Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 31 de diciembre de 2016

¡MADRE DE DIOS Y MADRE MÍA!

¡Oh clementísima!, ¡oh dulcísima Virgen María!, ¡oh Madre amabilísima!, qué aliento, confianza y alegría siente mi alma en nombraros y aun solamente en acordarme de Vos

¡Madre de Dios y Madre mía!, aunque mi lengua inmunda es indigna de nombraros, Vos, que me amáis y deseáis mi salvación, me habéis de conceder el que pueda invocar en mi favor vuestro Santísimo y Poderosísimo Nombre, de gracia y salud en vida y muerte.

¡Oh Virgen Purísima!, ¡oh Madre Amorosísima!, ¡oh María!, sea para mí en adelante vuestro Santo Nombre escudo y defensa, concediéndome que en todas mis tentaciones, necesidades y peligros, y con especialidad a la hora de la muerte, clame sin cesar: «¡María, María!», para tener así la suerte de acabar la vida felizmente y veros y bendeciros en el Cielo por toda la eternidad. ¡Oh clementísima!, ¡oh dulcísima Virgen María!, ¡oh Madre amabilísima!, qué aliento, confianza y alegría siente mi alma en nombraros y aun solamente en acordarme de Vos. Doy gracias a Dios de haberos dado, para mi bien, un nombre tan dulce, un nombre tan amable y tan poderoso.

Mas no me satisfago con que mis labios le pronuncien, sino que además quiero nombraros por amor y con amor; quiero que el amor me recuerde a cada hora tan hermoso Nombre; quiero poner todo mi amor en él.

¡Oh María, oh Jesús! Vivan únicamente vuestros dulcísimos nombres en mi memoria y en la de mis prójimos, olvidando cómo se llaman las criaturas para no tener otros en el corazón y la boca que los nombres adorables de Jesús y María.

¡Jesús amantísimo, Redentor mío!, ¡Madre amorosísima!, ¡Madre de mi alma!, por vuestros merecimientos os pido, como gracia especial, que a la hora de mi muerte las últimas palabras que articule sean decir:


¡Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía!


domingo, 25 de diciembre de 2016

NAVIDAD - 2016


Allelúia!!!

A todos nuestros amigos y lectores Santas y Felices Navidades. Que Dios Encarnado, con María y José, llenen sus hogares de bendiciones.

PAX ET BONUM!


miércoles, 21 de diciembre de 2016

DI QUE SÍ... ¡OH MARÍA!


Oíste, ¡oh Virgen!, el hecho; oíste el modo también; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén. Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos para que con ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos y humillados. Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo creíste; cree lo que oíste también acerca del modo. Oíste que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió. Esperamos también nosotros, Señora esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte la divina sentencia, de que seremos librados por tus palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos librados si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y con todo eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Esto te suplica, ¡oh piadosa Virgen! , el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo, aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo vuestro linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.

¡Ah, Señora!, responde aquella palabra que espera la tierra, que espera el infierno, que esperan también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos, cuanto deseó tu hermosura, tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda se ha propuesto salvar el mundo. A quien agradaste por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: ¡Oh hermosa entre las mujeres, hazme que oiga tu voz! Si tú le haces oír tu voz, Él te hará ver el misterio de nuestra salud. ¿Por ventura, no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando días y noches suspirabas? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o esperamos otra? No, no; tú misma eres, no es otra. Tú eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando para morir, esperaba la vida eterna, diciendo: “Tu, salud esperaré., Señor". En quien y por la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué esperaras de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti, como des tu consentimiento y respondas una palabra? Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra palabra; pronuncia la tuya y concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Qué tardas? ¿Qué recelas? Creo, di que sí y recibe. Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, pero más necesaria es ahora la piedad en las palabras. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. ¡Ay si, deteniéndote en abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.

San Bernardo Abad,
del libro "Las Grandezas de María"




"He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra"



sábado, 17 de diciembre de 2016

MARÍA DE LA ESPERANZA

De aquel mismo serás Madre de quien Dios es Padre

Abre, Virgen, el seno, dilata el regazo, prepara tus castas entrañas, pues va a hacer en Ti cosas grandes el que es Todopoderoso, en tanto grado, que en vez de la maldición de Israel te llamarán bienaventurada todas las generaciones. No tengas por sospechosa, Virgen prudentísima, la fecundidad; porque no disminuirá tu integridad. Concebirás, pero sin pecado; estarás embarazada, pero no cargada; darás a luz, pero no con tristeza; no conocerás varón y engendrarás un Hijo. ¿Qué hijo! De aquel mismo serás Madre de quien Dios es Padre. El hijo de la caridad paterna será la corona de tu Castidad; la Sabiduría del Corazón del Padre será el fruto de tu Virgíneo Seno; a Dios, en fin, darás a luz y concebirás de Dios. Ten, pues, ánimo, Virgen fecunda, Madre intacta, porque no serás maldecida jamás en Israel ni contada entre las estériles. Y si con todo eso el Israel carnal te maldice, no porque te mire estéril, sino porque sienta que seas fecunda; acuérdate que Cristo también sufrió la maldición; el mismo que a Ti, que eres su madre, bendijo en los cielos; pero aun en la tierra igualmente eres bendecida por el Ángel, y por todas las generaciones de la tierra eres llamada, con razón, bienaventurada. Bendita, pues, eres Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

San Bernardo Abad,
del libro "Las Grandezas de María"


jueves, 8 de diciembre de 2016

ORACIÓN A LA INMACULADA CONCEPCIÓN - 2016

La maligna serpiente, contra quien fue lanzada la primera maldición, sigue combatiendo con furor y tentando a los miserables hijos de Eva

Inmaculada Madre de Dios, Reina de los cielos, Madre de misericordia, abogada y refugio de los pecadores: he aquí que yo, iluminado y movido por las gracias que vuestra maternal benevolencia abundantemente me ha obtenido del Tesoro Divino, propongo poner mi corazón ahora y siempre en vuestras manos para que sea consagrado a Jesús.

