Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

domingo, 13 de marzo de 2016

MARÍA Y LA PASIÓN

PRELUDIOS DE PASIÓN. LA DESPEDIDA

¡Cuántas horas amargas tuvo Jesús que pasar en su Pasión! Pero no fue esta una de las menores. ¡Cuánto tendría que sufrir por ser Él, el verdugo que así laceraba el Corazón de su Madre, clavándole cada vez más, con cada palabra suya, la espada del dolor!  

La hora.Llegó la hora señalada por el Padre para consumar el sacrificio y el Hijo obediente ni un momento siquiera la retarda. No ignora lo que significaba la llegada de esta hora y lejos de echarse para atrás cobardemente, con inmensa alegría, a la vez que con profunda pena, se lanza al sufrimiento todo de la Pasión. Y el primer paso que da es el despedirse de su Santísima Madre. Imposible pintar ni imaginar esta escena.

Jesús ha llamado a solas a la Santísima Virgen y la ha comenzado a exponer la voluntad de su Padre. Escucha estas palabras, adivina las razones que le daría para explicar su decisión de ir a la muerte y para tratar de consolar su corazón herido. El Padre lo había decretado. Era necesario para satisfacer la Justicia Divina, para redimir al mundo, para destruir el imperio del pecado. ¡Qué concepto formaría del pecado la Virgen cuando comprendió que tanto iba a costar borrarlo!

Penetrar mucho en esa razón que es la causa de todo. ¡Qué será el pecado! ¡Cómo irritará al Corazón de Dios cuando no se aplaca si no es con el sacrificio de su propio Hijo! Y ya para prevenirla, ya para que Ella tomara también desde entonces como suyos los sufrimientos que iba a padecer, le daría cuenta detallada de toda la Pasión, de su prisión en el Huerto, de la traición de Judas, de las injusticias de los Tribunales, de las escenas del Pretorio. Temblándole la voz la contaría al tormento horrible de la flagelación, el de la coronación de espinas, el del camino del Calvario cargado con la Cruz, el de la Crucifixión y, en fin, cómo después de las tres horas de espantosa agonía, en ella había de morir escarnecido, insultado hasta sus últimos momentos.

¡Cuántas horas amargas tuvo Jesús que pasar en su Pasión! Pero no fue esta una de las menores. ¡Cuánto tendría que sufrir por ser Él, el verdugo que así laceraba el Corazón de su Madre, clavándole cada vez más, con cada palabra suya, la espada del dolor!  


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