Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

martes, 6 de septiembre de 2016

ORACIÓN A MARÍA, REINA DE MISERICORDIA

No quiero que nadie me aventaje en honrarte y amarte, mi amable Reina

¡Madre de Dios y Señora mía, María! Como se presenta a una gran reina un pobre andrajoso y llagado, así me presento a Ti, ¡Reina de cielo y tierra! Desde tu trono elevado dígnate volver los ojos a mí, pobre pecador. Dios te ha hecho tan rica para que puedas socorrer a los pobres, y te ha constituido Reina de Misericordia para que puedas aliviar a los miserables. Mírame y ten compasión de mí. Mírame y no me dejes; cámbiame de pecador en santo. Veo que nada merezco y por mi ingratitud debiera verme privado de todas las gracias que por tu medio he recibido del Señor. Pero Tú, que eres Reina de Misericordia, no andas buscando méritos, sino miserias y necesidades que socorrer. ¿Y quién más pobre y necesitado que yo?

¡Virgen excelsa!, ya sé que Tú, siendo la reina del universo, eres también la Reina mía. Por eso, de manera muy especial, me quiero dedicar a tu servicio, para que dispongas de mí como te agrade. Te diré con san Buenaventura: Señora, me pongo bajo tu servicio para que del todo me moldees y dirijas. No me abandones a mí mismo; gobiérname Tú, ¡reina mía! Mándame a tu arbitrio y corrígeme si no te obedeciera, porque serán para mí muy saludables los avisos que vengan de tu mano. Estimo en más ser tu siervo que ser el dueño de toda la tierra. ”Tuus sum ego, salvum me fac” (Sal 118, 94). Acéptame por tuyo y líbrame. No quiero ser mío; a Ti me entrego. Y si en lo pasado te serví mal, perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte, en adelante quiero unirme a tus siervos los más amantes y más fieles. No quiero que nadie me aventaje en honrarte y amarte, mi amable Reina. Así lo prometo y, con tu ayuda, así espero cumplirlo. Amén. Así sea.

Del libro "Las Glorias de María",
de San Alfonso Mª de Ligorio


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