A Vos, ¡oh Virgen santísima!, lo entrego, en presencia de los nueve coros de los Ángeles y de todos los Santos; Vos, en mi nombre, consagradlo a Jesús; y por la filial confianza que os tengo, estoy seguro de que haréis ahora y siempre que mi corazón sea enteramente de Jesús, imitando perfectamente a los Santos, especialmente a San José, vuestro Purísimo esposo. Amén.

San Vicente Pallotti




sábado, 3 de diciembre de 2016

¡OH VIRGEN INMACULADA Y SANTA!

Vos estáis llena de gracia, alcánzame parte de ella

¡Oh Virgen Inmaculada y Santa! ¡Oh Criatura la más Humilde y más sublime delante de Dios! Vos fuisteis tan pequeña a vuestros ojos, pero grande a los de Nuestros Señor, que os exaltó hasta elegiros por Madre, y haceros en consecuencia Reina del cielo y de la tierra. Doy gracias pues, a aquel Dios que tanto os ha exaltado, y me regocijo con Vos de veros tan unida a Dios, que no es permitido estarlo más a una simple criatura. Me avergüenzo de presentarme a Vos que  sois tan humilde con tantas prerrogativas, siendo yo miserable y orgulloso con tantos pecados. Pero a pesar de mis miserias quiero también saludaros: “Dios te salve, María, llena eres de gracia” Vos estáis llena de gracia, alcánzame parte de ella. “El Señor es contigo” Aquel Señor que ha estado siempre con Vos desde el primer instante de vuestra creación, ahora se ha unido más con Vos haciéndose vuestro Hijo. “Bendita tú eres entre todas las mujeres” ¡Oh mujer bendita entre todas las mujeres!, alcanzad también para nosotros la divina bendición. “Y bendito es el fruto de tu vientre” ¡Oh planta bendita que habéis dado el mundo un fruto tan noble y santo! “Santa María, Madre de Dios” ¡Oh María!, yo confieso que sois la verdadera Madre de Dios, y estoy pronto amar mil veces la vida para defender esta verdad. “Ruega por nosotros pecadores” Pero si Vos sois la Madre de Dios, sois también la madre de nuestra salvación y de nosotros pobres pecadores, pues por salvar a los pecadores Dios se hizo hombre y os eligió por Madre suya, a fin de que vuestros ruegos tuviesen la virtud de salvar a cualquier pecador. Ea, pues, ¡oh María!, rogad por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte” Rogad siempre, rogad ahora que nos hallamos rodeados de tentaciones y peligros de perder a Dios; pero rogad principalmente en la hora de nuestra muerte, cuando estaremos próximos a salir de este mundo, y a ser presentados al Divido Tribunal, a fin de que salvándonos por los méritos de Jesucristo y por vuestra intercesión podamos llegar un día, sin peligro ya de perdernos, a saludaros y alabaros con vuestro Hijo en el cielo por toda la eternidad Así sea. 



HOY ES PRIMER SÁBADO DE MES



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domingo, 27 de noviembre de 2016

27 DE NOVIEMBRE, NUESTRA MADRE DE LA MEDALLA MILAGROSA


PARA OBTENER LA CURACIÓN DE UN ENFERMO

¡Oh María, sin pecado concebida, cuya inmensa bondad y tierna misericordia no excluye el alivio de este amargo fruto de la culpa que se llama enfermedad de la cual es con frecuencia víctima nuestro miserable cuerpo! ¡Oh Madre Piadosa, a quien la Iglesia llama confiada ¡Salud de los enfermos! Aquí me tenéis implorando vuestro favor. Lo que tantos afligidos obtenían por la palabra de vuestro Hijo Jesús, obténgalo este querido enfermo, que os recomiendo, mediante la aplicación de vuestra Medalla. Que su eficacia, tantas veces probada y reconocida en todo el mundo, se manifieste una vez más: para que cuantos seamos testigos de este nuevo favor vuestro, podamos exclamar agradecidos: La Medalla Milagrosa le ha curado. Así sea.



sábado, 26 de noviembre de 2016

DE LA PACIENCIA DE MARÍA

Cuando nos sintamos, pues, oprimidos bajo el peso de las cruces, acudamos a María

Siendo este mundo un lugar de méritos, con razón se llama valle de lágrimas; pues aquí todos estamos puestos para padecer y conquistar con la paciencia la vida eterna a nuestras almas, como ya lo expresó el Señor diciendo: “Con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas” Dios nos dio a la Virgen María como modelo de todas las virtudes, pero especialmente como ejemplar de paciencia. San Francisco de Sales hace entre otras reflexión, que Jesucristo en las bodas de Caná dio para este fin a la Santísima Virgen aquella contestación con la cual parecía que no hacía caso de sus ruegos, precisamente para ofrecernos un ejemplo de la paciencia de su Santa Madre. Mas ¿qué necesidad hay de citar casos cuando toda la vida de María fue un continuo ejercicio de paciencia, cuando la Bienaventurada Virgen vivió siempre entre penas, como el Ángel lo reveló a Santa Brígida? Solamente el dolor que sintió por los tormentos del Redentor bastó para hacerla mártir de paciencia; por lo que dijo  San Buenaventura: “Crucificada concibió al Crucificado” Cuánto padeciese en el viaje y permanencia en Egipto, así como durante todo el tiempo que vivió con su Hijo en la tierra de Nazaret, ya lo hemos considerado antes al hablar de sus dolores. Solamente la presencia de María junto a su Hijo moribundo en el  Calvario es suficiente para probar cuán constante y sublime fue su paciencia. Entonces fue cuando por el mérito de su paciencia, como dice el beato Alberto Magno, se hizo  nuestra Madre y nos parió en la vida de la gracia.

