Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

jueves, 17 de marzo de 2016

MARÍA Y LA AGONÍA DEL HUERTO

“Triste,  muy triste está mi alma hasta la muerte” Su Madre le acompaña en espíritu y participa de sus sufrimientos, de sus temores, de sus amarguras; quizá tuvo revelación de lo que Judas tramaba

Camino del Monte Olivete. –Jesús ha acabado ya sus misterios sacrosantos e inefables del Cenáculo. Ya se acerca por momentos la hora y valiente y decidido, sale con dirección a Getsemaní. Bien sabe que no volverá más. Puede contar las horas que le quedan de libertad. Es cuestión de pocos momentos y ya habrá dado comienzo el drama sangriento. Y, porque lo sabe, sufre amarguras indecibles en su corazón.

“Triste,  muy triste está mi alma hasta la muerte”, razón tenía para esta inmensa tristeza. Veía a los judíos tratando su venta, como si se tratara de una cosa vil y despreciable; veía, en especial, a Judas, llevando hasta lo último su traición; veía todo lo que le aguardaba y aunque era Dios, era hombre y por eso sufría amarguras indescriptibles en su amante y tierno Corazón. También las sufre María. Su Madre le acompaña en espíritu y participa de sus sufrimientos, de sus temores, de sus amarguras; quizá tuvo revelación de lo que Judas tramaba, quizá tuvo conocimiento de cómo estaba decididos aquella misma noche a dar el golpe decisivo y su Corazón se destrozaba de dolor, al saber y contemplar cada una de estas cosas. Apartada estaba de Jesús corporalmente, pero ¡qué unida en su espíritu! ¡Cuán admirable penetraba Ella en la razón y la causa de la tristeza de aquel Divino Corazón! 




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