Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

lunes, 27 de enero de 2014

¡MADRE MÍA!



Desde que amanece el día, bendíceme.
En lo rudo del trabajo, ayúdame.
Si vacilo en mis buenas decisiones, fortaléceme.
En las dudas e inquietudes, guíame.
Cuando me desprecien u olviden, ámame.
En las tentaciones y peligros, defiéndeme.
En las ansiedades del alma, piensa en mí.
Si desfallezco, sálvame... y llévame en tus brazos a gozar contigo de Jesús en el Cielo...

AMÉN



sábado, 25 de enero de 2014

EL GRAN AMOR QUE NOS TIENE NUESTRA SANTA MADRE

¡Virgen amorosa!
Si María es nuestra madre, bien está que consideremos cuánto nos ama.

El amor hacia los hijos es un amor necesario; por eso -como reflexiona santo Tomás- Dios ha puesto en la divina ley, a los hijos, el precepto de amar a los padres; mas, por el contrario, no hay precepto expreso de que los padres amen a sus hijos, porque el amor hacia ellos está impreso en la naturaleza con tal fuerza que las mismas fieras, como dice san Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así, cuentan los naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros, presos por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de los barcos que los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece decirnos nuestra amadísima madre María, no pueden olvidarse de sus cachorros, ¿cómo podré olvidarme de amaros, hijos míos? "¿Acaso puede olvidarse la mujer de su niño sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca me olvidaré de ti" (Is 49,15). Si por un imposible una madre se olvidara de su hijo, es imposible, nos dice María, que yo pueda olvidarme de un hijo mío.

María es nuestra madre, no ya según la carne, como queda dicho, sino por el amor. "Yo soy la madre del amor hermoso" (Ecclo 24,24). El amor que nos tiene es el que la ha hecho madre nuestra, y por eso se gloría, dice un autor, en ser madre de amor, porque habiéndonos tomado a todos por hijos es todo amor para con nosotros. ¿Quién podrá explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? Dice Arnoldo de Chartes que ella, al morir Jesucristo, deseaba con inmenso ardor morir junto al hijo por nuestro amor. Y así, cuando el Hijo -dice san Ambrosio- colgaba moribundo en la cruz, María hubiera querido ofrecerse a los verdugos para dar la vida por nosotros.


Pero consideremos los motivos de este amor para que entendamos cuánto nos ama esta buena madre.

La primera razón del amor tan grande que María tiene a los hombres es el gran amor que ella le tiene a Dios. El amor a Dios y al prójimo, como escribe san Juan, se incluyen en el mismo precepto. "Tenemos este mandamiento del Señor, que quien ama a Dios, ame también a su hermano" (1Jn 4,21). De modo que, cuando crece el uno, crece el otro también. Por eso vemos que los santos, que tanto amaban a Dios, han hecho tanto por el amor de sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y hasta la vida por su salvación. Léase lo que hizo san Francisco Javier en la India, donde para ayudar a las almas de aquellas gentes escalaba las montañas, exponiéndose a mil peligros para encontrar a los paganos en sus chozas y atraerlos a Dios. Un san Francisco de Sales que para convertir a los herejes de la región de Chablais se aventuró durante un año a pasar todos los días un torrente impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la otra ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un san Paulino que se entregó como esclavo para librar al hijo de una pobre viuda. Un san Fidel que por atraer a la fe a unos herejes, predicando perdió la vida. Los santos, porque así amaban a Dios, se lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus prójimos.

Pero ¿quién ha amado a Dios más que María? Ella lo amó desde el primer instante de su existencia más de lo que lo han amado y amarán todos los ángeles y santos juntos en el curso de su existencia, como luego veremos considerando las virtudes de María. Reveló la Virgen a sor María del Crucificado que era tal el fuego de amor que ardía en su corazón hacia Dios, que podría abrasar en un instante todo el universo si lo pudieran sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los ardores de los serafines. Por tanto, como no hay entre los espíritus bienaventurados quien ame a Dios más que María, así no puede haber, después de Dios, quien nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si se pudiera unir el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los ángeles y santos a sus devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a una sola alma. Dice el P. Nierembergh que el amor que todas las madres tienen por sus hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por cada uno de nosotros. Más nos ama ella sola -añade- que lo que nos aman todos los ángeles y santos.

