Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

viernes, 28 de marzo de 2014

VISITAS REPARADORAS A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (Visita quinta y última)

Intención de la visita;

Las ofensas de quienes la ultrajan directamente en sus santas imágenes

Intención de la oración;

Para el tiempo de la tribulación

¿quién ha sido en esta vida más atribulado después de vuestro benditísimo Hijo que Vos?, ¿quién ha sido más combatido de angustias y penas?, ¿quién atravesado de más agudo cuchillo de dolor?
¡Señora mía benditísima!, ¿quién ha sido en esta vida más atribulado después de vuestro benditísimo Hijo que Vos?, ¿quién ha sido más combatido de angustias y penas?, ¿quién atravesado de más agudo cuchillo de dolor? Todas las olas y tormentos que pasó vuestro piadoso Corazón, no solamente os sirvieron para ser más semejante en el padecer a vuestro Hijo, y acrecentar vuestras coronas, sino también para que os compadecieseis más de los que padecemos, y dieseis la mano y sustentaseis con vuestro brazo poderoso a los que, sumidos en el abismo de miserias y calamidades, nos anegaríamos si no alzásemos los ojos a Vos. Yo estoy en la hora presente afligido, el agua me llega a la boca, por todas partes estoy cercado de penas, no tengo en qué respirar ni hacer pie. El sol se me ha oscurecido, todas las cosas me atormentan, y no tengo otro refugio ni otra estrella a quien mirar sino a Vos, en cuyos dulcísimos brazos me echo, y en cuyo fidelísimo patrocinio confío; y sé cierto que antes faltará el cielo y la tierra que vuestro socorro a los que os piden, y con humildad y devoción esperan en Vos; porque cuanto las cosas están más apretadas y más sin remedio, tanto las entrañas suavísimas de vuestra Piedad, y vuestra poderosa Misericordia, resplandecen más, sanando las llagas incurables, y dando fácil salida a lo que humanamente parece que no la tiene, como os suplico que lo hagáis en esta mi necesidad... 

AMÉN


Verán que la intención de la visita no coincide con la oración a recitar. En las visitas tendremos la intención en nuestro corazón, y nuestra mente, de reparar a nuestra Santa Madre por la intención del día y por otro lado, la petición que haremos a Ella por medio de la oración que se reza.

martes, 25 de marzo de 2014

IN ANNUNTIATIONE BEATAE MARIAE

A tu lado, ¡oh María!, quiero aprender a decir en todo momento tu “Ecce ancilla Dómini”
Para ejecutar el Altísimo este misterio entró el Santo Arcángel Gabriel en el aposento donde estaba orando María Santísima, acompañado de innumerables Ángeles en forma humana visible, y respectivamente todos refulgentes con incomparable hermosura. Era jueves a las siete de la tarde, al obscurecer la noche.

Viole la Divina Princesa, y miróle con suma modestia y templanza, no más de lo que bastaba para reconocerle por Ángel del Señor.

Saludó el Santo Arcángel a nuestra Reina y suya, y le dijo: “Ave, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus”. Turbóse sin alteración la más humilde de las criaturas oyendo esta nueva salutación del Ángel. Y la turbación tuvo en ella dos causas: la una, su profunda humildad con que se reputaba por inferior a todos los mortales, y oyendo, al mismo tiempo que juzgaba de sí tan bajamente, saludarla y llamarla bendita entre todas las mujeres, le causó novedad. La segunda causa fue que al mismo tiempo, cuando oyó la salutación y la confería en su pecho como la iba oyendo, tuvo inteligencia del Señor que la elegía para Madre suya, y esto la turbó mucho más, por el concepto que de si tenía formado. Y por esta turbación prosiguió el Ángel declarándole el orden del Señor y diciéndola: “No temas, María, porque hallaste gracia en el Señor: advierte que concebirás un hijo en tu vientre, y le parirás, y le pondrás por nombre Jesús; será grande, y será llamado Hijo del Altísimo”.

Sola nuestra humilde Reina pudo dar la ponderación y magnificencia debida a tan nuevo y singular sacramento: y como conoció su grandeza, dignamente se admiró y turbó. Pero convirtió su corazón al Señor, que no podía negarle sus peticiones, y en su secreto le pidió nueva luz y asistencia para gobernarse en tan arduo negocio; porque la dejó el Altísimo para obrar este misterio en el, estado común de la fe, esperanza y caridad, suspendiendo otros géneros de favores y elevaciones interiores que frecuente o continuamente recibía. En esta disposición replicó y dijo a San Gabriel lo que refiere San Lucas: “¿Cómo ha de ser esto de concebir y parir hijo, porque ni conozco varón ni lo puedo conocer?”. Al mismo tiempo representaba en su interior al Señor el voto de castidad que había hecho, y el desposorio que Su Majestad habla celebrado, con ella. Respondióla el Santo Príncipe Gabriel: Señora, sin conocer varón, es fácil al poder divino haceros madre.