Si deseamos, pues, ser hijos de María, debemos procurar imitar su paciencia. “¿Qué modo mejor  -dice San Cipriano-, para enriquecernos de méritos en esta vida y de gloria en la otra, que el sufrir con paciencia las penas? Dios dijo por boca de Oseas: “Yo cerraré tu camino con espinas”, a lo que San Gregorio añade: “Las sendas de los escogidos están circuidas de espinos. Así como se circuye la viña de espinos para conservarla, así Dios rodea de tribulaciones a sus siervos para que no tengan apego a las cosas de la tierra” Por eso concluye San Cipriano que la paciencia nos libra del pecado y del infierno, y es la que hace los Santos, llevando con paz las cruces que nos vienen directamente de Dios, esto es, las enfermedades, la pobreza, et cétera, lo mismo que las que nos vienen de los hombres, como persecuciones, injurias, et cétera. San Juan vio a todos los Santos con palmas en las manos (señal del martirio); lo que significa que todos los adultos que se salvan han de ser mártires o de sangre o de paciencia. A la vista de esto exclama lleno de gozo San Gregorio: “Si conservamos la paciencia, podemos ser también mártires sin hierro” Si sufrimos las penas de esta vida, como dice San Bernardo, con paciencia, con gusto y con alegría, ¡ah!, ¡cómo fructificará en el cielo cada pena sufrida por Dios! Por esto, el Apóstol nos anima a que suframos las breves aflicciones de esta vida; y Santa Teresa nos hace estas hermosas advertencias: “El que abraza la Cruz no la siente. Cuando alguno se decide a sufrir, la pena se acaba” Cuando nos sintamos, pues, oprimidos bajo el peso de las cruces, acudamos a María, a la cual la Iglesia llama: “Consuelo de afligidos”; y San Juan Damasceno: 

“Medicamento para todos los dolores de los corazones” ¡Ah Señora mía dulcísima, Vos inocente padecisteis con tanta paciencia, y yo reo del infierno rehusaré padecer! Madre mía, no os pido hoy la gracia de que me libréis de las cruces, sino la de llevarlas con paciencia. Por el amor de Jesús os ruego que me alcancéis esta gracia que espero de Vos. 



jueves, 24 de noviembre de 2016

ORACIONES DE LOS SANTOS A NUESTRA MADRE MARÍA

Concededme la gracia de amar a mi Señor Jesucristo Vuestro Hijo, con un amor verdadero y perfecto

¡Virgen bondadosa! ¡Madre misericordiosa! Yo os recomiendo mi cuerpo y mi alma, mis pensamientos y mis acciones, mi vida y mi muerte. Ayudadme ¡oh Reina mía! y libradme de todas las asechanzas del demonio. Concededme la gracia de amar a mi Señor Jesucristo Vuestro Hijo, con un amor verdadero y perfecto y la de amaros después de Él, ¡oh María! sobre todas las cosas. Así sea.

Santo Tomás de Aquino



lunes, 21 de noviembre de 2016

21 DE NOVIEMBRE, PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO

“Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Vos por sierva perpetua, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza”

A la separación total corresponde el ofrecimiento y la consagración total. María se entrega toda a su Dios, se entrega sin reserva, se entrega a Él para siempre. “Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a Vos por sierva perpetua, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza” (Imit. IV, 9, 1). Tales debieron de ser las disposiciones con que la Santa Niña se ofreció al Altísimo, disposiciones que fueron vividas con plenitud y una coherencia que desconcierta nuestra miseria. Ni siquiera por un instante desmintió María su consagración total; Dios pudo hacer de Ella todo lo que quiso sin encontrar nunca la menor resistencia. Circunstancias penosas y difíciles sobremanera llenaron la vida de la Virgen: la duda de San José sobre el origen de su maternidad, el viaje a Belén en circunstancias tan delicadas e incómodas, la mísera pobreza en que vio nacer a su Hijo, la huida a Egipto, la vida de estrecheces en Nazaret, la hostilidad y la malignidad de los fariseos contra Jesús, la traición de Judas, la ingratitud de un pueblo tan favorecido y amado, la condena a muerte del Hijo, el camino del Calvario, la Crucifixión en medio de los insultos del populacho. En vano escrutaremos el Corazón de María para descubrir en él un solo movimiento de resentimiento o de protesta, en vano estaremos al acecho de una sola palabra de querella en sus labios; María se ha entregado totalmente a Dios y deja que Dios ejerza sobre Ella todos sus derechos de Soberano, de Señor, de Dueño; nada tiene que objetar, ni se asombra de que si inmolación deba llegar a tanto. ¿No se ha ofrecido por ventura sin reserva? Ahora, pues, que su ofrenda es consumada no hace más que repetir: “Fiat! Ecce ancilla Dómini!”

