En este mes María sale a nuestro encuentro para tomarnos por la mano, para introducirnos en el Secreto de su vida interior y ser de esta manera el modelo y la norma de la nuestra

jueves, 1 de septiembre de 2016

TE BENDIGO Y TE ALABO, MADRE MÍA DOLOROSA

Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos

Te bendigo, te alabo y con todas mis fuerzas me encomiendo a Ti, Santa e Inmaculada Virgen, por tu dolorosa presencia junto a la Cruz de Jesús, donde abrumada y afligida te detuviste por largo tiempo, atravesada por una espada de dolor, según la profecía de Simeón (Lc 2, 35); por las abundantes lágrimas derramadas; por la gran fidelidad e inefable coherencia que demostraste a tu Hijo en su extrema necesidad, cuando estaba por morir; por el inmenso dolor de tu Corazón; por el sufrimiento más lacerante en el momento de su muerte; por la palidez de su aspecto, cuando lo viste pender muerto delante de Ti.

Te bendigo y te alabo por el piadoso abrazo con que lo estrechaste entre tus maternales brazos; por el triste trayecto hacia el lugar de su sepultura, cuando bañada en lágrimas seguías a los que llevaban el Santo Cadáver, y llorando fijaste la mirada en tu Hijo depositado en el sepulcro y encerrado bajo una gran lápida; por el doloroso regreso desde el sepulcro a la casa en que te hospedabas, donde acompañada de muchos fieles allí reunidos te deshiciste en lágrimas por la muerte del amado Hijo, con repetidos lamentos, y fue tan copioso tu llanto que hiciste también llorar a los que estaban a tu lado.

Compadece ahora, alma mía, a la Virgen Dolorosa, a la Madre lacrimosa, a María amorosa. Si amas a María, debes compadecerla por sus dolores numerosos, para que te socorra en tus penas. ¡Qué cuadro!: la Santa Madre llora a su único Hijo; llora María de Cleofás a su querido pariente; llora María Magdalena al médico de su salud; llora Juan a su dulcísimo Maestro; lloran todos los apóstoles a su Señor que han perdido. ¿Y quién no lloraría entre tantos amigos que lloran juntos?

Del libro "Imitación de María",
del Beato Tomás de Kempis


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