Consideró y penetró profundamente esta gran Señora el campo tan espacioso de la dignidad de Madre de Dios para comprarle con un “fiat”, vistióse de fortaleza más que humana, y gustó y vio cuán buena era la negociación y comercio de la Divinidad. Entendió las sendas de sus ocultos beneficios, adornóse de fortaleza y hermosura. Y habiendo conferido  consigo misma y  con el  paraninfo celestial Gabriel la grandeza de tan altos y divinos sacramentos; estando muy capaz de la embajada que recibía, fue su purísimo espíritu absorto y elevado en admiración, reverencia y sumo intensísimo amor del mismo Dios: y con la fuerza de estos movimientos y afectos soberanos, como con efecto connatural de ellos, fue su casto corazón casi prensado y comprimido con una fuerza que le hizo destilar tres gotas de su purísima sangre, y puestas en el natural lugar para la concepción del cuerpo de Cristo Señor nuestro, fue formado de ellas por la virtud del Divino y Santo Espíritu; de suerte que la materia de que se fabricó la humanidad del Verbo para nuestra redención, la dio y administró el corazón de María a fuerza de amor, real y verdaderamente. Y al mismo tiempo, con humildad nunca; harto encarecida, inclinando un poco la cabeza y juntas las manos, pronunció aquellas palabras que fueron el principio de nuestra reparación: “Ecce ancilla Domini, fiati mihi secundum verbum tuum”.

Sor María de Jesús de Ágreda


ORACIÓN

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. No solamente está contigo el Dios Hijo, a quien das tu sangre, sino también el Dios Espíritu Santo, en cuya virtud Tú concibes, y Dios Padre, que desde la eternidad engendró a quien Tú concibes. Está contigo el Padre, que hace tuyo a su Hijo; está contigo el Hijo, que queriendo realizar un prodigio misterioso, se esconde en tu seno materno, sin violar tu integridad virginal; está contigo el Espíritu Santo, que juntamente con el Padre y con el Hijo te santifica. Dios está verdaderamente contigo” (San Bernardo)

¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, vaso de humildad! Tú agradaste tanto al Padre Eterno, que Él te arrebató y te atrajo hacia sí amándote con un amor singular. Con la luz y el fuego de tu Caridad y con el aceite de tu humildad hiciste que la Divinidad viniese a Ti. (Santa Catalina de Sena)






lunes, 17 de marzo de 2014

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Ernesto, el monje bandolero

«Y tú, ¿por qué no me invocas? Si te hubieras encomendado a Mí, no te sucedería eso; hazlo en adelante, y no temas.»
Cuenta el P. Carlos Bovio, S. J., que en la ciudad de Radulfo, en Inglaterra, hubo un joven de casa noble, llamado Ernesto, el cual, habiendo repartido sus bienes a los pobres, abrazó la vida religiosa en un monasterio, donde vivía con tal observancia y perfección, que los superiores le estimaban grandemente, en especial por su singular devoción a la Virgen nuestra Señora.

Tanta era su virtud, que habiendo entrado una epidemia en aquella ciudad, y acudiendo la gente al monasterio para solicitar de los religiosos asistencia y oraciones, mandó el abad a Ernesto que fuese a pedir favor a la Virgen, delante de su altar, sin apartarse de allí hasta que le diese respuesta. Ernesto obedeció, y a los tres días de perseverar en esta disposición, le ordenó la Virgen ciertas oraciones que se habían de decir, y así cesó la peste.

Pero después se entibió, y el enemigo empezó a molestarle con varias tentaciones, especialmente contra la castidad, y con la sugestión de que huyese del monasterio.

El infeliz, por no haberse encomendado a la Virgen, se dejó al cabo vencer, determinado a descolgarse por una pared. Pero pasando con este mal pensamiento delante de una imagen que estaba en el claustro, le habló la piadosísima Virgen, diciéndole:

«Hijo, ¿por qué me dejas?» Sobrecogido y con gran compunción, respondió: «¿No veis, Señora, que ya no puedo resistir más? ¿Por qué Vos no me ayudáis?» «Y tú — replicó la Virgen —, ¿por qué no me invocas? Si te hubieras encomendado a Mí, no te sucedería eso; hazlo en adelante, y no temas.» Fortalecido con estas palabras, se volvió a la celda. 
Allí le asaltaron de nuevo las tentaciones, y como ni entonces acudió a la Virgen, finalmente se escapó del monasterio, y a poco se dio a todos los vicios, viniendo a parar, de pecado en pecado, hasta hacerse salteador de caminos. Después alquiló una venta, donde, por la noche, por robar a los pasajeros, les quitaba la vida.