¡Qué distinta es nuestra vida de almas consagradas! ¡Con qué facilidad volvemos a apoderarnos del don hecho a Dios! Tomamos de nuevo el corazón, cuando dejamos que le vuelvan a ocupar los afectos humanos; tomamos la voluntad, cuando no sabemos someternos a ciertas obediencias que nos mortifican o contrarían, cuando no sabemos aceptar cosas que nos cuestan, cuando nos lamentamos, protestamos o defendemos nuestros derechos. Y sin embrago, el único derecho real del alma consagrada a Dios es el de dejarse por entero emplear y consumir por su vida.

Pidamos a María, presentada en el Templo, que tome en sus manos maternales nuestra pobre ofrenda, que la remoce y complete con la suya, tan pura y perfecta, que la incluya y esconda en la suya, tan grande y generosa, a fin de que así purificada y renovada pueda ser agradable a Dios.


domingo, 20 de noviembre de 2016

MADRE DE DIOS

¡Madre Santa de mi Dios, que sienta yo los latidos de tu Corazón que latió siempre al unísono con el Corazón Divino!

La Maternidad Divina es la fuente de todos los privilegios de María; si María es la Hija amada del Padre, que la preservó del pecado original, si es la Esposa del Espíritu Santo, que la cubrió con su virtud, es precisamente porque ha sido predestinada a ser Madre del Verbo Encarnado. Todas las grandezas, todas las glorias de María se comprenden a la vista de su Maternidad Divina; más aún, su misma existencia se explica en virtud de su predestinación a tan alta misión. Si Dios no hubiese decretado que su Hijo se Encarnase en el seno de una virgen, no hubiéramos poseído ese prodigio de gracia y amabilidad que es María Santísima, no habríamos contemplado su sonrisa maternal, no habríamos sentido sus ternuras de Madre de Dios, porque es Madre de Jesús; y al amarla con esta referencia a Dios, necesariamente nuestra devoción a la Virgen hace más profundo, más delicado nuestro amor a Dios, nuestro amor a Jesús: Mater Dei, Mater Creatoris: Madre de Dios, Madre del Creador, decimos en las letanías: dos títulos que parecen contradecirse en sus propios términos, y que, sin embargo,  sintetizan una realidad inmensa, porque María, no obstante ser una Pura criatura, es verdadera Madre de su Creador, Madre del Hijo de Dios, a quien ha dado un cuerpo humano, fruto de sus entrañas y de su sangre. A la vista de este misterio enorme se ve cómo la dignidad de María toca los umbrales del infinito. “Dios puede hacer un mundo más grande, un cielo más inmenso, pero no puede hacer una criatura más sublime que María, porque ser Madre de Dios es la dignidad más excelsa que se puede conceder a una simple criatura” (San Buenaventura).

A los que se extrañan cómo es posible que el Evangelio nos haya dicho tan pocas cosas de María, les pregunta Santo Tomás de Villanueva: “¿Qué más quieres? Te basta saber que es Madre de Dios. Fue suficiente decir de Ella estas palabras: “de qua natus est Jesus: de la cual nació Jesús” 

Sí, ¡oh María!, para enamorarme de Ti sólo necesito saber que eres Madre de Dios



martes, 15 de noviembre de 2016

MADRE E INTERCESORA NUESTRA...


A Vos, Madre nuestra amantísima, invocamos por intercesora, esperando obtener por vuestros méritos lo que por nuestras solas oraciones no nos atreveríamos a esperar.

   Vos, que sois Madre de todos, a todos protegednos, y librad con vuestros ruegos, las Santas Almas del Purgatorio, por las cuales ofrecemos esta ORACIÓN



sábado, 5 de noviembre de 2016

miércoles, 2 de noviembre de 2016

PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN

EL VENERABLE FR. DOMINGO DE JESÚS RUZOLA Y LA INDULGENCIA SABATINA

"Sábete, hijo mío, que, aunque son muchos los que visten mi Escapulario, pero pocos cumplen en rigor lo que él les demanda y exige para poder lucrar esta santa indulgencia sabatina"

Entre los muchos prodigios del venerable siervo de Dios, Fray Domingo de Jesús, varón santísimo, de cuyo proceso de beatificación se ocupara la majestad cesárea de Fernando II y la Orden del Carmen Descalzo, por su eximia virtud y portentosos milagros, se narra el siguiente hecho, acaecido en el año 1594.

Hallándose el siervo de Dios, Fr. Domingo, en Barcelona, murió una señora principal llamada doña Ana Cañete, gran bienhechora de la Descalcez Carmelitana. Era la tal señora devotísima del Santo Escapulario, siendo escrupulosísima en guardar inviolada la pureza de su alma, en rezar diariamente el Oficio Parvo de Nuestra Señora y en guardar la abstinencia los miércoles y sábados en honor de la Virgen Santísima. Aconteció que murió el martes a primera hora de la noche, y hallándose en oración el siervo de Dios, Fr. Domingo, fue arrebatado en éxtasis y mostrole el Señor el Purgatorio y las almas que se encontraban allí expiando sus culpas. Estando admirado y consternado de lo que allí veía, y de los horrorosos suplicios que padecían las almas, vio la de esta piadosa mujer a la que Fr. Domingo bien conocía por sus caridades para con los carmelitas, la cual, como si viese al siervo de Dios, cuya santidad le era notoria, puesta de rodillas en medio de aquel lago candente, rogole con gemidos intercediese por ella, suplicando a la Santísima Virgen la librase de aquel horrendo suplicio.

