Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

viernes, 27 de marzo de 2015

LOS DOLORES DE MARÍA

Acógeme, ¡oh María!, junto a la Cruz, para vivir en unión contigo la Pasión de tu Hijo
La primera declaración explicita de la parte que María Santísima había de tener en la Pasión de Jesús, la encontramos en la profecía del viejo Simeón: “una espada atravesará tu alma” (Lc. 2, 35); profecía que se realizó plenamente en el calvario. “Sí, ¡oh Madre bienaventurada! –comenta San Bernardo-; verdaderamente una espada ha traspasado tu alma. Porque solamente pasando por tu alma pudo llegar a la carne de tu Hijo. Cuando después de haber entregado Jesús su espíritu. La lanza cruel abrió su costado, ciertamente, aquella lanza no llegó a su alma, pero traspasó la tuya; porque el alma de Jesús ya no estaba allí, pero la tuya no podía separarse de Él. Interpretación hermosísima que expresa cómo María, en cuanto Madre, fue asociada íntimamente a la Pasión del Hijo.

El Evangelio no nos dice si María estuvo presente en los momentos gloriosos de la vida de Jesús, pero sí nos la describe presente en el calvario: “Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre… y María, la de Cleofás, y María Magdalena” (Jn. 19, 25). Nadie pudo impedirle que fuese al lugar donde su Hijo había de ser ajusticiado; su amor la dio energías para estar allí, derecha, de pie junto a la cruz; para asistir a la dolorosísima agonía y muerte de aquel a quién amaba sobre todas las cosas, pues era al mismo tiempo su Hijo y su Dios. Del mismo modo que un día acepto ser su Madre, así ahora acepta que una muerte cruel se lo arranque de sus manos.

Y no sólo acepta, sino que ofrece. Jesús había ido espontáneamente a la Pasión, y María ofrece voluntariamente su Hijo para gloria de la Santísima Trinidad y salvación de los hombres. El sacrificio de Jesús es por eso al mismo tiempo el sacrificio de María, no solamente porque María ofrece con Jesús y en Jesús a su Hijo, sino porque con este ofrecimiento la Virgen realiza el holocausto más completo que pueda hacer de sí misma, pues ofrece a Jesús que es el centro de todos sus afectos, de toda su vida. El mismo Dios, que le había dado aquel Hijo Divino, ahora se lo pide sobre el calvario, y María se lo ofrece con todo el amor de su corazón, con la más entera conformidad a la Voluntad Divina.



¡Oh María, Madre Santa de Jesús Crucificado! Cuéntame alguna cosa de su Pasión, porque, entre todos los que estuvieron presentes fuiste Tú quién más la sintió, y quién mejor la vio, porque la mirabas con los ojos del cuerpo y de la mente, porque la considerabas con toda atención, pues nadie amaba más que Tú a Jesús (Beata Ángela de Foligno)

¡Oh María! Déjame estar contigo junto a la cruz; déjame contemplar a tu lado la Pasión de tu Jesús; déjame tomar parte en tu dolor, en tu llanto. ¡Oh Madre Santa! Imprime profundamente en mi corazón la llagas del Crucificado, déjame sufrir con Él, asociándome a vuestro padecer, al de Jesús y al tuyo” (Stabat Mater)






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