Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

lunes, 28 de julio de 2014

FRAGMENTO DE LA POESÍA MÁS HERMOSA...


De Beata Virgine, Dei Matre Maria


Antes de lanzar
con su palabra
los mundos en el espacio,
antes de extender
la inmensa tierra,
ya Dios te había concebido
en su mente eterna
y concebido como su Madre
en la gloria de la virginidad.

¿Dónde estarías entonces
a los ojos del divino Padre,
cuando surgió en el universo
el torbellino de los mundos?

Aunque las olas
del mar sin límites
no se arrastrasen por las
playas
ni se deslizara el río
en curvas caprichosas;
aunque del fecundo tremedal
las fuentes no brotaran,
ni se asentaran
sobre las moles gigantescas
los picos acantilados:
ya te había concebido
en su mente
el Padre supremo,
que tu habías de concebir
en tu seno, como a un hijo,
para purificar el mundo entero
de las hediondas manchas
y ser eficaz medicina
a mis llagas.

¿Quién puede decir
tu hermosura,
tu encanto,
si te idolatró el artífice divino?
Futura salvación,
prometida al primer padre,
tú le habías de restituir la vida
en el casto fruto
de tus entrañas.
Como el letal veneno
Eva nos había de corromper:
concebida sin mancha,
nos presentarías
tú el antídoto.

Estremeció, al nombre
de la segunda mujer,
la astuta serpiente,
que endereza en sus lazos a la
primera.

Concebida en seno materno
como todos nosotros,
sólo tú, oh Virgen,
fuiste libre de deshonra
que mancha a los demás,
y aplastas con el calcañar
la cabeza
del enroscado dragón,
reteniendo bajo las plantas
su frente humillada.

Toda bella de albura y luz
no hubo sombra en ti,
dulce novia de Dios.
Jamás se estampó
en tu pecho
la mancha del crimen;
mácula alguna, por mínima
que fuese,
empapó jamás tu belleza.
Oh hermosura sin par...

San José de Anchieta



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