Apareciósele, instantes después, a Fr. Domingo, la Madre de Dios, y volviéndose a Ella le pidió con fervorosa súplica tuviera piedad de aquella alma, y librándola de las espantosas llamas la llevase cuanto antes al Cielo. La Santísima Virgen respondió a Fr. Domingo que el sábado sería libertada, para lo cual sería necesario acrecentarle durante aquel espacio sus penas. Mas deseando el santo varón la liberase antes, volviéndose a la Madre de la Misericordia dijo: "Creemos firmemente, oh, Madre dulcísima, que por el privilegio de tu Escapulario, que ella vestía con tanto fervor, y por los méritos de tu intercesión valiosísima será liberada el día del sábado del Purgatorio." A lo cual le respondió la Santísima Virgen: "Sábete, hijo mío, que, aunque son muchos los que visten mi Escapulario, pero pocos cumplen en rigor lo que él les demanda y exige para poder lucrar esta santa indulgencia sabatina. Después de esto, habiendo padecido esta santa alma en el purgatorio durante tres días y cuatro noches, al alborear el día de sábado salió gloriosa y acompañada de gran multitud de ángeles y se le apareció a Fr. Domingo Ruzola para agradecerle la intercesión que por ella hiciera a la Reina del Cielo. Se le dio a entender al varón de Dios, Fray Domingo, que el acompañarla tantos ángeles era debido a las muchas obras de caridad que hiciera con los menesterosos durante su vida, pues a las demás ánimas sólo su Ángel de Guarda las suele acompañar a la gloria.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.




martes, 1 de noviembre de 2016

MARÍA ALIVIA A LOS SUYOS DE LAS PENAS DEL PURGATURIO Y LES SACAS DE ELLAS

Bien sabido es lo que prometió la misma Virgen al Papa Juan XXII  apareciéndosele, mandó decir a todos los que llevasen su escapulario del Carmen que el sábado inmediato al de la muerte de cada uno saldrían libres de las penas del purgatorio

Muy felices son los devotos de esta Madre Clementísima, porque, además de socorrerlos en  esta vida, los asiste y consuela en el purgatorio, y aun allí con más amor y misericordia, por la mayor necesidad en que ve aquellas almas, sin poderse aliviar a si mismas ninguna parte del rigor de sus penas.

Dice San Bernardino de Sena que en aquella cárcel donde penan las esposas de Jesucristo tiene María dominio y jurisdicción especial para darles alivio y también para sacarlas. Sobre aquellas palabras del Eclesiástico (24, 8): 

Me paseé sobre las olas del mar, dice el mismo Santo: Olas se llaman las penas del purgatorio, porque pasan, a diferencia de las del infierno, que nunca pasarán; y se llaman olas del mar, o de amargura, porque realmente son muy amargas. Pero en medio de ellas son muchas veces confortados y recreados por la Virgen Santísima sus devotos afligidos. Por donde se podrá conocer cuánto nos importa tenerle devoción durante la vida, pues, aunque socorre a todos los que allí sufren, siempre los más allegados participan más del sufragio y alivio.

Dijo una vez a Santa Brígida la misma Señora:

«Yo, como Madre, cuidado he de los que padecen  en el purgatorio, aliviándoles de hora en hora sus penas.» Ni aun tiene a menos visitar algunas veces personalmente aquella prisión de justos, llevándoles siempre algún alivio y consuelo, según aquello del Eclesiástico: Yo penetré en lo profundo del abismo.


¿Qué otro mejor consuelo podrán allí tener sino  esta Madre de misericordia? Al modo que un enfermo postrado en la cama y abandonado de todo el mundo, si oye una palabra de esperanza y mejora, se alienta y recrea, así sólo con oír ellas vuestro dulcísimo nombre, se confortan y regocijan, y por eso no cesan de llamaros, y Vos, como Madre amorosa, cada vez que los escucháis unís a sus clamores vuestros ruegos eficacísimos, los cuales les sirven como de rocío refrigerante con que se mitigan sus vivísimos ardores.
Pero, además de aliviarlas y consolarlas, Ella,  por su mano, les suelta las prisiones y las saca libres de aquel lugar de tormentos. 

Desde el día de su triunfante Asunción a los Cielos, en que dejó aquella cárcel vacía, como escriben respetables autores, quedó en posesión de libertar a todos sus siervos, rogando por todos y aplicándoles sus altísimos merecimientos, con que se les aligera la pena y se les abrevia el tiempo de padecer.


Refiere San Pedro Damián que una mujer difunta, llamada Marozia, se apareció a una amiga suya, y le dijo que el día de la Asunción de la Virgen la sacó esta Señora del purgatorio con las demás almas detenidas en él, cuyo número sobrepujaba al de todos los habitantes del pueblo romano; y San Dionisio Cartujano dice que en las fiestas de su Natividad y de la Resurrección baja la divina Señora, acompañada de la celestial milicia, y saca muchísimas de aquellas almas; y se puede  creer que ésta es gracia que hace en todas sus festividades.

Bien sabido es lo que prometió la misma Virgen al Papa Juan XXII  apareciéndosele, mandó decir a todos los que llevasen su escapulario del Carmen que el sábado inmediato al de la muerte de cada uno saldrían libres de las penas del purgatorio. 

