Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores.

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre. Está cercado de las espinas que los hombres ingratos le clavan a cada momento, y no hay nadie quien haga un acto de reparación para sacárselas”

sábado, 25 de agosto de 2012

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE MARÍA

SACRÍLEGA ACCIÓN 

Vivía en los Pirineos un médico conocido con el nombre de Fabas. Un día vio llegar un hombre que tenía en la pierna una llaga causada por arma de fuego. La herida, presentaba un carácter especial y era un hervidero de gusanos. El médico se propuso cicatrizarla, o por lo menos hacer que desaparecieran los gusanos; pero ninguna medicina produjo efecto; hasta que un día el enfermo le dijo: 

-Doctor, dejémonos de remedios, no se canse más, pues yo moriré con esta terrible incomodidad.  

-Efectivamente, respondió el médico; aquí hay algo de extraordinario. Nunca he visto cosa semejante, a pesar de que soy viejo y muchísimos casos sorprendentes han pasado por mis manos. 

-¿Dónde recibió usted esta herida? 

-Ya le he dicho que en la guerra; aunque siempre he callado el por qué no sanaré, ahora quiero que lo sepa. 

Tenía yo veinte años, cuando me forzaron a incorporarme al ejército. De nuestro pueblo salimos tres jóvenes: Tomás, Francisco y yo. Los tres estábamos imbuidos en las ideas de aquella época, y así éramos incrédulos o más bien impíos como tres mozalbetes que se precian de seguir la moda. Habíamos recorrido alegremente el camino y estábamos ya para llegar al término de nuestro viaje, cuando al pasar frente a una iglesia de un pueblo de la montaña, divisamos una estatua de la Santísima Virgen, tan venerada por los fieles, que, a pesar de la revolución y de los revolucionarios, había permanecido incólume sobre su pedestal. A uno de mis camaradas, Tomás, se le ocurrió el infame pensamiento de burlarse de la superstición de los vecinos, haciendo a la imagen blanco de sus tiros, como para ejercitarse en el manejo del fusil. Francisco acogió la sacrílega propuesta entre burlas y risas impías. Yo medio vacilante y temiendo ser menos audaz que mis compañeros, procuré disuadirles de una acción que me llenaba de horror. 

Me acordaba entonces de mi madre, pero mis razones fueron inútiles; sólo conseguí que se burlaran de mí. 

Tomás cargó su fusil, apuntó, y la bala fue a clavarse en la frente de la imagen. Apuntó a su vez Francisco y el proyectil dio en el pecho de la misma. 

¡Ahora te toca a ti!, me dijeron. No me atreví a resistir. 

 Apunté temblando, cerré involuntariamente los ojos y la bala fue a estrellarse… 

¿En la pierna? Preguntó el médico. 

-Sí, en la pierna, un poco más arriba de la rodilla, precisamente donde tengo la herida. Ya ve usted que no curaré… Después de esta donosa hazaña, acordamos continuar el viaje. 

Más una anciana, testigo de nuestra infamia, como inspirada por luz profética, nos dijo: 

“Vais a la guerra, pero entended que la nefanda acción que acabáis de cometer será fatal para vosotros.” 

Tomás la amenazó. Yo estaba pesaroso de nuestra fechoría. 

Francisco, menos conmovido que yo, no estaba sin embargo para gloriarse de ella. 

Estorbamos de nuestro compañero se dejase llevar de su encono contra la anciana, y acabamos penosamente la jornada, no sin haber reñido entre nosotros muchas veces. Aquella misma tarde nos incorporamos al regimiento, y pocos días después nos hallábamos frente al enemigo. 

Confieso que yo iba a la batalla sin entusiasmo, y que pensaba en la imagen de la Virgen más de lo que hubiera deseado. Sin embargo, todo salió bien. Conseguimos notables ventajas sobre el enemigo, distinguiéndose Tomás por su denuedo. 

La batalla había concluido, cuando de lo alto de una roca salió un tiro que pareció bajado del cielo. Tomás giró sobre sí mismo y cayó rígido de bruces en tierra. 

La bala se había clavado en la frente entre los dos ojos, en el mismo lugar en que él había herido a la sagrada imagen. 

Francisco y yo, nos miramos sin decir palabra. Durante toda la noche no pudimos dormir. Yo esperaba que Francisco me hablase para aconsejarle que rezase, pero guardó silencio. 

A la mañana siguiente volvimos a la batalla. Francisco me dio la mano y me dijo: -“¡Hoy me toca a mí!” Dichoso tú que tuviste mala puntería. 

El infeliz sacrílego no se engañó. Salió un tiro de un hoyo, y Francisco cae con el pecho atravesado. ¡Oh doctor que muerte aquélla! Revolviéndose en un charco de sangre, pedía a grandes voces un sacerdote, pero los que estaban junto a él se encogieron de hombros y lo dejaron expirar. 

Yo quedé aterrado; y en la persuasión de que no tardaría en tener la triste suerte que mis compañeros y así resolví confesar mi sacrilegio. Pero pasaron los días y se disiparon mis temores y mis buenos propósitos. 

Dieron la orden de vuelta a casa, y cuando estábamos cerca del pueblo de la imagen, he aquí que por un accidente inexplicable se le dispara el fusil a uno de los soldados y la bala fue a clavarse aquí donde usted ve. 

Así se cumplió la profecía de la anciana. Mis dos compañeros habían muerto, y yo regresaba herido. 

La herida no pareció ser grave, pero cuál no sería mi espanto cuando vi que en la llaga se engendraban estos gusanos inagotables que han desconcertado su ciencia. Hace ya veinte años que vengo padeciendo esta herida, ensayando mil remedios, todos ineficaces. 

Si logro llegar al fin de la vida como es debido, es decir cristiano y penitente, lo debo a esta horrible llaga. No desconfío de la misericordia de Dios, y espero morir en su amistad por intercesión de Aquella a quien tan vilmente ultrajé.”

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