Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 16 de julio de 2016

ESPOSA DEL ESPÍRITU SANTO

¡Oh María, Esposa del Espíritu Santo! Hazme dócil a las inspiraciones Divinas

Dice San Agustín que María Santísima "ha sido la única que ha merecido ser llamada Madre y Esposa" de Dios. Fue Madre de Dios porque fue Esposa del Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1, 35), le dijo el Ángel, explicándole el modo misterioso y divino cómo sería Madre del Hijo de Dios. En aquel momento, el Espíritu Santo, que ya poseía por completo desde el primer instante de su concepción inmaculada el alma de María, descendió a Ella, con una plenitud tan singular, que formó en su seno el Cuerpo Santísimo de Jesús. Con todo derecho merece por eso María el nombre de Esposa del Espíritu Santo: María es su posesión, su sagrario, su templo.

El Divino Paráclito puede muy bien aplicar a Ella aquellas palabras de los Cantares: “Eres un jardín cercado, hermana mía, esposa, eres un jardín cercado, una fuente sellada” (4, 12). Un jardín cercado, que jamás fue violado, ni por un instante, por la sombra del pecado, jamás sacudido por los vientos de las pasiones desordenadas, jamás pisado por afecto alguno de criatura. “La gloriosísima Virgen Nuestra Señora –dice San Juan de la Cruz- nunca tuvo en su alma impresa forma alguna de criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo” (S. III, 2, 10), Llena de gracia desde el nacimiento María fue siempre la Esposa fiel del Espíritu Santo, atenta y dócil a cualquier impulso o inspiración suya.

Si los privilegios altísimos que enriquecieron el alma de María, fueron gracias que Dios había reservado exclusivamente para Ella, nosotros podemos imitar sus disposiciones interiores, procurando que nuestro corazón, lo mismo que el suyo, sea siempre dócil a la acción del Espíritu Santo.  


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