Además, nuestra Madre nos ama tanto porque Jesús nos ha recomendado a ella como hijos cuando le dijo antes de expirar: "Mujer, he ahí a tu hijo", entregándole en la persona de Juan a todos los hombres, como ya lo hemos considerado. Estas fueron las últimas palabras que le dijo su Hijo. Los últimos encargos de la persona amada en la hora de la muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar de la memoria.

También somos hijos muy queridos de María porque le hemos costado excesivos dolores. Las madres aman más a los hijos por los que más cuidados y sufrimientos han tenido para conservarles la vida. Nosotros somos esos hijos por los cuales María, para obtenernos la vida de la gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la vida de su amado Jesús, aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de tormentos. Por esta sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la vida de la gracia de Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de su corazón, porque le hemos costado excesivos dolores. Así como del amor del eterno Padre hacia los hombres, al entregar a la muerte por nosotros a su mismo Hijo, está escrito: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo" (Jn 3,16), así ahora -dice san Buenaventura- se puede decir de María. "Así nos amó María, que nos entregó a su propio Hijo".

¿Cuándo nos lo dio? Nos lo dio, dice el P. Nierembergh, cuando le otorgó licencia para ir a la muerte. Nos lo dio cuando, abandonado por todos, por odio o por temor, podía ella sola defender muy bien ante los jueces la vida de su Hijo. Bien se puede pensar que las palabras de una madre tan sabia y tan amante de su hijo hubieran podido impresionar grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a muerte a un hombre que conocía, y declaró que era inocente. Pero no; María no quiso decir una palabra en favor de su Hijo para no impedir la muerte, de la que dependía nuestra salvación. Nos lo dio mil y mil veces al pie de la cruz durante aquellas tres horas en que asistió a la muerte de su Hijo, ya que entonces, a cada instante, no hacía otra cosa que ofrecer el sacrificio de la vida de su Hijo con sumo dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta constancia que, al decir de san Anselmo y san Antonino, que si hubieran faltado verdugos ella misma hubiera obedecido a la voluntad del Padre (si se lo exigía) para ofrecerlo al sacrificio exigido para nuestra salvación. Si Abrahán tuvo la fuerza de Dios para sacrificar a su hijo (cuando El se lo ordenó), podemos pensar que, con mayor entereza, ciertamente, lo hubiera ofrecido al sacrificio María, siendo más santa y obediente que Abrahán.

Pero volviendo a nuestro tema, ¡qué agradecidos debemos vivir para con María por tanto amor! ¡Cuán reconocidos por el sacrificio de la vida de su Hijo que ella ofreció con tanto dolor suyo para conseguir a todos la salvación! ¡Qué espléndidamente recompensó el Señor a Abrahán el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su hijo Isaac! Y nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la vida que nos ha dado de su Jesús, hijo infinitamente más noble y más amado que el hijo de Abrahán? Este amor de María -al decir de san Buenaventura- nos obliga a quererla muchísimo, viendo que ella nos ha amado más que nadie al darnos a su Hijo único al que amaba más que a sí misma.

De aquí brota otro motivo por el que somos tan amados por María, y es porque sabe que nosotros somos el precio de la muerte de su Jesús. Si una madre viera a uno de sus siervos rescatado por su hijo querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este motivo! Bien sabe María que su Hijo ha venido a la tierra para salvarnos a los miserables, como él mismo lo declaró: "He venido a salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Y por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: "Hecho obediente hasta la muerte" (Flp 2,8). Por consiguiente, si María nos amase fríamente, demostraría estimar poco la sangre de su Hijo, que es el precio de nuestra salvación. Se le reveló a la monja santa Isabel que María, que estaba en el templo, no hacía más que rezar por nosotros, rogando al Padre que mandara cuanto antes a su Hijo para salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará después que ha visto que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado de comprarnos con tanto sacrificio de su parte!

