Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

martes, 16 de julio de 2013

¡SEÑORA MIA Y MADRE MÍA DEL CARMEN!

¡oh honor del Carmelo, oh gloria del Líbano, lirio purísimo, rosa mística del florido jardín de la Iglesia!
¡Oh Virgen bendita, oh llena de gracia, oh Reina de los Santos, cuán dulce es para mí veneraros bajo este título de Nuestra Señora del Monte Carmelo! El me evoca los tiempos proféticos de Elías, cuando en el Carmelo fuisteis representada en aquella nubecilla que después, dilatándose, se abrió en una lluvia benéfica, símbolo de las gracias santificadoras que nos llegan de Vos. En los tiempos apostólicos fuisteis honrada bajo este misterioso título, y ahora me alegra el pensamiento de que nosotros nos unimos a aquellos primeros devotos vuestros, y con ellos os saludamos diciéndoos: ¡oh honor del Carmelo, oh gloria del Líbano, lirio purísimo, rosa mística del florido jardín de la Iglesia! Entretanto, ¡oh Virgen de las vírgenes!, acordaos de mí, miserable, y mostrad que sois mi Madre. Derramad sobre mí, siempre más viva, la luz de aquella fe que os hizo bienaventurada; inflamadme en aquel amor celestial, con que amasteis a vuestro Hijo Jesucristo. Estoy lleno de miserias espirituales y temporales. Muchos dolores de alma y cuerpo me oprimen por todas partes, y yo, como hijo, busco mi refugio a la sombra de vuestra maternal protección. Vos, ¡Madre de Dios!, que tanto podéis y tanto valéis, alcanzadme de Jesús Bendito los dones celestiales de la humildad, de la castidad y de la mansedumbre, que fueron las más bellas joyas de Vuestra Alma Inmaculada. Concededme que me mantenga fuerte en las tentaciones y en las amarguras que con frecuencia me afligen. Cuando termine, según la voluntad de Dios, la jornada de mi terrena peregrinación, haced que por lo méritos de Jesucristo y por vuestra intercesión, sea dada a mi alma la gloria del paraíso. Así sea

Indulgencia de quinientos días. Breve, 12 abril 1927 (S. Pen. Ap., 29 abril 1935)

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