál va a ser el porvenir de este niño, pero el presente ya es una dádiva de Dios. La Santísima Virgen ha escuchado nuestra oraciones y, por eso, “Ave María” serán las primeras palabras que aprenderá y se llamará Gabriel en honor del Ángel que las pronunció en la Anunciación.

Unos meses más tarde, no obstante, la peste azotó la región y de aquella familia sólo quedaron la madre y su hijo, que con mucho esfuerzo conseguían mantenerse.

Pasó el tiempo y el niño se desarrollaba sano, pese a las dificultades. La celosa madre lo cuidaba con cariño y se esmeraba por enseñarle a hablar. Acordándose del deseo de su fallecido esposo, hizo hincapié en que, antes que cualquier otra palabra, pronunciase la sublime salutación “Ave María”.

Sin embargo, a pesar de todo su maternal empeño, ésa era la única frase que salía de su boca.

La cruz parecía que era la compañera inseparable del pequeño Gabriel: cuando cumplió los 10 años, su madre enfermó gravemente y en pocos días falleció. El joven huérfano sobrevivía con la ayuda de los habitantes del lugar, por quienes era muy querido, pero a pesar de ser muy servicial y piadoso, continuaba sin poder decir nada más que “ Ave María”, y mucho menos conseguía leer o escribir.

-¡Buenos días! –le saludaban.
-¡Ave María! –respondía Gabriel.
-¿Cómo estás muchacho? –le preguntaban.
-¡Ave María! –contestaba siempre.

Algunos creían que estaba enfermo, lo que no impedía al “niño Ave María” –como quedó conocido –vivir feliz…

Cuando ya estaba más crecido, por una inspiración de la Santísima Virgen, llamo a la puesta de un monasterio que existía en los alrededores.

-¿Cómo te llamas? –Le preguntó el hermano portero.
-¡Ave María! –contestó con alegría
-¿De dónde eres?
-¡Ave María! –era lo único que lograba decir.

Desconcertado ante tan extraño interlocutor, el religioso fue en busca del abad, porque no sabía cómo proceder. Entonces éste le hizo entrar y se puso a interrogarlo. Invariablemente, la única respuesta que se escucha era “Ave María”. El sabio superior discernió en esto un designio de la Providencia y permitió que el inusitado personaje viviera en el convento.

No fue difícil percibir desde el comienzo la liberalidad con la que recién llegado servía a los religiosos y la humildad con la que realizaba cada acto. Así, llenos de celo, todos en la comunidad intentaban ayudarlo, esforzándose por enseñarle alguna palabra más. Pero nada surtía afecto. Transcurrieron los años y aun siendo ya adulto, no obstante, tan sólo pronunciaba esa bella invocación.

Cierto día, fray Lorenzo quiso que progresara lingüísticamente intentando avanzar por el camino que ya había iniciado:
-Vamos a ver: si puedes decir Ave María, di ahora: “Llena de gracia”.
Para sorpresa suya, Gabriel repitió:
-Llena de gracia.
Fray Lorenzo salió corriendo contentísimo a contarle al maestro de novicios la proeza pedagógica y el progreso del servicial “Ave María”. El fraile mandó que lo llamaran para comprobar lo ocurrido, y le pidió que le dijera lo que había aprendido. Sin embargo, sólo logró pronunciar “Ave María”…, pues lo demás ¡lo había olvidado!

-¡No hubo mejoría! –concluyeron los religiosos

A esas alturas vestía el hábito de hermano lego y era conocido en toda la región como fray Ave María. La capilla era su lugar preferido. Cuando no estaba en sus quehaceres cotidianos, pasaba horas delante del sagrario o de rodillas a los pies de la bella imagen de María Auxiliadora, recogido y con una sonrisa en sus labios.

Fray Ave María pasó toda su vida en el monasterio y realizó con total desprendimiento y generosidad las tereas más sencillas: barría el suelo, pelaba patatas o lavaba los platos en la cocina, con entera diligencia. Y al contrario de lo que vaticinaron en su nacimiento parecía el hombre menos importante del mundo…

Siendo ya anciano, una enfermedad no muy grabe le causó la muerte y fue enterrado en el cementerio del convento. Aquella misteriosa alma dejó tal vació en la comunidad que al día siguiente, antes del amanecer, algunos frailes se encontraban rezando ante su tumba.

