Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 9 de agosto de 2014

¿ME CONDENARÉ?, MADRE MÍA...

¡Oh María! ¿Qué me decís? ¿Me condenaré? Me condenaré, si os dejo

¡Oh Madre de Dios, María Santísima, cuántas veces por mis pecados he merecido el infierno! Tal vez la sentencia se hubiera ya cumplido al cometer el primer pecado, si Vos, por vuestra piedad no hubieseis detenido la divina Justicia. Después, venciendo mi dureza, me movisteis a tener confianza en Vos. ¡Oh, y en cuántos delitos, después, tal vez hubiera caído, a causa de los pecados que se me han presentado, si Vos, ¡oh Madre amorosa!, no me hubieseis preservado con las gracias que me habéis obtenido!

¡Ah, Reina mía! ¿De qué me servirán vuestra misericordia y los favores que me habéis hecho si me condeno? Si un tiempo no os amé, ahora, después de Dios, os amo sobre todas las cosas.

¡Ah!, no me permitáis que vuelva la espalda a Vos y a Dios, que, por vuestra mediación tantas misericordias me ha dispensado. ¿Toleraréis ver condenado a un siervo vuestro, que os ama? ¡Oh María! ¿Qué me decís? ¿Me condenaré? Me condenaré, si os dejo. Más ¿quién tendrá corazón para dejaros? ¿Quién podrá olvidarse del amor que me tenéis? No, que no se pierde el que a Vos con fidelidad se encomienda y a Vos acude. ¡Ah, Madre mía!, no me dejéis en mis manos, porque me perderé. Haced que siempre recurra a Vos



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