Y porque todos los hombres han sido redimidos por Jesús, por eso María los ama a todos y los colma de favores. San Juan la vio vestida de sol: "Apareció en el cielo una gran señal, una mujer vestida de sol" (Ap 12,1). Se dice que estaba vestida de sol porque, así como en la tierra nadie se ve privado del calor del sol, "no hay quien se esconda de su calor" (Sal 18,7), así no hay quien se vea privado del calor del amor de María, es decir, de su abrasado amor.

¿Y quién podrá comprender jamás -dice san Antonino- los cuidados que esta madre tan amante se toma por nosotros? ¡Cuántos cuidados los de esta Virgen madre por nosotros! ¡A todos ofrece y brinda su misericordia! Para todos abre los senos de su misericordia, dice el mismo santo. Es que nuestra Madre ha deseado la salvación de todos y ha cooperado en esa salvación. Es indiscutible -dice san Bernardo- que ella vive solícita por todo el género humano. Por eso es utilísima la práctica de algunos devotos de María que, como refiere Cornelio a Lápide, suelen pedir al Señor les conceda las gracias que para ellos pide la santisíma Virgen, diciendo: "Dame, Señor, lo que para mí pide la Virgen María". Y con razón, dice el mismo autor, pues nuestra Madre nos desea bienes inmensamente mayores de los que nosotros mismos podemos desear. El devoto Bernardino de Bustos dice que más desea María hacernos bien y dispensarnos las gracias, de lo que nosotros deseamos recibirlas. Por eso san Alberto Magno aplica a María las palabras de la Sabiduría: "Se anticipa a los que la codician poniéndoseles delante ella misma" (Sb 6,13). María sale al encuentro de los que a ella recurren para hacerse encontradiza antes de que la busquen. Es tanto el amor que nos tiene esta buena Madre -dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto ve nuestras necesidades acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su ayuda.

Ahora bien, si María es tan buena con todos, aun con los ingratos y negligentes que la aman poco y poco recurren a ella, ¿cómo será ella de amorosa con los que la aman y la invocan con frecuencia? "Se deja ver facilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan" (Sb 6,12). Exclama san Alberto Magno: "¡Qué fácil para los que aman a María encontrarla toda llena de piedad y de amor!" "Yo amo a los que me aman" (Pr 8,17). Ella declara que no puede dejar de amar a los que la aman. Estos felices amantes de María -afirma el Idiota- no sólo son amados por María, sino hasta servidos por ella. "Habiendo encontrado a María se ha encontrado todo bien; porque ella ama a los que la aman y, aún más, sirve a los que la sirven".

Estaba muy grave fray Leonardo, dominico (como se narra en las Crónicas de la Orden), el cual más de doscientas veces al día se encomendaba a esta Madre de misericordia. De pronto vio junto a sí a una hermosísima reina que le dijo: "Leonardo, ¿quieres morir y venir a estar con mi Hijo y conmigo?" "¿Yquién eres, señora?", le preguntó el religioso. "Yo soy -le dijo la Virgen- la Madre de la Misericordia; tú me has invocado tantas veces y ya ves que ahora vengo a buscarte. ¡Vámonos al paraíso!" Y ese mismo día murió Leonardo, siguiéndola, como confiamos, al reino bienaventurado.

María, ¡dichoso mil veces quien te ama! "Si yo amo a María -decía san Juan Berchmans, estoy seguro de perseverar y conseguiré de Dios lo que desee". Por eso el bienaventurado joven no se saciaba de renovarle su consagración y de repetir dentro de sí: "iQuiero amar a María! iQuiero amar a María!"