Y cuál no sería la sorpresa que se llevaron cuando, a la hora del Ángelus, de su sepultura brotó un tallo verde en cuya punta florecía un blanquísimo lirio. En sus pétalos se podía leer la salutación Angélica, escrita en letras doradas: “¡AVE MARÍA!”

El abad, emocionado, declaró ante los religiosos allí congregados:
-¡Cuán insondables y maravillosos son los designios de Dios! Este hombre, a quien todos consideraban incapaz y desprovisto de dones, era objeto de un especialísimo amor de la Virgen. De hecho, cuando dejamos que nuestras míseras acciones sean recogidas y presentadas al Señor por las Inmaculadas manos de María, Ella las reviste con un manto de oro y las hace resplandecer a los ojos del Todopoderoso… Aprendamos de Fray Ave María, que hizo de su vida un verdadero himno de alabanza a la Santísima Virgen María.

Diana Compasso de Araújo

Fuente Revista “Heraldos del Evangelio”, número  154, mayo 2016




sábado, 15 de octubre de 2016

CONOCIENDO A MARÍA

NUESTRA SEÑORA DEL OLVIDO, TRIUNFO Y MISERICORDIAS

Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias, ¡ruega por nosotros!

¡Oh Virgen Sacratísima!, que quieres ser venerada con el Título del Olvido, Triunfo y Misericordias, con promesas inefables a cuantos te invoquen, alcánzanos de tu Hijo y Señor que jamás nos olvidemos de Ti, ni de Él, que triunfemos constantemente del infernal dragón y que gocemos de las Divinas Misericordias en lo próspero y adverso, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad. Amen

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miércoles, 12 de octubre de 2016

NUESTRA MADRE DEL PILAR, 2016

La Santísima Virgen se nos presenta como una firme columna que sostiene el Edificio de la Iglesia

Cada 12 de Octubre la Iglesia celebra, en España y muchos otros lugares, la festividad de Nuestra Señora del Pilar.

Cuenta la tradición que, hacia el año 40 de nuestra era, la Santísima Virgen se apareció al Apóstol Santiago en tierras de España, cuando Ella vivía aun en su cuerpo mortal, en Palestina. Se le presentó sobre un pilar –que quedó allí luego de la aparición– para animarle a continuar con su obra evangelizadora, bendiciendo sus esfuerzos, hasta entonces tan poco fructuosos.

Quedémonos con esta imagen: la del pilar. La Santísima Virgen se nos presenta como una firme columna que sostiene el Edificio de la Iglesia. Ella es la torre segura donde nos ponemos al resguardo de los enemigos del alma; es la roca firme que permanece incólume en medio del agitado mar de las pasiones y de las seducciones del mundo. Ella da firmeza y solidez a nuestro castillo interior, alcanzándonos de Dios las gracias necesarias para nuestro crecimiento en la virtud.

Con razón le dice San Bernardo: acordaos que ninguno de los que han acudido a vuestra protección haya sido desamparado de Vos. En efecto, la historia y las biografías de los santos nos muestran cómo Ella ha sostenido a cuantos se abandonaron en sus maternales brazos; y cómo se han desviado y extraviado aquellos que la han menospreciado.

Cuenta San Juan Bosco que en uno de sus sueños vio una gran barca, la Iglesia, que navegaba en un mar tempestuoso, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas, los cristianos. De pronto aparecieron naves enemigas armadas de cañones –el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo– y empezó una tremenda batalla. A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la nave grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas –o pilares–. Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas.