Y así lo declaró el mismo Sumo Pontífice en la bula que a este fin expidió, confirmada por sus sucesores Alejandro V, Clemente VIl, Pio V, Gregorio XIII y Paulo V, el cual, en una suya, dada el año 1612, dice; «Que el pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen, con su continua intercesión, méritos y protección especial, ayudará después de la muerte, y principalmente el día de sábado (que la Iglesia le consagra), las almas de los hermanos de las Cofradías del Carmen que hayan salido de este mundo en gracia de Dios, habiendo vestido su escapulario, guardado castidad, conforme al estado de cada uno y rezado el Oficio Parvo de la misma Virgen, o que, de no haber podido, hayan observado, a lo menos los ayunos de la Iglesia, y abstenidos los miércoles de comer carne, menos el día de Navidad.»

Y en el Oficio de la misma fiesta del Carmen decimos que según la piadosa creencia de los fieles, la Virgen, con afecto de Madre, consuela y saca muy pronto de aquella penosa cárcel a los que estuvieron agregados a su Cofradía.

¿Por qué también nosotros no hemos de esperar este mismo favor, si le somos devotos? 

¿Por qué?, si la servimos con amor filial, no creeremos que, acabando de morir, lleve nuestras almas al Cielo, sin pasar por el purgatorio, como lo prometió al Beato Godofredo, mandándole decir, por un religioso, llamado Fray Abundio: «Di a Godofredo que se adelante en la virtud y sea muy siervo mío y de mi querido Hijo, y cuando su alma salga del cuerpo, no la dejaré que pase por las penas del purgatorio.» 

Finalmente, por lo que hace a los sufragios, si deseamos aliviarla, pidamos a nuestra Señora por ellas en todas nuestras oraciones, ofreciendo siempre por su alivio y descanso el santo Rosario, que les sirve grandemente, como veremos en el ejemplo que vamos a referir.



martes, 25 de octubre de 2016

¡OH INMACULADA Y PURÍSIMA VIRGEN MARÍA!

Vos nos habéis reconciliado con nuestro Dios

¡Oh Inmaculada y Purísima Virgen María, Madre de Dios, Reina del universo, Bondadísima Señora nuestra! Vos sois superior a todos los Santos, la esperanza de los escogidos y la alegría del Paraíso. 

Vos nos habéis reconciliado con nuestro Dios; Vos sois la única Abogada de los pecadores, el Puerto seguro de los que naufragan, el Consuelo del mundo, la Redentora de los cautivos, el Regocijo de los enfermos, el Recreo de los afligidos, el Refugio y la Salvación del universo.

¡Oh Excelsa Princesa, Madre de Dios, cubridnos con las alas de vuestra misericordia, tened piedad de nosotros!

No tenemos más esperanza que en Vos, ¡oh Virgen Purísima!; nos hemos entregado a Vos, y consagrados a vuestro obsequio, llevamos el nombre de vuestros siervos; no permitáis, pues, que el demonio nos lleve consigo al infierno. 

¡Oh Virgen Inmaculada!, ponednos bajo vuestra protección: por esto acudimos sólo a Vos, y os suplicamos que impidáis que vuestro Hijo, irritado por nuestros pecados, nos abandone al poder del demonio.


¡Oh María, llena de gracia!, alumbrad mi entendimiento, moved mi lengua para cantar vuestras alabanzas y principalmente la Salutación angélica tan digna de Vos. 

Yo os saludo, ¡oh Paz!, ¡oh  Alegría!, ¡oh Salud y consolación de todo el mundo! Yo os saludo, ¡oh el mayor de los milagros que jamás se haya obrado en el mundo!; paraíso de delicias, puerto seguro del que se encuentra en peligro, fuente de la gracia, medianera entre Dios y los hombres.


¡Oh Madre de Jesús, amor de Dios y de todos los hombres!, a Vos sea dado honor y bendición, con el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.

San Efrén


miércoles, 19 de octubre de 2016

HISTORIAS PARA NIÑOS… ¿O ADULTOS LLENOS DE FE?

Fray Ave María

Los rayos del sol se posaban con prodigalidad sobre el poblado, haciendo que sus rústicas casitas parecieran hechas de oro. Las aguas del rio corrían ligeras. Al balanceo del cántico de los pajaritos. Los árboles y jardines repletos de las más variadas flores dibujaban y perfumaban la belleza del panorama.


De repente, esa sinfonía de la naturaleza fue entrecortada por el vagido de un niño: nacía un nuevo miembro en la piadosa y muy querida familia de agricultores que vivía en un extremo de aquella aldea.

Había ocurrido un verdadero milagro: en veinticinco años de matrimonio, ése era el primer hijo que la Providencia concedía a la pareja. Los vecinos más cercanos se reunieron en la minúscula casita, felices por el acontecimiento. No pasó mucho tiempo para que empezaran las opiniones sobre el futuro del niño…

-Creo que va a ser un gran hombre, tal vez el mejor agricultor de la región –dijo la dueña del taller de costura, que vivía al lado.

-Realmente, algo en este pequeñito me dice que realizará cosas importantes… -sentenció el panadero, cuya tienda estaba enfrente.

El padre, interrumpió el murmullo, dijo de un modo solemne:
-No sé cuál va a ser el porvenir de este niño, pero el presente ya es una dádiva de Dios. La Santísima Virgen ha escuchado nuestra oraciones y, por eso, “Ave María” serán las primeras palabras que aprenderá y se llamará Gabriel en honor del Ángel que las pronunció en la Anunciación.