¡Y cómo aventaja esta buena madre en el amor a todos sus hijos! Amenla cuanto puedan -dice san Ignacio mártir-, que siempre María les amará más a los que la aman. Amenla como un san Estanislao de Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su querida madre, que hablando de ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le oían. El se había inventado nuevas palabras y títulos para celebrarla. No comenzaba acción alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le pidiera su bendición. Cuando él recitaba el Oficio, el Rosario u otras oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si hablara cara a cara con María. Cuando oía cantar la Salve se le inflamaba el alma y el rostro. Preguntándole un padre de la Compañía, una vez en que iban a visitar una imagen de la Virgen santísima, cuánto la amaba, le respondió: "Padre, ¿qué mas puedo decirle? ¡Si ella es mi madre!" Y el padre dijo después que el santo joven profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya no parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. Amenla como B. Herman, que la llamaba esposa de sus amores porque con ese nombre le había honrado María. Amenla como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias. Amenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre, sino que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su corazón y su alma. Amenla como aquel gran amante de María, san Bernardo, que amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: "¿Acaso no me has robado el corazón?" Llamenla "su inmaculada", como la llamaba san Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su reina; y por eso, a quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a su enamorada. Amenla cuanto un san Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el corazón y se le encendía el rostro a la vista de todos. Amenla cuanto un san Francisco Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen, diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su amada reina.

Amenla cuanto la han amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su amor. El padre Juan de Trejo, jesuita, se preciaba de llamarse esclavo de María, y en señal de esclavitud iba con frecuencia a visitarla en una ermita; y allí, ¿qué hacía? Al llegar derramaba tiernas lágrimas por el amor que sentía a María; después besaba aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El P. Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como transportado al cielo a contemplar cómo allí las celebraban, y decía: "Quisiera tener todos los corazones de los ángeles y de los santos para amar a María como ellos la aman. Quisiera tener la vida de todos los hombres para darla por amor a María". Trabajen otros por amarla cuanto la amaba Carlos, hijo de santa Brígida, que decía no haber cosa que le consolara en el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Y añadía que con mucho gusto hubiera aceptado todos los sufrimientos imaginables con tal de que María no hubiera perdido un punto de su grandeza; y que si la grandeza de María hubiera sido suya, con gusto hubiera renunciado a ella en su favor por ser María la más digna. Deseen hasta dar la vida como prueba de amor a María, como lo deseaba san Alonso Rodríguez. Lleguen finalmente a grabar su nombre en el pecho con agudos hierros, como lo hicieron el religioso Francisco Binancio y Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta impriman con hierros candentes sobre la carne el amado nombre para que quede mucho más visible y duradero, como lo hicieron en sus transportes de amor sus devotos Bautista Archinto y Agustín de Espinosa, jesuitas.

Hagan por María e imaginen cuanto puede hacer el más fino amante para expresar su amor a la persona amada, que no llegarán a amarla como ella los ama. "Señora mía -dice san Pedro Damiano-, ya sé que eres amabilísima y nos amas con amor insuperable". Sé, señora mía, venía a decir, que nos amas con tal amor que no se deja vencer por ningún otro amor. Estaba una vez san Alonso Rodríguez a los pies de una imagen de María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen, rompió a decir: "Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me amas tanto como yo a ti". Pero María, como sintiéndose herida en punto de amor, le respondió desde la imagen: "¿Qué dices, Alonso, qué dices? ¡Cuánto más grande es el amor que te tengo que el que tú me tienes. No hay tanta distancia del cielo a la tierra como de mi amor al tuyo".