Entre las muertes que hizo, mató a un primo del gobernador, quien por varios indicios empezó a formarle proceso. Entre tanto llegó al mesón un caballero joven, y luego que anocheció, el huésped fue donde dormía, con ánimo de asesinarle, según costumbre. Se acerca, y en lugar del caballero, ve tendido en la cama un Santo Cristo, que, mirándole benignamente, le dice:

«Ingrato, ¿no te basta que haya muerto por ti una vez? ¿Quieres volverme a quitar Ia vida? Pues extiende la mano y hiéreme.» Admirado y confuso, Ernesto empezó a llorar amargamente, diciendo así:

«Vedme aquí, Señor: ya que usáis conmigo de tan grande misericordia, quiero volverme a Vos.» Y sin diferirlo un instante, salió con dirección al monasterio. Pero en el camino fue preso por los ministros de la justicia y llevado al juez, delante del cual confesó todos sus delitos, por los que fue condenado a la pena de horca, y tan ejecutiva, que ni siquiera le dieron tiempo de confesión.
El se encomendó entonces de veras a la Virgen misericordiosa, y al tiempo de echarle los cordeles al cuello, la Virgen le detuvo para que no muriese, y después soltó la cuerda y le dijo: «Vuelve al monasterio, haz penitencia, y cuando me vuelvas a ver con una cédula en la mano, en que estará escrito el perdón de tus pecados, disponte a morir.»

Así lo hizo: contó al abad todo lo sucedido, hizo penitencia rigurosa por muchos años, al cabo de los cuales vio a la Virgen dulcísima con el papel *en la mano, se acordó del aviso, se dispuso para la última partida y acabó santamente.


ORACIÓN

¡Oh Reina soberana, digna Madre de Dios! El conocimiento de mi vileza y la multitud de mis pecados debieran quitarme el ánimo de acercarme a Vos y llamaros Madre. 

Pero aunque es tanta mi infelicidad y miseria, es mucho también el consuelo y confianza que siento en llamaros Madre. Merezco, bien lo sé, que me desechéis; pero humildemente os ruego que miréis lo que hizo y padeció por mí vuestro divino Hijo, y entonces, si podéis, despedidme.

Es cierto que no hay pecador que haya ofendido tanto como yo a la divina Majestad: pero estando el mal ya hecho, ¿qué recurso me queda sino acudir a Vos, que podéis ayudarme? Sí, Madre mía, ayudadme. 

No digáis «no puedo», porque sois omnipotente y alcanzáis de Dios todo cuanto queréis. No respondáis tampoco «no quiero», o bien decidme a quién he de acudir pidiendo el remedio de mi desventura. 

A Vos y a vuestro Hijo os diré con San Anselmo: Señor, compadeceos de este infeliz, y Vos, Señora, intercede por mí o mostradme otros corazones más piadosos a quienes pueda recurrir con más confianza, pero, ¡ah!, que ni en la tierra ni en el Cielo se encuentra quien tenga de los desdichados más compasión, ni quien mejor los pueda socorrer. Vos, Jesús mío, sois mi Padre; Vos dulce María, sois mi Madre. 

Cuanto más infelices somos los pecadores, más nos amáis y con mejor solicitud nos buscáis para salvarnos. Yo soy reo de muerte eterna, yo soy el más miserable de todos los hombres; pero con todo, no es menester buscarme, ni es esto lo que ahora pretendo, pues voluntariamente corro a vuestros pies. Aquí me tenéis; no seré desdichado, no quedaré confundido; Jesús mío, perdonadme; Madre mía, interceded por mí.




viernes, 14 de marzo de 2014

A TI MADRE DE LOS DOLORES...

Para que no arda en los eternos fuegos, defiéndeme Tú, ¡oh Virgen!, con tus ruegos, en el día del juicio
¡Oh Virgen!, la más dolorosa del mundo después de tu Hijo, a cuyos dolores estuviste perpetuamente asociada: te ruego que me alcances fortaleza para sufrir por mis pecados, como tú sufriste por los nuestros, a fin de que, crucificando mis pasiones y concupiscencias en la Cruz de Cristo, llevando la cruz de mi deber por el camino de mi vida, caminando en pos de mi Señor y perseverando constantemente a tu lado, ¡oh Madre mía!, al pie de la Cruz de tu Hijo, viva siempre y muera contigo, redimido y santificado por la Sangre Preciosísima de Nuestro Redentor. Te pido, por tus Dolores, que oigas mi oración y la presentes a tu Divino Hijo... 