Unos meses más tarde, no obstante, la peste azotó la región y de aquella familia sólo quedaron la madre y su hijo, que con mucho esfuerzo conseguían mantenerse.

Pasó el tiempo y el niño se desarrollaba sano, pese a las dificultades. La celosa madre lo cuidaba con cariño y se esmeraba por enseñarle a hablar. Acordándose del deseo de su fallecido esposo, hizo hincapié en que, antes que cualquier otra palabra, pronunciase la sublime salutación “Ave María”.

Sin embargo, a pesar de todo su maternal empeño, ésa era la única frase que salía de su boca.

La cruz parecía que era la compañera inseparable del pequeño Gabriel: cuando cumplió los 10 años, su madre enfermó gravemente y en pocos días falleció. El joven huérfano sobrevivía con la ayuda de los habitantes del lugar, por quienes era muy querido, pero a pesar de ser muy servicial y piadoso, continuaba sin poder decir nada más que “ Ave María”, y mucho menos conseguía leer o escribir.

-¡Buenos días! –le saludaban.
-¡Ave María! –respondía Gabriel.
-¿Cómo estás muchacho? –le preguntaban.
-¡Ave María! –contestaba siempre.

Algunos creían que estaba enfermo, lo que no impedía al “niño Ave María” –como quedó conocido –vivir feliz…

Cuando ya estaba más crecido, por una inspiración de la Santísima Virgen, llamo a la puesta de un monasterio que existía en los alrededores.

-¿Cómo te llamas? –Le preguntó el hermano portero.
-¡Ave María! –contestó con alegría
-¿De dónde eres?
-¡Ave María! –era lo único que lograba decir.

Desconcertado ante tan extraño interlocutor, el religioso fue en busca del abad, porque no sabía cómo proceder. Entonces éste le hizo entrar y se puso a interrogarlo. Invariablemente, la única respuesta que se escucha era “Ave María”. El sabio superior discernió en esto un designio de la Providencia y permitió que el inusitado personaje viviera en el convento.

No fue difícil percibir desde el comienzo la liberalidad con la que recién llegado servía a los religiosos y la humildad con la que realizaba cada acto. Así, llenos de celo, todos en la comunidad intentaban ayudarlo, esforzándose por enseñarle alguna palabra más. Pero nada surtía afecto. Transcurrieron los años y aun siendo ya adulto, no obstante, tan sólo pronunciaba esa bella invocación.

Cierto día, fray Lorenzo quiso que progresara lingüísticamente intentando avanzar por el camino que ya había iniciado:
-Vamos a ver: si puedes decir Ave María, di ahora: “Llena de gracia”.
Para sorpresa suya, Gabriel repitió:
-Llena de gracia.
Fray Lorenzo salió corriendo contentísimo a contarle al maestro de novicios la proeza pedagógica y el progreso del servicial “Ave María”. El fraile mandó que lo llamaran para comprobar lo ocurrido, y le pidió que le dijera lo que había aprendido. Sin embargo, sólo logró pronunciar “Ave María”…, pues lo demás ¡lo había olvidado!

-¡No hubo mejoría! –concluyeron los religiosos

A esas alturas vestía el hábito de hermano lego y era conocido en toda la región como fray Ave María. La capilla era su lugar preferido. Cuando no estaba en sus quehaceres cotidianos, pasaba horas delante del sagrario o de rodillas a los pies de la bella imagen de María Auxiliadora, recogido y con una sonrisa en sus labios.

Fray Ave María pasó toda su vida en el monasterio y realizó con total desprendimiento y generosidad las tereas más sencillas: barría el suelo, pelaba patatas o lavaba los platos en la cocina, con entera diligencia. Y al contrario de lo que vaticinaron en su nacimiento parecía el hombre menos importante del mundo…

Siendo ya anciano, una enfermedad no muy grabe le causó la muerte y fue enterrado en el cementerio del convento. Aquella misteriosa alma dejó tal vació en la comunidad que al día siguiente, antes del amanecer, algunos frailes se encontraban rezando ante su tumba.

Y cuál no sería la sorpresa que se llevaron cuando, a la hora del Ángelus, de su sepultura brotó un tallo verde en cuya punta florecía un blanquísimo lirio. En sus pétalos se podía leer la salutación Angélica, escrita en letras doradas: “¡AVE MARÍA!”

El abad, emocionado, declaró ante los religiosos allí congregados:
-¡Cuán insondables y maravillosos son los designios de Dios! Este hombre, a quien todos consideraban incapaz y desprovisto de dones, era objeto de un especialísimo amor de la Virgen. De hecho, cuando dejamos que nuestras míseras acciones sean recogidas y presentadas al Señor por las Inmaculadas manos de María, Ella las reviste con un manto de oro y las hace resplandecer a los ojos del Todopoderoso… Aprendamos de Fray Ave María, que hizo de su vida un verdadero himno de alabanza a la Santísima Virgen María.

Diana Compasso de Araújo

Fuente Revista “Heraldos del Evangelio”, número  154, mayo 2016




sábado, 15 de octubre de 2016

CONOCIENDO A MARÍA

NUESTRA SEÑORA DEL OLVIDO, TRIUNFO Y MISERICORDIAS

Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias, ¡ruega por nosotros!

