Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡¡¡ALLELÚIA!!!


Era ya tarde cuando José y María llegaron a la puerta de la gruta. Ella le dijo a José: “Seguramente que  la voluntad  de Dios es que  entremos  aquí”. José puso el asno bajo la especie de techo que había delante de la entrada del subterráneo; preparó un asiento para la Santa Virgen y ella se sentó, mientras José se proporcionaba luz y entraba en la gruta. La entrada estaba obstruida por manojos de paja y por esteras puestas junto a las paredes. Fijó en la pared una lámpara encendida e hizo entrar a María quien se colocó en el lecho que él había dispuesto con frazadas y algunos paquetes. Se excusó humildemente de no haber podido proporcionarle un mejor albergue; pero María se hallaba interiormente contenta y gozosa.

Cuando la Virgen estuvo acomodada, salió José con su odre que llevaba consigo y se fue a la pradera donde corría un pequeño arroyo, lo llenó de agua y lo llevó a la gruta. Enseguida fue a la ciudad donde consiguió platos y carbón. La Santa Virgen pasó el día siguiente en la gruta del pesebre orando y meditando con gran fervor. Yo los vi comer alimentos preparados en los días precedentes y orar juntos.

Él fue nuevamente a Belén antes de concluir el sábado para comprar otros objetos necesarios y frutas que llevó a la gruta del pesebre. Cuando José volvió, dirigió una mirada a la Santa Virgen sin entrar en su cuarto y la vio orando de rodillas sobre su cama; ella miraba al oriente y tenía vueltas sus espaldas a la entrada. Le pareció que la veía envuelta en llamas y que toda la gruta se hallaba esclarecida por la luz sobrenatural. Del modo que Moisés cuando vio que ardía la zarza. José se sobrecogió de terror, entró en su pieza y se prosternó con el rostro en tierra. Vi que la luz que rodeaba a la Santa Virgen, se hacía cada vez más viva y refulgente; no se notaba la de la lámpara que José había encendido. María con su ancho vestido sin ceñidor, estaba de rodillas sobre la cama y con la cara vuelta al oriente. A la medianoche ella fue arrebatada en éxtasis y la vi elevarse de la tierra a cierta altura con las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor aumentaba en torno de ella y parecía que todas las cosas, aún los seres inanimados, se sentían movidos de singular alborozo. La roca que formaba el suelo y atrio de la gruta, como que se movía por el reflejo de la luz. Pero bien pronto no vi más que la bóveda. Una vía luminosa cuyo brillo aumentaba sin cesar, se elevaba de María hasta lo más alto del cielo. Había en eso un maravilloso movimiento de celestiales resplandores que, acercándose más y más, se manifestaron distintamente bajo la forma de coros angélicos. La Santa Virgen oraba y bajaba los ojos sobre su Dios, de quien había venido a ser Madre, y qué débil niño recién nacido estaba recostado ante ella. Vi a Nuestro Señor como un párvulo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el esplendor de todo el contorno, acostado sobre el cobertor entre las rodillas de la Santa Virgen. La Santa Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis y después la vi poner un lienzo sobre el niño, pero no lo tomó en sus brazos ni le tocó. Después de cierto intervalo, vi moverse al Niño Jesús y oí que lloraba y parece que María recobró el uso de sus sentidos. Cogió al Niño, lo envolvió en el lienzo que le había puesto encima, lo tomó entre sus brazos y lo estrechó contra su pecho. Enseguida se sentó, se cubrió así misma y al niño con el velo, creo que lo amamantó.  Entonces vi alrededor de ella, ángeles en forma humana que se prosternaban con respeto ante el recién nacido y lo adoraban. Había transcurrido una hora desde el nacimiento del niño cuando María  llamó a San José que oraba todavía con el rostro en tierra; habiéndose acercado, se prosternó lleno de júbilo, de humildad y de  fervor.  