En este día en que conmemoramos el Día de la Hispanidad, en el aniversario del descubrimiento de América, roguemos a esta poderosa Señora para que sostenga a sus hijos en su lucha por la santificación personal, por la restauración de la fe y la religiosidad de los fieles, por la reforma de las costumbres, en fin, por la instauración de todas las cosas en Cristo. Que su poderosa intercesión y el ejemplo de sus virtudes sea para nosotros una columna inamovible que nos mantenga firmes en el amor y el servicio de nuestro Señor Jesucristo, en medio de un mundo que cada vez más le da las espaldas a Dios y combate a sus fieles.


Nuestra Señora del Pilar, confórtanos en la batalla con tus maternales cuidados, y alcánzanos de tu Divino Hijo estas tres gracias: la de una fe esclarecida y sólida, la de una firme esperanza en sus promesas y la de una ardiente caridad que nos impulse a comenzar y llevar a cabo grandes empresas por la gloria de Dios y por la salvación de las almas. Así sea.


martes, 11 de octubre de 2016

MATERNIDAD DE NUESTRA SANTÍSIMA MADRE MARÍA, 2016

 María, Madre de Dios, recibe mis humildes obsequios y haz que también yo pueda gozar de los dulces frutos de tu Maternidad Divina
La fiesta de la Maternidad de María debe despertar en nuestros corazones la confianza y la fe en aquella que, por su dignidad de Madre, goza de los máximos poderes ante su Divino Hijo. Alabándola como Madre de Dios, la obligamos a empeñar su maternidad a favor nuestro: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores” ¿Qué abogada mejor podríamos encontrar?, ¿qué patrona más poderosa? Jesús no puede resistir a los ruegos de su Madre, y María no puede resistir a los que le invocan bajo el título dulcísimo de su Maternidad. Si toda mujer se siente conmovida al oírse llamar “madre”, ¿cuánto más no se conmoverá María oyéndose llamar “Madre de Dios”? Invoquémosla pues, así, tratémosla como Madre, Madre de Dios ante todo y luego también Madre nuestra, ya que Jesús, muriendo en la Cruz, ha querido poner a disposición nuestra los tesoros de su Maternidad. La Virgen tiene una misión maternal que cumplir con nuestras almas. Jesús mismo se la ha confiado; por eso le es tan querida y no desea más que llevarla a término. Sí, María quiere ser nuestra Madre, quiere empeñar en provecho nuestro los privilegios y tesoros de su Maternidad, pero no puede hacerlo si no nos confiamos a Ella como hijos dóciles y amantes. Aun entre las personas consagradas a Dios, no todas no siempre se dan cuenta lo bastante de la necesidad de entregarse a María como hijos, de abrir el alma a su influjo maternal, de recurrir a Ella con plena confianza, de invocar su ayuda en todas las dificultades, en todos los peligros, de poner la vida espiritual bajo su amparo. Así como en el orden natural el niño necesita de su madre, y cuando ésta viene a faltar, el niño sufre moral y espiritualmente, del mismo modo en el orden sobrenatural las almas tienen necesidad de una madre, de María Santísima. Sin Ella, sin sus cuidados maternales las almas sufren, su vida espiritual es fatigosa, con frecuencia languidece o, al menos, no es lozana como lo podría ser. Cuando, por el contrario, las almas se entregan a María, buscan a María y se confían a Ella, su vida interior progresa rápidamente, su caminar hacia Dios se torna más ágil y rápido, todo se hace más fácil, porque hay una mano maternal que las sostiene, un corazón maternal que las conforta.


QUIERO, MADRE MÍA, LO QUE TÚ QUIERAS PARA MÍ...

Tú, toda caridad para con el prójimo, impétrame la caridad para con todos y particularmente para con los que me son contrarios

¡Oh María! Pídante otros lo que quieran: salud, riquezas, bienes terrenos; yo vengo a pedirte, ¡oh Madre mía!, esas cosas que Tú misma deseas de mí y que más gratas son a tu Corazón. Tú que fuiste tan humilde impétrame la humildad y el amor a los desprecios. Tú, tan paciente en los dolores de esta vida, obtenme la paciencia en las contrariedades; Tú, toda llena de amor a Dios, obtenme el don del santo y puro amor. Tú, toda caridad para con el prójimo, impétrame la caridad para con todos y particularmente para con los que me son contrarios. Tú, en suma, ¡oh María!, que eres la más Santa entre todas las criaturas, hazme santo. No te falta el amor, ni el poder: todo lo quieres y todo lo puedes obtener. Sólo mi negligencia en recurrir a Ti, sólo mi poca confianza en tu auxilio puede impedirme recibir tus gracias.