¡Oh Virgen Sacratísima!, que quieres ser venerada con el Título del Olvido, Triunfo y Misericordias, con promesas inefables a cuantos te invoquen, alcánzanos de tu Hijo y Señor que jamás nos olvidemos de Ti, ni de Él, que triunfemos constantemente del infernal dragón y que gocemos de las Divinas Misericordias en lo próspero y adverso, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad. Amen

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miércoles, 12 de octubre de 2016

NUESTRA MADRE DEL PILAR, 2016

La Santísima Virgen se nos presenta como una firme columna que sostiene el Edificio de la Iglesia

Cada 12 de Octubre la Iglesia celebra, en España y muchos otros lugares, la festividad de Nuestra Señora del Pilar.

Cuenta la tradición que, hacia el año 40 de nuestra era, la Santísima Virgen se apareció al Apóstol Santiago en tierras de España, cuando Ella vivía aun en su cuerpo mortal, en Palestina. Se le presentó sobre un pilar –que quedó allí luego de la aparición– para animarle a continuar con su obra evangelizadora, bendiciendo sus esfuerzos, hasta entonces tan poco fructuosos.

Quedémonos con esta imagen: la del pilar. La Santísima Virgen se nos presenta como una firme columna que sostiene el Edificio de la Iglesia. Ella es la torre segura donde nos ponemos al resguardo de los enemigos del alma; es la roca firme que permanece incólume en medio del agitado mar de las pasiones y de las seducciones del mundo. Ella da firmeza y solidez a nuestro castillo interior, alcanzándonos de Dios las gracias necesarias para nuestro crecimiento en la virtud.

Con razón le dice San Bernardo: acordaos que ninguno de los que han acudido a vuestra protección haya sido desamparado de Vos. En efecto, la historia y las biografías de los santos nos muestran cómo Ella ha sostenido a cuantos se abandonaron en sus maternales brazos; y cómo se han desviado y extraviado aquellos que la han menospreciado.

Cuenta San Juan Bosco que en uno de sus sueños vio una gran barca, la Iglesia, que navegaba en un mar tempestuoso, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas, los cristianos. De pronto aparecieron naves enemigas armadas de cañones –el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo– y empezó una tremenda batalla. A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la nave grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas –o pilares–. Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas.

En este día en que conmemoramos el Día de la Hispanidad, en el aniversario del descubrimiento de América, roguemos a esta poderosa Señora para que sostenga a sus hijos en su lucha por la santificación personal, por la restauración de la fe y la religiosidad de los fieles, por la reforma de las costumbres, en fin, por la instauración de todas las cosas en Cristo. Que su poderosa intercesión y el ejemplo de sus virtudes sea para nosotros una columna inamovible que nos mantenga firmes en el amor y el servicio de nuestro Señor Jesucristo, en medio de un mundo que cada vez más le da las espaldas a Dios y combate a sus fieles.


Nuestra Señora del Pilar, confórtanos en la batalla con tus maternales cuidados, y alcánzanos de tu Divino Hijo estas tres gracias: la de una fe esclarecida y sólida, la de una firme esperanza en sus promesas y la de una ardiente caridad que nos impulse a comenzar y llevar a cabo grandes empresas por la gloria de Dios y por la salvación de las almas. Así sea.


martes, 11 de octubre de 2016

MATERNIDAD DE NUESTRA SANTÍSIMA MADRE MARÍA, 2016

 María, Madre de Dios, recibe mis humildes obsequios y haz que también yo pueda gozar de los dulces frutos de tu Maternidad Divina
La fiesta de la Maternidad de María debe despertar en nuestros corazones la confianza y la fe en aquella que, por su dignidad de Madre, goza de los máximos poderes ante su Divino Hijo. Alabándola como Madre de Dios, la obligamos a empeñar su maternidad a favor nuestro: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores” ¿Qué abogada mejor podríamos encontrar?, ¿qué patrona más poderosa? Jesús no puede resistir a los ruegos de su Madre, y María no puede resistir a los que le invocan bajo el título dulcísimo de su Maternidad. Si toda mujer se siente conmovida al oírse llamar “madre”, ¿cuánto más no se conmoverá María oyéndose llamar “Madre de Dios”? Invoquémosla pues, así, tratémosla como Madre, Madre de Dios ante todo y luego también Madre nuestra, ya que Jesús, muriendo en la Cruz, ha querido poner a disposición nuestra los tesoros de su Maternidad. La Virgen tiene una misión maternal que cumplir con nuestras almas. Jesús mismo se la ha confiado; por eso le es tan querida y no desea más que llevarla a término. Sí, María quiere ser nuestra Madre, quiere empeñar en provecho nuestro los privilegios y tesoros de su Maternidad, pero no puede hacerlo si no nos confiamos a Ella como hijos dóciles y amantes. Aun entre las personas consagradas a Dios, no todas no siempre se dan cuenta lo bastante de la necesidad de entregarse a María como hijos, de abrir el alma a su influjo maternal, de recurrir a Ella con plena confianza, de invocar su ayuda en todas las dificultades, en todos los peligros, de poner la vida espiritual bajo su amparo. Así como en el orden natural el niño necesita de su madre, y cuando ésta viene a faltar, el niño sufre moral y espiritualmente, del mismo modo en el orden sobrenatural las almas tienen necesidad de una madre, de María Santísima. Sin Ella, sin sus cuidados maternales las almas sufren, su vida espiritual es fatigosa, con frecuencia languidece o, al menos, no es lozana como lo podría ser. Cuando, por el contrario, las almas se entregan a María, buscan a María y se confían a Ella, su vida interior progresa rápidamente, su caminar hacia Dios se torna más ágil y rápido, todo se hace más fácil, porque hay una mano maternal que las sostiene, un corazón maternal que las conforta.