Así sea

domingo, 9 de marzo de 2014

POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES


María, Divina Madre del Sumo y Eterno Sacerdote Jesucristo, multiplicad el número de los que, participando de su Divino Sacerdocio y de sus virtudes, continúen sobre la tierra y especialmente en nuestra Patria, la santísima misión de vuestro Divino Hijo.

Pater, Ave y Gloria...

María Santísima, Reina del Clero, ¡rogad por las vocaciones!

viernes, 7 de marzo de 2014

AVEMARÍA DOLOROSA


Dios te salve, María, llena eres de dolores; Jesús crucificado está contigo; digna eres de llorada y compadecida entre todas las mujeres, y digno es de ser llorado y compadecido Jesús, fruto bendito de tu vientre.

Santa María, Madre del Crucificado, da lágrimas a nosotros crucificadores de tu Hijo, ahora y en la hora de nuestra muerte. 

Amén

miércoles, 5 de marzo de 2014

PLEGARIA A LA SANTÍSIMA VIRGEN EN CUARESMA

María, qué hermoso es escuchar desde la cruz las palabras de Jesús: "Ahí tienes a tu hijo", "ahí tienes a tu Madre"

Dame tu mano, María, la de las tocas moradas; clávame tus siete espadas en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla, quiero ver si se retrata esa lividez de plata, esa lágrima que brilla.
¿Dónde está ya el mediodía luminoso en que Gabriel, desde el marco del dintel, te saludó: "Ave, María"? Virgen ya de la agonía, tu Hijo es el que cruza ahí.
Déjame hacer junto a Ti este augusto itinerario.
Para ir al Monte Calvario cítame en Getsemaní.
A Ti doncella graciosa, hoy maestra de dolores, playa de los pecadores, nido en que el alma reposa, a Ti te ofrezco, pulcra rosa, las jornadas de esta vía.
A Ti, Madre, a quién quería cumplir mi humilde promesa.
A Ti, celestial princesa, Virgen sagrada María. Amén.




lunes, 3 de marzo de 2014

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA AL IR A TRABAJAR

Señora, me voy al trabajo, vente conmigo;
María, ayúdame moral y fisicamente,
que mi trabajo sea aceptado por Dios;
en el dolor y en la alegría enséñame a decir...

AMÉN


sábado, 1 de marzo de 2014

PRIMER SÁBADO DE MES (Consagración de entidades)

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres! 

¡Oh Corazón Inmaculado de María, Corazón de nuestra Reina y de nuestra Madre! Ved aquí reunidos los que formamos esta [aquí se cita: parroquia, diócesis, provincia, colegio, fábrica, empresa...]; deseosos de mostraros nuestro amor filial y de rendiros el tributo de nuestro vasallaje.

Venimos a ofrendaros todo nuestro ser con alma y cuerpo, potencias y sentidos, nuestra vida con todas sus penas y alegrías, todo cuanto poseemos, todo cuanto somos, todo cuanto amamos.

¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres! A vuestro Corazón Inmaculado nos consagramos. Recibimos como hijos vuestros. Sea vuestro Corazón nuestro refugio en vida y el camino que nos lleve a Dios.

Haced que reine en esta [...] el espíritu de, vuestra casa de Nazaret: la obediencia y el trabajo, la pureza y la piedad, la paz y el amor hasta el sacrificio.

(Aquí se coloca la imagen o cuadro del Corazón de María en el sitio que se le tiene reservado)

Desde este momento quedáis constituida por Reina y Madre de esta [...]. Vuestra sagrada imagen, ¡oh Corazón Inmaculado!, ocupará un lugar de honor en esta [...], desde donde velaréis por nuestro bien espiritual y temporal, escucharéis nuestras plegarias y nos consolaréis en las penas y tribulaciones de esta vida y particularmente en la hora de nuestra muerte.

Nosotros, por nuestra parte, procuraremos vivir cristianamente, cumpliendo nuestros deberes religiosos para con Dios y de caridad para con el prójimo.

Haced, Señora y Madre nuestra, que junto con vuestro reinado entre en esta [...] el del Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que, viviendo sinceramente consagrados a vuestro amor y servicio, merezcamos un día la eterna gloria. Amén.