 San Alfonso María de Ligorio


domingo, 9 de octubre de 2016

LOS FRUTOS DEL REZO COTIDIANO DEL SANTO ROSARIO

Tu bendito Rosario, ¡oh Virgen Santa!, sea para mí arma defensiva y escuela de virtud

El segundo fruto que debemos sacar del rezo cotidiano del Rosario es la inteligencia de los misterios de Cristo; por medio de María y con María, que nos abre su puerta, el Rosario nos ayuda a penetrar las inefables grandezas de la Encarnación, de la Pasión y de la gloria de Jesús. ¿Quién mejor que la Virgen ha comprendido y vivido estos misterios? ¿Quién mejor que la Virgen puede comunicarnos su inteligencia? Si durante el rezo de Rosario supiéramos de veras ponernos en contacto espiritual con María para acompañarla en las diversas etapas de su existencia, podríamos captar algo de los sentimientos de su corazón en presencia de los grandes misterios de que fue testigo y con frecuencia protagonista, y esto serviría admirablemente para alimentar nuestro espíritu.

De esta manera nuestro Rosario se transformaría en un cuarto de hora de meditación, iba a decir de contemplación, bajo la guía de la Virgen. ¡Esto es ni más ni menos lo que la Virgen quiere, y no ciertos Rosarios rezados a flor de labios, mientras el pensamiento divaga en todas direcciones! Las avemarías repetidas insistentemente, han de expresar la disposición del alma que se esfuerza por elevarse hasta la Virgen, por lanzarse hacia Ella, para ser por Ella arrebatada e introducida en la comprensión de los misterios divinos. “¡Ave María!”, dicen los labios, y el corazón murmura: Enséñame ¡oh María! a conocer y a amar a Jesús como Tú le has conocido y amado.

Un rezo semejante del Rosario requiere recogimiento, requiere, como dice Santa Teresa de Jesús, que antes de comenzar se pregunte el alma con quién va a hablar y quién es la que habla, para ver cómo le ha de tratar (Camino de perfección 22,3). La Santa, con fino donaire, se burla de ciertas personas muy “amigas de hablar y de decir muchas oraciones vocales muy apriesa, como quien quiere acabar su tarea, como tiene ya por sí decirlas cada día” (Ib. 31,12).
Rosarios rezados de este modo no pueden, en verdad, nutrir la vida interior, poco fruto producen al alma y poca gloria dan a la Virgen. En cambio, rezado con verdadero espíritu de devoción, el Rosario viene a ser un medio eficacísimo de cultivar la piedad mariana y de adentrarse en las intimidades de María Santísima y de su Hijo Divino.

P. Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D., 
del libro "Intimidad Divina"

jueves, 6 de octubre de 2016

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

ALEJANDRA SE SALVA POR EL ROSARIO

¡Oh Sacratísima Reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, la más excelente y amable de todas las criaturas! 

Cuenta el P. Eusebio Nieremberg que en una ciudad del reino de Aragón vivía una doncella, por nombre Alejandra, a la cual, por su hermosura y nobleza, pretendían dos jóvenes principales. 

Vinieron a las manos un día, y ambos quedaron muertos en la calle; y por haber ella sido la ocasión, fueron a su casa los parientes, la degollaron y arrojaron su cabeza a un pozo. 

Pocos días después, pasando por aquel sitio el patriarca Santo Domingo, inspirado de Dios, se arrimó al pozo, y dijo:


«Alejandra, sal fuera»; y he aquí que aparece viva en el brocal la cabeza de Alejandra, pidiendo confesión. El Santo la confiesa y le da también la sagrada Comunión, todo a vista del gran concurso de gentes que habían acudido a ver tan gran maravilla. 