Razón tiene san Buenaventura al exclamar: "¡Bienaventurados los corazones que aman a María! ¡Bienaventurados los que la sirven fielmente!" iDichosos los que tienen la fortuna de ser fieles servidores y amantes de esta Madre llena de amor! Sí, porque la reina, agradecida más que nadie, no se deja superar por el amor de sus devotos. María, imitando en esto a nuestro amorosísimo redentor Jesucristo, con sus beneficios y favores, devuelve centuplicado su amor a quien la ama. Exclamaré con el enamorado san Anselmo: "¡Que desfallezca mi corazón en constante amor a ti! ¡Que se derrita mi alma!" Arda siempre por ti mi corazón y se consuma del todo en tu amor el alma mía, mi amado salvador Jesús y mi amada madre María. Y ya que sin vuestra gracia no puedo amaros, concededme, Jesús y María, por vuestros méritos, que no por los míos, que os ame cuanto merecéis. Dios mío, enamorado de los hombres, has podido morir por tus enemigos, ¿y vas a negar a quien te lo pide la gracia de amarte y amar a tu Madre santísima?

De "Las Glorias de María", de San Alfonso María de Ligorio


viernes, 24 de enero de 2014

NUESTRA SEÑORA Y MADRE DE LA PAZ

Nuestra Señora de la Paz, Daimiel (Ciudad Real)
Virgen y Reina de la Paz,
Madre de los pobres y sencillos,
Esperanza de los que sufren en soledad,
Señora del Amor y de la Alianza.

Tú nos diste a Jesús, Príncipe de la Paz.
Él nos regaló su Eucaristía
y nos consagró a su Amor redentor.

Enséñanos a vivir con sencillez
las exigencias del Evangelio,
a servir con alegría
a todos los hombres nuestros hermanos,
a mostrarnos serenos en la Cruz,
y fieles a nuestro espíritu de adoradores.

Danos tu generosidad,
tu pobreza y tu humildad.
Danos tu amor al trabajo,
a la justicia y a la verdad.

Concédenos ser mensajeros de Paz,
en nuestra Comunidad, en nuestra familia
y en nuestra Patria,
para poder mostrar al mundo nuestra misión
de ser corredentores del Amor,
Hijos del Corazón de tu Hijo
y de tu Inmaculado Corazón.

Guarda hoy en tu Corazón pobre,
silencioso y disponible,
a esta familia tuya que quiere ser
constructora de paz, de alegría
y de amor en tu Iglesia.
Amén.

sábado, 18 de enero de 2014

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

Los asombrosos frutos de una sencilla devoción
ESPERABA UN SACERDOTE... 

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse. 

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega. 

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla. 

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama. 

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba... 

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto. 

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron. 

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré». 

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero». 

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio». 

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia... 

Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo... 

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

miércoles, 15 de enero de 2014

PLEGARIA A NUESTRA SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN


Acuérdate, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de las maravillas que el Señor hizo en Ti. Te eligió por Madre y te quiso junto a la Cruz. Hoy te hace compartir su gloria y escucha tu súplica. Ofrécele nuestras alabanzas y nuestra acción de gracias. Preséntale nuestras peticiones (…) Haznos vivir como Tú, en el amor de tu Hijo, para que venga a nosotros su Reino. Conduce a todos los hombres a la fuente de agua viva que brota de su Corazón, derramando sobre el mundo la esperanza y la salvación, la justicia y la paz. Mira nuestra confianza, atiende nuestra súplica y muéstrate siempre Madre nuestra. Amén

¡Nuestra Señora del Sagrado Corazón, ruega por nosotros!

domingo, 12 de enero de 2014

ORACIÓN A MARÍA POR LA FAMILIA


Madre de la Esperanza, que en Belén diste a luz a Nuestro Señor Jesucristo, el cual en la Cruz, supremo signo del Amor, ha mostrado la gran esperanza a los hombres.

Intercede por nosotros, para que en cada familia cristiana se viva el amor fiel a imagen de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y los jóvenes descubran la lógica del servicio, la vida humana sea acogida como sagrada e inviolable y la Santa Madre Iglesia sea el hogar donde cada persona experimente la Caridad y el Perdón de Dios.

