Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

jueves, 2 de abril de 2015

JESÚS SE DESPIDE DE SU SANTA MADRE

Madre, no vengo a decirte nada que no sepas ya; vengo a despedirme para… lo que ya sabes
(Cristo despidiéndose de su Madre. El Greco, c.1595 - Museo de Santa Cruz-Toledo)

Al ver la Virgen a su Hijo en pie, se retiró para esperar a solas el último abrazo, la última despedida que tanto esfuerzo le había de costar. Le vio aparecer con la tranquilidad y el sosiego de siempre, la cara encendida por la larga conversación después de la  cena, pero más por la conmoción que sentía dentro. Delante de Ella, con el amor que Este Hijo sentía por Esta Madre, le diría:

“Madre, no vengo a decirte nada que no sepas ya; vengo a despedirme para… lo que ya sabes. Me he consolado muchas veces hablando de esto contigo. Da gracias a Dios, Madre, porque te ha cabido en suerte tener un Hijo que va a morir por la Justicia, por la Justicia de Dios, por salvar a los hombres y hacerlos hijos suyos. Anímate, Madre, que el fruto es grande; todo pasará pronto; en seguida volveré a verte, y ya inmortal y lleno de gloria. Al hacer esto cumplo el mandato de mi Padre y hago su Voluntad. Me iré más consolado si Tú te quedas un poco más consolada también. Tengo prisa, Madre; dame tu bendición… y abrázame”

Las lágrimas corrían por las mejillas de la Virgen. El corazón se le partía de dolor por el constante esfuerzo por obedecer y amar lo que Dios disponía. Y era grande su amor, pues pudo ofrecer al Hijo, a quien tanto quería, por la gloria de Dios, por la salvación de los hombres.

La Virgen quizás respondiera;

“Hijo mío, que sea tu Padre quien te dé la bendición desde el cielo. Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mí su Voluntad”

El Salvador lloró; se enterneció y lloró de ver llorar a su Madre. Mudos los dos, hablándose ya sólo con el sentimiento, se echaron en brazos en uno del otro y, en silencio, se separaron luego. Ella le siguió con los ojos hasta perderle de vista y se quedó sola.




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