Después le mandó que publicase por qué había Dios usado con ella misericordia tan señalada. Respondió la joven que cuando le cortaron la cabeza estaba en pecado mortal; pero por la devoción que había tenido de rezar el Rosario, la Virgen le había conservado la vida. 

Dos días permaneció la cabeza hablando a la orilla del pozo, al cabo de los cuales fue destinada el alma al fuego del purgatorio; mas pasados otros quince, se apareció al mismo Santo más hermosa y resplandeciente que el sol, y le declaró que uno de los sufragios más eficaces que tienen las benditas ánimas es el santo Rosario ofrecido por ellas, por lo cual, agradecidas, luego que llegan a verse en la presencia de Dios, piden por las personas que les aplicaron esta oración poderosa.

Dicho esto, vio el glorioso Santo Domingo entrar aquella alma llena de regocijo en la mansión de la eterna bienaventuranza.


Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


martes, 4 de octubre de 2016

¡OH, REINA DE LOS ÁNGELES!

Sí, dulcísima Madre mía, quiero arder en vuestro amor y propongo exhortar a otros a que os amen también

¡Oh Sacratísima Reina de los ángeles, Madre de Dios y Señora nuestra, la más excelente y amable de todas las criaturas! Cierto es que hay en el mundo muchos que ni os aman ni os conocen, mas en el Cielo tenéis millares y millares de ángeles  y santos que os aman y alaban incesantemente. También en la tierra se encuentran almas felices, enardecidas en vuestro amor y prendadas de vuestra bondad.

¡Oh si yo os amase igualmente! ¡Si de continuo estuviese pensando en cómo serviros mejor y ensalzaros y veneraros, procurando mover a otros al mismo amor y veneración!

El Eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura, con tanta fuerza, que le hizo como desprenderse del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas para hacerse Hijo vuestro. ¿Y yo, gusanillo de la tierra, no he de amaros?

Sí, dulcísima Madre mía, quiero arder en vuestro amor y propongo exhortar a otros a que os amen también. Aceptad mis deseos y ayudadme a lograrlos. Sé que a vuestros amantes los mira Dios con particular benevolencia, no deseando nada tanto, después de la dilatación de su gloria, como veros amada, honrada y servida de todo el mundo. Con este convencimiento procuraré amaros más y más, y esperaré de Vos toda mi dicha.

Vos me habéis de conseguir el perdón de mis pecados; Vos, la perseverancia final; Vos me habéis de asistir a la hora de mi muerte; Vos me habéis de sacar de las penas del purgatorio, y Vos habéis de llevar mi alma en vuestros brazos maternales hasta presentarla ante el trono de la Santísima Trinidad.

Todo esto esperan vuestros hijos de Vos, y ninguno de ellos queda jamás burlado. Pues lo mismo espero yo, que os amo con todo mi corazón y después de Dios, sobre todas las cosas.



domingo, 2 de octubre de 2016

A NUESTRA MADRE DEL ROSARIO

¡Oh Santísima Virgen y Madre del Rosario, rogad por nosotros!
(Virgen del Rosario de Santa Catalina-Sevilla)

"El Señor es contigo". ¡Oh Santísima Virgen y Madre del Rosario! Aquel inmenso Señor, que por su esencia se halla con todas las cosas, está en Vos y con Vos por modo muy superior. Madre mía venga por Vos a nosotros. Pero ¿cómo ha de venir a un corazón de tan poca limpieza, aquel Señor, que para hacernos habitación suya, quiso con tal prodigio, que no se perdiese, siendo Madre vuestra virginidad? ¡Oh! muera en nosotros toda impureza para que habite en nuestra alma el Señor.

"Santa María, Madre de Dios". No permitáis se pierda mi alma comprada con el inestimable precio de la sangre de Jesús. Dadme un corazón digno de Vos, para que amando el recogimiento, sean mis delicias obsequiaros con el santo Rosario, adorando con él a vuestro Hijo, por lo mucho que hizo para nuestra redención, y por lo que os ensalzó, haciéndote Madre suya. Amén.


sábado, 1 de octubre de 2016