Quae est ista, quae progréditur quasi auróra consurgens, pulchra ut luna, elécta ut sol, terríbilis ut castrórum ácies ordináta? - ¿Quién es ésta que se levanta como la aurora naciente, hermosa como la luna, escogida como el sol, terrible como un ejército formado en orden de batalla? (Cant. 6)

domingo, 20 de mayo de 2012

LOS FAVORES DE NUESTRA MADRE, MARÍA


SANTA MUERTE DE UNA PASTORCILLA

Una pastorcilla que guardaba ganado tenía puesta toda su afición y delicia en ir muchas veces a una ermita de Nuestra Señora, edificada en el monte, y pasar allí el tiempo en obsequios y amorosos coloquios con su dulce Madre. Y por no estar la imagen, que era de bulto, tan adornada como convenía, le hizo con mucha fatiga un manto decente. Un día trajo una guirnalda de flores silvestres, y subiéndose al altar, se la puso, diciendo: “Madre mía, yo quisiera que fuese una corona de oro y piedras preciosas; pero como pobre os ofrezco esta guirnalda de flores; aceptarla en testimonio de lo mucho que os amo” Con estos y otros obsequios semejantes procuraba venerarla y servirla

Veamos ahora cual fue la recompensa de parte de la tierna Señora para con esta su querida hija. Habiendo caído enferma de peligro, sucedió que yendo por allí de viaje dos religiosos, y habiéndose sentado a descansar a la sombra de un árbol, tuvieron una visión, el uno en sueños y el otro despierto. Vieron que se acercaba una compañía de doncellas muy hermosas, y una entre todas mucho más hermosa y llena de majestad, a la que preguntó: “Señora, ¿quién sois y a dónde vais por estos caminos?” “Soy la Madre de Dios, respondió, que con estas santas vírgenes voy a visitar aquí cerca a una pastorcilla que se está muriendo, pues ella me ha visitado muchas veces a Mí” Y dicho esto, desaparecieron. Los dos religiosos siervos de Dios se dijeron uno a otro: “Vamos también nosotros” Y llegando a la choza, hallaron a la moribunda echada en la paja. La saludaron, y ella les dijo: “Hermanos, pedid a Dios que os obra los ojos del alma para que veáis la compañía que me asiste” Se arrodillaron y vieron a la Virgen, que, con una corona en la mano, estaba consolándola. En esto comenzaron las vírgenes a cantar, y al mismo tiempo se desató del cuerpo aquella alma dichosa. María le puso la corona, y tomándola en sus dulces brazos, se la llevó consigo al Cielo.

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