Madre nuestra, enséñanos a creer, adorar, esperar y amar contigo a Dios.

Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino para que la Santa Iglesia Católica y la familia cristiana sean esperanza para la humanidad.

Por Nuestro Señor Jesucristo. Así sea

sábado, 4 de enero de 2014

PRIMER SÁBADO DE MES DEL AÑO (Consagración)

Os saludo, ¡Corazón Santísimo de María!, con el coro de los Serafines, y os suplico que me alcancéis un corazón vedaderamente grande para amar y servir a Dios y para hacer bien a todos los hombres
Amabilísima y Admirabilísima Virgen María, Madre de mi Salvador Jesucristo y madre mía. Postrado a vuestros pies, uniéndome humildemente a todos los actos de devoción y amor de todos los corazones que os aman en el Cielo y en la Tierra, os saludo Madre queridísima, os venero y os elijo hoy Soberana mía y Reina de mi corazón; la guía de mi vida, la protectora, mi abogada y refugio mío en todas mis necesidades espirituales y corporales.

Yo os ofrezco y consagro mi alma, mi corazón, mi cuerpo y todo lo que me pertenece. Deseo también que todos mis pensamientos, palabras, acciones, todos los alientos de mi respiración y latidos de mi corazón, sean en el presente y en el futuro, otros tantos actos de alabanza a la Santísima Trinidad por todos los privilegios y Gracias incomparables que os ha concedido.

¡Oh Virgen amabilísima!, entrego confiadamente a vuestras manos maternales todos mis deseos, propósitos y anhelos, y no quiero jamás aspirar a algo más allá, de lo que sea conforme a la Voluntad de vuestro Divino Hijo y la vuestra.

Aceptadme, os lo ruego Divinísima Madre, entre vuestros hijos predilectos, y en el número de los servidores escogidos, privilegiados, de poder colaborar con la preparación del Triunfo de vuestro Corazón Inmaculado. Consideradme y tratadme enteramente como posesión vuestra.

Disponed de mí y conducidme siempre y en todo lugar –no según mis propias inclinaciones y deseos- sino según vuestro propio beneplácito.

Yo por mi parte, tomo hoy la firme resolución de observar fielmente los mandamientos de vuestro Divino Hijo Jesús; de seguir vuestras maternales exhortaciones ¡Oh Reina del Santo Rosario!, de amaros tiernamente y de consolaros. Quiero también –en cuanto me sea posible- con mis Oraciones y Sacrificios llevar a muchas otras almas a hacer lo mismo.

Sobre todo, quiero venerar con especial devoción vuestro Purísimo Corazón ardiente de Caridad, y con vuestra poderosa asistencia ¡Oh mediadora de todas las Gracias!, tratar de imitar tanto como pueda, las sublimes virtudes que os adornaban aquí en la Tierra.

¡Oh Reina de mi corazón!, que por el misterioso obrar del Espíritu Santo en vuestra alma Santísima habéis sido transformada en un verdadero espejo de la Justicia de Jesús vuestro Divino Hijo, imprimid en mi corazón, os lo ruego, una imagen perfecta de las virtudes del vuestro, a fin de que el mío sea un retrato vivo del vuestro Inmaculado.

¡Oh Virgen Gloriosa!, vuestro Purísimo Corazón ha estado durante su existencia terrenal, entrañablemente unido al Divino Corazón de vuestro Hijo, compartiendo plenamente sus nobilísimos sentimientos y espíritu de Sacrificio. Y ahora, elevada a la bienaventuranza del Cielo está perennemente unido a El de modo inigualable en la más sublime felicidad. Por ello os ruego ¡Oh Madre de Dios!, unid mi pobre corazón de tal manera al de mi Jesús, que no abrigue otros sentimientos y deseos que los vuestros, y que no obre nunca, sino lo que sea más agradable a Su Sacratísimo Corazón y a vuestro dulcísimo Corazón Inmaculado, oh Madre benignísima. Amen.