Solo cuando María lo indujo a estrechar contra su corazón al Don Sagrado del Altísimo, se levantó, recibió al Niño Jesús en sus brazos y dio gracias a Dios con lágrimas de alegría. Entonces la Santa Virgen envolvió en pañales al Niño Jesús; no tenía más que cuatro pañales. Enseguida vi que María y José se sentaron en tierra cerca uno del otro, nada decían y parecía que ambos estaban absortos en contemplación. Delante de María, envuelto como un niño ordinario estaba acostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un rayo. ¡Ah! Me decía yo, éste lugar contiene la salud del mundo entero y nadie se preocupa de ello. Colocaron después al Niño en el pesebre; entonces ambos se pusieron a su lado derramando lágrimas de gozo y entonando cánticos de alabanza y José arregló el lecho y asiento de la Santa Virgen al lado del pesebre. La vi antes y después del nacimiento de Jesús, vestida con un traje blanco que la envolvía completamente.  La vi allí en los primeros días sentada, arrodillada, de pie y aún recostada y dormida, pero jamás enferma ni fatigada. Cuando nació Jesús, vi que los pastores asustados por el aspecto insólito de esa noche maravillosa, estaban de pie delante de sus cabañas, miraban en derredor suyo y consideraban con asombro una luz  extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Al principio los pastores estaban atemorizados, pero un ángel apareció delante de ellos y les dijo: “No temáis, porque  vengo a anunciaros una gran nueva que causará  gozo a todo el pueblo de Israel. Hoy en la ciudad  de David os ha nacido  un Salvador, que es el Cristo, el Señor. Lo conocerán por éste signo: Hallaréis  al Niño envuelto  en pañales  y acostado  en un  pesebre”. Mientras el ángel anunciaba esto, el esplendor crecía más y más en torno suyo y yo vi cinco o siete figuras de ángeles muy bellas y luminosas. Tenían en sus manos como una larga banderita en la cual había algo escrito con letras grandes como la mano y los oí alabar a Dios y cantar: “Gloria  a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la Tierra a los hombres  de buena voluntad”. No vi que los pastores fuesen inmediatamente a la gruta del Pesebre, de la cual distaba más de una legua; sino que los vi deliberar sobre lo que le llevarían al recién nacido y preparar sus presentes con la posible presteza. Ya en la aurora, se dirigieron al pesebre.  A los primeros albores del día, llegaron los pastores a la gruta con algunos presentes que habían preparado: eran animalitos parecidos a los cabritos; también llevaban sobre sus espaldas algunos pajaritos muertos y en los brazos algunas aves vivas de talla más elevada. Llamaron con timidez a la puerta de la gruta y José salió a recibirlos, entonces  ellos le refirieron  lo que los ángeles les habían anunciado y le dijeron que venían a rendir sus homenajes al Niño de la Promesa y a presentarle sus pobres ofrendas. José las aceptó con humilde gratitud y condujo a los pastores a la Santa Virgen  que se hallaba sentada junto al pesebre y tenía al Niño Jesús en su regazo. Los pastores se arrodillaron humildemente y permanecieron largo rato en silencio absortos en un sentimiento de indecible alegría; después entonaron el himno que habían oído cantar a los ángeles y un salmo del cual no me acuerdo. Cuando trataron de retirarse, la Santa Virgen les presentó al Niño Jesús, a quien ellos tuvieron por turno en sus brazos; lo devolvieron con lágrimas a la Madre y se alejaron de la gruta. Por la noche vinieron   a la gruta otros pastores con sus hijos y mujeres. Traían aves, huevos, miel, madejas de hilo de diferentes colores, paquetitos que se asemejaban a la seda en bruto y otras cosas. Luego que hubieron dado sus obsequios a José, se acercaron humildemente al pesebre, cerca del cual se hallaba sentada la Santa madre. La saludaron y al Niño también y arrodillándose cantaron  muy  bellos  salmos, el “Gloria  in  Excelsis”  y  algunos  cánticos  muy  cortos.  Al despedirse, se inclinaron sobre el pesebre en ademán de abrazar al Niño Jesús.  Durante toda la semana muchos pastores y otras buenas personas vinieron a la gruta y honraron al Niño Jesús con mucha devoción. La aparición de los ángeles a los pastores fue la causa de que todos estos buenos habitantes de los valles oyeran hablar del maravilloso Niño de la Promesa y vinieron a adorarle.

Beata Ana Catalina Emmerich

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